Muchas veces he llegado a pensar que existen seres humanos que necesitan sentirse superiores al resto, ya que tal sensación les hace evadir eficazmente los rincones más oscuros de su conciencia. Esto representa un grave peligro para las relaciones interpersonales y, por tanto, para la convivencia próspera dentro de una comunidad, porque un individuo que huye de su propia conciencia es un individuo que se desconoce, y un individuo que se desconoce es un individuo que piensa y actúa con incoherencia; ergo, un individuo que piensa y actúa con incoherencia únicamente sirve para destruirse a sí mismo y a su entorno, lo que quiere decir que en estas personas la megalomanía surge como el antídoto perfecto para sus inseguridades más punzantes y sus problemas de autoconocimiento.
Una vez dicho esto, podemos centrarnos en el hecho de que en nuestra sociedad este tipo de personas no conforman una minoría, sino todo lo contrario: constituyen una amplia mayoría que tiene presencia en cada una de las capas de nuestra estructura social —están presentes en la vida familiar, en el mundo laboral, en la política, en la academia; en otras palabras: ningún sector de la vida humana está fuera de su alcance—, y, paradójicamente, es a estos individuos a quienes les hemos concedido la potestad de tomar las decisiones más importantes en cuanto al destino del mundo.
¿Por qué, como sociedad,
dotamos de poder a los megalómanos
y dejamos que nos gobiernen?
Sabemos que desde nuestros albores como civilización, el destino de las distintas sociedades ha estado en manos de algún gobernante que figura como la representación y el guía de su pueblo. El poder de este gobernante solía estar respaldado por la creencia en que el rumbo de la población debía trazarlo él porque era un mandato divino; porque así lo decretaban sus dioses, su dios, o, en todo caso, sus profetas —tómese el ejemplo de la figura del faraón en Egipto, la del califa en el islam, incluso la del Papa en la iglesia católica—.
Hoy día somos conscientes de que quienes nos gobiernan tienen tal poder no porque se lo haya dado una deidad o un mesías que pregona ser la materialización de la verdad, sino porque se lo hemos otorgado nosotros, los civiles, los verdaderos hombres y mujeres de carne y hueso. Entonces podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué seguimos dejando el poder —político, sobre todo— en manos de estos psicóticos? Aquí va una posible respuesta: la persuasión.
Para garantizar la obtención de algún puesto dentro de la cúpula del poder la persuasión es indispensable. Alguien que logra convencer a cientos, miles, aun millones de personas de que es el más capacitado para ejercer el cargo es alguien que está sembrando reconocimiento con el objetivo de emplear esta supuesta superioridad como placebo y así encubrir con ascenso social sus frustraciones o sus pocas o nulas aptitudes.
En la mayoría de los casos, un megalómano es un ser humano frustrado, con sueños rotos, resentido socialmente. O como José Barrientos Rastrojo define la causa del delirio, en este caso aplicable a la megalomanía:
El delirio en general surge de las raíces metafísico-imaginarias de una esperanza fallida1.
También surge, según Barrientos, como un método de autodefensa:
La genealogía de esa verdad es ajena a una imposición externa, puesto que el agente del delirio es el propio sujeto para protegerse de la resistencia dañina que intuye en el mundo2.
Entonces, bien, ya nos damos cuenta de que un megalómano es alguien lleno de resentimiento, frustración, inseguridad y esperanzas fallidas, como asegura Barrientos. Pero ¿cómo es que alguien con estas características logra convencernos de que posee bondad y que es apto para tomar las riendas en algún cargo importante dentro de la administración pública de un país, por ejemplo?
Es evidente que el megalómano, en un principio, no puede mostrarse débil ni déspota, ya que esto acarrearía un rechazo por parte de aquellos a quienes considera inferiores. Incluso sus pares lo repudiarían. Es así como comienza a dar un uso práctico de la hipocresía: se muestra amable, condescendiente, comprensivo, candoroso, preocupado por los padecimientos que aquejan al prójimo. Todo esto con el único fin de presentarse ante el mundo como un ser humano ejemplar, competente, capaz de resolver con máxima eficiencia problemas complejos. Pero nada más alejado de la realidad.
Una vez consigue su objetivo, que es crear una imagen entrañable que compatibilice con lo que los otros quieren ver y escuchar —hay un ligero tufo a populismo, ¿no?— y con esto acumular adeptos hasta lograr hacerse con el tan anhelado cargo, este individuo incurrirá, paulatinamente, en comportamientos cada vez más delirantes, los cuales transmutarán en abusos de poder, chantajes, corrupción, manipulación y, en el peor de los casos, violencia desmedida.
Conclusión
Si esto es así, entonces, ¿qué es lo que ocurre? ¿Es que como colectivo somos muy fáciles de engañar? ¿O es que el megalómano es muy astuto a la hora de convencernos para lograr sus objetivos?
La verdad, un poco de ambos. Pero no todo está perdido. Algo que podría ayudarnos a evitar que sigamos dejando nuestras vidas en manos de estos individuos, es decir, que como colectivo seamos fáciles de engañar, es cultivar el pensamiento, difundir información veraz, huir de la polarización y cuestionar cada palabra; cada gesto, cada idea que se nos coloque enfrente para tener criterio y solidez a la hora de elegir a nuestros mandatarios. Solo así evitaremos sentirnos seducidos por el primer demagogo infectado con el virus de la megalomanía que se plante en un escenario a decir lo que todos quieren escuchar.
Con esto quiero pensar, en un arrebato de ingenuidad (?), que tal empresa es posible y que aún estamos a tiempo de hallar una salida al exceso de autoritarismo que estamos viviendo en la actualidad.
Notas
[1] Barrientos, J. (2012). Bases metafísicas del delirio en el pensamiento de María Zambrano. Límite, revista de filosofía y psicología, 7 (25).
[2] Ibídem.
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Cita este artículo (APA): Hidalgo, J. (2025, 2 de marzo). Megalomanía: adecuación al autoritarismo. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/adecuacion-al-autoritarismo
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