El «giro copernicano» y la moral en Kant para la comprensión del mundo

Cuando Kant aborda la perspectiva epistemológica de su filosofía en la Crítica de la razón pura1, se encuentra, dentro de la tradición filosófica, con el paradigma de que el hombre, en el conocimiento del mundo, juega un papel pasivo como simple receptor del mundo sensible, y a partir de ahí obtiene su conocimiento. Sin embargo, Kant da un giro a este enfoque —de ahí que se denominase «giro copernicano» en alusión a Copérnico— y sostiene que la actividad del espíritu humano interviene en la interpretación y conocimiento de nuestro mundo, es decir, que la mente juega un papel activo y no pasivo. Son las cosas las que se ajustan a las leyes de nuestro espíritu, y no al contrario, argumenta Kant. Nuestra mente no reproduce o refleja la realidad, más bien la formatea y le dota de estructura, forma y sentido.

Como vemos, la filosofía de Kant es antagónica al planteamiento aristotélico por el que el conocimiento del mundo exterior es únicamente a través de los sentidos, de donde surge la experiencia, y, en cambio, Kant se postula más bien próximo a la filosofía platónica al plantear la existencia de categorías y formas a priori que resultan ser ajenas a la experiencia («idealismo trascendental entendido como la justificación de la posibilidad del conocimiento a priori2»). En este sentido, Kant se desliga de dotar a la experiencia el único mérito o valor del conocimiento, ya que —sostiene— en el ser humano existen a priori doce categorías innatas, tanto del entendimiento como de la sensibilidad, que son esenciales para el conocimiento, y que la mente aplica de manera universal e independiente —y esto es lo más importante— de la experiencia.

Para entender mejor el impacto del «giro copernicano», debemos considerar que la experiencia era el punto de partida reinante en el empirismo, con Locke a la cabeza3. En cambio, con Kant, las reglas del juego varían: la experiencia no es el punto de partida, sino el punto de llegada, interponiendo entre el sujeto y la experiencia, al espíritu, mente o conciencia. Por lo tanto, en la filosofía kantiana, la experiencia es el resultado de un proceso en el que intervienen de manera decisiva la subjetividad del individuo.

Este nuevo paradigma es fundamental para la comprensión del mundo. Si aceptamos el postulado de Kant, debemos reconfigurar a la experiencia no como origen del conocimiento, sino como un producto epistemológico en el que media la sensibilidad o la intuición pura. El ser humano, en su más extensa subjetividad, actúa de mediador entre el yo y el mundo exterior, y la experiencia, en definitiva, «en su nivel más elemental, aparece capturada, valga la metáfora, por la subjetividad4».

Sin embargo, este planteamiento no está exento de polémica: ¿es la realidad diferente en cada individuo?, ¿existe la certeza?, ¿estamos ante una «anarquía epistemológica»? Para dar respuesta a todas estas incógnitas, Kant establece el concepto de universalidad. Las categorías innatas de las que nos habla Kant no solo son a priori, sino iguales en todos los hombres. De esta manera, no permitimos la entrada a la particularidad, sino a la «subjetividad universal». La primera categoría innata y universal que nos señala Kant tiene que ver con la sensibilidad, y afecta inevitablemente a la percepción del mundo exterior: es el espacio y el tiempo. Ambos, como categoría, no son realidades tangibles que estén «ahí fuera», sino que son condiciones subjetivas de nuestra percepción (como decía San Agustín, «somos seres atravesados por el tiempo5»). Nosotros, de manera innata e inevitable, cuando percibimos (por ejemplo, un objeto) no solo lo situamos en el espacio —cerca, lejos— en relación con nosotros mismos, sino en un marco temporal, incluso podemos representarnos mentalmente un objeto que ya no está frente a nosotros y, en cambio, sigue existiendo en nuestra mente.

En este camino epistemológico, vemos que sensibilidad y entendimiento van de la mano, pero Kant, además, nos aclara que el material de la realidad es previamente intervenido por el intelecto mediante una serie de operaciones (comparación, subordinación y principio de no contradicción) que denomina «uso lógico del intelecto». Y en este ámbito es donde tiene lugar un proceso de intervención cognitiva; a saber: lo que percibimos en el mundo sensible, al intervenir el intelecto, pasa de la apariencia a la experiencia, y es la reflexión la que media en esa transición. El sujeto, mediante su intelecto, compara la apariencia con la experiencia, siendo a la postre esta última, producto del conocimiento reflejo.

Llegados a este punto, debemos sumar al postulado de la «subjetividad universal», el del «uso lógico del intelecto» entendido como el mecanismo por el cual la apariencia se convierte en experiencia, y que supone, de manera incuestionable, una evidencia de la participación activa del sujeto en el conocimiento del mundo. Ahora bien, ¿cómo podemos diferenciar apariencia de ilusión? Conviene aclarar este aspecto, dado que de lo contrario podríamos incurrir en una espiral de escepticismo si entendemos la apariencia solo en su sentido físico o empírico, quedando abocados a la representación ilusoria que las cosas tengan o, dicho de otra manera, a que los sentidos puedan engañarnos dándonos los objetos bajo una «apariencia» —entendida como ilusión—que no es. Por esa razón, Kant matiza su concepto de apariencia en el sentido de «apariencia trascendental» (y no empírica). Es decir, la temporalidad o la espacialidad de los objetos está en nuestra mente, no es un fenómeno de la naturaleza. Es en nuestro espíritu donde se representa como apariencia un objeto en un contexto espacio-temporal. En definitiva, la «apariencia» es la manera en que nuestra mente percibe y, al mismo tiempo, estructura el mundo sensible.

Aparte de las categorías relacionadas con la sensibilidad, Kant señala otras categorías relacionadas con el entendimiento: la cantidad y la calidad. La primera de ellas incluye conceptos como unidad, pluralidad y totalidad. De esta manera, cuando percibimos un objeto del mundo sensible, lo hacemos de manera aislada o conjunta, y podemos fácilmente estructurar que ese objeto en cuestión es único o bien que forma parte de otras unidades. La idea de singularidad y pluralidad son la base para que el individuo pueda, por ejemplo, utilizar la matemática y más aún son esenciales para darle magnitud y extensión a los objetos en el espacio y en el tiempo. Por su parte, la categoría de calidad involucra otros conceptos como realidad, negación y limitación. La realidad se corresponde con la existencia; la negación, con la no existencia y la limitación, con la existencia dentro de unos límites. Las siguientes categorías tienen que ver con la modalidad (posibilidad y necesidad) y con la relación (inherencia y subsistencia, causalidad y dependencia, acción recíproca y comunidad).

No obstante, nuestro objetivo no es entrar al detalle en cada una de ellas, sino poner el énfasis de la categoría de relación en su influencia dentro de la ética kantiana. La ética en Kant tiene que ver precisamente con las relaciones con los demás, y de cómo esas relaciones influyen en nuestra conducta moral, entrando en juego precisamente esas nociones de causalidad (nuestras decisiones morales tienen consecuencias), comunidad (el deber kantiano que entiende al semejante como fin y no como un medio) y reciprocidad (los demás pueden actuar moralmente como nosotros actuamos con ellos). Si nos adentramos en la ética de Kant, veremos además cómo surge un concepto moderno: la conciencia. Para Kant (y para otros pensadores, como Rousseau) el hombre busca el Bien de manera innata. Existe una tendencia (denominada por Kant «sentimiento fundamental indivisible» y más adelante como «instinto») a que nuestras acciones sean cualitativamente buenas y justificables, operando la conciencia como una «certeza inmediata». Ello no es óbice, como reconoce Kant, a que existan ciertas desviaciones o errores en la conciencia a causa sobre todo de la contaminación cultural, pero, en todo caso, Kant deja asentado que la conciencia moral es —al igual que las categorías— innata y universal. Incluso, más adelante, en la Metafísica de las costumbres, subrayará Kant que «la sentencia de la conciencia moral es física en cuanto a su resultado6».

Por consiguiente, la ética en Kant también tiene su papel activo en la epistemología, por cuanto como reflexión filosófica de nuestras obligaciones morales, nos sirve para justificar nuestras decisiones (coherencia) y evitar inconsistencias (para Kant, a diferencia de Hume, la motivación no está en las preferencias o inclinaciones, sino en el sentido del deber). Nos encontramos así con nociones como «dignidad», «humanidad» o «remordimiento». La moral, en definitiva, la concibe Kant como un sistema de imperativos categóricos basados en la «humanidad» (tratar a los demás como un fin y nunca como un medio) y «universalidad» (las acciones morales son máximas o leyes universales que se justifican y no se imponen). Pero, profundizando un poco más en la aplicación práctica de la ética kantiana, debemos añadir que la manera que tiene el hombre de conocer su mundo no solo responde a la mediación de una reflexión mediante la cual aplica las ya mencionadas categorías a priori, esto es, no solo dimensiona (primero de manera trascendental y luego empíricamente) la Realidad en su espacio y tiempo, sino que utiliza una brújula para orientar sus acciones. Esto supone que si bien la ética de Kant es deontológica y no teleológica, el ser humano cuando actúa dentro de esa Realidad, lo hace no solo desde el punto de vista fenomenológico, sino también desde el punto de vista motivacional o volutivo («intuición antropológica» lo podríamos denominar); es decir, añade a sus acciones una orientación o tendencia moral (el Deber).

Notas

[1] La Crítica de la razón pura es la obra principal del filósofo prusiano Immanuel Kant. Tuvo su primera edición en 1781. El propio Kant llegó a corregirla, publicando en 1787 una segunda edición.

[2] Lobeiras, M.J.V. (2004:72). Immanuel Kant: el giro copernicano como ontología de la experiencia. Endoxa, (18), 69-94.

[3] Locke se mostró contrario a la tesis de las ideas innatas postulada por filósofos como Descartes. Argumentó, por el contrario, que no hay principios o ideas innatas, sino que todas nuestras ideas, incluso las más abstractas, se originan en la experiencia.

[4] Lobeiras, M.J.V. (2004:71) Immanuel Kant: el giro copernicano como ontología de la experiencia. Endoxa, (18), 69-94.

[5] Loza, A. (2018). Sobre ‘el evento Agustín’ como un problema para la comprensión de la noción heideggeriana de Ereignis. Tópicos (México), (54), 237-261. https://doi.org/10.21555/top.v0i54.802

[6] Hoffmann, T.S. (2016:10). El giro copernicano de Kant en el concepto de la conciencia moral. Philosophia, 76(1), 37-55.

Bibliografía

Allison, H. E. (1992). El idealismo trascendental de Kant: una interpretación y defensa (Vol. 40). Anthropos Editorial.

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Cita este artículo (APA): Díaz, R. (2024, 16 de septiembre). El "giro copernicano" y la moral en Kant para la comprensión del mundo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/09/que-es-el-giro-copernicano

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