El dolor: un mal esencial de la vida

La filosofía desarrollada por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer está permeada de dolor, vinculada a la negatividad, el sufrimiento y la miseria que conlleva la existencia del ser humano, que son, sin lugar a duda, factores que inician la filosofía del pensamiento único que él escribió.

Aunque relativo, en este caso el contexto del autor es fundamental para entender su filosofía y por ello es importante describir la siguiente anécdota: cuando era muy joven, la miseria del mundo le fue evidente en un viaje que hizo con su familia, cuando conoció a una mujer que perdió la vista desde muy temprana edad, debido a que se expuso al frío extremo mientras se dirigía con sus padres a la iglesia, ocasionándole esto el congelamiento de sus ojos. Tras este encuentro, Schopenhauer comenzaría a forjarse una opinión sobre la concepción de un dios creador y benevolente, sobre la religión y la fe del hombre.

Resulta hasta exagerado lo antipático que llegó a ser con su entorno, en específico con su madre, quien, contraria a él, era bastante extrovertida y agradable. Además, Schopenhauer muchas amistades no tenía, tanto es así que como fiel acompañante estaba su perrito, al cual sí que amaba; lo llamó Atma.

Para ser sinceros: los seres humanos son los diablos en la tierra y los animales las almas atormentadas1.

Hemos escuchado y leído la etiqueta de pesimista que se le otorga a Schopenhauer, pero pensemos, por un momento: ¿realmente es tan negativa su filosofía como se dice? ¿La vida es tan gris y el panorama poco alentador, como nos lo cuenta en sus textos? Más bien, él ve su filosofía como un faro que alumbra la ignorancia de aquellos que creen que la vida es buena, llena de alegrías y buenos momentos, acercándolos así a la verdad de la existencia humana.

Podemos definir su pensamiento como una filosofía de la desilusión, en el sentido de que esclarece la realidad de nuestra existencia, nos pone frente a la clara situación de la naturaleza humana. Nos dice Schopenhauer que el hombre percibe lo bueno o agradable, cuando carece de ello; sin embargo, este es el estado más común en la humanidad, y por ello positivo. El sufrimiento es positivo, nos despoja de vanas ilusiones.

La felicidad […] no consiste propiamente en la mayor suma de placeres, sino en el gozo de la conciencia de hallarse uno satisfecho con su autodominio […]. El hombre no sabe lo que quiere y por ello resulta imposible planear lo que pueda hacerle feliz2.

Llamamos filosofía de la des-ilusión porque se trata más bien de un desengaño; la alegría es para mediata y pasajera, porque anuncia las carencias que se tuvieron. Por el contrario, las enfermedades y los sufrimientos hacen que se valore el presente. Los recuerdos de un momento agradable se hacen visibles en el momento en el que carecemos de ellos: pero es justo eso lo que nos posiciona en el ahora.

En primera instancia, nuestro autor se da cuenta de lo siguiente: el hombre se empeña en huir de la muerte cuando esta es parte de su esencia; la muerte le pertenece a aquel que posee vida, pues comer, dormir y respirar son maneras de aplazarla, que al final debe vencer como el requisito de nacer. La vida es un constante dolor y sufrimiento, una perpetua lucha con la esencia misma. La muerte acecha a quien le rehúye, deja que el individuo transite su vida mientras ella espera paciente, porque sabe que al final llega.

El hombre malgasta su vida preocupándose por el futuro, pensando aún en el pasado. En su presente, además, le asecha la necesidad o carencia que genera dolor y, sufrimiento. Cuando esta necesidad es saciada, lo abruma el aburrimiento; y en estas dos vertientes oscila la vida humana.

[…] se es lo bastante feliz cuando todavía queda algo que desear y que aspirar, a fin de que se mantenga el juego del perpetuo tránsito desde el deseo a la satisfacción y desde esta al nuevo deseo – tránsito que se llama felicidad cuando su curso es rápido, y sufrimiento cuando es lento […]3.

En las religiones se cree que si se va en contra de los mandamientos se ganará un lugar en el infierno; sin embargo, la vida es el infierno mismo, lleno de dolores y sufrimientos, de disputas y decepciones. El cielo no será el lugar de resguardo para quienes buscan paz; será, mejor dicho, la entrada a un continuo aburrimiento.

La vida es una lucha incesante. La propagación de la especie se vuelve una necesidad no por amor a la vida en sí, sino más bien, por el miedo a la muerte, al fin de la especie. Es una lucha por la existencia, a sabiendas de que se perderá. Son estos males los que mantienen al hombre en movimiento: el ansia de preservar la existencia y la necesidad de acabar con el aburrimiento, son las que lo hacen dinámico. Cuando el hombre se libera de la necesidad y la inquietud, ve como ganancia el tiempo transcurrido, pues le pesa, le representa una carga.

Para entender esto de mejor manera, debemos traer a cuenta el origen de todo mal, aquello de donde surge todo deseo incesante al cual Schopenhauer denominó voluntad; este concepto es, en palabras muy coloquiales, el origen de todo, la esencia de todo aquello que existe, y no es más que el querer mismo, el deseo de nada en específico. Teniendo en cuenta esto, Arthur Schopenhauer se refiere al ser humano como sujeto puro del querer.

La vida del hombre es perturbada por su ánimo de querer originario; la tranquilidad se tiene que trabaja; eximirse del dolor y sufrimiento implica una liberación del deseo. ¿Te suena familiar alguno de estos males? Para Schopenhauer no todo está perdido, la filosofía, como vehículo para llegar a la verdad, está al alcance de todo ser humano necesitado de paz.

¿Cómo combatir este deseo e insatisfacción?

La alternativa que propone Arthur es una vida apegada a la austeridad de ánimo, de bienes materiales, de deseos y excesos. Esta será la única manera de salir bien librados. La vida asceta que sugiere nuestro autor para negar los deseos y con ello sus consecuencias es en sí misma un ideal, es buscar ser santos o hippies; sin embargo, innegablemente, la utopía de la negación del querer (la voluntad) definitiva nos ayudará a vislumbrar un mejor futuro empezando por el presente.

La compasión será la vía óptima por la cual el hombre pueda desenvolverse con el prójimo en aras del actuar y no como se debe o como se quiere, teniendo claro que somos víctimas de una y absoluta voluntad. Negar la voluntad por medio de la compasión será también buscar librarse del dolor, del sufrimiento, de la inquietud, miseria, necesidad y todos los males que hostigan al hombre en la vida misma. Esta compasión no es más que reconocerse en el otro (a), teniendo en cuenta que somos a su vez víctimas y verdugos de un mismo ma:, la existencia.

Lo sabemos, muy alentador no suena; sin embargo, la filosofía schopenhauariana ayuda a reflexionar sobre aquellos velos del engaño que hasta hoy en día siguen permeando en la capacidad crítica del ser humano. No olvidemos que la vida como sufrimiento latente es innegable, pero, no faltará quien maneje un discurso o forma de vida optimista, que la califique no de absurda; parafraseando a nuestro autor: sino de perversa por el engaño que hay detrás, por el ocultamiento de los sufrimientos de la humanidad.

Notas

[1] Schopenhauer, A. (2014). El arte de envejecer. Madrid: Alianza editorial; pág. 43.

[2] Aramayo, R. (2018). Schopenhauer: la lucidez del pesimismo. Madrid: Alianza editorial; pág. 200.

[3] Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representación, vol. 1. México: Porrúa; pág. 219.

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Cita este artículo (APA): Martínez, A. (2025, 5 de marzo). El dolor: un mal esencial de la vida. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/el-dolor-un-mal-esencial

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