¿Por qué el miedo no debería ser eliminado de nuestra vida? El miedo no es un enemigo que debamos erradicar, sino un compañero constante que nos confronta con nuestros límites, nos impulsa a elegir y nos recuerda quiénes somos. En lugar de huir de él, podemos aprender a caminar a su lado, reconociendo su valor como parte esencial de la experiencia humana.
Si hay algo que la mayoría de las personas erradicarían en su experiencia de la vida es el miedo. Podría pensarse que sería la carencia, por el impulso, hacia la necesidad de abundancia que hay en el ser humano. Pero ¿qué vida nos espera, siendo completamente abundantes, sin poder saborear ni una pizca de ello debido a la influencia de nuestros miedos?
Una experiencia que me ha acompañado desde la infancia es el miedo, puro y visceral. El miedo iba conmigo de la mano, en la vigilia, pero también durante la noche. En mis sueños lo experimentaba con una crudeza que en vigilia se suavizaba en ciertos puntos y radicalizaba en otros. Se suavizaba porque en los sueños hay un campo abierto a la absoluta posibilidad, cosa que en vigilia no se da de forma tan accesible y evidente. Y se radicalizaba porque la vigilia se experimenta desde un cierto vértigo que surge a partir de la certeza de una muerte cuya ocasión es incierta. En las pesadillas, más que temer a la muerte, se teme a no despertar jamás de la tortura, experiencia quizá más bizarra y terrible que las ocasiones de terror en vigilia, donde siempre, tarde o temprano, hay una salida de mano de la materia.
Compañero de viaje
Sea como sea, el miedo acompaña al ser humano desde que toma consciencia de sus límites, hasta el día del adiós a esta vida. Forma parte de nuestra experiencia como humanos, es una de las lentes a través de las cuales observamos el mundo y a nosotros mismos. Es percepción, pero también sensación, pensamiento y, si se lo permitimos, incluso acto, pues se materializa en nuestras vidas. Puede decirse que es connatural a nosotros, es un correlato y un testigo de nuestra identidad como seres humanos y como individuos singulares. Así observamos que el ser humano nace en el mundo, y una de las vivencias clave a través de las cuales va a experimentar su vida es, justamente, con el miedo.
¿Qué es, entonces?
Para muchos, el miedo es algo molesto que preferirían eliminar de la ecuación. Pero hay algo que decir a su favor: es uno de los testigos principales de lo que somos. Se trata de una marca perpetua que recuerda que la elección siempre es nuestra, por mucho condicionamiento que haya tanto fuera como dentro. El miedo invita a decidir, a hacernos responsables; quizá a cambiar el rumbo o simplemente a observar. Es destacable que algunas veces ante él se decide huir, o inclusive “desconectarse”, aislarse; o a disociarse, creando mecanismos complejos de autoprotección que conducen al autoengaño. Más allá de todo aquello que surge a través del miedo, el tema es que se trata de un compañero esencial, un amigo al que llevar de la mano durante todo un camino que va a estar caracterizado por el autodescubrimiento y la presencia consciente.
Tachándolo
Pasamos gran parte de la vida, y en algunos casos toda al completo, empeñados en hacer lo imposible: eliminar al miedo de nuestra ecuación. Ya sea mirando para otro lado, escondiéndolo, huyendo de él, o en el otro extremo, abrazándolo tan apasionadamente que se llega a poner en riesgo la propia vida de forma imprudente o a vivir en un perpetuo “sinvivir”. En ambos casos, la respuesta a él es de huida y rechazo, ya sea por defecto o exceso. Es claro entonces que el miedo acompaña cada una de nuestras respiraciones en esta vida. No lo digo con tono de abatimiento o pesimismo, sino con el gozo de reconocer la realidad radical de nuestra experiencia humana. Esta vivencia es una de nuestras fieles compañeras de viaje; decidamos reconocerlo o no. Está en nuestra mano medir con sabiduría nuestras elecciones a partir de la presencia incondicional de nuestros miedos.
Los seres humanos y el miedo caminamos juntos a cada paso. Observando esto, está claro que la respuesta ante él no debería ser eliminarlo, sino hacerlo propio, escucharlo y discernir con sabiduría el mensaje que guarda. Durante mi infancia, cuando los terrores nocturnos me paralizaban, siempre había una elección diferente que podía tomar: eso era lo que el miedo me estaba recordando. Ante la posibilidad más terrible que podamos experimentar, siempre puedes reconocerte en ti mismo y actuar mucho más allá de lo que estés sintiendo.
El miedo, por tanto, no es una sentencia ni una experiencia en sí misma, es un compañero, una especia que da sabor a la vida. Y ese sabor es el de saberse válido y capaz, de abrazarse a uno mismo y a la propia experiencia, de responsabilizarse. A veces quizá puede resultar demasiado amargo, pero es lo que tienen los condimentos: hay para todos los gustos y ocasiones, y no siempre resultan agradables al paladar.
Siguiendo la línea, pareciera que siempre ha habido una inclinación en el ser humano a superar los miedos, a ir más allá de ellos, como si el objetivo de su existencia fuese tacharlos de una lista de cosas por hacer. Curioso es que, tras la superación de uno, siempre se encuentra otro a la vuelta de la esquina. La lista a tachar se presenta infinita; es decir, este planteamiento es errado de base, ya que la naturaleza del miedo no es la de un obstáculo a rebasar, sino la de un aviso en piloto automático que nos recuerda constantemente nuestros límites y posibilidades, que nos susurra al oído el secreto de nuestra verdadera identidad.
Caminar junto a él
Sé que quizá parezca extraña esta perspectiva sobre el miedo, o incluso contra intuitiva de primeras. Está muy generalizado en nosotros verlo como algo que tenemos que quitarnos de en medio para poder seguir a lo nuestro. Pero, al igual que mis terrores nocturnos se repetían noche tras noche en la infancia, así el miedo permanece con nosotros durante toda nuestra vida, no para que lo miremos con recelo o lo ignoremos con hartazgo, sino para que lo escuchemos, o al menos reconozcamos que está ahí, y valoremos que su función no es la de desaparecer para que de repente nuestra experiencia se vuelva un camino cómodo e ideal.
Quizá su compañía durante nuestra existencia no sea una llamada a la superación personal, sino a la aceptación radical de lo que somos y de nuestra experiencia, y al abrazo incondicional de la misma. El miedo en el ser humano permanece, no para que nos libremos de él y emprendamos un camino ascendente de superación, sino para que pisemos tierra de una vez por todas y hagamos de la sabiduría la marca de nuestros pasos.
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Cita este artículo (APA): Navarro, E. (2025, 25 de mayo). Miedo y sabiduría: el vínculo que nos define. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/05/el-miedo-y-la-experiencia-humana
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