¿Cuál es el sentido de la vida? Una mirada desde la filosofía y la poesía

Dicen por ahí que es muy difícil entendernos unos a otros. Siempre estamos cambiando de ropa, de actitud, de estado de ánimo, de ideas, de opinión; entre muchas otras cosas. Sin embargo, puedo asegurar que, aunque ningún hombre entienda los cambios que los otros miembros de su misma especie puedan llegar a tener, todos los seres humanos hemos aprendido a convivir de cierta manera unos con otros.

Pero aquí el punto a considerar es el siguiente: ¿acaso el ser humano, en general, se entiende a sí mismo? No nos dejemos engañar por los discursos de retórica que afirman que lo que ha cambiado es la historia y que el hombre siempre ha sido el mismo. Esto no es como lo que dicen algunos que lo que se mueve es el piso y no las cosas que se someten a él. ¿Qué valor tendrán entonces algunas teorías tales como la de Heráclito, en la que se predica la máxima “nadie se baña en el mismo río, pues sus aguas nunca serán las mismas”? Eso parece absurdo, pero ¿no será que lo absurdo es la existencia de las cosas?

El ser humano, a diferencia de lo que muchos le quieren hacer creer, no es un salvador; es su propia condena. No es difícil imaginar que el ser humano se esté viendo envuelto en una situación algo compleja, pues mientras unos quieren parecer nuevos “Prometeos”, queriendo llevar nuevas herramientas e inventos para mejorar la vida del hombre; los demás, quieren recibir solo beneficios, sin querer tomar medidas o sin querer “poner cartas en el asunto”.

¿Cuál es el papel del hombre entonces?

Quizá sea muy fácil pensar, como lo decía Descartes en la Primera meditación, que en sus primeros años de vida el hombre no se preocupa por lo que hay a su alrededor. En esta etapa, todo parece ser muy sencillo. No hay muchas cosas por hacer. La mayoría de las cosas que se hacen son bastante divertidas. Y pues no hay problema con aceptar la forma de pensar que otras personas nos propongan, ya que es demasiado sencillo creer que lo que los demás nos digan.

Sin embargo, llega un momento en el cual toda esa diversión que se siente tiene que aterrizar en algo más serio. Entonces viene esa cuestión incómoda que, por lo menos una tercera parte de la población, nos preguntamos algún día: ¿y ahora qué sigue? Y suena chistoso porque la mayoría de la gente que lo piensa por primera vez, es cuando está estudiando la preparatoria y lleva esa fastidiosa materia —en mi caso, así fue— de orientación vocacional, con una maestra que cree tener poderes para leer la mente y analizar a sus alumnos. Entonces se les obliga a los jóvenes a escoger una profesión, claro, en el mejor de los casos. Pero aquí, en estos momentos, no se tiene una noción de lo que se quiere hacer, solo se es consciente de la diversión de la que forma parte la vida.

Es en este momento en el que comienzan a surgir las preguntas sobre el sentido de nuestro papel aquí en este mundo viajero: ¿quién soy?, ¿a dónde voy?, ¿qué hago aquí? Y entonces, lo más importante ya no es la diversión, sino encontrar una posible respuesta a esas preguntas. Pero lo que no se sabe son todas las preguntas que tenemos que resolver antes de que encontremos la solución a las ya planteadas.

Y es que el hombre se encuentra en una posición algo complicada en cuanto a su función en relación con otros seres vivos. Los demás animales también nacen, crecen, se reproducen y mueren. Siguen este ciclo “básico” que alguna vez nos enseñaron en las clases de biología. Sí, viven los mismos procesos que el ser humano, ¿por qué el ser humano se preocupa por su sentido de la vida, si ya sabe que de algún modo va a terminar sepultado en un ataúd?

Viktor Frank, un psiquiatra austriaco que vivió la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración, relata sus vivencias personales sobre este acontecimiento en su obra El hombre en busca de sentido. Nos situamos en un marco de referencia de los años 1939 a 1945. Se llevaba a cabo uno de los conflictos bélicos más grandes de la historia: la Segunda Guerra Mundial. Alemania, que no dejaría que la afectaran una vez más, dedicaba todos sus esfuerzos en lograr salir victorioso de la guerra. En los países en conflicto caían bombas, estallaban cañones, se disparaban pistolas y metralletas, se cargaban carretas con cadáveres como si fueran carritos del supermercado en un día de compras. En los campos de concentración no era muy diferente. Si alguna persona no hacía bien su trabajo, o lo golpeaban, o simplemente le daban un tiro en la cabeza.

Frank divide los acontecimientos en fases, las cuales podemos relacionar con el problema planteado con anterioridad acerca del hombre. La primera fase es la incertidumbre, el no saber a dónde se llegará. Esto es lo que se planteaba en cuanto al joven que se cuestiona sobre su papel en el mundo. No se sabe a dónde tiene que llegar o, como dirían en lenguaje actual, no sabe cuál es su misión en esta vida. La segunda fase es la de la apatía. Una vez que se tiene en cuenta que, sea cual sea el camino a seguir, nos damos cuenta de que no conducirá a otro destino que no sea el de convertirnos en abono para plantas, entonces, ¿qué más da si el camino que nos toque seguir sea bueno o sirva para algo? De todos modos, algún día se terminará en la tumba propia.

En la tercera y última fase, el autor se dedica a estudiar la conducta de los individuos que son liberados de los campos de concentración. Entonces, después de que los hombres se dan cuenta de que todos los caminos conducen al mismo lugar, este grupo se divide en cuatro: los que vuelven a ver la vida como una fiesta que hay que disfrutar, los que se enojan y viven amargados el resto de sus días; los que, aun sabiendo el destino final, se aferran a querer contestar las interrogantes, y, por último, los que tienen un poco de los tres grupos anteriores. Sin embargo, ¿qué es lo que pasa después del ataúd? Si se tenía pensado la existencia de un alma, ¿a dónde va? Pero entonces aquí entra en juego lo que dice Descartes en su Segunda Meditación sobre cómo creemos que es el alma. Casi siempre se le imagina al alma como un fuego o un espíritu, pero con todos los ácidos que se producen en el interior de nuestro cuerpo: ¿no estallaríamos si se fusiona con un alma-fuego?

Dejando a un lado este libro de Frank, volvamos a la Segunda Guerra Mundial. Todo era una especie de lucha sin fin. Pero no importaba otro individuo con tal de defender a la nación. Ante todo este marco de violencia que se vivía, surge una gran obra literaria: El extranjero, de Albert Camus. El autor, originario de Argelia, escribe esta novela con una intención clara: mostrar la indiferencia tan marcada que se vivía en la sociedad. No es difícil imaginar que en un momento preciso ya no importara nada, que más daba una vida o cien, nunca era suficiente; nunca sería suficiente. Meursault —el protagonista— es un hombre monótono, rutinario. Nada cambia en su estilo de vida ni el vacío interno; ni siquiera la muerte de su madre o su cambio de trabajo. No importaba nada; ante todo, era indiferente. ¿Qué más daba hacer algo nuevo si resultaría inútil? Por estas cosas, no le importó matar a un árabe y, por ende, no le interesó salvar su vida. Sus pocas ganas de vivir no le ayudan en lo absoluto, su vida termina como quizá no lo hubiera imaginado: siendo víctima de su propia indiferencia. 

Cinco años después, Camus escribió otro libro: La peste; en este se muestra una nueva idea: lo absurdo de la vida. Dando un poco de contexto histórico, se vivía un tiempo de reconstrucción de ciudades y pueblos. La Segunda Guerra Mundial había terminado hacía dos años. Todo era caos y destrucción. No solo en el aspecto físico de las fachadas de las ciudades, sino que en el interior del ser humano también había un desastre. Y entonces Camus plasma en el papel toda aquella miseria humana.

El ser humano no tiene control de nada, ni de su existencia, ni de la de los demás. Todo parece absurdo, vacío. Y para muchas personas lo es. No se tiene una empatía por el otro hasta que se ve afectado a uno mismo. Y entonces, mediante reclamos, se hace ver el poco cuidado que se tiene, tanto a sí mismo como a los que le rodean. Y así, comienza a salir la miseria interna de cada individuo, ya que, cada uno generaliza su forma de pensamiento.

De esta manera, el ser humano se da cuenta de todo lo que pasa a su alrededor. Vida, muerte, caos, catástrofe. Todo está en ruinas. Nada podría ser peor, absolutamente nada. Aun así, hay un algo que decide permanecer. Es una chispa que aparta lo malo e inútil de esa cruel efimeridad que llamamos vida. Es eso que llena el pozo sin fondo llamado vacío.

Milán Kundera habla en La fiesta de la insignificancia1 sobre el valor de la insignificancia, en el cual afirma que va más allá de la inutilidad de no conseguir el objetivo deseado, sino “en la nocividad”. Pero ¿qué más da si se daña a alguien? Todas las personas son iguales; además, a nadie le afecta que se haya pensado en ella como “una más del montón” si esa persona ni siquiera se enteró. Sin embargo, ¿qué más daño podría hacerle a alguien ser lo suficientemente insignificante como para no generar ningún sentimiento en los demás?

Se vive en el inmediatismo, como Mersault. Mientras hoy tenga dinero para llevar comida para mis hijos en casa, no importa si hay un mañana, un pasado mañana, o si en un mes seguimos vivos. Solo se vive hoy y hay que aprovecharlo al máximo, antes de que se acabe el día. La locución latina Carpe Diem —aprovecha el día— tiene una vital importancia en estos momentos. Estamos en una época en la que todo el mundo vive “a las carreras”, todo tiene que llevar un orden en específico y este no puede ser alterado por nada. Por eso es enfadoso llegar tarde al trabajo a causa de las manifestaciones. Se pierde el tiempo por algo que es completamente ajeno a la persona. Sin embargo, es casi imposible encontrar una causa aparente de este problema en los demás. No se puede saber si es porque temen a un mañana en el que se pueda morir de forma trágica o temen que, al día siguiente, todo vuelva a ser tan miserable como lo es actualmente.

Estamos en una era de insignificancia. No importan los detalles de la vida diaria. Todo es lo mismo. No tiene caso pararse a mirar a una mariposa, correr o saludar a ese vecino de trabajo que tan mal nos cae o hablarle bien a las personas que nos rodean. Si hay un mañana, todos volverán a ser los mismos. Los detalles son siempre iguales. Nunca cambian y no se puede aprender nada útil de ellos. No importa mirar el cielo cada día, aunque a diario cambien la posición de las nubes en él, o las estrellas siempre estén en un diferente lugar. No siempre hay las mismas manchas en el suelo sucio de la ciudad. No siempre estará la misma persona en una esquina pidiendo limosna. Octavio Paz decía que “la indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida2.” En realidad, el mexicano no teme a morir al día siguiente: la muerte le es completamente ajena a él, aunque lo tiene en la mente sin dejar de pensarlo. Piensa en la idea como algo ajeno a él, algo que únicamente puede sucederle a los demás.

El ser humano está destruido por dentro. Cualquier cosa lo hace estallar. No se preocupa por lo que pueda sucederle dentro de cinco minutos o después. Todos terminaremos muertos de todos modos. El hombre vive con la idea de la muerte en su cabeza todos los días. Y, en algunos casos, le produce tanto temor que le fastidia. Por eso, en la mayoría de las ocasiones se queja de todo, aun cuando sabe que no puede hacer nada para cambiar las cosas. En este punto, Paul Auster nos dice3 algo que podría denotar la actitud del mexicano: el “quiero posponer el momento del fin”. El significado de este miedo es eso, que de pronto todo desaparezca, se acabe por completo y que no se haya dejado un legado lo suficientemente bueno como para ser recordado por las siguientes generaciones.

Es en este punto en el que ciertos seres humanos, preocupados por el legado que dejarán a las nuevas generaciones, comienzan a escribir. Pero no lo hacen en cualquier género literario, sino que eligen a la poesía misma para hacerlo. ¿Qué tiene la poesía que no tenga cualquier otro estilo literario?, ¿es acaso que su lenguaje es capaz de seducir a todo aquel que se le acerca?, ¿es, quizá, que estamos tan habituados a hablar tan a la ligera que, cuando se nos presentan las cosas en otro tipo de lenguaje, nos deleitamos los sentidos?

Hoy en día, se habla únicamente por tener algo que decir. Cualquier cosa basta. Incluso algo tan trivial como el tránsito de las nubes y cómo podrían afectarnos si no llevamos un paraguas, un impermeable o algún artilugio que impida que la lluvia nos alcance. Vivimos en una constante preocupación por asuntos mínimos, a los que se les da una importancia desmedida. Y, paradójicamente, cuando ocurre algo que realmente merece nuestra atención, solo unas pocas personas logran advertirlo, pues suele percibirse como parte de la rutina, como si fuera algo más del montón.

Cabe aclarar que, con lo dicho anteriormente, no se pretende juzgar lo cotidiano como algo negativo; al contrario, en lo cotidiano también se esconde la verdad. El problema es que algo no está funcionando bien: los fenómenos que podrían acercarnos a esa verdad pasan desapercibidos para la mayoría. Solamente unos pocos —filósofos y poetas— logran percibirlos y tratar de transmitirlos. Curiosamente, aunque ambos acceden a esa misma verdad, la gente suele volcarse más hacia los poetas para encontrarla. ¿Qué tienen estos hombres capaces de hechizar con sus versos y abrir puertas que la filosofía a veces no consigue forzar?

Aquí conviene traer a colación una frase de Canek, presente en su doctrina: “La palabra no es la voz que se dice y se oye. La palabra es cuna del espíritu creador. El espíritu creador que siempre fue, en las tinieblas del tiempo, vio su conciencia, y de ella nació la palabra4”. Esto nos remite a lo mencionado anteriormente sobre aquello que escuchamos cotidianamente. Aunque estamos rodeados de palabras todos los días, pocas cosas nos conmueven tanto como lo que se nos presenta en forma de verso. ¿Por qué? Porque lo único verdaderamente auténtico en la tierra es la poesía, ya que encierra un modo singular y profundo de conocimiento5.

El ser humano, en última instancia, es alguien que vive su propia muerte, aunque le resulte difícil pensarlo de ese modo. Cada persona, en el presente, parece tener su propio estilo de morir. Hay quienes se consumen lentamente en actividades que detestan, perdiendo segundos valiosos en una existencia que no les pertenece. Otros, en cambio, mueren en lo que aman, entregándose con pasión, aunque ello no los libre del desgaste. Como bien se ha dicho alguna vez: dime cómo mueres y te diré quién eres. Esta afirmación podría parecer polémica, pero plantea una pregunta esencial: ¿realmente las personas están satisfechas con lo que hacen porque lo disfrutan, o más bien han aprendido a tolerarlo? Incluso aquellos que hacen lo que aman, ¿no enfrentan acaso constantes obstáculos para realizarlo plenamente?

Lo cierto es que el hombre moderno parece estar habitado por un vacío profundo, una especie de hueco existencial que lo hace vulnerable a todo: a lo nuevo, a lo pasajero, a lo banal. No importa quién llegue o quién se marche de su vida, el vacío permanece, inmóvil, silencioso, pero constante. En esta experiencia de soledad hay una paradoja: por un lado, es una toma de conciencia de sí mismo; por el otro, un anhelo de salir de sí, de romper con esa prisión interior. Tal vez esa tensión explique, en parte, la creciente cifra de suicidios que atraviesa el mundo, como un síntoma silencioso de una búsqueda sin rumbo.

Si retomamos las ideas expuestas, podríamos delinear algunas características del ser humano contemporáneo: indiferencia, vacío, sensación de insignificancia y una necesidad persistente de hallar sentido. Es un ser en conflicto consigo mismo, enredado en dilemas que no siempre logra nombrar. Así, los cambios constantes que observamos —y que antes se atribuían a un género en particular— no son exclusivos de una parte de la humanidad, sino una manifestación del desconcierto existencial que atraviesa a la especie entera.

Notas

[1] Kundera, M. (2014). La fiesta de la insignificancia. México: Tusquets

[2] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. (El peregrino en su patria. Historia y política de México), en OC, v. VIII, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

[3] Auster, P. (2011). La invención de la soledad. México: Anagrama, p. 96.

[4] Abreu, E. (2002) Canek. México: Colofón, p. 88.

[5] León, M. (1993) La filosofía náhuatl. México: Universidad Nacional Autónoma de México, p. 143.

Bibliografía

Auster, P. (2011). La invención de la Soledad. México: Anagrama.

Camus, A. (2012). El extranjero. Madrid: Alianza Editorial.

Camus, A. (2012). La peste. Madrid: Alianza Editorial.

Descartes, R. (2011). Meditaciones Metafísicas. Madrid: Alianza Editorial.

Frank, V. (1934). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Garro, E. (2010). Los recuerdos del porvenir. Distrito Federal: Editorial Planeta.

Kundera, M. (2012). La identidad. México: Tusquets.

Paz, O. (2004). El laberinto de la Soledad. Distrito Federal: México.

Artículo de:

María Fernanda Garza Villegas
Egresada de la licenciatura en filosofía.

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Cita este artículo (APA): Garza, M. (2025, 12 de mayo). ¿Cuál es el sentido de la vida? Una mirada desde la filosofía y la poesía. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/05/cual-es-el-sentido-de-la-vida

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