En la filosofía de Hegel hay ciertos conceptos que perduran en el imaginario filosófico de las escuelas posteriores, tales como: superación, dialéctica, espíritu, etc. Pero el concepto que subyace a estos es el concepto de “Fuerza”; esta noción es medular para la dialéctica hegeliana, ya que explica la dinámica inherente entre la realidad y el desarrollo de la conciencia. La fuerza no debe ser abordada como un atributo aplicable a los sujetos u objetos particulares, es, más bien, una categoría ontológica que expone la naturaleza del movimiento dialéctico1.
Lo anterior adquiere relevancia cuando abordamos la relación entre el yo interno y su exteriorización en el mundo. La fuerza constreñida representa la capacidad interna del yo de contenerse, de ser en sí mismo una potencia. Esta fuerza no es visible ni se manifiesta, sino que permanece como una potencia latente que espera las condiciones necesarias para desplegarse. Por otro lado, la fuerza expresada es el momento en que esa potencialidad se traduce en acción concreta, en la manifestación visible y efectiva de la actividad del “yo” en el mundo. Este movimiento de repliegue y expresión no es lineal ni separado en etapas rígidas; al contrario, es un flujo continuo donde cada momento depende del otro para cobrar sentido; la fuerza replegada solo se comprende plenamente en el acto de su exteriorización, mientras que la fuerza expresada remite necesariamente a una interioridad que la sustenta.
Este movimiento bífido de la fuerza es un reflejo el carácter mediador y relacional de la filosofía hegeliana. La fuerza no se agota en su definición como una capacidad interna del yo, sino que adquiere significado total en el marco de su interacción con el mundo. En consecuencia, se introduce un aspecto medular: la fuerza no actúa en la “nada”, sino que se encuentra siempre en un juego de tensiones con otras fuerzas. Esta concomitancia es lo que permite que la fuerza sea no solo un principio de movimiento, sino también un principio de transformación. Al desplegarse hacia el exterior, la fuerza no solo modifica su entorno, sino que también transforma el panorama ontológico del propio “yo” que se encuentra redefinido en el proceso.
Para que la fuerza sea en su verdad, tiene, entonces, que ser dejada completamente libre del pensamiento y ser puesta como la substancia de estas diferencias; es decir, primero, ella permaneciendo esencialmente en y para sí, como toda esa fuerza, y luego sus diferencias como substanciales, o como momentos que subsisten para sí2.
Es en esta capacidad de la fuerza3 para enfrentar y resolver contradicciones donde radica su dinamismo. La fuerza no se limita a conservar el estado de las cosas que existen, más bien lo desestabiliza y lo eleva a un nivel superior de desarrollo. Esta superación no elimina las contradicciones, sino que las conserva como momentos integrados en un proceso más amplio. De esta manera, la fuerza no solo impulsa el cambio, sino que lo estructura de manera cohesiva y coherente, asegurando que cada etapa del desarrollo esté conectada con la anterior y prefigura la siguiente.
Así, la fuerza, vista como principio dinámico, cumple un rol importante de mediación entre lo interno y lo externo, entre el yo y el mundo. Esta característica mediadora delata su función como puente entre dos esferas que, en un principio, podrían parecer separadas, pero que en realidad se encuentran profundamente interconectadas. En el sistema hegeliano, la mediación es el proceso que permite que la interioridad del yo no permanezca enclaustrada en sí misma, sino que encuentre expresión y realización en el mundo. La fuerza es el mecanismo que hace posible esta transición, asegurando que lo interno no se desvanezca en lo externo, sino que se presente en él como una continuidad transformada.
Resulta evidente, en general, que este movimiento no es otra cosa que el movimiento del percibir, en el que ambos lados, el de lo percipiente y el de lo percibido, por una parte, en tanto que aprehender lo verdadero, son a la vez uno e indiferenciados, pero también, igualmente, cada lado está reflexionado hacia dentro de sí o es para sí4.
En este sentido, la fuerza no solo enlaza la interioridad del yo con lo externo de sí, sino que también asegura la unidad entre ambas. Hegel insiste en que la realidad es una totalidad orgánica, y la fuerza es el elemento que mantiene esta unidad tensionada y dinámica. Cuando el yo se despliega en el mundo, lo hace estimulado por su fuerza interna, pero esta acción no es una mera proyección en un solo sentido; el mundo, al resistirse y responder a la acción del yo, obliga a este último a reflexionar y redefinir su propia fuerza. Así, la fuerza opera no solo como un principio de acto, sino también como un principio de retroalimentación, un proceso en el que el yo y el mundo se afectan y se transforman mutuamente.
La mediación que lleva a cabo la fuerza no es estática ni meramente instrumental. Es un proceso que implica transformación constante y movimiento dialéctico. Cada acto de exteriorización del yo mediante su fuerza conlleva un retorno a sí mismo, pero este retorno no implica una simple repetición o reafirmación de lo que ya era. Al contrario, el yo regresa a sí mismo modificado, enriquecido por la experiencia de haber interactuado con el mundo. Este ciclo de ida y vuelta es lo que permite al yo no solo realizarse, sino también trascenderse continuamente, superando sus propios límites en cada iteración del proceso.
Finalmente, la fuerza como mediación enfatiza la naturaleza relacional de la existencia en el sistema hegeliano. Nada existe separado y cada elemento solo cobra sentido en su relación e interacción con los demás. El yo no es una entidad autosuficiente, sino un ser que se define y se constituye en relación con el mundo y con otros sujetos. La fuerza, al servir como mediadora, garantiza que esta relación no sea accidental ni contingente, sino estructural y necesaria. De este modo, la fuerza se establece como un principio fundamental no solo para comprender la actividad del yo, sino también para captar la lógica interna de la realidad en su totalidad.
Notas
[1] Aclaración: digo que subyace porque considero que la “fuerza” es fundamental para entender la dialéctica en Hegel. Esto no quiere decir que dicha dialéctica se reduzca exclusivamente al concepto de “Fuerza”.
[2] Hegel, W. (2023). Fenomenología del espíritu (ed. bilingüe de A. Gómez Ramos). Madrid. Abada; pág. 205.
[3] Esta primera cita sugiere que la ‘fuerza’ debe deshacerse de las limitaciones del pensamiento abstracto para manifestarse plenamente como la esencia de las diferencias. Dichas diferencias son los momentos dialécticos que, aunque aparentemente opuestos, se relacionan e integran en un proceso dinámico. En este sentido, la fuerza no es estática, sino que se despliega a través de estos momentos, manteniendo su unidad esencial mientras se expresa en formas concretas.
[4] Hegel, W. (2023). Fenomenología del espíritu (ed. bilingüe de A. Gómez Ramos). Madrid. Abada; pág. 207.
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Cita este artículo (APA): Morales, H. (2025, 24 de marzo). Explorando la noción de “fuerza” en Hegel. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/fuerza-en-hegel
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