¿Puede el Estado legislar el amor?

A veces el Estado se disfraza de protector y, otras, se viste de vigilante. En su función de organizador de lo común, su intervención en nuestras vidas parece tener ciertos límites naturales: carreteras, impuestos, leyes civiles. Pero, ¿qué sucede cuando ese poder se extiende a lo íntimo, a lo irreductiblemente personal? Cuando ya no regula lo que decimos o hacemos en el espacio público, sino a quién podemos amar.

La pregunta ya no es retórica. En enero de 2025, Estados Unidos impuso una política1 sin precedentes en tiempos recientes: los funcionarios diplomáticos destacados en China —así como sus familiares y contratistas con acreditaciones de seguridad— no pueden entablar relaciones románticas ni sexuales con ciudadanos chinos. Esta orden, silenciosa, no se publicó en comunicados oficiales. Se compartió por correo interno, como si se tratase de una corrección menor en el código de conducta. Pero lo que regula no es una cláusula administrativa: es el corazón, es la piel.

La justificación ofrecida roza lo esperable en una narrativa geopolítica: evitar el espionaje, prevenir la “trampa de miel”. Bajo esta lógica, los vínculos afectivos se convierten en un riesgo de seguridad. El amor se transforma en potencial debilidad. El cuerpo amado, en enemigo latente. No importa si hay lealtad, historia compartida, respeto. Lo que importa es el pasaporte. Y así, la relación entre dos personas deja de ser una construcción libre para convertirse en un campo minado de sospechas.

La medida estadounidense, por radical que parezca, no es una invención en el vacío. China mantiene desde hace tiempo regulaciones similares que prohíben a sus diplomáticos y altos funcionarios casarse o tener vínculos con extranjeros2. Corea del Norte lleva la lógica al extremo3: quienes trabajan fuera del país deben dejar a su familia en casa como garantía de retorno. La pregunta que nace de este espejo es incómoda: ¿en qué punto empieza el control cuando, incluso las democracias, comienzan a dictar con quién puedes acostarte?

La seguridad como excusa:
un poder que se desliza en la cama

La seguridad nacional ha sido el argumento perfecto para justificar muchas cosas. Intervenciones militares, vigilancia masiva, censura de contenidos. Pero hay algo distinto cuando la seguridad empieza a colarse en los gestos cotidianos, en los espacios que deberían pertenecer solo a las personas que los habitan. Cuando el Estado convierte el afecto en peligro, los cuerpos en delatores potenciales, y las emociones en grietas de la nación, algo esencial se altera.

¿Dónde empieza y termina ese interés público? ¿Cuándo una relación sentimental se convierte en un “riesgo”? Y, lo más crucial: ¿puede generalizarse esa amenaza a todo un colectivo de personas por el simple hecho de su nacionalidad? Porque eso es lo que hace esta política estadounidense: transforma a cada ciudadana china en potencial espía, y a cada funcionario estadounidense en blanco fácil por el simple hecho de enamorarse. La lógica del castigo preventivo sustituye la del juicio individual. Y bajo esa lógica, todo es sospechoso.

En la práctica, esta política no se limita a impedir nuevos vínculos4. Obliga a cortar relaciones existentes, a renunciar a la pareja si no hay autorización explícita. ¿Qué dice de un gobierno que les exige a sus empleados escoger entre su empleo y su relación afectiva? ¿Qué tipo de contrato moral es ese, que premia la obediencia con la soledad? Aún más inquietante es que esta imposición se presente como “necesaria”, como si amar fuera una concesión y no un derecho.

El problema aquí no es solamente la medida concreta, sino la pendiente que traza. Porque una vez que se justifica intervenir en los afectos con base en la seguridad, ¿qué impide extender esa lógica? ¿Qué otras formas de relación —amistad, parentesco, colaboración profesional— serán consideradas peligrosas? ¿Qué otras nacionalidades, religiones, ideologías? En nombre de evitar el espionaje, se termina sembrando desconfianza en los mismos vínculos que construyen humanidad. El Estado que vigila los besos, ¿de verdad nos protege?

Autonomía, afectos
y el derecho a lo improductivo

En el centro de todo esto hay algo que no se puede reglamentar sin herir profundamente: la autonomía. Esa facultad de decidir sobre uno mismo, de trazar el mapa de la vida personal sin que otros —ni siquiera el Estado— lo hagan por ti. Cuando se impide a alguien amar libremente, se vulnera esa autonomía. No solo se controla su conducta, sino también sus elecciones emocionales, su deseo, su idea de futuro.

Y no, no es ingenuo pensar que los diplomáticos, agentes o funcionarios públicos tienen derecho a una vida sentimental plena. Es perfectamente posible reconocer la necesidad de medidas de seguridad en ámbitos delicados, sin por ello admitir que todo vínculo afectivo es sospechoso. Hay grados, hay contextos, hay matices. Pero una prohibición absoluta niega esos matices. Equivale a declarar que el amor, por sí mismo, es una amenaza.

Además, regular con quién te relacionas afectivamente no es solo una cuestión de vigilancia. Es también una forma de disciplinar los cuerpos. Una manera de decir qué tipo de relaciones son “apropiadas” y cuáles no. Y en ese acto se desata una violencia simbólica: los afectos que no se alinean con los intereses del Estado son deslegitimados, marginalizados, borrados. No importa si son auténticos. No importa si hacen bien. Importa si encajan con la narrativa dominante.

El Estado, cuando se arroga el poder de legislar el amor, deja de ser garante del bienestar común y se convierte en un arquitecto de lo íntimo. Y eso no es protección. Es control. No es responsabilidad institucional. Es paternalismo. En definitiva, no se trata solo de una política defensiva. Es una concepción del mundo en la que los vínculos humanos no valen por sí mismos, sino por su funcionalidad o su compatibilidad con la lógica de poder. ¿Y qué queda entonces de la libertad?

El cuerpo diplomático
como cuerpo sospechoso

Hay una ironía perversa en el hecho de que estas políticas se apliquen, sobre todo, a quienes trabajan en la diplomacia. Porque la diplomacia, en su forma más noble, consiste en crear puentes. En generar entendimiento. En construir relaciones humanas más allá de las diferencias políticas. Pero con esta norma, el Estado le dice a sus diplomáticos: “relaciónate, pero no demasiado”. La cercanía es buena, siempre y cuando no sea íntima. El contacto es valioso, siempre que no haya afecto.

Y aquí es donde se desata una contradicción estructural. Si se considera que cualquier relación con una persona local puede ser una amenaza, entonces el diplomático está condenado a la frialdad. A mantener relaciones estériles, funcionales, controladas. A no implicarse emocionalmente, ni siquiera fuera del trabajo. La lógica de la sospecha se instala en la piel y transforma cada encuentro en un posible error: ¿cómo ejercer la diplomacia en ese marco?

Más aún: ¿qué dice esta política sobre la visión que Estados Unidos tiene de sus propios funcionarios? Al parecer, no confía en su capacidad de discernir, de amar sin traicionar, de cuidar su intimidad sin comprometer su lealtad. Se parte de la idea de que cualquier persona puede fallar, que todos son vulnerables, que el amor es un punto ciego demasiado peligroso para ser tolerado. El funcionario deja de ser sujeto autónomo y se convierte en vector de riesgo.

Esta desconfianza no solo deshumaniza al diplomático, sino que lo aísla. Le impone una forma de soledad institucionalizada. Un exilio emocional que, además de injusto, es contraproducente. Porque una persona temerosa, vigilada, sola, es más frágil, no más fuerte. Y si el objetivo es evitar la infiltración o la manipulación, quizás convendría empezar por construir una cultura de confianza, no una cultura del miedo. Pero el miedo, al parecer, siempre gana.

Entre la vigilancia y el deseo:
¿a quién le pertenece el cuerpo?

La pregunta se vuelve más cruda cuando se formula así: ¿el cuerpo de un funcionario le pertenece a sí mismo, o al Estado? Si el Estado puede decidir con quién puede tener sexo, con quién puede compartir su afecto, ¿qué otros aspectos puede regular? ¿Qué pasa con la identidad, con la orientación, con los afectos no normativos? ¿Dónde se traza la línea que separa lo público de lo privado cuando el propio cuerpo se vuelve extensión del aparato institucional?

No se trata solo de diplomacia. Se trata de una lógica que puede extenderse a otras áreas. Militares, policías, jueces. Cualquiera que ocupe un cargo sensible podría convertirse en sujeto de control afectivo. Basta con que se considere que su vida privada “afecta” el interés público. Y si eso se admite como norma, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Prohibir relaciones entre personas de diferentes ideologías? ¿Limitar el acceso a ciertos empleos según la pareja que se tenga?

Es una lógica peligrosa porque no reconoce el deseo como dimensión legítima de la existencia. Lo convierte en anomalía, en obstáculo, en desvío que hay que corregir. Pero el deseo no se corrige. Se vive. Se canaliza, se transforma, pero no se domestica por decreto. Pretender hacerlo es repetir los peores errores de la historia: censura moral, represión sexual, patologización de lo distinto. Todo bajo la apariencia de la seguridad.

Y, sin embargo, ahí está la medida. Ahí está el funcionario obligado a callar sus sentimientos. A mirar de reojo. A ocultar un afecto como si fuera un delito. Y todo porque el cuerpo, en esta narrativa, no es suyo. Es del Estado. No se le permite ser libre, sino útil. Y si el amor no sirve, entonces se convierte en amenaza. Ese es el mundo que se construye cuando el poder se arroga el derecho de legislar el amor.

Una normalidad que incomoda

Tal vez lo más inquietante de todo esto no sea la política en sí, sino la naturalidad con que puede imponerse. No ha habido protestas masivas. No se ha abierto un gran debate público. La medida ha pasado casi desapercibida, como si fuese una nota al pie en el manual diplomático. Y, sin embargo, es un símbolo poderoso de hasta qué punto se aceptan ciertas formas de intervención estatal como inevitables, necesarias, razonables.

Pero ¿lo son? ¿Cuándo dejamos de cuestionar que el poder se meta en la cama? ¿En qué momento se volvió aceptable que te digan a quién puedes besar, con quién puedes compartir la vida? ¿Qué clase de normalidad es esa, en la que el amor se convierte en objeto de reglamento? Hay algo profundamente desolador en esa aceptación silenciosa. Porque revela que, más allá de la política concreta, ya se ha producido una cesión: la de la intimidad como espacio inviolable.

Y esa cesión no ocurre solo en EE. UU. Pasa también cuando aceptamos sistemas de control en nombre del orden, cuando dejamos que algoritmos decidan con quién es “seguro” vincularse, cuando renunciamos a ciertas relaciones por temor al qué dirán institucional. El afecto, la atracción, el cuidado mutuo, ya no son del todo nuestros. Son supervisados, modulados, autorizados o no. El amor, convertido en expediente.

La pregunta que queda flotando, entonces, no es solo si el Estado puede legislar el amor. Es si estamos dispuestos a dejar que lo haga. Si aceptamos que el miedo al otro, al enemigo, al infiltrado, es razón suficiente para vaciar de humanidad las relaciones. O si vamos a seguir defendiendo que, incluso en un mundo lleno de riesgos, sigue habiendo algo sagrado en la libertad de amar. Aunque no sea productiva. Aunque no sea segura. Aunque no sea conveniente. Simplemente porque sí. Porque es nuestra. Porque es lo que nos queda.

Notas

[1] Escudero, M. (2025, 4 de abril). Esta es la nueva prohibición que los funcionarios de Estados Unidos en China han recibido sobre sus relaciones personales. El Español. Sitio web: https://www.elespanol.com/usa/20250404/nueva-prohibicion-funcionarios-unidos-china-recibido-relaciones-personales/1003743700127_0.html

[2] Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Popular China. (2003, 1 de abril). Algunas estipulaciones sobre el registro de matrimonio entre ciudadano chino y extranjero. Sitio web: https://www.fmprc.gov.cn/esp/wjb/zwjg/zwbd/200304/t20030401_911342.html

[3] Human Rights Watch. (2024, 22 de febrero). We Will Find You: A Global Look at How Governments Repress Nationals Abroad. Sitio web (inglés): https://www.hrw.org/report/2024/02/22/we-will-find-you/global-look-how-governments-repress-nationals-abroad

[4] En caso de existir una relación entre un funcionario estadounidense y un ciudadano chino de manera previa, existe una sola excepción: se podrá solicitar una exención. Si se niega, deberán terminar el vínculo o abandonar su puesto. En caso de desobedecer la política, la consecuencia es inmediata: expulsión del país.

Imagen | Generada con ChatGPT [modelo 4o].

Cita este artículo (APA): Muro, C. (2025, 9 de abril). ¿Puede el Estado legislar el amor? Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/04/seguridad-o-amor-estados-unidos-china

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