La naturaleza del tiempo. Parte 1 de 2

El tiempo es tan presente como elusivo, tan misterioso como patente. Es evidente en nuestra cotidianeidad, pero, como dijo san Agustín1, si nos preguntan qué es, advertimos que no lo sabemos. Pero siempre es posible partir desde algo.

La característica más clara del tiempo es su cambio constante: el futuro se convierte en presente y el presente en pasado, más, nunca, inversamente. El tiempo es unidireccional, viaja hacia una sola dirección. Entonces, el tiempo podemos llamar la dimensión del cambio, porque el cambio sucede en el tiempo; de hecho, pareciera que el tiempo mismo cambia.

Pero todo ser humano no vive —al menos no literalmente— en el pasado o en el futuro, sino en el presente. Incluso podríamos atrevernos a decir que todo lo que existe se encuentra en el presente. Todo momento del tiempo se distingue por un momento privilegiado: el presente, que divide los tiempos en pasado, presente y futuro; y es universal, ya que todos compartimos el mismo presente.

Por eso, lo que sucede en el presente cambia sin parar; mientras yo escribía esto, tú no conocías ni leías este texto, y, puesto que lo terminé, te encuentras ahora leyendo esto. Una vez fue presente el hecho de que escribo este texto, pero ahora ya no lo es, y ahora es presente el hecho de que lees esto. En esto consiste en que el tiempo sea como un flujo, el flujo del tiempo: el presente cambia sin fin.

A estas características del tiempo podemos nombrarlas en conjunto como la teoría de sentido común del tiempo. Esta teoría es la que —muy probablemente— experimentamos todos, porque justamente es parte del «sentido común»; a priori, no hay nadie que experimente el futuro ni el pasado o un mundo absolutamente estático.

Pero hay apuros con esta teoría. En los últimos años, la física ha concluido —hasta ahora— que el tiempo no es ni remotamente parecido a lo que el sentido común nos dice. La teoría especial de la relatividad funciona sin la postulación de que hay un ahora. Si dos eventos son simultáneos, es debido a la perspectiva de un observador; mejor dicho, es debido al marco de referencia de un observador.

Desde un marco de referencia, dos eventos espacialmente separados son simultáneos; pero desde otro marco, uno de ellos es anterior y el otro posterior. De este modo, bajo esta teoría, no podemos decir que este o aquel marco es el correcto o que uno es más privilegiado que el otro.

Solo hay hechos relativos respecto a la simultaneidad de dos eventos, entonces únicamente hay hechos relativos acerca de qué acontecimientos son presentes y de qué acontecimientos son pasados ​​y futuros. No hay, pues, un marco objetivo e independiente de referencia que permita distinguir entre pasado, presente, y futuro. Esta es la teoría científica del tiempo.

Esto genera un verdadero problema, porque tenemos un conflicto sobre el modo en que pensamos que el mundo es. Desde nuestro sentido común, vemos características que no tienen lugar dentro de la teoría especial de la relatividad.

Es decir, si la física nos dice cómo es el mundo con independencia de nuestro punto de vista subjetivo, surge la cuestión de si quién tiene la razón: si nuestro punto de vista subjetivo o el punto de vista «neutro» de la física.

Aquí tenemos un par de opciones: o creer que la teoría de sentido común es la correcta2, o creer que la teoría científica es la correcta3. Hay filósofas y filósofos para cada una de las opciones. Por un lado, los que creen en la primera opción, suponen que el flujo del tiempo es real y que hay un momento presente objetivo; piensan que son características objetivas de la realidad que son independientes de nosotros. A esta teoría se le llama la visión dinámica del tiempo4.

Por otro lado, los que creen en la segunda opción, no piensan que haya flujo del tiempo y que haya un momento temporal privilegiado. Suponen que todos los instantes del tiempo tienen paridad temporal, es decir, son ontológicamente iguales. Por tanto, el pasado y el futuro son tan reales como el presente. A esta teoría se le llama tetradimensionalismo o eternalismo.

Ambos marcos tienen consecuencias para nuestros términos o conceptos temporales. Bajo el primer marco, nuestros términos temporales acerca del pasado, presente, y futuro juegan un papel importantísimo en nuestra descripción del tiempo: describen que el tiempo es dinámico. Bajo el segundo, nuestros términos temporales acerca de lo que es anterior, posterior y simultáneo son más fundamentales que los anteriores, de tal modo que el tiempo no posee el dinamismo característico del primer marco.

¿Qué pasaría si el pasado, presente y futuro son igualmente reales? Bueno, además de que iría en contra de nuestras intuiciones, quizás implicaría que no tengamos libre albedrío. Si el libre albedrío consiste en la elección voluntaria de una opción entre varias, entonces ninguna de las opciones debe ser inevitable o fija. Justamente eso parece que es implicado por el eternalismo: si un evento futuro es tan real como un evento presente, entonces el evento futuro inevitablemente ocurrirá.

Una persona que sostuviera este marco tendría dos opciones: aceptar que hay un conflicto y negar que haya libre albedrío; o negar que realmente haya conflicto alguno. Si se decidiera por la primera opción, tal persona tendría que explicar por qué pensamos que tenemos libre albedrío cuando, en realidad, no es así; esto le llevaría al debate entre determinismo y libertarismo5, en tanto que la irrealidad de la libertad supondría —a primera vista, al menos— un problema necesitado de solución para el determinista y (ahora) para el eternalista.

Pero este último movimiento no es realmente necesario. El eternalista podría rechazar que la realidad del futuro entra en conflicto con el libre albedrío, así que la realidad del futuro no equivale a que el futuro esté predeterminado.

A lo mucho, el eternalismo estaría comprometido con el determinismo lógico: las proposiciones acerca del futuro son necesariamente verdaderas o necesariamente falsas, no pueden ser ambas o ninguna. Este determinismo no lo llevaría a aceptar que las proposiciones acerca del futuro son causalmente determinadas; así, distintos estados de cosas podrían resultar por acciones libremente realizadas. Que haya verdades acerca del futuro no es igual a que haya eventos futuros inevitables.

Otra consecuencia parece ser que el universo es estático: no hay nada que se mueva, porque el tiempo no se mueve. Según el eternalismo, el tiempo no es más que una dimensión que existe además de las tres dimensiones del espacio; es por tal motivo que, bajo este modelo, el universo no solamente se extiende en el espacio, sino también en el tiempo.

Si pudiéramos ver el universo desde «fuera», toda la historia del universo estará a nuestro alcance de percepción. No hay nada en el universo —considerado desde esta perspectiva— que cambie, por lo que el eternalismo no puede explicar el cambio.

Notas

[1] Confesiones, libro XI (Akal, Madrid 1986, p.296-313.)

[2] Esto no significa necesariamente que, bajo esta opción, se rechaza tajantemente lo que dice la ciencia acerca del tiempo. Al contrario, se busca compatibilizar los resultados científicos con esta teoría.

[3] Al igual que la anterior, bajo esta opción, no es necesario sostener que nuestra percepción del tiempo es absolutamente errónea y que vivimos en una ilusión. En esta teoría se busca compatibilizar nuestra percepción con la ciencia. La diferencia entre elegir una de las dos consiste, más bien, en una diferencia de énfasis.

[4] Usualmente, en la literatura filosófica es llamada como teoría A del tiempo. Esta comprende una variedad de ontologías distintas, desde la ontología más común, el presentismo, hasta la teoría del bloque creciente (The Growing Block Theory). Pero todas comparten, pese a sus diferencias, las características ya mencionadas.

[5] Entiéndase por «libertarismo» por aquella posición filosófica circunscrita en el debate determinismo-libre albedrío que afirma la realidad del libre albedrío.

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Cita este artículo (APA): Arce, E. (2024, 10 de noviembre). La naturaleza del tiempo. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/11/la-naturaleza-del-tiempo/

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