En su Inauguration Day, el flamante presidente norteamericano Donald John Trump ha prometido una nueva golden age para su nación, basada en la recuperación de su pujanza económica y su poderío militar aderezado, por lo que parece, con una cierta revitalización de la inveterada pulsión expansionista del país. Como activos que respaldan esa promesa, estuvieron presentes en la ceremonia de toma de posesión de su cargo algunos de los grandes magnates del mundo económico digital, dueños feudales de esas empresas que en la práctica constituyen un oligopolio: Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Tim Cook —director ejecutivo de Apple—, Sam Altman —director ejecutivo de OpenAI—. De una forma u otra, todos ellos contribuyeron al éxito de la campaña del magnate neoyorquino, bien mediante la aportación de dinero antes o después, bien mediante el control del flujo y el sentido de la información relevante para el debate democrático en torno a las elecciones, bien de las dos formas. No son unos empresarios cualesquiera; no son unos multimillonarios cualesquiera. Son los hombres que controlan las más importantes plataformas digitales; componen la poderosa fraternidad masculina del capitalismo de la vigilancia. Es el gran hermano orwelliano puesto al servicio de la obtención de beneficios. Su inagotable fuente es la extracción de datos de los ciudadanos-usuarios-consumidores mediante el seguimiento ininterrumpido de sus movimientos y comportamientos en línea y en la vida real: si tú no pagas por el producto, es que tú eres el producto.
Como el Annakin Skywalker de Star Wars, los caballeros Jedi de internet, ese espacio que iba a escapar a las formas de poder tradicionales, de las élites económicas y políticas, se han pasado al lado oscuro de la fuerza digital y han abrazado el amor al poder por el poder que simboliza Darth Vader. Aquella utopía californiana nacida en el cambio de siglo representada por Steve Jobs, que prometía la liberación mental de las cadenas del siglo XX y el crecimiento de la conciencia colectiva mediante la interconexión global, ha quedado en eso: una ilusión pasada de moda.
La promesa que la bonhomía característica de Carl Sagan le llevó a entrever en los últimos logros finiseculares de la ciencia computacional y los satélites se ha visto truncada en el presente, y ya no parece que la santísima trinidad del algoritmo, internet y el big data vaya a conducirnos a ese nuevo estadio evolutivo cultural que el científico norteamericano autor de Cosmos concibió en forma de fraternidad humana de dimensión cósmica1. Algo así como la victoria definitiva y global de la ilustración (aunque en su libro El mundo y sus demonios, en las postrimerías del siglo XX, Sagan se mostró muy consciente de los peligros de la posmodernidad, aunque mantenía su confianza en el poder del pensamiento racional y, particularmente, de la ciencia para combatirlos).
¿Salimos de la caverna de Platón o sofisticamos las formas en que producimos las sombras que tomamos por la realidad? Recordemos que el filósofo ateniense señala al principio de su alegoría que los enigmáticos prisioneros que habitan desde siempre el extraño lugar «están con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar solo delante de sí, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza». Ese «mirar solo delante de sí» es la clave de todo lo que después viene, porque para Platón lo decisivo es que se mire al lugar correcto para poder empezar a conocer, que uno se haga dueño de la capacidad de mirar a donde considere relevante.
La tecnología que ahora nos domina tiene en la lucha por la captación de la atención su principal baza. Mediante el dark design —también denominado neurohacking2—, los alquimistas de códigos nos ponen las cadenas que Platón nos coloca simbólicamente en su alegoría para secuestrar nuestras mentes. La neurociencia les ha puesto en bandeja las claves necesarias para generar los hábitos que convierten nuestra atención en su rehén llegando incluso a arrojarnos en brazos de la adicción; incluso dan lugar a la aparición de síndromes patológicos conectados con los refuerzos que condicionan nuestro comportamiento ante las pantallas. Es el caso del así llamado fomo, acrónimo de fear of missing out, es decir, el miedo a perdernos algo que llega a nuestros dispositivos informáticos, principalmente móviles, y que sentimos que reclama urgentemente nuestra atención, cautiva así de la dictadura del mundo virtual, el mundo de las sombras que nos aparta de la realidad. Estos son los dos pilares —el tecnológico y el neuropsicológico— de la economía de la atención.
Y ya son comprobables sus efectos sobre esta facultad que tratan de dominar las grandes compañías que operan en Internet, y que lo que venden en verdad es la atención de los usuarios a las empresas que se publicitan. La sobre estimulación a la que nos somete el actual mundo de las pantallas tiene su efecto medible: desde que comenzó este siglo, nuestra capacidad para focalizar la atención ha pasado de doce a ocho segundos3. Operaciones intelectuales fundamentales para desarrollar un pensamiento riguroso, tales como la lectura, la argumentación, el diálogo y la crítica, requieren una capacidad de atención más robusta que eso.
Se nos prometió una nueva ilustración tras la de la imprenta con el advenimiento de la red de redes. Prueba de esta confianza, que fue general en los primeros años de este siglo, es lo que escribió el psiquiatra Fernando García de Haro en 2006 con referencia al efecto que sobre nuestras mentes debían de tener las tecnologías de la comunicación. Lo encontramos en su libro titulado El secuestro de la mente4: «El hombre moderno no puede continuar en mundos cerrados y diferentes entre sí, por mucho que se empeñen los custodios de las creencias. Este movimiento es imparable». La última frase se nos antoja de una ingenuidad que demuestra cómo la fe en esa tecnoilustración era una ilusión que pecaba de exceso de confianza en la racionalidad humana. A las pruebas me remito: esos «mundos cerrados y diferentes entre sí» lejos de diluirse han sido fortalecidos por los filter bubble o burbujas de filtro (también se encuentra la traducción «filtro burbuja»). Es una expresión acuñada por el ciberactivista Eli Pariser5 que alude a la progresiva personalización de los filtros algorítmicos que deciden por cada uno de nosotros la información que se nos ha de mostrar cuando buscamos en internet sobre algún tema, o que nos ha de guiar a cada uno en nuestro Facebook, Instagram, TikTok o Youtube. Así se genera una miríada de cavernas de Platón unipersonales que destruyen la posibilidad del asentamiento intersubjetivo necesario para acceder a un conocimiento de la realidad. Es el sesgo de confirmación el que manda, no el contraste de hechos y de argumentos. La verdad, la trabajosa representación intelectual correspondiente con la realidad, se ha vuelto irrelevante frente a la percepción subjetiva. Esta es la que hay que ganar en el debate público mediante la pericia en el manejo de las sombras de la caverna.
Y así se favorece el retroceso a esa minoría de edad que Kant nos exhortó a abandonar6 en pleno siglo de las luces. Entonces las autoridades que trataban de mantener el control ideológico eran las institucionales, asociadas a las instancias de poder del Antiguo Régimen, a saber, las iglesias y las monarquías. Diríamos con Zygmunt Bauman que el poder se ha vuelto líquido, y fluye entre los intersticios de la diversidad de elementos culturales que conforman la sociedad actual, sin evitar acentuar los contornos de los distintos grupos celosos de su identidad7. El filósofo Byung-Chul Han concreta el instrumento de ese poder líquido en lo que él denomina psicopolítica digital; al respecto, advierte: «Es quizá mucho más rápida que la voluntad libre. Puede adelantarla. La capacidad de prospección de la psicopolítica digital significaría el fin de la libertad8».
Esta endiablada dialéctica entre la verdad y la percepción, entre la autonomía consciente y la reacción irracional a los estímulos recetados desde las técnicas psicosociales de manipulación, es un tema del que ya se ha tomado consciencia desde diversas instancias del pensamiento crítico. Y tiene su reflejo en la producción cultural, como lo demuestra la serie de televisión francesa La fiebre9. En ella, a través de un caso ficticio, pero absolutamente verosímil, se nos da la oportunidad de constatar de qué torticera manera, en la mejor línea de la sofística más perversa, todo el conocimiento atesorado sobre los mecanismos de respuesta emotiva y de dinámica de grupos se pueden utilizar para manipular el comportamiento de las sociedades con el fin político deseado. En esta obra de ficción, la abstracta noción de psicopolítica digital se torna experiencia reconocible. La base real que inspira su trama la tenemos en lo sucedido en los últimos años con el Brexit y la participación de Cambridge Analytica, con los triunfos de Donald Trump y la difusión de bulos y la propagación de la incertidumbre epistémica para inocular la suficiente desconfianza en las élites políticas e intelectuales de las sociedades abiertas que haga factible la instauración de una nueva era, la de la ilustración oscura.
Para ello, como se muestra en la citada serie, se trata de fraccionar la sociedad en grupos enfrentados inculcándoles la creencia de que el triunfo de unos tiene que ser a costa de la derrota de los otros, quebrantando de esta manera el fundamental principio ilustrado de la consecución del progreso universal, que es percibido entonces como una quimera imposible. En La fiebre, un elemento decisivo en la estrategia que uno de los personajes, una especie de influencer experta en psicología social y comunicación, lleva a cabo para inocular miedo y odio a determinados grupos y provocar explosiones de ira, es la tecnología que sustenta el poder de las redes sociales a partir del conocimiento pormenorizado de las vidas de sus usuarios, gracias a que estos les han proporcionado voluntariamente los datos que los definen. A partir de esos datos se compone el inconsciente digital; de nuevo recurrimos a Byung-Chul Han10:
Si el Big Data proporcionara el acceso al reino inconsciente de nuestras acciones e inclinaciones, sería pensable una psicopolítica que interviniera hasta en lo profundo de nuestra psique y la explotara.
¿Cómo extrañarse, pues, de que junto al nuevo emperador del planeta se sitúen tan cerca de él en el día de su entronización, los magnates de las principales compañías del mundo digital? Saludemos a la nueva era de la ilustración oscura.
Notas
[1] Sagan, C. (creador y director). (1980). La persistencia de la memoria (capítulo 11 de la serie Cosmos). Carl Sagan Productions, KCET, BBC, Polytel International.
[2] Periano, M. (2019). El enemigo conoce el sistema. Debate; pág. 35.
[3] Ibídem, pág. 26.
[4] García de Haro, F. (2006). El secuestro de la mente. Espasa; pág. 233.
[5] Pariser, E. (2017). El filtro burbuja: cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos. (trad. Mercedes Vaquero Granados). Taurus.
[6] Immanuel Kant define la minoría de edad como la incapacidad de usar el entendimiento sin la guía de otro. En su ensayo ¿Qué es la Ilustración? (1784), exhorta a los individuos a abandonarla mediante el ejercicio de la razón y el pensamiento autónomo.
[7] Bauman, Z. (2017). El arte de la vida. De la vida como obra de arte. (Trad. Dolors Udina Abelló). Paidós.
[8] Han, B.-C. (2021), Psicopolítica. (trad. Alfredo Bergés). Herder; págs. 95-96.
[9] Benzekri, E. (creador y director). (2024). La fiebre. Quad, Canal+.
[10] Han, B.-C. (2021), Psicopolítica. (trad. Alfredo Bergés). Herder; págs. 95-96.
Bibliografía
Platón. La República (Libro VII, 514a1-517c1).
Sagan, C. (2017). El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. (Trad. Dolors Udina Abelló). Crítica.
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Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2025, 26 de febrero). ¿Puede venir una nueva era de oscuridad de la mano de la tecnología digital? Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/02/consecuencias-de-la-tecnologia-en-la-politica
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