¿Qué papel juegan las emociones en nuestras decisiones racionales? Aunque la ciencia privilegia la razón y la lógica, nuestras emociones influyen decisivamente en cómo pensamos, decidimos y comprendemos la realidad. Lejos de ser irracionales, la intuición, la belleza y la emoción enriquecen la toma de decisiones y dan sentido profundo a la experiencia humana.
En un mundo donde la ciencia impera como la nueva religión, nos vemos abocados a adoptar la racionalidad y la evidencia de las pruebas científicas como el único instrumento válido para obtener conocimiento. Sin embargo, la certeza de la ciencia o la lógica de la razón no siempre determinan nuestras decisiones. Existen, por el contrario, otros aspectos que no son racionales en su sentido formal y que influyen en nuestra forma de pensar, de percibir la realidad y de obtener conocimiento. Queramos o no, al margen del azar, que es otro elemento a tener en cuenta, nuestras emociones influyen en la estructura lógica del pensamiento. El sujeto incorpora su realidad contingente y psicológica a la realidad externa.
Por otro lado, si aplicamos un criterio exclusivamente racional a nuestras decisiones, incluso cuando estén bien ancladas a la realidad, y dejamos fuera los condicionantes morales, nos podríamos encontrar con la paradoja del socorrista que no sabe nadar o con situaciones como las que Hannah Arendt recoge en su obra Eichmann en Jerusalén1, donde el cumplimiento de una norma, orden o ley como imperativo categórico que sustenta la toma de decisiones, deja vacío de contenido moral al sujeto ejecutante, quien no se plantea ningún dilema ético aun cuando lleve a cabo actos abominables. Bajo ese paradigma, el sujeto sería responsable de las acciones, pero no de sus consecuencias.
Precisamente de la mano de la ciencia, citaremos otro ejemplo donde las emociones intervienen de manera concluyente en las decisiones racionales. Como así menciona Antonio Damasio en su obra El error de Descartes2, la racionalidad se sitúa en las áreas cerebrales más evolucionadas y en las más primitivas; los marcadores somáticos ayudan en la decisión a través de las señales corporales que se envían al cerebro en función de la imagen mental que se representa:
Cuando un marcador somático negativo se yuxtapone a un determinado resultado futuro, la combinación funciona como un timbre de alarma. En cambio, cuando lo que se superpone es un marcador somático positivo, se convierte en una guía de incentivo3.
Por consiguiente, lo que Damasio nos viene a decir es que a la hora de decidir racionalmente intervienen procesos que no forman parte de la estrategia de optimización. La evidencia científica que nos refiere el autor es el caso de Phineas Gage, un capataz ferroviario de 25 años, quien en 1848 sufrió un grave accidente cuando una barra de hierro atravesó su lóbulo frontal izquierdo. El joven Gage mantuvo intactas las zonas del cerebro relativas a la memoria y al lenguaje, y en ningún momento perdió la conciencia. Una vez recuperado de la lesión, no volvió a ser el mismo; su personalidad cambió. Se convirtió en una persona irascible, agresiva e incapaz de tomar decisiones a largo plazo. La lesión frontal de su cerebro, que regula precisamente las emociones, afectó seriamente a su personalidad y conducta. Este caso dio lugar a los neurólogos a «establecer el papel principal que en el pensamiento y en nuestra capacidad de socializar tienen las regiones frontales del cerebro […] cuya activación conjunta con las regiones frontales participa de forma fundamental en la planificación y toma de decisiones4». Dicho de otra manera, los lóbulos frontales que regulan las emociones son decisivos para el pensamiento y la conducta humana.
Mirando una perspectiva diferente, otra visión que apoya la tesis de que pensamiento y emoción están unidos, es la existencia de otras formas de racionalidad —o nueva racionalidad—, diferentes de la racionalidad instrumental. Vemos ejemplos en Henri Bergson5 o en María Zambrano6, donde la razón no se aleja de las emociones, sino de su perspectiva mecanicista y analítica. La intuición, la razón poética, la emoción, la belleza o la durée son partes integradoras del pensamiento; no podemos analizar y entender la realidad solamente desde fuera, sino también experimentarla desde adentro. La realidad no se trata de una foto estática, sino de un devenir, de un fluir, donde el tiempo subjetivo y la ilusión también construyen nuestra realidad como al igual que en una pieza musical existe una “dimensión supratemporal”; es decir, no podemos entender una nota estática, sino que en nosotros permanece el tempo de la nota anterior y la ilusión de la siguiente.
Nuevas formas de pensamiento se abren al debate entre razón y emoción, teniendo cada vez más cabida la tesis integradora donde también participan la intuición, la belleza o la poesía. Esta visión es contraria a la fragmentación que muchas veces la ciencia provoca. La realidad, en definitiva, no hay solamente que analizarla, sino también vivirla o experimentarla, ya que nuestras decisiones antes de llevarlas a la práctica han nacido en el fuero de la ilusión. Primero, experimentamos las decisiones internamente; y, luego, las llevamos a la acción a modo de revelación. En definitiva, la emoción es el impulso vital de las decisiones racionales.
Notas
[1] Arendt, H. (2003). Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (C. Ribalta, Trad.). Lumen.
[2] Damasio, A. (2011). El error de Descartes. Destino.
[3] Ibídem.
[4] Muci-Mendoza, R. (2007). El accidente de Phineas Gage: su legado a la neurobiología. Gaceta Médica de Caracas, 115(1), 17-28.
[5] Bergson, H. (1907). L’évolution créatrice. Félix Alcan.
[6] Zambrano, M. (1977). Claros del bosque. Seix Barral.
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Cita este artículo (APA): Díaz, R. (2025, 30 de mayo). Cuando la razón también es emoción. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/05/emocion-y-razon-en-la-toma-de-decisiones
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