La mentira en la política: entre Platón y Arendt

No es difícil encontramos con multitud de mentiras en el terreno de la política, y si bien, ello nos puede resultar a la mayoría algo ilegítimo, hay filósofos, como Platón, que sostienen que hay momentos en los que hacer uso de la mentira desde la política está justificado. Para él, existen mentiras nobles. Ejemplo de ello serían las mentiras fundacionales de los Estados. Considera este filósofo que si queremos que cierto conjunto de personas convivan juntas en un orden social que sea respetado y conformen así un Estado, podemos servirnos de la mentira para evitar que surja el conflicto.

En cuanto a la mentira expresada en palabras, ¿cuándo y a quién es útil como para no merecer ser odiosa? ¿No se volverá útil tal como un remedio que emplea preventivamente, frente a enemigos, y también cuando los llamados amigos intentan hacer algo malo, por un arranque de locura o de algún tipo de insensatez?1

Justamente esto es lo que encontramos en la apuesta de Estado ideal configurada por Platón, donde los gobernantes ostentan el poder de mentir a los ciudadanos. En este caso, narrándoles un mito que declara que todos ellos poseen en su alma algún tipo de metal introducido por los dioses. Así, aquellos que tienen hierro y bronce en su alma están destinados a ser artesanos que satisfagan las necesidades materiales de la población. Quiénes ostentan plata, serán guardianes que se encarguen de la defensa de la polis. Y los que poseen oro en su alma son designados como gobernantes, dándose la curiosa coincidencia de que este último grupo político que ostenta el poder es el que le corresponde, según Platón, a los filósofos.

De esta forma, este pensador reconoce el valor utilitario de la mentira en política para así asegurar el respeto a un determinado orden social y garantizar la estabilidad del mismo, como si la única forma de vincularnos los unos a los otros fuera a través de la mentira. A su vez, no deja de resultar paradójico que quien ostenta la capacidad legítima de mentir, dentro de este Estado platónico, sea el rey-filósofo, esto es, quien mejor debería conocer la verdad. La explicación de ello la encontramos en el fuerte paternalismo que acompaña a la reflexión política de Platón. Quienes mienten lo hacen presuponiendo que eso es lo mejor para todos, es decir, se reconocen como poseedores de cierto conocimiento que el resto de la población, que comparece ante ellos como un niño ignorante, desconoce.

¿Cómo podríamos inventar, entre esas mentiras que se hacen necesarias, a las que hemos referido antes, una mentira noble, con la que mejor persuadiríamos a los gobernantes mismos y, si no, a los demás ciudadanos?2

En el fondo de la política platónica late esa convicción de que la verdad no es algo para todos, que la mayoría o bien no llegan a alcanzarla, o bien no se les puede comunicar la verdad. Por eso Platón critica tan duramente a la democracia, porque considera un disparate equiparar el valor del voto y decisión de una persona que alcanzando a contemplar la verdad pueda derivar de ella los mejores criterios para juzgar la acción humana, y el de otra persona que permanezca en el mundo de las apariencias y de la ignorancia. Este pensamiento no puede sino derivar, como lo hace, en una propuesta política donde todo el poder y el control se condensa en una casta intelectual de filósofos que se considera la única con el suficiente conocimiento como para saber qué es lo mejor para la ciudad, y, por ende, la única legitimados a mentir.

En la actualidad, tristemente, seguimos teniendo muy presente esta vinculación entre política y mentira. Parece que el terreno político se ha convertido en campo de producción y reproducción de la mentira, alzándose esta como una de las más fuertes armas políticas en la actualidad. La verdad, por el contrario, ha quedado excluida, en gran medida, de los discursos políticos, pues, ante una verdad no podemos más que asentar, esto es, nos relega a la pasividad de la aceptación, no posibilita hacer uso de ella como arma política. En cambio, la mentira es activa, es en sí misma la acción de tratar de cambiar la realidad por otra, por eso es posible usarla como instrumento político, porque, al igual que la política, constituye una actividad. Ahora bien, una cosa es que sea posible usar la mentira como herramienta política y otra muy distinta es que deba ser así, esto es, que su uso se encuentre legitimado en ciertas situaciones, como consideraba Platón.

Las mentiras que más abundan en la política de nuestros días, como bien supo ver la pensadora Hannah Arendt, son aquellas vinculadas con las verdades de hecho, esto es, mentiras respecto de los acontecimientos, con miras a hacer desaparecer hechos pasados o deformarlos. Estas, de hecho, constituyen las de mayor interés en el terreno político. Una mentira que pretenda engañarnos respecto de la verdad matemática de que 2 y 2 son 4, no posee implicaciones políticas per se (introduciendo tal mentira en cierto contexto, podría tener consecuencias políticas, pero no las tiene por sí misma). En cambio, una mentira acerca de cierto acontecimiento pasado, posee ya, por sí sola, unas implicaciones políticas de gran alcance. Ello se debe a que la política misma es el terreno de los acontecimientos, de la acción humana; por lo tanto, las verdades de hecho son las más importantes, políticamente hablando.

Incluso un compromiso con la verdad de hecho se siente como una actitud antipolítica1.

En este terreno, la mentira, que constituye lo opuesto a la verdad factual, es una falsedad deliberada que aspira no solo a cierta transformación de la realidad, a configurar un nuevo relato; sino también a la destrucción de la verdadera realidad anterior. Las mentiras en la actualidad no se limitan a ocultar cierta verdad, aspiran a hacerla desaparecer, a destruirla, imposibilitando su recuperación futura, haciendo que cierto hecho quede relegado al estatus de no haber ocurrido nunca, quede relegado al vacío del olvido que todo lo engulle.

Resulta sumamente sencillo mentir sobre hechos, las verdades sobre los mismos son muy frágiles, ya que los hechos se encuentran envueltos por el manto de la contingencia. Las acciones emprendidas en el pasado no fueron fruto de la necesidad, sino de la bella capacidad humana de iniciar cosas nuevas espontáneamente y de manera imprevisible. Dicho en otras palabras: los hechos ocurrieron de cierta manera, pero podrían haberlo hecho de otra, pues las potencialidades de la libertad humana resultan infinitas, siendo la mentira un abuso y perversión de dicha libertad.

No obstante, la mentira no lo tiene fácil para instaurarse como nueva realidad y ganar permanencia, porque la realidad misma es cambiante y fluyente, el terreno de la acción humana es ante todo inestabilidad, y las mentiras que emergen en él, también lo son. Permanentemente, se ven en la necesidad de reinventarse, adecuándose a los cambios de la realidad. A los mentirosos les resulta sencillo destruir a la verdad, pero sumamente complicado llegar a reemplazarla. Así, el efecto que tienen las mentiras no es el de conseguir hacerse pasar por la estable verdad, ni hacer que tal verdad comparezca como si fuera una mentira. Lo que las mentiras producen es ante todo una falta de orientación en el momento en que los criterios de verdad y mentira dejan de ser guías válidas en nuestra existencia, cuando ya no nos podemos fiar ni de la verdad que se nos muestra como más fundada.

Que los hechos no están seguros en manos del poder es algo evidente, pero la cuestión está en que el poder, por su naturaleza misma, jamás puede producir un sustituto de la estabilidad firme de la realidad objetiva4.

Notas

[1] Platón (1988). Diálogos IV. República, 382. Trad. Eggers Lan, Conrado. Gredos: Madrid. 

[2] Ibídem, 414b-c.

[3] Arendt, H. (1996). Verdad y política. En Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Trad. Poljak Zorzut, Ana Luisa. Península: Barcelona. Pág. 252.

[4] Ibídem, pág. 272.

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Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2025, 24 de enero). La mentira en la política: entre Platón y Arendt. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/01/la-mentira-en-la-politica/

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