La fotografía: un certificado de muerte

Todas y todos sabemos en qué consiste una fotografía; apegándonos a su etimología, podemos definirla como “escribir o dibujar con luz”, debido a la técnica empleada a la hora de captar imágenes por medio de un equipo fotográfico. Hasta aquí no hay mayor dificultad ni reflexión, podemos hacer fotografías diariamente sin ningún apuro.

Hoy en día sacar una foto ha dejado de ser costoso. Desde un equipo celular podemos almacenar miles de ellas: un paisaje, una persona, un evento; una infinidad de momentos que incluso no recordamos. Hace unos años no era tan sencillo, era todo un proceso y requería de un equipo bastante caro, pero, sobre todo, requería de una razón, una buena justificación para que esa fotografía fuera tomada debido a las implicaciones que tenía el revelarlas y materializarlas: la fotografía poseía un mayor peso. 

Actualmente, en 2025, la fotografía se encuentra en nuestra pantalla. Y lejos de ser algo malo, nos permite llegar a ustedes con estos textos, además de difundir la filosofía fuera de las aulas; sin embargo, es de pensarse: ¿esas fotografías digitales guardan momentos de nuestras vidas o solo son montones de información?; ¿la fotografía es algo más que capturar un momento?

Roland Barthes, semiólogo francés, se centra en el estudio de la fotografía de una manera no técnica o científica, sino en la relación que mantiene con aquel individuo que la admira y aquello a lo que se ha fotografiado. La relación es existencial: fotografía y muerte de aquello que se captura a través de un lente, de aquel objeto / sujeto fotografiado. 

La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente1.

Pensémoslo así: aquello que nos “punza” —punctum— o que nos atrapa y que fotografiamos, o en su defecto, admiramos de una foto que no fue tomada por nosotros, nos hace reconocer que algo o alguien ha sido; en esa fotografía existe un certificado de que algo existió. Ahora, si eso que se captura es un sujeto o una persona, el certificado de la fotografía es al mismo tiempo un certificado de muerte. Sí, el fotógrafo es quien captura lo vivo; sin embargo, está, a su vez, dando testimonio de lo muerto a partir de oprimir el obturador, ese botón que suena mientras uno enfoca con la cámara análoga. 

La fotografía sufrirá el paso de los años: se amarillenta el papel, y con ello también se decolorará y se borrará. ¿Qué pasará con aquel objeto o sujeto capturado en la imagen? La fotografía me expresa la muerte en futuro: “ella va a morir”. Es catártico pensar que ha muerto, pero en algún momento, en algún tiempo, ella existió. 

Más allá de las técnicas de fotografía2 —de la velocidad de obturación, del ISO, de la apertura del diafragma—, la fotografía manda un mensaje descifrable para aquel que la admire, y cada mensaje es distinto según el espectador: he ahí la riqueza de la foto. La existencia de algo en algún momento concreto es aquello que la fotografía captura. Solo es capaz de darnos la objetividad de un instante, lo que vemos no es una reproducción de la realidad, sino un testimonio, un certificado de que algo ha sido y ya no es. 

La fotografía es un certificado de muerte porque expresa lo real del pasado, es una certeza de que esto pasó realmente, no como técnica, no como estudio, ya que da un testimonio que no se puede alterar con nada. La imagen no miente, puesto que no es una copia, sino la realidad emanada:

Puesto que la fotografía autentifica la existencia de tal ser, quiero volverlo a encontrar enteramente, es decir, en esencia, tal como el mismo, más allá de un simple parecido, civil o hereditario. Aquí la insipidez de la foto se hace más dolorosa3.

La melancolía que genera una fotografía emanada de la realidad nace de esta pérdida de la esencia de aquello fotografiado. Por más que esta se busque con el mayor esfuerzo, no logra contemplarse; somos como Sísifo en esta tarea eterna por alcanzar la esencia en la imagen si éxito alguno. Nos quedamos con la expresión de existencia, de ese rostro amado, de ese lugar que anhelamos habitar o con esa persona que no podemos olvidar. 

La melancolía se pierde cuando la imagen se genera, se construye de una manera inverosímil a través de datos, cuando representa información que no han sido. La inteligencia artificial altera la emanación de la realidad, la certificación de lo ya muerto deja de existir, se vuelve una reproducción de lo que no es, pero puede ser. Las imágenes creadas son el vehículo de la indiferencia, es decir, un mundo fotográfico sin mayor diferencia, porque todo se vuelve igual. 

Preservar la fotografía análoga es preservar lo que existió, aquello que poseyó movimiento, vida, júbilo, en un determinado espacio y tiempo y que, por alguna razón, fue capturado por un humano con ayuda de un visor y un lente para convertirse en lenguaje de la muerte, en lenguaje de aquello que ha sido. 

Notas

[1] Barthes, R. (2020). La cámara lúcida. Barcelona: Paidós, pág. 26.

[2] La velocidad de obturación, el ISO y la apertura del diafragma son tres elementos básicos de la fotografía. La velocidad de obturación determina cuánto tiempo entra la luz a la cámara; el ISO regula la sensibilidad del sensor a la luz; y la apertura del diafragma controla cuánta luz pasa por el lente. Juntos, permiten ajustar la claridad, el brillo y la profundidad de una imagen.

[3] Barthes, R. (2020). La cámara lúcida. Barcelona: Paidós, pág. 118.

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Cita este artículo (APA): Martínez, A. (2025, 8 de abril). La fotografía: un certificado de muerte. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/04/fotografia-reflexiones-filosoficas

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