La cultura de la cancelación comenzó a hacerse más grande con el advenimiento del Internet y las redes sociales. Decir o hacer algo moralmente incorrecto siempre conlleva un riesgo de ser juzgado o estigmatizado. En nuestros días, cualquier persona puede ser, en efecto, “cancelada”. Además, este fenómeno es totalizante porque opera en todos los niveles. En cualquier red social o cualquier persona que sea presa del algoritmo y de amenazas —al grado de integración moral de la sociedad— es más susceptible a ser “funada”. Es verdad que “la funa” también aparece en contextos de injusticia frente a grupos históricamente discriminados. Sin embargo, la justicia formal no debe ser sustituida por la estigmatización arbitraria basada en indignaciones morales.
Dicho fenómeno funciona como una cárcel panóptica, remitiéndome al diseño carcelario de Jeremy Bentham, en donde los prisioneros son constantemente vigilados gracias a su estructura arquitectónica. Por supuesto, esto funciona más como una metáfora con respecto a lo que ocurre en el ciberespacio. Muchas personas, tras ser “canceladas”, han perdido sus empleos, han recibido odio, han sido censuradas o humilladas en Internet.
Dar muerte simbólica
La cultura de la cancelación no tiene como propósito construir un debate crítico en torno a problemáticas fundamentales como la discriminación, sino manipular arbitrariamente el espacio mediático para desplazar a personas con comentarios considerados como moralmente inapropiados. Uno de sus móviles es dar muerte simbólicamente a alguien. Dicha muerte podría definirse a partir de la desvalorización de una persona en tanto no puede valerse por sí misma, siendo estigmatizada y desplazada de la “comunidad digital” y, aún fuera de ella, inscrita como una especie de amenaza que, por lo tanto, merece ser castigada. No es una aniquilación física; se trata, más bien, de cómo las personas “canceladas” son reducidas a sus actos bajo una fuerte expectativa moral que viola ciertos códigos y atenta contra la conciencia común. Se trata de una inmovilización. Esta reducción autoritaria anula los contextos, la complejidad o las intenciones de alguien. Se vuelven presas de una masa digital enfurecida que se piensa moralmente superior al aniquilar simbólicamente a alguien.
La lucha contra la discriminación no puede reducirse a buenos y malos, sencillamente porque dicho fenómeno tiene un carácter estructural. La cultura de la cancelación es contraproducente, al individualizar una problemática que no proviene de los individuos per se. El clasismo, por ejemplo, no funciona a partir de ciertos sujetos de naturaleza malvada que deban ser corregidos. El clasismo es una construcción socio-simbólica de una identidad total1 a partir de capital simbólico degradado. Se trata de un tipo de indignación burguesa basada en procesos de estigmatización para reivindicar jerarquías de superioridad de clase en cuanto al estatus de una persona. Esto quiere decir que tiene móviles culturales, no individuales.
Cancelar a alguien que escribió, por ejemplo, algo clasista, es contraproducente. Irónicamente, las personas “canceladas” también adquieren una identidad degradada gracias a la estigmatización, lo cual también da pie a procesos discriminatorios —como fue el caso de la actriz Karla Sofía Gascón2, protagonista de la película Emilia Pérez [Francia, 2024]—. De hecho, la discriminación no es legítima bajo ningún caso. Las personas que han padecido “la funa” pueden ver obstruidos sus derechos y oportunidades. En ese sentido, la muerte simbólica enfrentada por “los funados” afecta su reinserción social.
El neoliberalismo progresista
De hecho, más que acercarnos a una sociedad justa y de igualdad de derechos, la cancelación, irónicamente, contribuye a lo que dice combatir. El discurso woke adopta una forma irracional de defensa autoritaria de la identidad, generando culpa a otros al esencializar una identidad opresora y justificando el riesgo de igualar la desigualdad a través de una competencia entre oprimidos, en donde los sujetos asumen el rol de víctima. La cultura de la cancelación y manifestaciones similares, asociadas al discurso woke, no son otra cosa más que un tipo de populismo punitivo para enaltecer una supuesta superioridad moral, confundiendo derechos con privilegios.
Asimismo, uno de los problemas de esencializar discursos discriminatorios es reducir la política a castigos y sanciones morales que no resuelven nada, como si cambiar la actitud y corregirla otorgara cierto poder narcisista al agente punitivo. Esta interpretación parte de la idea de una de las más grandes aspiraciones de los seres humanos: ser reconocidos como subjetividad no intercambiable; es decir, se trata de una forma en la que el “yo” es halagado, se siente valorado en su personalidad única3.
En la cultura del narcisismo, la obsesión por la autorrealización ha cambiado las luchas colectivas por la emancipación4 por modos de subjetivación burguesa en donde el enemigo es esencializado y aparecen los deseos de excomulgar la maldad de la sociedad, como si de un sacerdote se tratara; porque en el fondo son pequeños burgueses competitivos —fieles a la ideología dominante— pasivo-agresivos, reprimidos por el temor a ser cancelados; lo cual indica que no están unidos por la solidaridad universal, sino, precisamente, por el cuidado de no ser expuestos5.
En la vuelta a la tribu, en donde los identitarismos se han vuelto la forma de hacer política, se intenta reforzar las luchas interminables de ellos contra nosotros, vinculadas a estados irracionales, hacia sujetos sospechosos. Pero ninguna de las partes sabe escuchar; más bien, tratan de imponer una visión única del mundo basada en una superioridad sobre las otras tribus6. Los agentes punitivos no admiten sus propias contradicciones; es una forma de poner el futuro “entre paréntesis”, legitimando así la inmediatez, sin pensar en el actuar colectivo por una sociedad más justa.
De este modo, la cultura de la cancelación privatiza la exclusión, la discriminación, el dolor o la opresión de la sociedad; la moralización hacia ciertos individuos “malignos” permite que la emancipación y el horizonte de justicia estén reservados a una moral privada: los buenos, quienes vigilan y excomulgan; y los malos, quienes deben ser aniquilados simbólicamente para aprender a dejar de ser opresores. La conciencia interior y la experiencia del dolor individual conducen a “cancelar” a todos aquellos quienes se cree que hacen daño a los demás. Sin embargo, el dolor, el trauma y la injusticia no deben ser individualizados, sino todo lo contrario: politizados de manera colectiva para cambiar las estructuras.
Sería contraproducente […] una condescendencia moralizadora al estilo del neoliberalismo progresista, que asume una visión superficial e inadecuada de tales injusticias, exagerando en exceso hasta qué punto el problema está en las cabezas de las personas y rehuyendo la profundidad de las fuerzas estructural-institucionales que lo sustentan7.
Libertad y reconocimiento
Desde una perspectiva hegeliana, los seres humanos tienen pasiones, instintos y un comportamiento emocional, pero también cuentan con la capacidad de poner límites. Hegel no niega los instintos humanos, pero sostiene que la razón puede disciplinarlos. Los impulsos y la razón no están necesariamente divididos, sino que la propia razón está por encima y tiene una poderosa facultad para moldearlas.
La acción implica hacer efectiva la constitución de la voluntad que ha alcanzado, es decir, los seres humanos deben responsabilizarse de sus acciones. Ser libre implica crear una movilización de uno mismo, responsabilizarse. Tomarse a uno mismo como objeto forma parte de la libertad.
La libertad arranca desde la voluntad subjetiva, pero su realización no pertenece a la subjetividad, sino a la vida en comunidad, en el mundo objetivo perteneciente a los seres humanos y en las instituciones que componen la vida comunitaria8. La libertad debe determinarse y darse su propio contenido. Debe atravesar un proceso lógico para su encuentro con el otro.
Pero la verdad de esta universalidad formal, […] es la universalidad que se determina a sí misma: la voluntad, la libertad. En cuanto la voluntad tiene como fin a la universalidad, a sí misma como forma infinita, […] es verdadera idea9.
Aquí hay un vínculo entre el sujeto que autorreflexiona y la universalidad, alcanzando de este modo la libertad. Para Hegel, la reflexión implica salir de sí mismo para encontrarse en el otro y volver a sí mismo, pues el otro es una negación de sí, que interioriza. En toda identidad debe existir necesariamente la diferencia para luego alcanzar la unidad. Por eso “atravesar” al otro es necesario.
Si la libertad es fragmentada o arrebatada, tiene que pasar por un momento de reconciliación. La propiedad, es decir, la libertad en el mundo, es el momento de afirmación desde una secuencia lógica dialéctica; su negación sería el momento del delito. La negación de esta negación permitiría su reconciliación, es decir, qué hacer ante la injusticia que fragmenta la libertad. De ahí la aparición de la teoría de la pena.
Sin embargo, para Hegel10, un castigo hacia el criminal no tendría que desbordar su propia humanidad, pensando, por ejemplo, en la tortura, la amenaza, la venganza, los linchamientos, la pena de muerte o incluso la exclusión que implica la muerte simbólica. En todo caso, lo adecuado sería racionalizar la ley en donde el sujeto moral interioriza al otro. Esto es una manera de vivir como momento más elevado de la libertad.
Para Hegel11, el castigo debe tener un ideal ético, ya que los criminales siguen siendo seres humanos que, bajo el uso de su razón, cometieron un acto atroz, pero sin dejar de ser libres. Lo adecuado sería decir que no supieron hacer uso de esa libertad; por lo tanto, un castigo degradante o deshonroso, —como en este caso, la humillación digital— sería contrario a la propuesta hegeliana de reintegrar al criminal o al sujeto excluido al orden de lo común. Equivocarse es un acto humano, lo cual no quiere decir que existan crímenes justificados.
En ese sentido, el punitivismo moral que implica la cultura de la cancelación, desde una postura de la libertad en Hegel, no solo rechaza la humanidad del sujeto sancionado, sino que, al pensarse libre, el agente punitivo no sabe hacer uso de su libertad y no ejerce ningún tipo de justicia. El individualismo lo coloca en un estado de confusión narcisista que lo aleja de la dialéctica de reconciliación, para reconocerse mutuamente y alcanzar un Estado ético.
Notas
[1] Harold Garfinkel llamaba a la “ceremonia de degradación de estatus” a la observación pública que se hace de alguien para degradarlo sistemáticamente, considerándolo inferior. Asimismo, consideraba a las identidades totales como aquellas que son construidas socialmente y que definen a una persona con base en ciertos atributos. En ese sentido, una identidad social es impuesta y las personas estigmatizadas asumen esa nueva identidad. Las ceremonias de degradación tienen la capacidad de destruir simbólicamente la identidad social de una persona. [cfr. Garfinkel, H. (2006). Condiciones de las ceremonias exitosas de degradación. Delito y sociedad: revista de ciencias sociales, (22), 115–122].
[2] Se refiere a una controversia surgida a raíz de la reaparición de viejos tuits que contenían comentarios polémicos sobre el islam, George Floyd y la diversidad en los premios Oscar. Estos comentarios, que datan de hace varios años, fueron desenterrados por la periodista Sarah Hagi y generaron una fuerte reacción, especialmente considerando el éxito de Gascón como protagonista de la película “Emilia Pérez” y su nominación a los Premios Oscar en 2025.
[3] Lipovetsky, G. (2013). La felicidad paradójica. España: Anagrama.
[4] Lasch, C. (1999). La cultura del narcisismo. Chile: Editorial Andrés Bello; pág. 49.
[5] Fisher, M. (2022). Salir del castillo de vampiros. Traducido por Patricio Orellana. Sitio web: https://jacobinlat.com/2022/07/salir-del-castillo-de-vampiros/ [Consulta: 20 de octubre de 2024].
[6] Bauman, Z. (2017). Retrotopía. España: Paidós.
[7] Fraser, N. Los talleres ocultos del capital. Un mapa para la izquierda. España: traficantes de sueños; pág. 185.
[8] Amengual, G. (1989). Estudios sobre la Filosofía del Derecho en Hegel. España: Centro de Estudios Constitucionales; pág. 16.
[9] Hegel, G. (1999). Principios de Filosofía del Derecho. España: Edhasa; pág. 100.
[10] Miranda, A. (2021). La teoría crítica del derecho de Hegel: Sobre la relación entre ley y violencia [Tesis doctoral, Universidad Nacional Autónoma de México]. Repositorio UNAM.
[11] Ibídem.
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Cita este artículo (APA): Román, E. (2025, 19 de abril). La cultura de la cancelación como muerte simbólica. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/04/consecuencias-cultura-de-la-cancelacion
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