El mundo que conocemos. Parte 1 de 2

Desde el momento en que abrimos los ojos al mundo, nos encontramos en una constante interacción con lo que llamamos “realidad”. Todo lo que vemos, tocamos, escuchamos o incluso imaginamos pasa a formar parte de nuestro entendimiento del entorno. Pero si nos detenemos a pensar, surge una pregunta inevitable: ¿cómo sabemos lo que sabemos? ¿Qué nos asegura que nuestras percepciones corresponden a algo real y no son meras ilusiones o construcciones internas? 

Algunos filósofos han defendido que el conocimiento es como un espejo que refleja fielmente el mundo exterior. Otros, sin embargo, han argumentado que este espejo está empañado o incluso deformado por nuestras limitaciones cognitivas, nuestros sentidos y los esquemas culturales que moldean nuestra manera de interpretar las cosas. En el fondo, la cuestión parece moverse en un delicado equilibrio: ¿somos capaces de captar la realidad tal y como es, o estamos condenados a construir un mundo a nuestra medida, influenciados por prejuicios, lenguajes y marcos conceptuales? 

En este artículo vamos a intentar ahondar en las repercusiones ontológicas y gnoseológicas de estas preguntas. Nuestro objetivo será desentrañar cómo realmente somos capaces de relacionarnos con lo existente, para ayudar no solo a comprender los fundamentos del conocimiento, sino también a cuestionar los límites y posibilidades de nuestra manera de interactuar con el mundo. 

Homo Mensura

Decía Protágoras en el comienzo de su obra Sobre la verdad1 que: «el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son2». Desde la antigüedad, se ha venido debatiendo sobre el verdadero sentido de esta oración. ¿Se refiere al hombre como género humano o, más bien, al hombre como sujeto individual? Y aunque algunos sí que han defendido la primera opción, parece ser que esta última es la más congruente. Protágoras se refiere al hombre individual, utilizando el término «medida» (métron) en el sentido de «criterio». Lo que quiere decir que su posición es más bien lo que podríamos llamar un subjetivismo individualista, donde la realidad está construida por los individuos dependiendo de las percepciones de cada uno de ellos3. 

Sin embargo, ¿qué ocurre si extendemos esta oración a todo el género humano? ¿Significaría que la Realidad está determinada a escala humana? Pero, entonces: ¿qué es —por tanto— la Realidad? ¿Es todo aquello que conocemos o más bien la totalidad del Universo, tanto sus partes conocidas como las que no? Normalmente, solemos pensar que solo conocemos un pequeño porcentaje de lo que aún nos queda por conocer. Existen muchas más cosas de las que verdaderamente sabemos que existen, a pesar de los avances científicos de estas últimas décadas. Pero si bien es cierto que esta posición muestra un carácter honesto con nuestro papel en el mundo, las dificultades filosóficas que presenta no son fáciles de solucionar. 

La primera de ellas tiene que ver con la existencia de aquello que aún no conocemos. ¿Cómo podemos saber que existe si aún —véase el oxímoron— no lo sabemos? Hagamos un ejercicio mental: intentemos imaginar algo que pensemos que no existe. Lo primero que se nos puede ocurrir es —por poner algunos ejemplos— un planeta con brazos, animales cuya forma sea perfectamente geométrica, alienígenas; pero, ¿realmente estas cosas no existen? Por mucho que nos sorprenda, sí que lo hacen. Lo erróneo se encuentra en mantener una concepción monista del “Ser”. La existencia está compuesta de diversas dimensiones, las cuales componen el mundo. Una ficción, ¿acaso no es real? Si no es real, ¿cómo podemos siquiera mantener conversaciones acerca de Harry Potter o El señor de los anillos? 

Para responder estas preguntas, nos vamos a sostener en la ontología del materialismo filosófico, de Gustavo Bueno. La ontología especial distingue tres géneros de materialidad (M1, M2, M3) a través de los cuales se determina la realidad constituida en el mundo material. Los contenidos materiales de cada género son disociables, así que en un intento de explicarlo de la forma más amena, se puede decir que: 

M1 se corresponde con las materialidades físicas. Está compuesto por todas las realidades exteriores a nuestra conciencia y ciertas propiedades que van ligadas a los cuerpos, que se manifiestan como objetivas a la percepción4.

M2 se corresponde a los procesos psicológicos internos de los sujetos. Sensaciones cenestésicas, emociones, etc., aunque estas puedan ser dadas en animales5. 

M3 se corresponde a los conceptos y a las ideas. Engloba a los objetos abstractos, como pueden ser las fórmulas, el sistema de los cinco poliedros regulares, etc.6

Desde esta perspectiva, ya podemos solucionar algunas de las preguntas que nos hemos planteado antes. La ficción y los inventos que hemos construido mentalmente no son realidades físicas —no pertenecen al mundo físico—, no se corresponden con el primer género de materialidad (M1). Más bien podemos atribuirlo al segundo género (M2) o al tercero (M3), en tanto que realidades mentales construidas con conceptos. Algo parecido a lo que ocurre con los sujetos que ya no pertenecen a las realidades físicas, como Julio César, el cual —en la actualidad— se define por los pensamientos que tenemos sobre él, pues ya no podemos mantener un contacto con su realidad corpórea. 

¿Qué queremos decir entonces con esto? Que cuando intentamos pensar en cosas que aún no existen, como pueda ser un planeta con brazos, animales con formas geométricas o alienígenas, realmente queremos decir que no existen en tanto que realidad física, pero sí que lo hacen en nuestra imaginación como construcciones ideales. Pero el asunto es aún mayor, porque esas construcciones siempre dependen de realidades físicas que sí conocemos. Un planeta con brazos es la reconstrucción de dos realidades corpóreas, al igual que un animal con formas geométricas. ¿Acaso no parece curioso que a los alienígenas casi siempre se les presenta con rasgos antropomórficos? Conclusión: solo existe lo que conocemos, aunque su existencia sea ficticia. El mundo es —de esta forma— antrópico. 

Finalizamos —por tanto— estando en un callejón sin salida, donde parece que he intentado defender que la Realidad es únicamente la realidad conocida, admitiendo que es imposible saber si hay o no una más allá de la nuestra, ni que esta nos englobe. Pero una tesis tan peligrosa puede caer en serios problemas: ¿cuál era el mundo conocido en la antigua Grecia?, ¿y en la Modernidad? ¿Acaso es el mismo que el nuestro? A lo largo de la historia se han dado numerosos descubrimientos sobre la Realidad que nos rodea. Debemos —así— que aportar soluciones a lo que podemos catalogar como el problema del mundanismo, que identifica la Realidad con la realidad conocida, o sea, el mundo.  

La ciencia y sus descubrimientos

«La ciencia es la progresiva aproximación del hombre al mundo real7», decía Max Planck. La ciencia —según este enunciado— nos descubre los fenómenos dados en el mundo absoluto. Hasta la propia definición de descubrimiento, como hallar lo que era ignorado, soporta la misma tesis filosófica: la Realidad absoluta está ya dada, nosotros únicamente debemos destaparla. Este tipo de afirmaciones son aquellas que son formuladas desde un realismo ingenuo, que propone que los objetos existen independientemente de la conciencia humana. Debemos, por tanto, según Planck, confiar en el papel de la ciencia como gran descubridora del mundo que nos rodea. 

Pero aquí hemos defendido hasta ahora justamente lo contrario. Hemos intentado sostener la tesis de que no podemos sobrepasar los límites de la conciencia humana. Si algo existe, es porque lo conocemos; si algo no existe, es porque no lo conocemos. Pero como antes hemos apuntado, a lo largo de la historia se han dado descubrimientos que han modificado aquello que conocemos y —por tanto— lo existente. Es imposible que un griego de la Grecia antigua pudiera saber lo que hoy conocemos como un protón, pero, en cambio, a día de hoy sí sabemos que existen, tanto para nosotros, como en aquella época, haciendo posible muchas de las dinámicas físicas del universo. 

Es por eso que para proseguir con nuestro razonamiento debemos responder una pregunta: ¿cómo se relaciona la ciencia con la realidad?

Gustavo Bueno, en su Teoría del cierre categorial (TCC)8, distingue cuatro tipos de teorías gnoseológicas que intentan responder a esta pregunta: 

Descripcionismo: los científicos descubren una realidad preexistente9.

Teoreticismo: la ciencia únicamente es un conglomerado de teorías hipotético deductivas10.

Adecuacionismo: se caracteriza por distinguir, en los cuerpos de las ciencias, una forma (lingüística, conceptual, teórica, etc.) y una materia (empírica, real, etc.), y, por definir la verdad científica como una correspondencia entre ellas11.

Circularismo: teoría de la ciencia que concibe a los sistemas —proposicionales o causales— como multiplicidades de elementos que se relacionan entre sí, no según el orden lineal (de principios a consecuencias, de causas a efectos) sino según un orden circular, en el que las “consecuencias” o los “efectos” puedan desempeñar a su vez, en un momento dado, el papel de “principios” (o de “causas”)12.

En nuestro caso, vamos a optar por la cuarta teoría. Las ciencias no pertenecen a una relación lineal mediante la cual construyen o representan el mundo, más bien son parte de un proceso circular mediante el cual influyen —no únicamente como sujetos, sino también mediante objetos como puede ser un microscópico— y son influidos por contextos materiales que retrospectivamente podemos aceptar como preexistentes. 

De esta forma, debemos finalizar este apartado matizando la tesis que propuse en un principio: efectivamente, lo existente es aquello que es conocido. Pero no por ello hay que decir que un hombre del paleolítico no respira oxígeno únicamente porque no lo conoce. Debemos incluir, más bien, la teoría de los mundos entornos. El mundo entorno de los antiguos griegos, o incluso el mundo entorno de los hombres del paleolítico, difiere en sus contenidos, al igual que también lo hace con el nuestro. La clave está en reconocer la dialéctica que se da entre los mundos entornos, consiguiendo la “victoria” aquel cuyo alcance sea mayor. Nosotros única y exclusivamente podemos decir —volviendo al ejemplo anterior— que el hombre del paleolítico respiraba oxígeno retrospectivamente. O sea, desde el relativismo del esquema de los mundos entorno, para el hombre del paleolítico no existía dicho elemento químico, pero desde nuestra realidad mucho más desarrollada, debemos decir que sí debía de hacerlo, pues sabemos actualmente que es un principio para el desarrollo de la vida. 

Por tanto, si bien la conclusión del primer apartado era sumamente verdadera, estaba incompleta. Parece que el mundo existente es el mundo conocido, pero es necesario presuponer una realidad aún no conocida para poder explicar los procesos por los cuales se construye el mundo. Esta realidad aún no conocida actúa como límite que no podemos superar, porque si bien sí existe, lo hace como principio negativo, ya que no conocemos los contenidos positivos de su existencia. Resumiéndolo de forma más sencilla en una oración, podríamos decir que: debemos presuponer que seguiremos conociendo más cosas de las que actualmente conocemos, pero no podemos saber cuáles serán esas cosas hasta que las conozcamos.

Conclusión

En esta primera parte del artículo he abordado las diversas polémicas en torno a la relación entre el ser humano, el conocimiento y la realidad, explorando argumentos tanto ontológicos como gnoseológicos. Sin embargo, aún queda lo más complejo por delante: adentrarnos en las posibilidades que nos ofrece la dimensión epistemológica.

Notas

[1] Platón / Protágoras / edición griego español. Filosofía.org. Sitio web: https://filosofia.org/cla/pla/protbil.htm

[2] El hombre es la medida de todas las cosas. Cultura Genial. Sitio web: https://www.culturagenial.com/es/el-hombre-es-la-medida-de-todas-las-cosas/

[3] Homo mensura. Encyclopaedia Herder. Sitio web: https://encyclopaedia.herdereditorial.com/wiki/Homo_mensura 

[4] García, P. (s.f.). Primer Género de Materialidad (M₁). En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df073.htm

[5] García, P. (s.f.). Segundo Género de Materialidad (M₂). En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df074.htm

[6] García, P. (s.f.). Tercer Género de Materialidad (M₃). En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df075.htm

[7] Frases de Max Planck. Proverbia. Sitio web: https://proverbia.net/autor/frases-de-max-planck

[8] Bueno, G. (1996). Teoría del cierre categorial. Sitio web: https://www.fgbueno.es/gbm/gb1996ks.htm

[9] García, P. (s.f.). Descripcionismo gnoseológico. En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df185.htm

[10] García, P. (s.f.). Teoreticismo gnoseológico. En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df186.htm

[11] García, P. (s.f.). Adecuacionismo gnoseológico. En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df187.htm

[12] García, P. (s.f.). Circularismo gnoseológico. En Diccionario filosófico. Sitio web: https://www.filosofia.org/filomat/df188.htm

Bibliografía

Bueno, G. (1972). Ensayos materialistas. Taurus

Bueno, G. (1993). Teoría del cierre categorial, volumen 2. Pentalfa

Giménez, F. (2015). El principio antrópico. El Catoblepas, Revista Crítica del Presente, (160). Sitio web: https://www.nodulo.org/ec/2015/n160p01.htm

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Cita este artículo (APA): Sivianes, F. (2025, 15 de marzo). El mundo que conocemos. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/el-mundo-que-conocemos

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