Peter Berger y Thomas Luckmann abordan la noción de conocimiento socialmente objetivado, es decir, en cómo el conocimiento se normaliza e institucionaliza a través de discursos, prácticas o una serie de símbolos. El sostenimiento del orden establecido lo encuentran en lo que ellos denominan como legitimación.
Los universos simbólicos funcionan para legitimar la biografía de los individuos, pero también el orden institucional de la sociedad. En la experiencia individual, el universo simbólico “pone a cada cosa en su lugar”. Una persona experimenta una situación extrema o realidades marginales, es decir, experiencias de la vida que se colocan al margen de la vida cotidiana que amenazan la estabilidad de las personas en su día a día; eventos como la muerte, pesadillas o el dolor. Algo que se desvía de la conciencia de este orden el universo simbólico le permite “volver a la realidad1”; por ejemplo, una persona que tuvo una experiencia cercana a la muerte estaría aterrada de vivir la vida cotidiana por el temor a pasar por lo mismo, el universo simbólico de la religión le haría notar que fue Dios, mediante una intervención divina, quien tomó la decisión sobre su experiencia y que estaría a su cuidado en adelante. Así, el universo simbólico vuelve a integrar a las personas en la vida cotidiana.
Los universos simbólicos se describen como:
La matriz de todos los significados objetivados, social y subjetivamente reales; toda la sociedad histórica y la biografía de un individuo se ven como hechos que ocurren dentro de ese universo. Lo que tiene particular importancia es que las situaciones marginales de la vida del individuo2.
Para Berger y Luckmann el universo simbólico también legitima la identidad subjetiva del individuo, proporcionándole una coherencia de quién es. Las experiencias de las realidades marginales fragmentan la visión que se tiene de sí mismo; sin embargo, este universo amplio proporciona estabilidad al individuo que corrige dichas experiencias para nombrar lo que es él. Esto es, el universo simbólico otorga seguridad.
Ahora bien, los universos simbólicos se sostienen por sí mismos; sin embargo, dado que la sociedad siempre está en constante cambio, existen momentos de crisis anómicas en donde dichos universos pierden el peso específico que sustenta el orden social. Pensemos en el significado del nacionalismo, esta resignificación cultural en torno a la identidad nacional perdería su peso específico por el resultado de olas migratorias que atentan en contra de esa identidad. La xenofobia y otros tipos de discriminación se acentuarían. Para legitimar los universos simbólicos y restaurar sus significados son necesarios “mecanismos conceptuales específicos”: discursos, ideologías o procesos de estigmatización. Los movimientos sociales contemporáneos se dieron cuenta de que la desigualdad tiene que ser combatida.
Otros universos simbólicos como el patriarcado, el racismo, el capacitismo, la heteronormatividad, desigualdad socioeconómica, etc. están siendo cuestionados, es decir, ya no se sostienen por sí mismos; por lo tanto, existen tensiones en dichos universos y es necesaria su reafirmación a través de mecanismo conceptuales específicos para contener el problema y los grados que representa. Lo problemático, en este caso, es que los grupos de poder que se benefician de la desigualdad con una serie de privilegios históricamente establecidos es que no estarían dispuestos a cederlos.
Lo que importa para nuestras consideraciones es la necesidad de que dicha represión se legitime, lo que, por supuesto, implica la puesta en marcha de diversos mecanismos conceptuales destinados a mantener el universo «oficial» contra el desafío herético3.
Esto es, para sostener un universo simbólico “oficial”, es necesaria la intención de legitimar la represión: las relaciones de poder no son hechos aislados, sino una parte fundamental para el mantenimiento de la desigualdad. Los dispositivos sociales para el control social se hacen, pues, presentes cuando los universos simbólicos “oficiales” dejan de tener el peso suficiente y la coherencia para el mantenimiento del orden. Esto implica la reorganización de mecanismos conceptuales, uno de ellos es el de la meritocracia.
Por lo tanto, la meritocracia funcionaría como mecanismo conceptual para la reorganización de universos simbólicos que perpetúan la desigualdad y la legítima para que estas no sean cuestionadas, sino toleradas y normalizadas.
Sacrificar para controlar
Primero que nada, la nueva derecha tiene una obsesión por lo que ellos denominan batalla cultural; es decir, apropiarse de la cultura —en términos de Gramsci— es apoderarse de lo político. No por nada han adquirido una guerra hacia los derechos humanos, especialmente hacia los grupos históricamente desaventajados. Por ello, sus ataques están dirigidos hacia el terreno de lo simbólico y el de los derechos.
La batalla cultural se basa en una visión maniquea del mundo: “nosotros vs. ellos”, «el bien vs. el mal«. La versión neoliberal de una visión maniquea del mundo es la división entre trabajadores y perezosos, pero lo son, supuestamente, por debilidad de carácter o por bajeza. El conservadurismo radicalizado y el neoliberalismo están entrelazados4. En ellos no se admiten discrepancias:
Los fundamentalistas enfatizan la construcción de unos límites institucionales y simbólicos claros entre la pureza interna de la comunidad y la polución del mundo externo5.
Por el contrario, la idea del sacrificio no deja de ser atractiva en las sociedades contemporáneas. Ya en épocas más antiguas, este obedecía a ciertos rituales sagrados, más específicamente relacionados con la religión, dependiendo del tipo de sociedad que se tratase. Este acto no ha desaparecido del todo. La diferencia, entre muchas otras, son precisamente los rituales para llevarlo a cabo. La violencia ha disminuido en lo que Norbert Elías denominaba “El proceso de la civilización”, a partir del cual, en la medida en que la violencia fue monopolizada por el Estado, las pasiones humanas y la autocontención se volvieron parte del ethos civilizatorio6.
Por otro lado, René Girard establece que hay grupos de la sociedad que deben de ser sacrificados, dado que aparecen como extraños y, por lo tanto, se vuelven sagrados para conservar el orden o la paz. Es decir, la función social del sacrificio radica en que se vuelve el motor de la cohesión social, dado que las figuras de los extraños suelen ser percibidas como anormales o peligrosas, la insociabilidad se vuelve inevitable.
Es la comunidad entera la que el sacrificio protege de su propia violencia, es la comunidad entera la que es desviada hacia unas víctimas que le son exteriores. El sacrificio polariza sobre la víctima unos gérmenes de disensión esparcidos por doquier y los disipa proponiéndoles una satisfacción parcial7.
Por lo tanto, los denominados “chivos expiatorios” se vuelven necesarios en el terreno de la polarización política y social. En ese sentido, no basta la meritocracia como mecanismo conceptual para legitimar la desigualdad, sino que su otro componente, aún más poderoso —el sacrificio—, es fundamental. Para que la violencia no se desborde por el descontento social, sacrificar a muchos de sus miembros considerados como los extraños es primordial.
Cuando no es satisfecha, la violencia sigue almacenándose hasta el momento en que desborda y se esparce por los alrededores con los efectos más desastrosos. El sacrificio intenta dominar y canalizar en la «buena» dirección los desplazamientos y las sustituciones espontáneas que entonces se operan8.
La figura de lo sagrado implica pertenecer a la otredad; por lo tanto, es un excluido. Bauman también apunta que:
La clase marginada es el enemigo en casa, que ocupa el lugar de la amenaza externa, como el fármaco que restablecerá la cordura colectiva; válvula de seguridad para aliviar las tensiones originadas en la inseguridad industrial10.
Y esos enemigos, como ya se mencionó, requieren ser sacrificados. De nueva cuenta, los «chivos expiatorios» se hacen presentes ante las fallas estructurales de ausencia de derechos e injusticia distributiva que propician la desigualdad y la incertidumbre. De este modo, los marginados son los elegidos por el poder para ser sacrificados y aliviar las tensiones sociales y, al mismo tiempo, cumplir con el fundamentalismo de la desigualdad de las nuevas derechas.
La justicia frente a la desigualdad
John Rawls ya había criticado esta noción que es de carácter estructural. El principio de diferencia establece que la desigualdad de bienes y recursos es justificable si beneficia, primeramente, a los menos aventajados de la sociedad; es decir, ante las desigualdades inmerecidas debe de haber una compensación. Por tanto, frente a la lotería social en donde nadie elige ser quien es, la sociedad debe de dar prioridad y corregir esas notables desigualdades y así otorgar una auténtica igualdad de oportunidades que se dirijan hacia la igualdad11.
Rawls menciona que “nadie merece una mayor capacidad natural ni tampoco un lugar inicial más favorable en la sociedad12«; por lo tanto, el principio de diferencia tiene que compensar las desventajas frente a la arbitrariedad. Esto sería contrario a la ideología meritocrática desde la teoría de la justicia, en la medida en que las instituciones se nieguen a actuar frente a la arbitrariedad del orden natural, estaríamos frente a una situación de injusticia.
Por lo anterior, encontramos que la meritocracia es, efectivamente, un mito, ya que nadie podría escalar en la movilidad social o salir de la pobreza con un mero esfuerzo individual, puesto que la sociedad es un sistema de cooperación que puede traer beneficios o no, pero ningún individuo está aislado de los demás. Las ventajas son inmerecidas, el azar natural colocó a las personas en determinadas posiciones sociales sin ningún acuerdo de por medio; la ideología meritocrática es injusta en sí misma porque revictimiza y culpabiliza a los pobres u otras personas en desventaja por una situación que ellos no eligieron. En suma: corresponde a las instituciones sociales compensar a los menos aventajados con una justa igualdad de oportunidades en lugar de exigir y culpar por no esforzarse lo suficiente frente a circunstancias inmerecidas. De esta manera, el argumento moral, al contrario de la idea totalizadora de competencia individual, es el de la corrección de desigualdades para acceder a libertades y oportunidades.
En conclusión, la meritocracia es un mito que funciona para justificar las desigualdades estructurales. Al mismo tiempo, la fase del neoliberalismo contemporáneo da pasos por adelantado en la medida en que el sacrificio se ha vuelto un acto de barbarie que va más allá de esta: es la limpieza social de los parias construidos culturalmente para estigmatizarlos como enemigos. De hecho, no es casualidad que el presidente argentino, J. Milei, haya dicho:
No hay plata, no hay alternativa al ajuste, no hay alternativa al shock […] En el corto plazo la situación empeorará, pero luego veremos los frutos de nuestro esfuerzo9.
Para mitigar las protestas sociales, a los manifestantes se les acusa de atentar contra la paz y la libertad. En este contexto, como advierte Girard, el sacrificio de quienes “amenazan” la paz se convierte en un mecanismo para contener el descontento y perpetuar el orden frente a la desigualdad.
Notas
[1] Berger, P & T. Luckmann (1968). La construcción social de la realidad. Traducción de Silvia Zuleta. pp. 127-128. Argentina: Amorrortu editores.
[2] Ibídem, pp. 125.
[3] Ibídem, pp. 137- 138.
[4] Strobl, N. (2022). La nueva derecha. Un análisis del conservadurismo radicalizado. pp. 49-50. Argentina: Katz.
[5] Beriain, J. (2005). Modernidades en disputa. pp. 132. Barcelona: Anthropos.
[6] Elias, N. (2009). El proceso de la civilización. México: FCE.
[7] Girard, R. (2005). La violencia y lo sagrado. pp. 15. Barcelona: Anagrama.
[8] Ibídem, pp. 17.
[9] No hay plata, no hay alternativa al shock: Milei, presidente (2023, 11 de diciembre). El Economista. Sitio web: https://www.eleconomista.com.mx/internacionales/No-hay-plata-no-hay-alternativa-al-shock-Milei-presidente-20231211-0029.html
[10] Bauman, Z. (2000). Trabajo, consumismo y nuevos pobres. pp. 113. Traducido por Victoria de los Ángeles Boschiroli. Barcelona: Gedisa.
[11] Rawls, J. (1995). Una teoría de la justicia. pp. 103. Traducido por María Dolores González. 2° Ed. México: FCE.
[12] Ibídem.
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Cita este artículo (APA): Román, E. (2025, 10 de enero). El sacrificio social: la fase superior de la meritocracia. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/01/el-mito-de-la-meritocracia/
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