En un par de ocasiones, bajo las mismas circunstancias en las que me encuentro ahora mismo: solo, a altas horas de la noche y con una mezcla de cansancio y optimismo, me ha cruzado una fugaz idea. Quizá producto de las narraciones que alimentan mis noches noctámbulas, ocupándome de burocracia, o de la mera reflexión en busca también salir de esa rutina cansina, se presenta la idea de darle mi alma a algún ser sobrenatural a cambio de algo, ¿de qué? ¿Quién sabe? No como excusa o justificación, confieso que el sentimiento desaparece tan rápido como llega y ahí sí, con terror suelo decir: “No, no quiero” y ahora lo reafirmo, no quiero, ¿así está bien? En términos generales, me da la impresión de que, de ser así, la vida no valdría el esfuerzo, y aunque quizá romanizando las circunstancias, quisiera conseguir las cosas por mi cuenta.
Esta reflexión es la antesala de un panorama profundo y filosófico, especulando en torno al origen de la idea del alma como lo más valioso. Pensando en cómo se presenta como circunstancia de trueque o moneda de cambio sujeta al mundo mercantil.
Si bien hay un par de teorías y postulados para rastrear el origen del alma, uno considerablemente antiguo y con buen reconocimiento es el presente en los trabajos de Platón1. Aquí destaco el Fedón, —también nombrado Sobre el alma—, un diálogo que se ambienta en las últimas horas de vida de Sócrates. En él, exploran ideas básicas en la concepción de un alma; como su conexión con la inmortalidad, específicamente por el acceso a las ideas a través de la reminiscencia. Mostrando el origen del filósofo y su relación con aquello que nos permite aproximarnos a una teoría del conocimiento.
A esto podemos sumar el Fedro, el cual, aunque la cuestión principal es el amor, la referencia que incluye sobre el alma es mucho más llamativa. Esta vez una alegoría la muestra, señalándola como un carro tirado por caballos alados, uno tranquilo, dócil y otro encabritado, constantemente en lucha, dirigidos por un cochero que debe controlarlos y nivelarlos. Este trío o unidad, componen el alma y son dirigidos por la razón, lugar de reminiscencias, que controla tanto el coraje como el deseo, la manifestación de ambos caballos2.
Lo anterior, aunque fascinante, dice poco de esas fábulas donde el alma resulta, moneda de cambio. A esta concepción me gustaría mencionar la historia del Fausto de Goethe3, pues, pese a no ser tan antigua como la anterior, sin lugar a duda contribuyó a popularizar esta imagen de entregar el alma a un ser cuando menos malvado en pro de conseguir un beneficio.
A manera de resumen, y siempre insistiendo en la lectura de la obra original, Fausto4 relata la historia de su protagonista homónimo, quien en su búsqueda y deseo de conocimiento, tras su paso por varias disciplinas, termina recurriendo a la magia, reconociendo que ese intento será también infructuoso. Tras casi cometer suicidio, se encuentra con Mefistófeles, figura a la que podemos asociar con el diablo o el demonio, el cual previamente ha hecho una apuesta en el cielo con Dios, de poder corromper a Fausto, su ser favorito. Este eventualmente cede a la tentación, pues se le ha prometido acceso a todo lo que quiera en el mundo material, a cambio de servirle a ese extraño ser tras la muerte en el infierno.
La historia pasa entonces por diferentes tramas; aparece Gretchen, Margarita, el interés romántico del protagonista, quién lo llevará a un final turbulento, pero inconexo con la segunda parte, pues ahora se presenta una atmósfera aún más mágica que cambia radicalmente la búsqueda e intereses de Fausto.
Si bien las menciones al alma en la obra abundan, herencia propia de la tradición judeocristiana, el señalamiento no es tan puntual como para hacer referencia a una entrega de esta por el favor del ser sobrenatural. Sin embargo, podemos hacer conjeturas, y al entender el simple razonamiento de que el cuerpo no irá al infierno, ese otro debe ser el alma. Será esta la que servirá en el infierno a Mefistófeles.
En este cambio de partes y en esa servidumbre es a donde pretendo llegar con esta reflexión, pues tanto conocimiento, como amor, se comprenden en el relato como cosas útiles bajo el contexto preciso del deseo y en las que valdría la pena entregar un bien desconocido hasta la muerte. Esa entrega ante una realidad incognoscible quizá motiva el deseo de entrega frente a una promesa momentánea y concreta, a la apuesta propia de algo que no sabes cómo llegará; la segunda parte del Fausto nos muestra un mundo mágico, que quizá emula o sobrepasa la fantasía del lugar posterior de la vida, pero esos deseos concretos han quedado superados.
Si la tradición sigue este rumbo, entonces de alguna manera también nos susurra el valor para apostar algo tan valioso como lo es nuestra alma a cambio de bienes particulares ya de entrada finitos, sobre arriesgarnos ante el riesgo de lo desconocido.
En este apartado es posible presentar una segunda lectura, presente en la situación contemporánea, que como individuos compartimos con nuestros semejantes, inmersos en los medios de producción. Cabe la interpretación de cómo ceder el alma ante el sistema. Muchos de nosotros, en el día a día, nos vemos superados por circunstancias que nos obligan a intercambiar nuestros ideales, donde debemos ceder ante la promesa inmediata de algo que haga nuestras vidas más fáciles. ¿Puede ser eso entendido como vender nuestra alma? Tampoco lo sé; al menos me gusta pensar en esa frase del Dr. Salvador Allende4: ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; y sostener que en algún punto todos hemos sido en cierta medida revolucionarios, entregados a ideales de llevar al mundo a mejor puerto, aunque hoy en día, ya mayor, no estoy tan seguro.
Quizá es una vez más una justificación para cobijar mis propios errores y cobardías, por lo que no satanizo la intrincada entrega a la que mis coetáneos han tenido que someterse en pro de garantizarse estabilidad. Me pregunto constantemente a dónde nos llevará esa entrega en pro de la comodidad, si el pacto no era algo tan literal, sino más bien dejarse arrastrar por la corriente de la apatía y la codicia. En cualquier caso, si de lo poco que soy, el alma es lo más auténtico y los ideales son lo poco que queda de cualquier esperanza sepultada en el sistema capitalista actual, entonces vale la pena conservarlo. Tomar el riesgo.
Notas
[1] Filósofo griego, seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles.
[2] El Banquete, Fedón y Fedro son diálogos platónicos con afinidades sobre el amor, el sexo y la contemplación erótica. Fedón relata los minutos finales de Sócrates en prisión antes de beber la cicuta, centrando la discusión en la inmortalidad del alma, su naturaleza y destino tras la muerte. Forma parte de la secuencia que cierra la serie socrática sobre el juicio y muerte de Sócrates (Eutifrón, Apología, Critón), y muestra el método dialéctico aplicado a la metafísica del alma. Por otro lado, Fedro es un diálogo entre Sócrates y el joven Phaedrus que explora la naturaleza del amor (Eros), la retórica y la escritura. Aborda la idea de la “locura divina” en el amor, la virtud del alma y la relación entre discurso escrito y memoria, usando mitos y ejemplos para ilustrar cómo el alma alada se eleva hacia las verdades eternas.
[3] Escritor alemán que vivió de 1749 a 1832, es comparado con Cervantes en español y Shakespeare en inglés.
[4] Considerada la obra más importante de Goethe, publicada la primera parte en 1808 y la segunda en 1832.
[5] Presidente chileno del partido comunista elegido democráticamente, se suicidó tras un golpe de Estado en manos de Augusto Pinochet.
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Cita este artículo (APA): L, Zazueta. (2025, 21 de abril). Reflexiones en torno al alma y su intercambio. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/04/vender-el-alma-reflexion-filosofica
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