Ser persona

A lo largo de toda la historia de la filosofía, hablar de la persona humana ha sido un tema fundamental para tratar. Pensadores de gran fama, que han aportado bastante a la reflexión filosófica, tuvieron a bien tomar en cuenta este aspecto en sus notas y escritos. Filósofos como Agustín de Hipona, Boecio, Tomás Aquino, Wojtyla, entre otros muchos, han dado sus aportaciones a la antropología filosófica con sus distintos puntos de vista respecto a la persona, con la firme intención de tener un acercamiento más claro hacia la verdad del hombre como ser racional.

En las últimas décadas, especialmente en el siglo pasado, el personalismo ha dado un salto significativo al reflexionar sobre la persona humana. Pensadores como Levinas y Mounier, por mencionar algunos, han aportado nuevas perspectivas que las ilustres mentes de épocas anteriores no habían planteado. Aunque estas figuras clásicas hicieron contribuciones invaluables, no lograron el avance que algunos personalistas posteriores alcanzaron. Sin embargo, fueron ellos quienes cimentaron el terreno para que las posturas actuales se construyeran sobre bases sólidas. Dicho esto, resulta valioso comenzar con los pensadores antiguos para analizar qué tienen que decir a nuestra realidad actual. Un buen punto de partida es Boecio, cuya definición de persona es una de las más conocidas: “sustancia individual de naturaleza racional1”.

A partir de esta definición, el término en sí mismo nos indica que se aplica únicamente a aquellos seres dotados de la facultad de razonar. Esto excluye, por tanto, a todos los seres que, aunque puedan ser animados —es decir, dotados de alma según el pensamiento aristotélico—, carecen del uso de la razón. De igual manera, quedan excluidos los seres considerados inanimados. En relación con este tema, el filósofo Emmanuel Mounier nos ofrece una reflexión interesante sobre lo que, en su opinión, puede considerarse un ser “personal”.

Lo impersonal es la materia […] espiritual es igual a personal2.

Lo anterior no quiere decir que el filósofo pretenda una dualidad al estilo platónico; se pretende, más bien, entender a la persona como un mismo ser constituido por dos elementos inseparables: cuerpo material y alma inmaterial. Más al estilo del hilemorfismo aristotélico. A propósito de esto, Karol Wojtyla, ya en su cargo como Juan Pablo II, nos deja ver el bagaje filosófico que nunca lo abandonó en sus escritos cuando afirmó lo siguiente acerca de la persona humana:

La persona —incluido el cuerpo— está confinada enteramente a sí misma, y es en unidad de alma y cuerpo, donde ella es el sujeto de sus propios actos3.

Como hemos destacado previamente, el ser humano posee la capacidad de razonar, y esta facultad le otorga, además, la libertad de llevar a cabo acciones por voluntad propia, sin estar sujeto a ningún tipo de determinismo que lo obligue a actuar en contra de lo que desea o decide. Cabe aclarar que esto aplica siempre y cuando no exista una circunstancia específica que altere dicha libertad, como podría ser la coerción. Esta libertad, por ejemplo, no está presente en los animales no racionales, que por naturaleza están condicionados a ciertos patrones de conducta.

Así pues, el ser humano es capaz de trascender gracias a las características previamente mencionadas y a otras que enriquecen su naturaleza. Al abordar el tema de la trascendencia, retomamos a Wojtyla, quien en su filosofía desarrolla el concepto de personalismo trascendental. Este enfoque se fundamenta en el valor intrínseco que reconoce en cada ser humano desde su individualidad, evitando reducirlo a una masa colectiva carente de particularidades. Para Karol Wojtyla, el ser humano es trascendente por su natural apertura a la verdad y al bien4.

El hecho de que el ser humano se distinga notablemente del resto de los seres vivos le confiere una dignidad especial. Sin embargo, destacar esta característica no tiene como propósito ensalzar al lector ni exaltar la capacidad racional de quien escribe estas líneas, sino generar conciencia sobre nuestra responsabilidad, como seres racionales, de buscar el bien común. Este compromiso no se limita únicamente a nuestra especie, sino que abarca todo aquello que forma parte de nuestro entorno. Además, la realidad de hoy nos brinda vías en las que se puede tener un mejor sentido de solidaridad, ayudando a que la dignidad humana no mengüe en los distintos sectores sociales, independientemente del lugar y las situaciones cambiantes que hay, ya sea por motivos políticos o económicos5. Y con lo anterior, podemos regresar al pensamiento de Mounier.

La persona no podrá realizarse sino en un universo de comunicación entre personas, en una auténtica comunidad que desenvuelva y organice todas las estructuras sociales, en una auténtica comunidad que desenvuelva y organice todas las estructuras sociales y políticas en espíritu comunitario y para los fines de desarrollo de las personas6.

Y bien, a pesar de que se trabaja en varios sectores de la sociedad para alcanzar la meta de la búsqueda de un bien común que rescate la dignidad de la persona humana, en los últimos años, el desarrollo tecnológico, dentro de todas sus bondades, ha traído también un desplazamiento de dicha persona a segundo plano, para colocar el crecimiento de la técnica como primer lugar, procurando el desarrollo económico a toda costa, incluso del humano mismo7. Además del conflicto tecnócrata, otro aspecto que desvirtúa a la persona humana es el antropocentrismo moderno8. Es cierto que la dignidad humana debe ser destacada como un valor único en comparación con el resto de los seres vivos en la naturaleza. Sin embargo, una interpretación equivocada de este aspecto puede generar graves consecuencias, como el desplazamiento de personas en favor de intereses que benefician únicamente a unos pocos. Es importante recordar lo señalado anteriormente: el bien común debe abarcar a todos los seres.

Al jugar con estos extremos, no solo se perjudica a la naturaleza en su conjunto, sino que el propio ser humano se ve impactado por el deseo de unos pocos de dominar a otros. Esto ha llevado a establecer diferencias arbitrarias, bajo la suposición de que algunas razas son superiores a otras, lo que, lamentablemente, ha dado como resultado la pérdida de innumerables vidas, víctimas de ideologías racistas y de un ideal progresista profundamente distorsionado. Un ejemplo claro de ello es el Holocausto judío.

No han faltado en el pasado, y aún se asoma dramáticamente a la escena de la historia actual, múltiples concepciones reductivas, de carácter ideológico […] [que] tienen en común el hecho de ofuscar la imagen del hombre9.

Por todo ello, es fundamental reconocer el papel crucial de la filosofía en el desarrollo de una antropología adecuada, que permita situar al ser humano en su justo lugar, evitando así pisotear tanto su propia dignidad como la de los seres que lo rodean. Al aplicar esta perspectiva a nuestra realidad concreta, y considerando el valor intrínseco de la persona humana junto con los riesgos que amenazan el respeto a su dignidad cuando se cae en posturas extremistas, se vuelve indispensable contar con mecanismos que protejan y preserven el verdadero significado de ser humano.

El Estado podría desempeñar este papel, siempre y cuando respete los derechos fundamentales y administre con justicia, garantizando las libertades individuales. Sin embargo, somos conscientes de los peligros que surgen, de las desviaciones que nos alejan de un trato humano y equitativo para todos. Por lo tanto, corresponde a la ciudadanía exigir que se respeten y promuevan aquellos ideales de justicia que salvaguardan el bien común.

Llegando a este punto de nuestra reflexión, podemos concluir, sin lugar a dudas, que siempre que hablamos de persona humana nos quedamos bastante cortos. Con este panorama abordado de manera general, no agotamos en lo absoluto lo que se podría decir o escribir sobre esto. Encontramos solamente algunas bases para ahondar de manera más profunda en este extenso tema que, a pesar de ser tan discutido desde hace siglos, no ha llegado a un tope. Será tarea de aquellos que han dedicado su vida, y siguen haciéndolo, a la búsqueda de la verdad, y de aquellos que comenzamos este recorrido, el buscar conservar el tesoro valiosísimo que nos ha dejado la filosofía para continuar la línea que ya se dejó.

Es solamente hasta que llegamos a descubrir que al hablar de persona no solamente lo es el hombre o la mujer, cuando al fin pudiésemos encontrar la plenitud del término del cual participamos por analogía. La antropología filosófica nos ha dado las pautas para poder encontrar la causa última de nuestro ser personal.

Notas

[1] Martí, G. (2017). Sustancia individual de naturaleza racional: el principio personificador y la índole del alma separada. Metafísica y Persona, (1). DOI: https://doi.org/10.24310/Metyper.2009.v0i1.2849

[2] T. Urdanoz. (1986). Historia de la filosofía, VIII. Madrid, Ediciones BAC, pág. 367.

[3] Juan Pablo II. (1993). Carta enc. Veritatis splendor. Ciudad de México, Pontificio Consejo de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2009), pág. 127.

[4] Cfr. R. Guerra (2002). Volver a la persona. Madrid, Ediciones Caparrós, pág. 39.

[5] Crf. Pontificio Consejo de Justicia y Paz (2009), Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Ciudad de México, pág. 7.

[6] T., Urdanoz. (1986). Historia de la filosofía, VIII, Madrid, Ediciones BAC, pág. 367.

[7] Crf. Francisco. (2015). Carta enc, Laudato Si. Ciudad de México, Ediciones Paulinas, pág. 104.

[8] Ibídem, pág. 115.

[9] Pablo VI. (1971). Carta enc. Octagesima adveniens. Ciudad de México, Pontificio Consejo de Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (2009), pág. 124.

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Cita este artículo (APA): Navarro, O. (2025, 27 de enero). Ser persona. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/01/que-es-ser-persona

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