La pérdida de experiencia en la contemporaneidad

El conocimiento heredado siempre ha sido la base social en aquellos lugares donde una educación institucionalizada no había asumido el rol de formar a las siguientes generaciones. Consecuentemente, a la muerte del viejo mundo, donde el trabajo que desempeñaba una generación iba a ser continuado por la siguiente, también desapareció la necesidad de un aprendizaje de la experiencia de los más mayores. Estas tesis ya son formuladas por Walter Benjamin1 y no solo sitúan un estado de la cuestión, sino que no se reducen solo al momento que el autor experimenta con sus ojos; más bien buscan formular una ley general para nuestra realidad social. En otras palabras, de lo que se percata este autor es que existe una relación entre tres elementos: la experiencia heredada, la técnica cada vez más dominante sobre el individuo y el florecimiento de ideas fugaces, incapaces de ser transmisibles. Esta relación puede ser detectada en la actualidad partiendo de sus ensayos socioculturales, y además puede entenderse en su plenitud si asistimos a lo que podemos llamar “principios generales de una sociedad capitalista”, elementos que con independencia del momento histórico que viva el capital siguen detectándose, véase la necesidad de producción de plusvalor. Debido a que este tema puede hacerse demasiado largo, vamos a enfocarnos en dos puntos.

Primero, la necesidad de los individuos, de sentirse realizados, de identificarse con aquello que estos mismos producen. Una actividad de realización que se puede identificar con el trabajo. Y segundo, la paradójica necesidad del capital por la cual, conforme avanzan sus fuerzas productivas, el propio sistema se ve obligado a alejar al trabajador del trabajo. Podemos indicar esto bajo las tesis del propio Marx, que hoy perduran.

El obrero es más pobre, cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce […] el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. El producto del trabajo es el trabajo que se ha fijado en un objeto, que se ha hecho cosa; el producto es la objetivación del trabajo2.

Al encontrar esta enajenación del trabajo con respecto del trabajador en una sociedad cuyo motor es la propia producción de mercancías, es decir, de objetos dirigidos a su intercambio en masa con independencia de las necesidades de aquellos que lo producen, se da un alejamiento también de la experiencia heredada que permitía cubrir una serie de necesidades, las cuales son ahora solo subsanables a través del dinero. Esta transformación ya detectable en el pasado se ve ahora más claramente que nunca, probablemente porque es una transformación ya culminada, en una sociedad cuya aceleración ha llegado ya a límites insospechados las diferencias vitales entre una generación y otra son sorprendentes, casi impensables. La pobreza de las relaciones dominantes entre la masa de población que señalaba Benjamin en 1933 se torna ahora un recuerdo, pues quién de nosotros, los jóvenes mejor preparados conserva alguna de las “aptitudes” de una sociedad cuyo eje era el trabajo humano.

La destrucción de toda aquella experiencia heredada no aparece socialmente como un ansia de nuevas experiencias, tal como decía Benjamin, y a diferencia de lo que los anuncios y el marketing nos hace creer. El grito ahogado de este tiempo va sobre aquel cadáver al que todos queremos devolver a la vida, a la cohesión de la temporalidad social, una cohesión en la que los mayores poseían más conocimiento que los jóvenes y no menos, y en la que los jóvenes podían aprender algo de alguien. En otras palabras, una sociedad que no estaba atomizada.

La experiencia siempre se había asociado con la sabiduría, eran los más ancianos los que más conocimiento poseían y esto se debía a su experiencia vital. De ello derivó que el respeto hacia el anciano y su posición vertical con respecto a los más jóvenes. Él era el que sabía cómo funcionaba el oficio, en qué época era mejor plantar, el funcionamiento de los altos hornos o el mejor tamiz para la pintura. En el momento en el que el mundo dio un vuelco, en el que el trabajo humano pasó a ser algo secundario en la producción, el anciano quedó relegado a la inutilidad, pues su conocimiento ya no guardaba ningún valor y su poca fuerza solo conllevaba un gasto. Pero la pérdida de la experiencia también nos arrojó a un mundo que pide a gritos tornar al viejo orden.

Frederick Jameson definió3 el posmodernismo como el momento de la historia en la que la tradición había caído. Así como nos mostraba Benjamin en La obra de arte en su época de la reproductibilidad técnica, el fin del mundo burgués, con sus novelas e historias épicas, había sido derrumbado por la capacidad técnica que el ser humano había alcanzado en el siglo XX. El derrumbe de ese mundo que primero se percibió en las Guerras Mundiales llegó luego de la mano de la posmodernidad. La cultura en general, ya sea arte, arquitectura, música o incluso la moda, se tornaron una fría mirada hacia el cadáver de la tradición —la tradición burguesa—. La pregunta que nos atañe se da entonces por la relación entre esa supuesta mirada crítica de la posmodernidad y la pérdida del valor de uso de la experiencia heredada.

Jameson empleó la palabra “pastiche para referirse al uso de diferentes fragmentos, la imitación de un original que ha perdido todo su impulso.

Llevar una máscara estilística, hablar en un lenguaje muerto: pero es una práctica neutral de esa mímica, sin el motivo ulterior de la parodia, sin el impulso satírico, sin risa, sin ese sentido todavía latente de que existe algo normal en comparación con lo cual aquello que se imita es bastante cómico. El pastiche es parodia muerta4.

De la misma manera que “el mundo de las ideas” perdió su impulso, la ruptura con la experiencia heredada llevó a que el propio sentido de que hubiera una tradición ideal/cultural desapareciera. No tiene lógica alguna mantenerse en unos valores estáticos, en un mundo que ha cambiado tanto que ni siquiera el papel del conocimiento heredado conserva su valor.

Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes habían cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras, estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano5.

Con este momento crítico en la historia se abrieron las puertas para la sociedad que tenemos hoy en día, una sociedad que no recuerda, una sociedad que no puede atender a las formas de injusticia y opresión que les son impuestas, pues ni siquiera es capaz de recordar el camino que sus antecesores emprendieron para vivir mejor. Una vez nos despojaron de la experiencia, no quedo nada más que una masa descabezada que se retuerce por su subsistencia. Como decía Benjamin6: [el] “quebradizo cuerpo humano” se vio indefenso contra las corrientes de un presente plagado de fuerzas más grandes que su individualidad.

Notas

[1] Una pobreza del todo nueva ha caído sobre el hombre al tiempo que ese enorme desarrollo de la técnica […] Y en el reverso de esa pobreza es la sofocante riqueza de ideas que se dio entre la gente; aquí Benjamin está hablando del desarrollo técnico contemporáneo, así los destructivos avances de la técnica entre 1914 y 1918; cfr. Benjamin, W. Experiencia y pobreza (1982). Taurus.

[2] Marx, K. (2013). Manuscritos de Economía y Filosofía. Alianza.

[3] Jameson, F. (2006). Posmodernismo y sociedad de consumo. Kairos.

[4] Ibídem.

[5] Benjamin, W. (1982). Experiencia y pobreza. Taurus.

[6] Ibídem.

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Artículo de:

Joven en paisaje montañoso con cielo azul y nubes, expresión pensativa, ropa de abrigo blanca y negra.

Miguel García Durán
Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid.

Cita este artículo (APA): García, M. (2024, 28 de octubre). La pérdida de experiencia en la contemporaneidad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/10/la-perdida-de-experiencia-en-la-contemporaneidad

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