La fotografía como arte

Sin duda, la fotografía, entendida como una forma de arte, se ha consolidado destacando el reflejo de la cultura actual, caracterizada por la inmediatez y la conexión global en un mundo saturado de imágenes y comunicación instantánea. Este medio trascendió su función técnica para convertirse en una poderosa herramienta que nos revela formas distintas de percibir, interpretar y relacionarnos.

En su función básica, la fotografía nos trata de dar una representación fiel y precisa de algún objeto presente en la realidad; desde la filosofía, ella puede ser contemplada como un diálogo entre la voluntad de acercarnos a lo real y a las propias dificultades para hacerlo, pues su naturaleza radica más sobre el campo de la ontología que el de la estética, ya que permanecen en ella una forma y una naturaleza de la realidad, elementos singulares donde también participa la luz y el tiempo, revelando así su propio ser.

La función de la fotografía no consiste en ofrecer placer estético, sino en proporcionar verdades1.

En ese sentido, podríamos decir que la fotografía documental nace con la intención de plasmar la realidad o verdades visuales en una imagen fija, aunque eso implica conocer cómo habrían de entenderse estas verdades visuales, y si estas recaen en una función histórica de suministrar información visual precisa y fidedigna2.  De forma sencilla se podría explicar que, cuando miramos fotografías, estamos viendo escenas que no están realmente ante nuestros ojos, pero que han quedado atrapadas en una imagen, permitiendo la recreación del momento perceptivo.

En la lectura «El tiempo, la memoria y el compromiso. Chris Marker, un viaje a través de las imágenes3«, se plantea que la narración, estructurada como una sucesión de fotografías, evoca la fragmentación de los recuerdos acumulados en nuestra memoria. Este enfoque nos transporta a un tiempo descompuesto que se reconstruye en los límites entre la realidad y la irrealidad, destacando aquellos breves e invaluables instantes de felicidad que nuestra mente conserva, pero que inevitablemente se desvanecen con el paso del tiempo.

Esta dialéctica entre la fragmentación del tiempo y su reconstrucción, desarrollada en dicho proceso, pone de relieve el inmenso poder evocador de la imagen, ya que pone en evidencia la manera en que las experiencias personales se descomponen y se reorganizan de forma desestructurada en nuestra memoria. Así, a través de la lente de una cámara, estos fragmentos del pasado se convierten en representaciones visuales, reviviendo un tiempo vago y difuso, pero profundamente significativo. Este proceso resalta la íntima relación entre la fotografía, la memoria y el tiempo, demostrando cómo el arte visual puede capturar y resignificar nuestras vivencias.

Punctum

En su capacidad de reproducir, la fotografía aparece como una representación fiel y precisa, algo casi perfecto, ya que parece haber congelado un instante de nuestra visión, almacenándolo para que podamos disfrutar de una experiencia diferida, repitiendo ese momento de observación. No obstante, Roland Barthes lo menciona4 como el punctum de una fotografía, situando el momento de azar que, en ella, nos afecta, pero que también, nos resulta tocante e hiriente.

Este punctum nace de una situación personal, es la proyección de una serie de valores que proceden de nosotros, que no están originariamente contenidos en la imagen. Dicho de otra manera:

El potencial expresivo de la fotografía es lo que nos atrapa, ya que es como el salto arbitrario, aleatorio, contingente, de un grado al otro lo que asigna el sentido y da su valor de mensaje a la imagen, pero que modifica sustancialmente la vinculación de la imagen con su referente y, por ende, su valor de uso, descartando así el sentido del uso de esa imagen5.

Lo trascendental

También podemos decir que lo trascendental de la fotografía radica en cómo la usa el fotógrafo y a qué intenciones sirve, ya que el creador de esta ejerce un control para imponer una dirección ética, donde se esconden mecanismos culturales e ideológicos que afectan nuestra percepción sobre ella, pues, quien controla la producción fotográfica también puede moldear narrativas, consolidar ideologías o perpetuar estructuras de poder.

Este poder radica no solo en su habilidad para representar, sino también en su potencial para distorsionar, omitir o amplificar aspectos de la realidad, y puede convertirse en una herramienta de control y manipulación en diversos contextos sociales, culturales y políticos. De esta manera, el arte fotográfico no es un acto neutral, sino un campo donde se entrelazan la estética, la intención y la percepción humana.

Finalmente, en su capacidad para reproducir la realidad con una aparente fidelidad, la fotografía posee una autoridad visual que influye en la percepción colectiva, donde también es una herramienta de construcción de identidad que puede ejercer una presión sutil para proyectar una imagen idealizada y conforme a las expectativas sociales de cada época.

Notas

[1] Munarriz, J. (2004). La fotografía como objeto: La relación entre los aspectos de la fotografía considerada como objeto y como representación. Pág. 119. Universidad Complutense de Madrid, Servicio de Publicaciones. URI: https://hdl.handle.net/20.500.14352/54833

[2] Fontcuberta, J. (2015). Introducción, en El beso de Judas: Fotografía y verdad. Pág. 13. Editorial Gustavo Gili.

[3] Abad de Montesinos, J. (2013). El tiempo, la memoria y el compromiso. Chris Marker, un viaje a través de las imágenes. Pág. 180-186. Revista de letras y ficción audiovisual.

[4] González, S. (2022, 4 de octubre). El “studium” y el “punctum” en la fotografía. Semíramis González. Sitio web: https://semiramisgonzalez.com/el-studium-y-el-punctum-en-la-fotografia/

[5] Fontcuberta, J. (2015). Introducción, en El beso de Judas: Fotografía y verdad. Pág. 14. Editorial Gustavo Gili.

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Cita este artículo (APA): Amezcua, P. (2024, 18 de diciembre). La fotografía como arte. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2024/12/la-fotografia-como-arte

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