La crítica nietzscheana a la metafísica. Parte 1 de 2

La crítica nietzscheana a la metafísica tradicional constituye una de las cuestiones filosóficas que hoy podemos denominar clásicas. En este artículo revisaremos algunas de sus líneas fundamentales con el objetivo de mostrar de manera concreta en qué sentido la metafísica occidental y la teología cristiana conducen necesariamente al nihilismo a ojos del autor. Para ello, abordaremos dos errores que Nietzsche adjudica a los filósofos y ejemplificaremos tales deslices a propósito de algunas consideraciones que encontramos en el pensamiento parmenídeo, aristotélico, platónico y, finalmente, en el propio cristianismo.

No obstante, antes de comenzar es preciso revisar la implicación que el nihilismo alberga en la concepción nietzscheana. Podemos decir que para Nietzsche la esencia del ser humano radica en la voluntad; todo hombre es un querer algo, un deseo de algo que pueda conseguir, de algo de lo que pueda apoderarse. Sin embargo, cuando este no encuentra en el mundo nada digno de ser querido, como esencialmente no puede dejar de querer al ser voluntad, se inventa algo que pueda constituirse como objeto de su deseo. Es así como al encontrar en este mundo solo multiplicidad, cambio, finitud, imperfección y sufrimiento, inventa un mundo otro perfecto, eterno e inmutable al que sí pueda querer. Su descontento con el mundo en el que vive conduce entonces a la negación de la vida como lo único existente, inventándose así un mundo de las Ideas o un Reino de los Cielos que garantice su tranquilidad, pues tras la muerte, tras el final de esta vida imperfecta y no deseable, se encuentra una perfección prometida que sí podemos desear. Ahora bien, en tanto que se trata de un invento, tales realidades suprasensibles no existen, no son más que humo, mejor, son la más absoluta nada. Es así como el ser humano, antes que desear la vida en su imperfección, prefiere desear la nada e interioriza el profundo nihilismo —nihil en latín significa precisamente nada— al que ha desembocado tanto la metafísica como la religión occidental. De esta forma, el nihilismo es una voluntad de nada que, por tanto, implica necesariamente la negación de la vida.

Con esta cuestión aclarada, trataremos ahora de analizar algunos de los pilares metafísicos que fundamentan esta concepción nihilista. Para ello, examinaremos dos de los errores que han cometido los filósofos de manera transversal en la historia. El primero consiste en la identificación entre ser y la permanencia, en que cuanto más estático es algo, más es, más tiene de real. Desde Parménides, los filósofos han abogado por un egipticismo según el cual todo devenir, todo aquello dotado de movimiento a lo largo de la vida y de historia, queda relegado al plano del no-ser o de la apariencia, de lo no-realmente real, mostrando así una falta de sentido histórico. Por lo tanto, el conocimiento verdadero tiene que ser eterno e inmutable, universal y necesario; las categorías, siempre idénticas en todos a priori; las esencias, aquello que define lo que son las cosas, momias inmutables. En resumen, tal como critica el autor:

Lo que es no deviene; lo que deviene no es1.

Nietzsche se encuentra aludiendo a la doctrina parmenídea según la que el ser es y el no ser no es, de tal manera que el ser es lo único que existe —pues todo es y, si “algo” no-es, entonces evidentemente no existe—.

No obstante, este razonamiento tautológico que aceptaríamos todos de primeras alberga consecuencias que nos arrastrarán a un mundo momificado. Si lo único que existe es el ser, entonces, el devenir, el cambio, el movimiento no podrá ser. Para que haya movimiento, un ente tendría que desplazarse de un lugar a otro, pues quedarse en el mismo sitio en el que ya se está no es movimiento. Ahora bien, si el único lugar2 que existe es el ser, entonces el movimiento, el devenir en general no-es, ya que “moverse” del ser al ser, de lo que ya se es a lo que ya se es, no es ningún tipo de movimiento. Para que el devenir tenga lugar, algo que es —semilla— deja de ser —no-ser semilla— para que algo que no-es (la planta no-es la semilla) emerja al ser (y sea finalmente planta). Para que haya cambio tendría que ser posible el paso del no-ser al ser, pero ya hemos dicho que el ser es lo único que existe porque el no-ser no es. Así, que el ser sea único implica que sea eterno, necesario, ahistórico, inmutable, universal y simple, es decir, ajeno a cualquier tipo de devenir. Pero si el ser es único y el devenir no-es, ¿qué es toda esa multiplicidad que observamos en continuo cambio y movimiento a través de los sentidos? La repuesta de Parménides es radical: «puro no-ser, mera apariencia, pues todo aquello que no presente los atributos del ser queda relegado al plano del no-ser3«. Ante ello, todo lo que captamos a través de los sentidos es un engaño, es falso. Hemos llegado al engaño de los sentidos que Nietzsche condena como segunda parte de este error que tradicionalmente cometen los filósofos4.

Tanto la permanencia del ser como el engaño de los sentidos son fundamentos que heredará la filosofía de Platón —y en gran medida de una forma u otra, la filosofía occidental— solo que este último no establecerá el corte decisivo entre el ser y el no-ser como Parménides, sino que lo constituirá dentro del propio ámbito del ser: entre el mundo inteligible realmente real y el mundo sensible aparente, real, pero no del todo; introduciendo así múltiples gradaciones de ser que participarán del ser único y total. Ahora bien, según Nietzsche, los sentidos no nos engañan; la causa de que nosotros digamos que el devenir y la multiplicidad no-son se localiza en lo que el ser humano hace con el testimonio sensorial: los sentidos no mienten, la causa de la mentira es la razón. Si tradicionalmente se ha entendido el ámbito del conocimiento desde el paradigma del engaño de los sentidos invertimos entonces la relación en lo que podemos denominar: el engaño de la razón, ya que ¿qué garantías hay de que el pensamiento lógico y racional del ser humano salga de su propia inmanencia para alzarse como principio ontológico que pertenece a la realidad, y no de cualquier manera, sino en sí misma?

El problema de la concepción parmenídea consiste en que al deducir lógicamente —y solo lógicamente— el ser, ha equiparado el ser al pensar, pues el ser descrito con tales atributos solo es concebible en nuestro pensamiento. Cuando intentamos percibir algo así en el mundo, solo encontramos devenir y multiplicidad, de ahí la conclusión de que los sentidos nos engañan. Pero el problema, tal como señala Nietzsche, se encuentra mucho antes de llegar a la percepción sensorial, en la propia racionalidad: esta es la verdadera causa del engaño porque por sí sola nos ha hecho creer que el mundo de ahí afuera está completamente momificado; peor aún, que el mundo que observamos no es realmente real teniendo que existir necesariamente otro mundo que sí se ajuste a esta permanencia. Es así como el Mundo de las Ideas platónico se sustenta en el engaño de la razón.

Notas

[1] Nietzsche, F. (2001). Crepúsculo de los ídolos (p. 51). Alianza.

[2] Decimos lugar porque así es más fácil de imaginar lo que se describe, pero se aplica a cualquier cambio, no solo al cambio de lugar.

[3] No ser. Encyclopaedia Herder. (n.d.). https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/No_ser

[4] Nietzsche, F. (2001). Crepúsculo de los ídolos (p. 52). Alianza.

Artículo de:

Alfonso María Gómez Flores
Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid

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Cita este artículo (APA): Gómez, A. (2024, 17 de noviembre). La crítica nietzscheana a la metafísica. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/11/la-critica-nietzscheana-a-la-metafisica

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