Descartes y Newton: ¿primero Dios o primero la física?

La relación entre física y teología siempre ha sido objeto de disputa y, generalmente, se han considerado como disciplinas diametralmente enfrentadas. No obstante, multitud de teorías físicas han ido acompañadas de ciertas consideraciones teológicas, como es el caso de las elaboradas por Descartes o Newton. Ahora bien, entre ambos autores encontramos discrepancias a la hora de establecer un necesario orden en la investigación: para conocer el mundo físico, ¿debemos partir de Dios, o este no es sino el resultado final al que conduce toda investigación física?

En el caso de René Descartes, cuando él emprende sus investigaciones físicas, lo hace tras haber primero demostrado la existencia de Dios, en la medida en que considera que tal demostración resulta necesaria para poder darnos al estudio de la física con seguridad y certeza. Si queremos entender esta postura, debemos primero profundizar en algunos aspectos del pensamiento epistemológico de este autor. Para él, no podemos afirmar que estamos en posesión de una verdad solo porque se la hayamos escuchado decir a una figura de autoridad o porque sea una idea heredada de la tradición; para declarar que hemos alcanzado una verdad esta debe ir acompañada de certeza, esto es, tal conocimiento debe mostrarse ante nosotros con claridad y distinción. Para poder alcanzar semejante certeza, Descartes elabora un método a seguir, cuyo primer paso es la duda, ya que el hecho de que podamos dudar de algo implica que no tenemos certeza de ello. En cambio, lo absolutamente cierto es aquello de lo que no cabe duda alguna.

Hace algún tiempo que vengo observando que desde mis primeros años he recibido por verdaderas muchas opiniones falsas que no pueden servir de fundamento, sino a lo dudoso e incierto, porque sobre el error no puede levantarse el edificio de la verdad1.

El filósofo francés comienza a aplicar esta duda metódica sobre los sentidos, sosteniendo que no podemos fiarnos de ellos, pues en muchas ocasiones nos han engañado, y nada nos asegura que no lo estén haciendo también en este instante. Por lo tanto, no son una fuente de certeza. Ahora bien, si no podemos confiar con absoluta certeza en lo que nos muestran los sentidos, la realidad completa del mundo sensible queda en duda, ya que podría ser completamente diferente de lo que nuestros sentidos nos muestran. Incluso, es posible que estemos soñando sin ser conscientes de ello, tomando por real lo que no es más que un mundo onírico.

Así pues, tampoco encontramos en el mundo sensible la certeza que buscamos, puesto que su realidad no resulta indubitable. ¿Qué nos queda entonces? Los saberes separados de la sensibilidad, que son puramente racionales, es decir, las matemáticas. En un principio, parece que en ellas encontramos la anhelada certeza que buscamos, pues nos parece imposible dudar de enunciados como 2 + 2 = 4. Sin embargo, podríamos plantear la hipótesis, como lo hace Descartes, de la existencia de un genio maligno que nos engañase respecto de las matemáticas, haciéndonos creer que estas son de cierta manera cuando en realidad son de otra.

Llegados a este punto, la duda metódica empleada por el filósofo francés ha puesto entre paréntesis tanto los contenidos que recibimos de la sensibilidad como los que pensamos racionalmente. Se ha convertido, pues, en una duda absoluta, de la que solo queda en pie el mero hecho de que dudamos. Es evidente que dudamos, y tenemos certeza absoluta de ello. Ahora bien, para que haya duda debe haber alguien que dude, lo que nos lleva a la conclusión de que existimos. Esa es la certeza indubitable a la que llega Descartes: dudo, pienso y, por ende, existo.

Ahora bien, si de lo único que tenemos certeza es de nuestra propia existencia, nos quedaríamos solos, sin nada más en lo que poder confiar. No podríamos, por ejemplo, tratar de conocer el mundo; es decir, no podríamos hacer física, porque no poseeríamos ninguna certeza respecto de la realidad sensible. Sin embargo, según Descartes, hay otra cosa de la que también podemos tener certeza: Dios.

Por un lado, Dios es un ser perfecto, por lo que no puede carecer de existencia; de lo contrario, sería imperfecto al tener esa carencia. A su vez, cada uno de nosotros es un sujeto finito que, sin embargo, posee dentro de sí la idea de lo “infinito”, una idea que no hemos podido producir por nosotros mismos. Esta idea debe haber sido impresa en nosotros desde fuera por un ser igualmente infinito, ya que el efecto no puede ser superior a la causa; ese ser es Dios.

Tal Dios, en tanto que perfecto, debe ser bondadoso, por lo que no permitiría que nos engañáramos al operar con las matemáticas y al aplicarlas para adquirir conocimientos del mundo. A través de la demostración de la existencia de Dios como una nueva certeza, también se puede afirmar que las matemáticas son un conocimiento cierto, al igual que lo serán los conocimientos que adquiramos del mundo sensible al aplicarlas. Así vemos como, para Descartes, es necesario partir de la existencia de Dios para poder estudiar la realidad físico-matemática con seguridad y certeza.

No obstante, Isaac Newton opta por seguir el camino inverso, es decir, comenzar por la investigación física, pues considera que esta nos conducirá a la existencia de Dios. Al emprender tales estudios, se encuentra con preguntas que hacen necesaria la presencia de un Dios en el mundo. Un descubrimiento como el de la fuerza gravitatoria, tan extraño y casi incomprensible en su momento, lo lleva a explicarlo como la manifestación y acción constante de Dios en el universo. Desde la física, se podía constatar la existencia de la gravedad y sus efectos, pero la causa de tal fuerza debía buscarse en un ámbito más allá de la física: la teología.

Además, las propias nociones de espacio y tiempo absolutos, con las que Newton trabaja en su física, también son entendidas como atributos de Dios, lo que les otorga ese carácter de “absoluto”, similar al de la divinidad. Incluso cuando este filósofo postula la existencia de un sutil éter, debido a que la noción de una fuerza a distancia resultaba profundamente problemática, termina también interpretándolo como la presencia omnipresente de Dios en el mundo.

Cuando escribía mi tratado acerca de nuestro sistema [se refiere a su libro El sistema del mundo], donde da a conocer su famosa ecuación sobre la fuerza de atracción gravitatoria) tenía la vista puesta en aquellos principios en cuantos capaces de servir a los hombres discretos para la creencia en una Divinidad y nada puede alegrarme más que encontrarlo útil a tal propósito2.

El Dios newtoniano es un agente inteligente que configura el mundo tal y como es desde sus inicios, siendo hábil en matemática y mecánica: es causa ordenadora de todo. Resulta una suerte de pantocrator3, de emperador universal que, según su voluntad, impone las leyes que gobiernan el mundo, haciendo de la materia su sierva y estando todos los cuerpos del universo metafísica y físicamente presentes en Él, aunque Dios no se vea afectado por ellos. Ello no implica que Newton sea panteísta, ya que no afirma que toda la naturaleza sea Dios, sino que todo está en Él, y una vez configura el universo, constantemente interviene en él para garantizar su funcionamiento. Así, este filósofo, encuentra en las afirmaciones físicas la manifestación de ese Dios creador que no es indiferente ante el mundo que ha configurado.

Mientras que Descartes consideraba impensable darnos al estudio de la física sin antes haber demostrado la existencia de un Dios que nos asegure los conocimientos que de esa investigación del mundo, Newton aboga por empezar por la física, pues el conocimiento de la misma le terminó por llevar hasta un Dios que pudiera dar respuestas a aquellas preguntas que traspasan los límites de la investigación física. 

Notas

[1] Descartes, René (2020). Meditaciones metafísicas. Trad. Fuentes, Emeterio. Verbum: Madrid.

[2] Newton, I. (2001). Cuatro cartas al Dr. Bentley. Trad. Rodríguez Luján, Luis. Editorial Complutense: Madrid.

[3] Pantocrátor es una representación de Dios Todopoderoso típica del arte bizantino y románico.​ Aparece mayestático, con la mano derecha levantada para impartir la bendición y portando en la izquierda los Evangelios o las Sagradas Escrituras.

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Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2024, 14 de octubre). Descartes y Newton: ¿primero Dios o primero la física? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/10/dios-en-el-mundo-fisico

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