El infinito se convirtió en un punto de vista que abarcaba y trascendía las convenciones de su época1, pues no solo influenció a la filosofía, sino también las artes, la literatura y la política. Este ensayo explora cómo el concepto de infinito horma al movimiento romántico en una particular concepción de temáticas caracterizadas en torno al genio, la libertad del artista y la naturaleza; se analiza cómo estos elementos —que convergen en el ideal del infinito— revelan una visión profundamente transformadora de la existencia humana y el universo.
¿Movimiento cultural?
Si queremos entender el romanticismo, debemos preguntarnos por lo que significa como una categoría que abarca pensamientos desde diferentes latitudes y momentos. En panorámica, lo podemos ubicar temporalmente a finales del siglo XVIII y principios del XIX; en ese contexto occidental de ebullición de la revolución francesa (1789) emerge un espíritu de renovación2. Unas veces por inspiración republicana liberal, o como un desafío al racionalismo, otras por la admiración de lo sublime en la naturaleza; el motivo de la obra de quienes denominamos románticos es diverso3.
Las manifestaciones del espíritu llamadas románticas trascienden una mera expresión artística que ordene al unísono un movimiento artístico o literario. Por sí, el término surgió hacia 1600 en Gran Bretaña en torno a una descripción de un texto en lengua romance4, para posteriormente asociarse a las temáticas caballerescas del rescate de doncellas. Sin embargo, el significado trascendental en la historia, como un movimiento cultural, únicamente mantuvo una abstracción de ello como el poder de las emociones y la admiración de la naturaleza. Por ejemplo, para la apreciación musical, y dicho por un romántico5:
La música de Beethoven remueve las nieblas del miedo, del horror, del terror, del dolor, y despierta ese anhelo infinito que es la esencia misma del romanticismo. Es, por tanto, un compositor puramente romántico […] por esta misma razón […] esas emociones indefinidas experimentadas en el reino de lo infinito6.
En consecuencia, qué podemos comprender por esta categoría estética7, si no se trata de la precaución de reconocer prima facie que, entre ellos, hay varios Romanticismos. A finales del siglo XVIII surge en Alemania el llamado movimiento romántico, mientras que a principios del XIX se desarrolla en Inglaterra, con Shelley, las baladas líricas de Samuel Coleridge y la poesía de Byron. Paralelamente, en Francia, la recepción de las ideas no ilustradas de Rousseau —considerado padre del Romanticismo8— da lugar a un fenómeno similar. Esta confluencia plantea un problema para determinar los rasgos estéticos que definen tanto la producción artística como el pensamiento en este contexto.
La palabra “romántico” ha llegado a significar tantas cosas que, por sí, no significa nada. Ha dejado de cumplir la función de un signo verbal9.
No obstante, una noción esencial permite que una unidad de lo “romántico” haga posible designar a todos los anteriores como tal, de acuerdo a sus propias susceptibilidades estéticas e ideas rectoras. Según Schlegel10, este atributo se refiere a la ponderación estética del contenido sobre la forma; a lo que añadiremos que, en lo que respecta al pensamiento filosófico, el romanticismo parte además del convencimiento de que el infinito es la función copulativa del espíritu humano y la naturaleza.
Lejos de comprender por infinito a una abstracción inalcanzable, el infinito es el recurso explicativo de la posibilidad de que, a través de la experiencia como es dada a la intuición y en la imaginación, el sujeto cognoscente pueda trascender los límites del racionalismo para explicarse a sí mismo su realidad en el mundo. Por lo tanto, en lugar de caer en interpretaciones erróneas acerca de lo que se entiende por Romanticismo —ya sea viéndolo como la antítesis del Iluminismo, como un simple período histórico, o como una mera categoría estética para designar manifestaciones artísticas que rompen con la norma o se limitan a un recurso estilístico— nos centraremos, en cambio, en el infinito como eje ideológico. Este enfoque permite explicar el devenir de lo que consideramos pensamiento romántico y, así, comprenderlo en toda su complejidad.
Infinito como superación
de la dicotomía razón/sentimiento
A los filósofos del romanticismo se les es reconocido su afán por disolver la tensión tematizada en la filosofía moderna, surgida a partir de la lectura de Kant11, acerca de las facultades del entendimiento y la sensibilidad, en que se presenta a la razón como una facultad finita y limitada al ámbito de fenoménico. Frente a esta, considerada una restricción a la comprensión de la experiencia humana, los pensadores románticos introducen el concepto de infinito como un elemento conciliador que no niega a la razón y, en cambio, propone integrar a su comprensión de mundo a la intuición y a la sensibilidad.
Una materialización de este esfuerzo conciliador es la figura del genio. En los fragmentos del Lyceum, Schlegel sostiene que “el genio experimenta la unidad en relación con el todo12”. El genio, especialmente el poético, tiene la capacidad de reconocer en el pasado —sobre todo en la antigüedad griega— verdades atemporales que proyecta hacia el futuro como nuevas formas simbólicas.
En comparación con la razón ilustrada que fragmenta y clasifica, el genio romántico pretende una síntesis viva en que la emoción no se subordina a la intuición pura ni resulta excluyentes, sino que considera que se fecundan mutuamente. En esta, ante el caos de la contradicción aparente, el genio da cuenta de las correspondencias antes ilegítimas, ya que no aspira a lograr una resolución última, sino un continuo acercamiento: “el arte romántico es aquel que nunca puede consumarse13” porque es animado por el dinamismo del infinito.
Bajo esa tesitura, la creación del genio romántico es un acto que solamente puede devenir eternamente, por lo que el proyecto romántico es de naturaleza infinita, o sea que no llega a ser consumado y por ello es de una infinita versatilidad. Por tanto, el genio actúa como un puente entre la razón y el sentimiento, entre la particularidad y la universalidad, simbolizando la posibilidad de lo absoluto.
Naturaleza:
infinita, sublime, inalcanzable
Como se ha ensayado hasta ahora, observamos que el Romanticismo encuentra en el concepto de infinito no solo un principio estético, sino un eje estructurante de su visión del mundo. La naturaleza, en este marco, consiste en una instancia viva donde el infinito se manifiesta con fuerza simbólica. Así como el genio y la creación poética representan intentos humanos por acceder a lo absoluto, la contemplación de la naturaleza se convierte en otra vía privilegiada de acceso a lo trascendental. En este sentido, la experiencia romántica de la naturaleza es indisociable de su aspiración metafísica: se trata de un encuentro con lo inabarcable, lo eterno, lo que rebasa toda forma y, por tanto, desafía la razón finita y las categorías de la estética tradicional.
Tal como Hölderlin14 describe en su poesía a la naturaleza dividida entre lo “natural” y lo “inventado”, siendo esta última una idealización que inevitablemente produce desilusión. Entonces la naturaleza es vista como un refugio que inspira y, al mismo tiempo, desafía al ser humano. Dicha visión ambivalente de la naturaleza es esencial en el pensamiento romántico, ya que expresa el ideal estético de lo infinito. La experiencia estética en la naturaleza inspira al genio y lo impulsa a la creación, pero también le recuerda su propia finitud y el carácter inacabado de toda obra humana. Podemos comprenderlo mejor a través del conflicto que tiene el Werther de Goethe, quien confiesa estar «tan sumido en las sensaciones de esta tranquila existencia que <su> arte se resiente15«.
Infinito como categoría ontológica
El pensamiento filosófico del Romanticismo encuentra en el infinito una categoría fundamental para establecer un diálogo crítico con el proyecto ilustrado, particularmente con Immanuel Kant, quien en su Crítica de la razón pura encuadra a la razón humana en el ámbito de los fenómenos, negando su acceso directo a las cosas en sí. Para Kant, «la razón no conoce sino aquello que ella misma produce según su propio plan17«, lo cual implica que el infinito, en tanto absoluto, es incognoscible.
Sin embargo, para los románticos, el infinito es entendido como una dimensión estructurante del sujeto mismo. En este contexto, Novalis propone que «la filosofía es propiamente nostalgia, un impulso de estar en casa en todas partes18«, revelando que el conocimiento humano se define por un anhelo que nunca se satisface del todo. El infinito, entonces, no se alcanza ni se nulifica, actúa, en cambio, como tensión constitutiva de la conciencia.
En Fichte resuena también esta idea en la concepción del yo como actividad autoafirmativa e infinita. El yo no es una sustancia dada, sino un proceso que se autoconstituye: «el Yo se pone a sí mismo y en ese acto se divide19«. Esta dinámica interna de producción infinita subjetiva es lo que los románticos transforman en principio universal de creación, aplicándolo al arte, la poesía y la historia. Por su parte, Friedrich Schelling llevará este planteamiento al plano ontológico al concebir el absoluto como unidad entre naturaleza y espíritu, y al arte como su manifestación privilegiada.
El arte es el único documento verdadero y eterno de lo absoluto20.
Conclusión
Podemos apreciar cómo el romanticismo filosófico se orienta a la apertura, al devenir y a lo inacabado como signos de lo genuinamente real, donde el infinito no se concibe como un límite externo sino como una condición interna que da forma a toda experiencia. Ser, conocer y crear se convierten, así, en modos de habitar esa infinitud: una búsqueda incesante de lo absoluto que transforma de manera radical la filosofía moderna.
En este sentido, el concepto de infinito en el Romanticismo resulta esencial para comprender tanto su dimensión filosófica como su legado artístico y literario. La figura del genio, con su anhelo por la naturaleza salvaje, encarna esa visión de un mundo impulsado por el deseo de lo infinito. A través de la creación artística y la experiencia estética, el Romanticismo tendió puentes entre lo finito y lo infinito, dejando al pensamiento contemporáneo la preocupación por el sujeto, su sensibilidad y la revalorización de la imaginación como fuerza creadora.
Notas
[1] Abbagnano, N. (2008). Historia de la filosofía (Vol. 3). Hora, S.A.; págs. 9-65.
[2] El filósofo Giovanni Reale, nos recuerda que en la historia occidental del pensamiento este período, como ningún otro, se vio determinado por el fracaso del pacifismo proclamado por la ideología ilustrada. Nos remite a la Francia de Napoleón y a la Alemania de la “tempestad y el ímpetu”, el predecesor del romanticismo llamado Sturm und Drang, contra la tiranía. Así el ethos —o disposición anímica— del romántico es la de la búsqueda de resolver un deseo apasionado (Sehnsucht) por el deseo mismo, lo que le convierte en una búsqueda de lo infinito (Cfr. Reale, G., 1988, Historia del pensamiento occidental. Editorial San Pablo; págs. 29-37).
[3] Incluso está ligado al movimiento de la iglesia inglesa (el llamado de la Escuela de Oxford o Tractariano).
[4] En referencia al francés, contrastado con el latín, considerado una lengua crítica; cfr. Mauner, A. (2010). Encyclopedia of Literary Romanticism. Gale.
[5] E.T.A. Hoffmann es un referente vigente de la musicología, fue contemporáneo de Beethoven y ahí comenta su novena sinfonía. Hoffmann es considerado exponente de la llamada metafísica de la música instrumental como expresión del giro estético suscitado por las ideas filosóficas del romanticismo.
[6] Traducción propia.
[7] Se refiere por ello a un concepto que organiza y da sentido a las experiencias estéticas de acuerdo con un marco teórico establecido. En el Romanticismo, las categorías estéticas apuntan a dimensiones profundas como lo sublime, lo infinito y lo inefable. Según Hans Robert Jauss, una categoría estética configura “la expectativa y la recepción del arte desde un horizonte cultural e histórico determinado”.
[8] Según Isaiah Berlin, “sin Rousseau, el Romanticismo no habría tomado la forma que conocemos” (Cfr. Berlin, I., 1999, The Roots of Romanticism (H. Hardy, Ed.). Princeton University Press; trad. propia). A Jean-Jacques Rousseau se le reconoce como precursor del Romanticismo debido a su énfasis en la interioridad, la sensibilidad, la naturaleza y su crítica a la civilización moderna. Así, Lovejoy destaca que “Rousseau no fue romántico en sentido pleno, pero sus ideas fueron el terreno donde germinaron los más fértiles impulsos románticos” (Cfr. Lovejoy, A. O. (1960). Essays in the History of Ideas. Johns Hopkins University Press; pág. 268; trad. propia).
[9] Lovejoy, A. O. (1984). The Great Chain of Being. Harvard University Press; pág. 235.
[10] Reale, G. (1988). Historia del pensamiento occidental. Editorial San Pablo; pág. 37.
[11] Como señala en la Crítica de la razón pura, “todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia”, lo que implica que la razón no puede penetrar más allá del mundo material. Cfr. Kant, I. (2004). Crítica de la razón pura (trad. Pedro Ribas). Alfaguara. (Obra original publicada en 1781).
[12] Schlegel, F. (1971). Friedrich Schlegel’s Lucinde and the Fragments. University of Minnesota Press; pág. 116; traducción propia.
[13] Ibídem, frag. 242.
[14] Hölderlin, F. (1995). Poesía completa. Ediciones 29.
[15] Goethe, J. W. von. (2011). Las penas del joven Werther. Alba Editorial; pág. 12.
[16] Ibídem, pág. 19.
[17] Kant, 1781/2004, A833/B861.
[18] Novalis. (1997). Himnos a la noche y otros escritos (trad. A. Sánchez Pascual). Ediciones Siruela; pág. 36.
[19] Fichte, J. G. (2007). La doctrina de la ciencia (trad. Pilar López de Santa María). Anthropos. (Obra original publicada en 1794).
[20] Schelling, F. W. J. (1984). Sistema del idealismo trascendental (trad. J. A. Nicolás). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1800); pág. 233.
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Cita este artículo (APA): González, L. (2025, 25 de marzo). El romanticismo a través del infinito. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/el-romanticismo-a-traves-del-infinito
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Estudiante de la Licenciatura en Filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México). También cursa la Licenciatura en Derecho en la UNAM en modalidad a distancia. Además, aprende alemán, inglés (CAE de Cambridge), griego antiguo y latín.