Prejuicio humano del texto al cuerpo

Hay un vicio o virtud de Academia, depende a quien le preguntes, sobre la capacidad de obtener las ideas precisas de los textos que se leen, donde los lectores se jactan de un entendimiento “mejor” de algunos de ellos, de una comprensión precisa de los mensajes que se cifran entre las páginas de tantos libros, clamando la tan ansiada verdad. Durante mis años de escuela, mis maestros lo subrayaban, rechazando abiertamente opiniones que se alejaban del canon de pensamiento de los clásicos, y al mismo tiempo salvaguardando esa perspectiva, en interrogaciones propias del quehacer académico, “pero ¿qué dice Hegel?, ¿cómo lo ve Beauvoir?, ¿eso decía Leopoldo Zea1?” La veracidad de tales aseveraciones era entonces mediada por la aprobación de estudiosos en primer momento, y de coetáneos eventualmente; después de todo, resulta imposible aclarar posturas con la mayoría de los autores salvoconducto de tablas oujia.

Claro, con esto no pretendo desacreditar 2000 años o más de enseñanza clásica, y quejarme de la efectividad del magister dixit2, pero sí subrayar esta tendencia a un análisis objetivo, donde se prima un único discurso que la tradición se ha esforzado por salvar, y a la vez, para con esto plantear un símil al análisis que muchas veces, descuidado e incómodo, se hace de las personas. Aquí la tradición no es tan sencilla, prejuicios siempre ha habido, y a diferencia de los libros con análisis rigurosos, la aproximación corporal es evidente, pero misteriosa; las concepciones previas son necesarias porque deshacernos de ellas resulta imposible, pues una mirada poco atenta y fugaz no permite revelar todo de una persona y está claro que la apariencia nos brindará una noción descuidada de ese otro que se nos presente alimentada, por supuesto, por ideas previas y muy probablemente estereotipadas. Aun así, con el paso del tiempo, tal como sucede con la literatura, se crea una hegemonía de ciertos discursos que pretenden dotar de sentido las expresiones morfológicas y actitudinales que rondan a la configuración corporal y sus adornos, oscilando entre las aparentemente normales o las trascendentes, llenas de significado según quien juzga. Por mencionar algunos ejemplos, remarco, quizá anticuados para quienes leen, ridículos o incluso imposibles, pero que dan muestra de estos prejuicios y lo mucho que trascienden, tal es el uso de tatuajes por delincuentes, la obesidad como propia de personas descuidadas y perezosas, o la vestimenta como una señal clara de deseos carnales por parte de otros.

El comentario a la apariencia del vecino parece siempre querer acercarse con certeza a su pensamiento, pretende evidenciar mejor que él mismo sus deseos y actitudes, cuál traductor en sesión viciada, pues como narra cierto dicho, traducir es traicionar. Esto responde en mayor medida a nociones culturales y, ¿por qué no?, a una muestra de la misma persona que dicta el juicio, pues quizá, en términos coloquiales, «el que tiene hambre en pan piensa«.

Pero debe tratarse a mansalva este tema, ya que tal como infinidad de textos han servido de justificación de algunos para cometer toda clase de horrores, de conquistar civilizaciones y de erigir imperios, lo mismo han servido comentarios prejuiciosos para atacar a inocentes y cometer actos viles ante personas cuyo único delito fue existir, lo que representa entonces una aberración tal como las cometidas por ideologías extremas, porque si la manifestación más tangible de nuestra existencia es nuestro cuerpo, y eso es lo que somos, entonces cualquier juicio y peor aún, todo acto contra ello, significa lo más atroz y por ende una despersonificación total de la persona agredida. En contraste, para muchos no es nada, arrebatan y arremeten con saña, deseosos del poder sobre alguien más, y peor aún, ocultándose tras discursos estúpidos, justificando su barbarie, tan superficiales como las apariencias que los han motivado.

Por fortuna, como muestra el derrumbe de algunas estatuas, o el dilapidar las carreras de otros tantos, la misma cultura ejerce juicios, y lo que un día fue aplaudido y anunciado con bombo y platillo ya no lo es; se somete a un juicio cultural más profundo, pero no al de la correcta interpretación, sino a la mirada atenta de valores modernos, estos que tras atropellos, reflexión y educación, han comenzado a velar por la seguridad de todos, por su bienestar. El cambio comienza a darse, pero si la mirada del otro parece siempre querer adivinar el discurso detrás de los pasos que mueven la ropa que adorna el cuerpo de cada persona, el auténtico canje debe venir en hacer eso a un lado y en reconocer a cada uno en su individualidad y libertad, en salvaguardar su integridad, y en aproximarse bajo el respeto, en pro de un conocimiento que vaya más allá de lo superfluo.

El camino entonces sigue y hay que recorrerlo, pues atrocidades bajo palabras vacías de apariencia, o libros detrás de asesinatos y crímenes, no deben distanciarnos de la posibilidad real que brindan ambos de cuestionar los discursos de odio y de actos imbéciles: ¿acaso se nos pregunta siempre nuestra opinión?, ¿tiene que ser todo tan individualista y terminar siempre en nosotros?

La cuestión es complicada, varios autores cuestionan las ideas que inauguran esta discusión, señalando una muerte del autor, donde el texto ya no le pertenece al que lo ha escrito, sino al contexto en que se ha insertado, a la cultura que lo recibe y, de quien lo lee, hablar de algo similar en cuestión de cuerpos, parecería aberrante, ¿o no? Pues una extrapolación simétrica de esto sería decir que a cada quien su juicio, y para el correcto, pero en término último, la cuestión no es ensalzar lecturas individualistas de los demás y su forma de expresarse, sino construir una cultura más respetuosa con esos puntos, para al mismo tiempo, la libertad de lo corporal no se vea coartada.

Cierro con ilusión, pero a la vez con miedo; el poder, como señalaba cierto escritor francés3, es de quien lo ejerce, y el discurso es de aquel que tiene el poder para llevarlo a cabo. Vale la pena explorar las posibilidades que nos brinda nuestra expresión, vestimenta, corporalidad, estilo, como quiera llamársele, para empoderarnos bajo una de las cosas más importantes que tenemos: ser nosotros mismos. Si existe una correcta interpretación de los textos, abonando a lo que decían mis maestros, vale la pena intentar llegar a ella para en ese momento destrozar al autor, reinterpretarlo y traer lo que nos sirva al presente; insisto, con el fin de que nuestra cultura, nuestros textos y nuestros cuerpos, lleguen a ese punto de desarrollo humano que realmente pueda significar algo nuevo, alejarnos de esa idea de que el infierno está en los otros, y quizá ahí cambiar o mejorar el significado de un humano demasiado humano.

Notas

[1] Leopoldo Zea Aguilar [1912 – 2004] fue un filósofo mexicano, uno de los pensadores del latinoamericanismo integral en la historia.

[2] Magister dixit es una locución latina que significa literalmente «lo ha dicho el maestro«. Se usaba en la Edad Media por los escolásticos para citar la opinión de Aristóteles como un argumento irrefutable.

[3] Se refiere a Michel Foucault. Cfr. Toscano, D. (2016). El poder en Foucault: «un caleidoscopio magnífico». Logos (La Serena), 26(1), 111-124. https://dx.doi.org/10.15443/RL2608

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Cita este artículo (APA): Zazueta, L. (2024, 12 de noviembre). Prejuicio humano del texto al cuerpo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2024/11/prejuicio-humano-del-texto-al-cuerpo/

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