En El utilitarismo1 de John Stuart Mill, el autor trata de responder a las preguntas: ¿puede ser la felicidad el criterio que defina nuestros juicios morales?, ¿es posible que la felicidad sea el principio que defina nuestras acciones y nuestra conducta en cuanto seres sociales?, ¿la felicidad es algo propio de cada sujeto, o pueden existir elementos generales que contribuyan a una felicidad universal?, ¿cuáles son los elementos que nos dirigen a una vida buena cuyo fundamento es la felicidad?
Veremos que John Stuart Mill trata de exigir un sistema ético donde, si bien, el foco está en el placer individual, este debe alinearse con una felicidad colectiva. Para él, como para Aristóteles, el hombre es un animal social, y por eso sus determinaciones deben alinearse con el correcto desarrollo de la sociedad en su conjunto. Nuestro autor define que al utilitarismo2:
Mantiene que las acciones son correctas [right] en la medida en que tienden a promover la felicidad, incorrectas [wrong] en cuanto tienden a producir lo contrario a la felicidad.
Mientras que por felicidad, entiende el placer y la ausencia de dolor. Aquello que los hombres persiguen es, pues, el principio utilitarista de la felicidad, que consiste en la obtención de placer y la supresión del sufrimiento. El fin último de la vida es el placer o, dicho de otro modo, el placer es el criterio definitivo para la conducción de la vida. Aquello que vale la pena perseguir es aquello que nos otorga placer —felicidad—.
Todo ser humano, de manera natural, busca ser feliz. En este sentido, para John Stuart Mill lo importante es definir el criterio que nos permita alcanzar esa felicidad y orientar nuestra vida. Según él, una vida satisfactoria se compone de dos ingredientes esenciales: la emoción y la tranquilidad. Ambos, combinados en diferentes proporciones según cada caso, son lo que nos acerca a una vida plena. Sin embargo, factores como el egoísmo, el infortunio o, incluso, la ignorancia —entendida como el desinterés por el conocimiento y la reflexión— pueden minar este camino, conduciéndonos a la insatisfacción. Para Mill, una buena vida implica no únicamente disfrutar de estos elementos, sino también superar el encierro en uno mismo y evitar caer en un ethos individualista.
Esto no significa que debamos renunciar al cuidado propio o a una preocupación legítima por nuestro bienestar, sino que es necesario ir más allá: preocuparnos activamente por el mundo y por los otros. Los problemas de la humanidad, nos dice Mill, también deben ser nuestros problemas. De ahí que su propuesta ética trascienda al individuo y busque fundar una ética basada en la fraternidad y en el bien común. Su objetivo es claro: construir una sociedad mejor, donde la cooperación y la solidaridad sean los caminos hacia un mundo más justo y feliz para todos.
Mill busca demostrar que la felicidad general es un fin deseable, partiendo de una premisa sencilla: si cada persona considera que su propia felicidad es algo alcanzable, entonces naturalmente deseará obtenerla. Así, al reconocer que todos los individuos aspiran a su felicidad particular, sostiene que la suma de estas aspiraciones individuales justifica la felicidad colectiva como un objetivo legítimo y valioso3.
No puede ofrecerse razón ninguna de por qué la felicidad general es deseable, excepto que cada persona, en la medida en que considera que es alcanzable, desea su propia felicidad.
De este modo, Mill sostiene4 que no únicamente es razonable que cada persona desee su propia felicidad, sino que, al sumar las aspiraciones individuales, es igualmente legítimo considerar que la felicidad general es deseable para el conjunto de la humanidad. Así, la felicidad de cada persona es un bien en sí misma, y por extensión, la felicidad común se convierte en un bien compartido, algo que no necesita de más pruebas que el simple hecho de que cada individuo ya valora la suya propia.
El hedonismo de Mill no se limita al plano individual, sino que se proyecta hacia lo colectivo e incluso a lo universal. Su propuesta ética sostiene5 que una sociedad compuesta por personas felices será, en consecuencia, una sociedad feliz. Bajo este enfoque, se busca que los individuos participen activamente en el desarrollo y bienestar de la humanidad, reconociendo que, en determinadas circunstancias, incluso es válido renunciar a la propia felicidad si con ello se logra incrementar la felicidad de los demás. Este sacrificio no es una negación de la felicidad, sino una expresión de amor hacia la felicidad ajena y, por tanto, hacia la construcción de un bien común.
La ética de Mill, por tanto, va más allá del yo, para situarse en el terreno de lo colectivo. Él quiere fundar un ethos de fraternidad entre los individuos que conforman una sociedad. Una ética del bien común, una que busca que, mediante la cooperación de individuos, se cree un mundo mejor. Y todo esto a través —gran diferencia con la propuesta kantiana que refería la cooperación entre individuos por un fundamento puramente racional— de una conciencia individual que es capaz de empatizar. De este modo, el actuar correctamente viene sujeto a una especie de intuición intelectual, una suerte de vergüenza que constituye la conciencia práctica6.
No se trata aquí de una conciencia que conoce, una conciencia que teoriza, sino de una que siente y que deriva obligaciones morales. Es conveniente mencionar la nota cinco7 del capítulo IV, que explica adecuadamente que para Mill la felicidad está conformada por un conjunto de aspectos físicos, mentales y materiales, tales como la virtud.
Dentro de la doctrina utilitarista, la virtud no es en un inicio un fin natural, pero puede llegar a convertirse en uno. Mill sostiene que aquellas personas que llegan a amar la virtud de manera desinteresada terminan deseándola no solo como un medio para alcanzar la felicidad, sino como parte constitutiva de ella8. En este sentido, el ser humano puede incorporar otros elementos a su búsqueda de felicidad, de tal forma que, aunque en un principio fueran solo instrumentos para alcanzarla, con el tiempo terminan deseándose por sí mismos, al integrarse plenamente en su noción de vida feliz.
La felicidad, entonces, no debe entenderse como una idea abstracta o aislada, sino como un conjunto concreto de elementos que, al sumarse, configuran una vida plena9. Cada cosa que contribuye a la felicidad puede llegar a ser valorada por sí misma, y el utilitarismo no solo lo reconoce, sino que lo justifica plenamente, al considerar que toda aspiración que se integre en la felicidad contribuye al bienestar general.
Notas
[1] Mill, J. (2014). El utilitarismo: un sistema de la lógica (Libro VI, capítulo XII). (E. Guisán Seijas, Trad.). Alianza Editorial.
[2] Ibídem, pág. 60.
[3] Ibídem, pág. 114.
[4] Ibídem, págs. 114-115.
[5] Ibídem, pág. 79.
[6] Ibídem, pág. 101
[7] Ibídem, pág. 117 (nota de la traductora).
[8] Ibídem, pág. 119.
[9] Ibídem.
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Cita este artículo (APA): Bautista, E. (2025, 30 de marzo). La felicidad como fundamento de la acción moral: el utilitarismo de John Stuart Mill. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/03/utilitarismo-de-john-stuart-mill
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