¿Qué es el satanismo? Parte 1 de 2

Artículo publicado originalmente el 01 de agosto de 2015 en la versión anterior de Filosofía en la Red. El presente texto es una versión editada, corregida y revisada del original adaptándolo a los estándares actuales de la Plataforma.

Al satanismo le pasa como al cristianismo, que no hay uno sino muchos, y cada tipo o corriente lo entiende de una forma distinta a las demás. En el caso del satanismo, lo primero es distinguir entre lo que de verdad pueda haber, de lo que es producto de la imaginación o la rumorología difundida por los cristianos o por los propios satánicos o satanistas. Y es que una cosa es lo que por satanismo entienden los que a sí mismos se consideran satanistas, otra lo que por satanismo entienden las confesiones cristianas, y otra distinta lo que por satanismo podemos entender el resto de los mortales.

Para el cristianismo, Satán o Satanás es uno de los nombres propios del principal adversario de Dios —otros serían Belcebú, Lucifer o Luzbel—: el diablo, demonio o maligno. Pero a partir de aquí tampoco se ponen de acuerdo los diferentes tipos de cristianismo. Para algunos —más bien liberales—, Satán ni siquiera existe y tan solo es una forma de referirse al mal —o ausencia de bien— o al pecado. Para otros —de tipo gnóstico o similar— es un dios menor o un principio a la vez contrario y complementario de Dios, siendo aquel el principio del bien, y este el principio del mal —al modo de una especie de yin y yang—. Pero, en general, para la mayoría de las confesiones cristianas —católicos, ortodoxos, protestantes, testigos de Jehová, etc.—, Satán es un ser auténticamente existente y real como Dios mismo, aunque totalmente opuesto y enemigo suyo. Para estos, Satanás fue en otro momento una de las criaturas de Dios, uno de sus ángeles, y además de los mejores, en concreto, el ángel de la luz, pues eso es lo que significa su nombre, Lucifer. Sin embargo, este ángel se habría llenado de soberbia y de arrogancia, llegando a desafiar al propio Dios y a enfrentarse a él desobedeciéndole. Ese pecado o caída de Lucifer le habría convertido en un demonio, o Satán, un ángel caído y rebelde, enemigo de Dios, y que habría dividido a los ángeles en dos grupos: los que siguieron fieles y obedientes y los que fueron arrastrados por él y convertidos en diablos a su servicio. A partir de aquí se desarrolla toda una guerra entre Dios y Satán que acabará al final de los tiempos con la victoria definitiva de Dios. 

En medio de esa guerra entre Dios y Satán estaríamos los seres humanos, atormentados tanto por uno como por otro. Dios nos exige adoración y obediencia ciega, fanática; y Satán nos insta a que le adoremos a él en lugar de a Dios, o por lo menos se conforma con que pequemos y desobedezcamos a Dios como hizo él. Ya en el primer libro de la Biblia, en el Génesis, aparece el mito de Adán y Eva y cómo el diablo, en forma de serpiente parlanchina, incita a Eva a que cometa el primer pecado, desobedeciendo la orden divina de no comer del fruto del árbol del bien y del mal; y la manera en que ella, después, convenció a Adán para que también comiera y pecara1. Las interpretaciones de la alegoría son muchas. Nosotros ya nos referimos a esto cuando hablamos del pecado político de querer ser como Dios. Pero lo que ahora nos interesa es destacar cómo Dios y Satán se disputan entre ellos por la obediencia de los seres humanos; y cómo utilizan a la humanidad a modo de premios o trofeos, como forma de medir quién tiene más adeptos o fanáticos2. 

Un ejemplo bíblico particularmente crudo y perturbador sobre la manera en que Dios y Satanás parecen poner a prueba a los seres humanos, casi como si se tratase de una apuesta entre potencias divinas, lo encontramos en el relato de Job, contenido en el libro homónimo del Antiguo Testamento. De Job se afirma que “era este hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal3”. Sin embargo, lo que sucede a continuación en el relato resulta profundamente inquietante.

Y dijo Jehová a Satanás: ¿De dónde vienes? […] Y Jehová dijo: ¿No has considerado a mi siervo Job, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal? Respondiendo Satanás: ¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado a él y a todo lo que tiene? […] Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti. Dijo Jehová: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él […]4.

Resulta asombroso —y profundamente inquietante— que, en el relato bíblico de Job, Dios conceda a Satanás el permiso para arruinar la vida de su siervo con el único propósito de poner a prueba su fidelidad. Primero, le permite destruir sus bienes materiales; luego, al ver que Job no reniega de su fe, autoriza que pierda a su familia y padezca enfermedades devastadoras. El único límite que impone es la vida misma: Satanás puede hacerle todo el daño imaginable, salvo matarlo. En este contexto, la dignidad, el sufrimiento y la integridad de Job parecen quedar relegados a un segundo plano frente al interés divino de demostrar que su siervo permanecerá fiel a pesar de las más extremas desgracias.

Una forma de interpretar este pasaje sería compararlo con un padre que acepta una apuesta y permite que otro hombre humille y lastime a su hijo con tal de probar su lealtad. En este sentido, la figura divina parece más interesada en ganar un desafío que en proteger a quien se ha mostrado justo y temeroso de Dios. A lo largo del relato, Job soporta todo con estoica obediencia, mientras sus amigos intentan, sin éxito, encontrar una justificación teológica al sufrimiento que padece. Al final, Dios le restituye bienes, salud y descendencia, lo cual para muchos creyentes constituye una forma de reparación. Sin embargo, cabe preguntarse si la vida de nuevos hijos puede realmente compensar la pérdida de los anteriores. En relatos como este, se diluyen las fronteras entre el bien y el mal, al punto de que resulta difícil discernir quién actúa con mayor crueldad: ¿Dios o el diablo?

Para los cristianos, al final de los tiempos, Dios vencerá al demonio y torturará eternamente a Satán y a sus demonios en el infierno conjuntamente con las almas de los humanos pecadores. Jesús de Nazaret así lo dice:

Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria […] se sentará en su trono, y serán reunidas todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como el pastor las ovejas de los cabritos […] Entonces dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles5.

Mientras tanto, según la narrativa bíblica, el diablo continúa recorriendo la tierra, tentando a los seres humanos y obrando el mal. Incluso se afirma en los evangelios que intentó tentar al propio Jesús de Nazaret6. En otras ocasiones, según la tradición cristiana, se introduce en el cuerpo de algunas personas, dando origen a lo que se conoce como posesiones. La mayoría de las confesiones cristianas aceptan la posibilidad de estos fenómenos, apoyándose en múltiples pasajes bíblicos que los relatan. De hecho, Jesús es presentado en los evangelios como un exorcista que, en diversas ocasiones, expulsaba demonios de aquellos que se encontraban poseídos.

Existen varios relatos de exorcismos en los textos evangélicos, los cuales, además, dejan entrever ciertas contradicciones narrativas. Por ejemplo, mientras los evangelios de Marcos (5, 1-2) y Lucas (8, 26-27) describen el caso de un endemoniado gadareno, el evangelio de Mateo (8, 28) —con un tono más enfático— menciona que eran dos los poseídos. Asimismo, los Hechos de los Apóstoles relatan que los discípulos de Jesús también practicaron exorcismos. Pablo de Tarso, en particular, adquirió notoriedad en esta práctica, al punto de que otros exorcistas intentaban imitarlo, aunque sin el mismo éxito7.

Desde una perspectiva racional, las denominadas posesiones demoníacas pueden interpretarse como intentos, propios de épocas pasadas, de explicar fenómenos médicos desconocidos en su momento, como la epilepsia, la esquizofrenia o los trastornos disociativos de la identidad. En tales contextos, el exorcismo era considerado una solución cuando, en realidad, la intervención médica es la vía adecuada para tratar estas condiciones.

Sin embargo, la creencia en las posesiones persiste en ciertos sectores, lo que ha llevado a confundir trastornos médicos con fenómenos sobrenaturales, a veces con consecuencias trágicas. Un caso emblemático es el ocurrido en Almansa8, España, en 1990, donde una niña de 11 años fue sometida a un ritual por su madre y otras mujeres, quienes, convencidas de que estaba poseída por el demonio, le causaron la muerte al intentar “liberarla”.

En otros casos, según la tradición, el diablo no se introduce por completo en el cuerpo humano, sino que actúa de forma intermitente y parcial, usualmente durante la noche. Esta creencia dio origen a las figuras del íncubo y el súcubo: entidades demoníacas que adoptan apariencia masculina o femenina y, según el imaginario medieval, penetran en los dormitorios para agredir sexualmente a hombres o mujeres mientras duermen.

Si la libertad es fragmentada o arrebatada, tiene que pasar por un momento de reconciliación. La propiedad, es decir, la libertad en el mundo, es el momento de afirmación desde una secuencia lógica dialéctica; su negación sería el momento del delito. La negación de esta negación permitiría su reconciliación, es decir, qué hacer ante la injusticia que fragmenta la libertad. De ahí la aparición de la teoría de la pena. 

Hoy en día, este tipo de relatos encuentra una explicación racional en lo que la ciencia denomina parálisis del sueño. Este fenómeno neurológico, que puede incluir alucinaciones auditivas o visuales, también permite comprender otras experiencias comúnmente atribuidas a lo sobrenatural, como la sensación de presencias extrañas junto a la cama o incluso algunos supuestos casos de abducción extraterrestre.

En la mayoría de los casos, según la tradición cristiana, al diablo le basta con que los seres humanos se alejen de Dios o desobedezcan sus mandamientos. Sin embargo, hay ocasiones en las que —siempre dentro de la visión cristiana— se considera que Satanás busca ser adorado directamente. A quienes lo hacen se les denomina satanistas o adoradores de Satán. De acuerdo con esta perspectiva, los satanistas reproducen los ritos cristianos invirtiéndolos de forma deliberadamente obscena y blasfema, como un gesto de burla y rechazo hacia el cristianismo. Así, se les atribuye la celebración de reuniones o rituales conocidos como misas negras o aquelarres, en los que se rendiría culto a Satanás mediante prácticas que mezclarían magia negra, sexo ritual e incluso sacrificios de animales, e incluso humanos.

No obstante, conviene señalar que estas representaciones corresponden más a construcciones imaginarias del pensamiento cristiano que a una realidad documentada. Es cierto que existen grupos que se autodefinen como satanistas y que realizan rituales simbólicos, pero estos distan mucho de las fantasías macabras atribuidas por la tradición. Esta situación recuerda a las acusaciones dirigidas contra los primeros cristianos por parte de los romanos, quienes difundían rumores según los cuales en sus reuniones secretas practicaban el canibalismo y otros actos aberrantes.

Ahora bien, según la misma tradición, no es necesario rendir culto explícito al diablo para vincularse con él. El demonio también puede establecer pactos, acuerdos por los cuales una persona le entrega su alma a cambio de algún beneficio terrenal: poder, riqueza, fama o placeres. Uno de los relatos más emblemáticos al respecto es el de Fausto9, cuya leyenda retrata este tipo de contrato como un acto ritual que incluye invocaciones, símbolos esotéricos, velas y pentagramas. Estas narraciones, junto con la idea de las misas negras, sirvieron durante siglos como justificación para la persecución, detención, tortura e incluso ejecución de personas acusadas de herejía, brujería o prácticas supuestamente satánicas.

Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, las iglesias cristianas promovieron auténticas campañas de represión contra supuestos satanistas, brujas y hechiceros, ejecutadas a través de los mecanismos inquisitoriales. Fue en este contexto donde muchas de las leyendas sobre aquelarres, pactos demoníacos y vuelos en escoba cobraron forma, alimentadas por la imaginación de inquisidores y las confesiones obtenidas bajo tortura. Así nacieron las tristemente célebres cazas de brujas, cuyas víctimas se contaron por millares y cuya memoria nos recuerda hasta qué punto la superstición puede convertirse en instrumento de violencia institucionalizada.

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Notas

[1] Gn. 2-3.

[2] Interpretación del autor sobre el proceder de dichos entes.

[3] Job 1,1.

[4] Job 1, 7-12.

[5] Cfr. Mt. 25, 31-33; 41.

[6] Mt. 4, 1-10.

[7] Hch. 19, 11-16.

[8] El 18 de septiembre de 1990, en Almansa (Albacete, España), Rosa María Gonzálvez, de 11 años, murió tras ser sometida a un ritual por su madre, Rosa Gonzálvez Fito, y otras mujeres. Convencidas de que la niña estaba poseída por el demonio, le extrajeron los intestinos con las manos, provocándole la muerte por desangramiento. Las acusadas fueron declaradas inimputables por enajenación mental y confinadas en centros psiquiátricos. 

[9] La leyenda de Fausto tiene sus orígenes en la figura de Johann Georg Faust (c. 1480–1540), un alquimista y astrólogo alemán. Su historia fue popularizada por la obra anónima Historia von D. Johann Fausten (1587) y más tarde por escritores como Christopher Marlowe (Doctor Faustus, 1604) y Johann Wolfgang von Goethe (Fausto, 1808 y 1832), donde se relata el pacto del protagonista con el diablo, símbolo del deseo humano de conocimiento, poder y placer a cualquier precio.

Artículo de:

Andrés Carmona (colaboración)
Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

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