El tema de la digitalización es más denso de lo que podemos imaginar. Más allá de los aportes y facilidades que con ella vienen, es importante reflexionar sobre su impacto en el ser humano, la manera en la que interactúa con los medios digitales y con los demás. Esto no solo se resume en pérdida de tiempo, información falsa o pasatiempos, esto afecta directamente al crecimiento personal de la humanidad.
Centrándonos en las redes sociales como parte de esta digitalización, estas perdieron el camino en sus intenciones más profundas e iniciales —conectar y acercar a los usurarios entre sí— para convertirse en un espacio digital de desinformación, desvalorización y desconexión humana de una manera sutil.
El primer error es creer que controlamos las redes digitales. Cuando creamos un perfil o una cuenta, estamos vaciando nuestra información en un servidor que se encargará de desarrollar un espacio cómodo en el cual nos desenvolvemos como navegantes en mar abierto. No obstante, no se suele tener en cuenta, que uno es consumidor y producto simultáneamente. Somos una especie de carnada que atrae a los inversionistas de las aplicaciones. Cuando descargamos una, estamos descargando información en su servidor, les estamos dando la libertad de uso. La pregunta obligada para reflexionar es: ¿quién es el producto?
En el mundo controlado por los algoritmos, el ser humano va perdiendo su capacidad de obrar por sí mismo, su autonomía. Se ve frente a un mundo que no es el suyo, que escapa a su comprensión1.
Esta forma en la que el ser humano convive con la digitalización fragmenta su vida, la hace inmediata, le quita autonomía e incluso pierde el nerviosismo al acercarse a una persona por la cual se siente atraída. Anula, pues, su acción en el mundo y su interacción; pierde estabilidad a cambio de un estímulo incesante de información que se encuentra siempre accesible para consumir.
La comprensión, reflexión, análisis, ocio, o la razón, son características perdidas en la generación Z o centennials, debido a que crecieron en esta era digital, una época en donde requieren de estímulos inmediatos para sentirse conectados con el mundo. Esto, curiosamente, los vuelve inestables, irreflexivos y con grandes problemas de personalidad.
En la era digital, el internet, las redes sociales, son pensadas como herramientas o espacios para conectar con los demás; sin embargo, cuando llevamos a cabo búsquedas en la web sobre un artículo que necesitamos comprar, no es casualidad que Facebook o Instagram nos muestren páginas sugeridas con publicidades del mismo artículo anteriormente buscado. Todo se monitorea, el algoritmo procesa la información de una manera que aún no alcanzamos a dimensionar.
Los algoritmos con los que funcionan estos servidores implantan en el ser humano distintos intereses a base de publicidad masiva, y al mismo tiempo, sutil; aplican un reforzamiento tan versátil que se vuelve casi imposible identificarlo. Tú solo te encargas de deslizar con la yema de tu dedo hacia arriba o abajo, hacia la izquierda o la derecha, de manera inconsciente.
La mano es el órgano del trabajo y la actividad. El dedo, en cambio, es el órgano de la elección. El humano manualmente inactivo del futuro solo hará uso de sus dedos. Elegirá en lugar de actuar2.
¿Por qué reproducimos estos patrones de interacción con lo digital? Las redes sociales, lo digital y el internet, estimulan la necesidad del ser humano por conocer, conectar, reproducir, o crear de una manera falsa. Con esto no queremos decir que no existan personas utilizando los recursos digitales para producir textos, compartir información relevante o generar vínculos. Sin embargo, en su mayoría, las redes fungen como velo de maya que se pone a la altura de los ojos e impide discernir entre lo real y lo falso, la realidad no está en los algoritmos, a lo sumo la reproducen, la realidad está afuera: ¡sal!
¿A qué nos estamos enfrentando?
Para nada se está alentando a guardar la distancia con lo digital, al contrario, es reflexionar y rectificar la relación que mantenemos con ello. Nos enfrentamos a una pobreza de vivencias, de cosas, de afecto, relaciones y, en general, de realidad.
Actualmente, el afecto humano, o interés por algo, se expresa por medio de likes; los amigos se traducen en números, el impacto de mi persona se mide en views. Nos estamos convirtiendo en información, en mercancía al alcance de los demás. Con un dedo, deslizando, consumimos al otro.
La comunidad como mercancía es el fin de la comunidad3.
La pantalla, como menciona Byung-Chul Han, es pobre4 en mundo y realidad. Si no redireccionamos el camino que estamos transitando con nuestros recursos digitales, nos espera una era de egocentrismo absoluto, consumo excesivo de información, pérdida de personalidad, baja autoestima y vacío.
Para concluir, tengamos presente que la era digital debe tener una utilidad, servir como herramienta a nuestras necesidades en concreto; usémosla con propósito. De no ser así, atengámonos a un futuro de hipercomunicación, sin recuerdos ni vivencias, un escenario que puede llegar a ser irreparable.
Notas
[1] Han, B. (2021). No cosas: Quiebras del mundo de hoy. México: Taurus; pág. 18.
[2] Ibídem, pág. 22.
[3] Ibídem, pág. 31.
[4] Ibídem, pág. 72.
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Cita este artículo (APA): Martínez, A. (2025, 18 de abril). La era digital: una desconexión humana desde la perspectiva de Byung-Chul Han. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/04/la-era-digital-una-desconexion-humana
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Licenciado en filosofía. Docente de preparatoria (humanidades, filosofía y ética).