Lo que no se puede decir: entre la libertad de expresión y la apología del delito

¿Puede la libertad de expresión sobrevivir sin convertirse en apología del delito? Al filo del lenguaje, cada palabra desnuda poder y vulnerabilidad: revela tabúes, puede fundar justicia o incitar violencia. El equilibrio radica en una ética dialógica que sostenga la crítica radical, censure el odio y asuma la responsabilidad de los efectos del discurso.

La medianoche me encuentra en vela, sopesando las palabras que no me atrevo a pronunciar. Cada pensamiento rebelde palpita en la garganta como una profecía peligrosa. La libertad de expresión se siente entonces como un abismo seductor: invita a decirlo todo, pero al asomarnos nos sobreviene el vértigo. Sabemos, como advirtió Michel Foucault, que “no somos libres de decir cualquier cosa, ni de hablar de cualquier tema en cualquier circunstancia; no cualquiera, en fin, puede hablar de cualquier tema1”. Hay un límite implícito en cada frase no dicha, en cada idea que muerde el interior de la boca esperando por su liberación.

En esta tensión entre el decir y el callar se revela una inquietud profunda: ¿qué tememos realmente al hablar? Tal vez sea ese poder latente de la palabra, su capacidad de invocar realidades y también de subvertirlas. Cada sociedad traza fronteras invisibles alrededor de lo decible, prohibiciones sutiles o manifiestas que delimitan el terreno seguro del discurso. Más allá de ese borde comienza un territorio de riesgo, donde la voz libre desafía al orden y puede ser tildada de transgresión. En la penumbra de mi habitación silenciosa, siento que algunas ideas susurran desde ese territorio prohibido. La libertad de expresarlas no es una simple elección personal; es un acto cargado de consecuencias éticas y quizás de peligros políticos.

La imaginación corre a figuras que han empujado la palabra hasta sus últimos límites. Pienso en el disidente que susurra verdades bajo regímenes de censura, en el poeta que se atreve a nombrar lo innombrable tras la catástrofe. También en el fanático que aprovecha la tribuna para esparcir odio con impunidad. La libertad de expresión, en su grandeza, cobija tanto la verdad incómoda como la ofensa hiriente. Esa dualidad me incomoda. ¿Puede la misma libertad amparar al profeta y al provocador cruel? ¿Estamos condenados a custodiar bajo el mismo derecho la luz y la sombra de la palabra? Estas preguntas me taladran con insistencia mientras el silencio de la noche se rompe solo por el eco distante de un pensamiento inconcluso.

Sin buscar respuestas fáciles, permito que la incomodidad se asiente. La libertad de expresión es un ideal noble precisamente porque es peligrosa. Una libertad que nunca incomoda tal vez no merezca llamarse libertad. Entiendo entonces que el propósito no es hallar una frontera nítida y reconfortante, sino habitar la incertidumbre que separa la valentía de hablar y la responsabilidad de lo dicho. Al filo del abismo verbal, la mente despierta explora ese confín donde cada palabra libre lleva grabada la posibilidad de su propia negación.

Transgresión:
el juego con el límite

La noción de transgresión emerge como compañera inseparable de la libertad de expresión. Allí donde se erige un límite, aparece también la tentación de cruzarlo. Michel Foucault reflexionó que “el límite se abre sobre lo ilimitado, y la transgresión lleva el límite hasta el límite de su ser, para enfrentar el hecho de su inminente desaparición, encontrándose a sí misma en lo que excluye”. En otras palabras, cada prohibición engendra el deseo de profanarla. Cuando hablamos de lo que no se debe hablar, la palabra misma se vuelve acto de rebelión. Pronunciar lo prohibido es arriesgarse a que el límite se disuelva ante nuestros ojos, dejándonos en un terreno nuevo y vertiginoso.

Pero, ¿qué revela esta transgresión sobre nosotros y nuestra sociedad? Foucault sugiere que en la transgresión encontramos una peculiar forma de lo sagrado: al violar la norma, no solo la negamos, sino que la iluminamos desde otro ángulo, exponiendo su artificio. Decir lo indecible implica que ese “indecible” existía, silencioso, custodiando las fronteras de nuestra conciencia. Toda sociedad oculta sus propios tabúes en las sombras de lo que no se nombra. Al transgredir esas sombras, convertimos el silencio en voz, y en ese instante el poder que dibujaba el límite queda al descubierto. La blasfemia revela la santidad secreta de aquello que profana; la herejía desnuda las verdades que protegía la ortodoxia.

La palabra transgresora tiene un extraño efecto espejo: al cruzar el límite, nos fuerza a mirar de nuevo el límite mismo. ¿Quién lo puso ahí? ¿A quién protege o a quién excluye? Walter Benjamin nos recuerda que “no existe documento de civilización que no sea a la vez un documento de barbarie2”. Aplicado al lenguaje, esto sugiere que incluso nuestras expresiones más civilizadas llevan la marca de la violencia que expulsaron para poder nacer. Aquello que una sociedad no deja decir, dice tanto de ella como lo que enuncia con orgullo. Cada norma discursiva, cada tema tabú, es un documento de civilización y barbarie a un tiempo —civilización por lo que consagra, barbarie por lo que silencia—.

Hay en la transgresión, por tanto, una función reveladora. Cuando una voz disidente cruza la línea y es acusada de apología del delito por el poder, ¿está únicamente violando una ley o exhibiendo algo más? Quizá está mostrando que esa ley, ese límite, encierra un miedo del propio sistema. La apología del delito —elogiar o justificar lo prohibido— representa la pesadilla de la autoridad: que la palabra erosione las bases de la obediencia. Quien transgrede verbalmente exhibe que las fronteras del discurso son convenciones frágiles. Por eso el gesto de decir lo prohibido incomoda tanto: nos deja sin suelo firme en el lenguaje, en un espacio donde tenemos que confrontar qué tan sólidas eran nuestras certezas. La libertad de expresión empuja constantemente contra las paredes de su celda, probando la solidez de los barrotes, y a veces logrando que crujan.

Cuando el lenguaje
hiere y arde

No toda palabra busca iluminar o liberar. Hay palabras que hieren como armas arrojadizas. ¿Puede el habla convertirse en acto, en agresión? La filósofa Judith Butler sostiene que el lenguaje no es solamente descriptivo, sino performativo: “hacemos cosas con el lenguaje… y el lenguaje es también algo que hacemos3”. Un insulto racista, una incitación a la violencia, no son simples ideas inertes: son actos que vulneran, que hacen algo en el mundo. Butler afirma incluso que “si el lenguaje puede sostener al cuerpo, también puede amenazar su existencia4”. Es decir, las palabras pueden nutrirnos —con reconocimiento, con amor, con identidad—, pero también pueden destruirnos o poner nuestra vida en peligro.

Este poder hiriente del discurso coloca a la ética frente al espejo: ¿debe la libertad de expresión cubrir también la palabra que lastima deliberadamente? Un discurso de odio puede ser precursor de una agresión física; la historia nos muestra demasiados ejemplos donde la violencia comenzó con adjetivos y propaganda deshumanizante. Sin embargo, prohibir esas palabras también implica peligros. Butler analiza cómo los intentos de censurar el discurso odioso a veces pueden volverse contra quienes intentan proteger. El lenguaje es escurridizo: intentar ahogar una palabra puede amplificar su eco en otra parte. Cada prohibición puede crear mártires verbales, mitologías de lo prohibido que hacen que esas mismas ideas regresen con más fuerza, aunque sea en susurros.

La apología del delito se ubica precisamente en este cruce espinoso entre palabra y acción. ¿En qué momento hablar bien de la transgresión se convierte en transgresión en sí misma? Si alguien alaba la insurrección o justifica la violencia, ¿es su verbo un simple ruido en el aire o un acto de sedición? La línea es tenue. Podemos concebir la apología como la performatividad delictiva del lenguaje: una forma de hacer —incitar, legitimar, convocar— a través de decir. Desde la ética, esto nos confronta con la responsabilidad del hablante. Quizá la pregunta no sea solo “¿qué tengo derecho a decir?”, sino “¿qué efectos crea lo que digo y si puedo asumir esas consecuencias?” En un plano íntimo, todos hemos conocido palabras que duelen mucho después de haber sido pronunciadas; en el plano social, las consecuencias pueden amplificarse exponencialmente.

Existe también una estética de la provocación verbal que seduce con su aura de peligro. Ciertos discursos inflamatorios fascinan precisamente porque juegan con el fuego de lo prohibido, del escándalo, de la herida abierta. Como una suerte de arte perverso, la retórica del odio o de la violencia envuelve su mensaje en la promesa de ruptura: romper las reglas de la corrección, romper el pacto de respeto mutuo. Es un lenguaje incendiario que enciende pasiones oscuras. Defender la libertad incluso de esas expresiones es quizás la prueba más difícil de un compromiso con la libertad de expresión. ¿Hasta dónde podemos tolerar lo intolerable?, ¿debe la palabra libre poder volverse llama que quema? Butler nos instiga a pensar en la vulnerabilidad que conlleva hablar y escuchar: todos estamos expuestos cuando abrimos la boca o prestamos el oído. Esa vulnerabilidad compartida tal vez sea el fundamento de una ética de la palabra, un recordatorio de que la libertad de uno siempre roza la piel del otro.

Estéticas de lo prohibido:
arte, verdad y barbarie

El arte ha sido históricamente un campo donde la libertad de expresión ensaya sus pasos más osados. En la obra de un poeta, de un pintor, de un cineasta, a menudo se dicen verdades insoportables bajo el velo de la metáfora o la ficción. Theodor Adorno, tras la Segunda Guerra Mundial, lanzó una sentencia inquietante: “escribir poesía después de Auschwitz es barbarie5”. ¿Cómo entender esta frase? Podría leerse como un lamento sobre los límites de la expresión estética ante el horror absoluto: cuando la realidad supera lo decible, toda palabra poética suena hueca o irrespetuosa. Adorno nos provoca a reflexionar si ciertas experiencias extremas ponen en jaque la posibilidad misma de representar, de expresar algo significante. Tal vez haya crímenes que están más allá del lenguaje, dolores que desafían toda analogía. Intentar poetizarlos sería casi trivializarlos, una forma de barbarie estética.

Sin embargo, el propio Adorno matizaría más tarde su declaración, reconociendo que, pese a todo, el sufrimiento exige ser expresado de algún modo, así sea en un grito o en un balbuceo. La estética se vuelve entonces campo de batalla: ¿se puede embellecer el horror sin traicionarlo?, ¿puede la libertad creativa abordar lo prohibido, lo traumático, sin caer en la apología o en la banalización? Pensemos en obras que han glorificado la violencia o el crimen con un halo romántico: ¿es eso apología del delito enmascarada de arte, o es una exploración legítima de la oscuridad humana? El límite es difuso. Walter Benjamin observó que en el régimen fascista la política se estetizaba, convirtiendo la destrucción en espectáculo. La sociedad de masas podía contemplar su propia barbarie con disfraces sublimes. Frente a ello, la responsabilidad del arte crítico sería politizar el arte, es decir, revelar las estructuras de poder y dominación en lugar de encubrirlas bajo belleza engañosa.

La libertad artística a veces es el último refugio para decir lo indecible. Allí donde el discurso llano sería censurado, una novela distópica, una performance, una canción, pueden deslizar la crítica radical. Pero incluso el arte ha enfrentado sus inquisiciones: libros prohibidos, cuadros censurados, películas tildadas de peligrosas. La apología del delito puede ocultarse en un verso o en una imagen, dirán los censores, justificando su celo moral. Y ciertamente, el arte puede justificar actos atroces o normalizarlos —no olvidemos la propaganda estética de los imperios, los himnos marciales que embriagan de fervor—. La estética de lo prohibido es un arma de doble filo: por un lado, expande el reino de lo decible al atrevernos a imaginar lo prohibido; por otro, puede fascinar con ese prohibido y hacer que perdamos el juicio crítico.

En este delicado juego, la filosofía y la crítica desempeñan un papel de vigía. Nos urge preguntar: cuando una obra nos incomoda profundamente, ¿es porque promueve algo nefasto o porque nos confronta con nuestra propia sombra? Un filme que humaniza a un criminal, ¿está celebrando el crimen o exponiendo la complejidad del mal? La respuesta nunca es sencilla. La fuerza poética y filosófica del lenguaje reside justamente en esa ambigüedad fértil, en que una expresión puede sacudirnos sin darnos soluciones claras. Quizá el arte y la filosofía comparten la tarea de empujar las fronteras de la expresión, manteniendo vivo el debate sobre qué se puede decir y cómo. En ese empuje, a veces se rozará la blasfemia, la obscenidad, la incitación; pero renunciar de antemano a explorar esos caminos sería renunciar a comprendernos plenamente.

Disidencia radical
y la tentación de la censura

En el terreno político, la libertad de expresión adquiere una urgencia vital. Las voces radicales, disidentes, aquellas que desafían el consenso, dependen de esa libertad para existir. Sin embargo, la historia nos muestra un patrón inquietante: todo poder instituido tiende a pintar a sus críticos más vehementes como peligrosos, como apologistas del caos o del delito. La etiqueta de “discurso subversivo” a menudo ha justificado censuras y persecuciones. Noam Chomsky, férreo defensor de la libre expresión, resumió el asunto con contundencia: “si no creemos en la libertad de expresión de quienes detestamos, entonces no creemos en ella6”. Defender la voz solo de quienes coinciden con nosotros es trivial; la prueba de fuego está en tolerar la voz que nos repugna. Y es que, como explica Chomsky, los dictadores siempre están a favor de la libertad de palabra… para las ideas que les agradan. La verdadera libertad implica proteger especialmente aquello que nos resulta ofensivo o disruptivo, porque solo así se garantiza que el disenso tenga un espacio real.

No obstante, este principio choca con casos límites. ¿Debe una sociedad democrática tolerar llamamientos abiertos a la violencia, incluso a su propia destrucción?, ¿tiene derecho a expresarse libremente quien promueve un crimen o incita al odio más visceral? Aquí la paradoja de la tolerancia nos asalta: tolerar a los intolerantes puede llevar a la aniquilación de la tolerancia misma. El filósofo Herbert Marcuse acuñó la idea de “tolerancia represiva7”, señalando que cierta tolerancia indiscriminada puede servir en realidad para perpetuar la opresión. Escribió que la tolerancia, cuando protege a una sociedad represiva y “neutraliza a la oposición”, se pervierte, y que una “tolerancia liberadora, entonces, implicaría intolerancia hacia los movimientos de derecha y tolerancia hacia los de izquierda8”. Esta afirmación desafía la noción liberal clásica: Marcuse nos empuja a considerar que dar altavoz a ideologías abiertamente violentas o fascistas no es neutral, sino que refuerza su poder de normalización. En otras palabras, callar al opresor podría ser condición para que hablen los oprimidos.

Nos encontramos así atrapados en un juego de equilibrios precarios. Por un lado, cualquier coacción sobre la palabra puede ser el primer paso hacia la tiranía: hoy se silencia al fanático, mañana al opositor incómodo, finalmente a cualquiera que disienta. Las leyes contra la apología del delito muchas veces han sido utilizadas como arma política para acallar movimientos disidentes, disfrazando de protección moral lo que en el fondo es miedo al cambio. Un régimen podrá acusar de “apología” al poeta que clama por la revolución social, del mismo modo que al propagandista de la violencia racista. Equiparar voces tan diferentes bajo el mismo sello de peligrosas es una estrategia eficaz para deslegitimar el disenso legítimo. La libertad de expresión, en su dimensión política, es el escudo del pensamiento radical: sin ella, las ideas que incomodan al poder no tendrían aire para propagarse.

Por otro lado, ignorar el veneno retórico de los discursos de odio puede normalizarlos. Una mentira repetida sin contrapeso crítico, una incitación no confrontada, pueden echar raíces en tierra fértil de frustraciones colectivas. Permitir toda expresión no garantiza un debate sano; a veces genera un estruendo caótico donde la voz más estridente impone su ley. Aquí el desafío es cultural, además de legal: cómo combatir la mala palabra con la mejor palabra, cómo lograr que la libertad de expresión no sea la coartada de la demagogia violenta, sino la herramienta de su refutación. La censura estatal no es la única vía —de hecho suele ser la peor, por su torpeza—; más prometedor es fomentar una ciudadanía crítica que sepa discernir, replicar y aislar las voces realmente peligrosas por consenso social, no por decreto.

En este tira y afloja, la frontera entre la libertad de expresión y la apología del delito sigue moviéndose con cada contexto histórico. No es un lindero fijo, sino un campo de batalla ideológico. Cada generación renegocia ese contrato: ¿qué vamos a tolerar, qué no, y quién lo decide? Es un debate incómodo, áspero, pero necesario. Porque, del otro lado de esa frontera difusa, acechan tanto el espectro de la censura como el de la impunidad verbal. De un lado, el silencio impuesto; del otro, el grito irresponsable. Y en medio estamos nosotros, sujetos parlantes y oyentes, intentando construir un espacio donde la palabra sea realmente libre y a la vez consciente de su poder.

El eco interminable
de la pregunta

No hay un punto final, una conclusión tranquila, para este dilema. Y quizás sea mejor así. La relación entre la libertad de expresarse y sus posibles excesos delictivos es un problema abierto, uno que nos obliga a pensar y repensar sin cesar. Cada vez que creemos encontrar una respuesta sólida, surge un nuevo caso, una nueva voz polémica, que rompe nuestros esquemas. La filosofía, más que darnos respuestas, nos enseña a sostener la pregunta. Aquí la pregunta es incómoda: ¿debe la libertad de expresión tener límites? Y si es así, ¿quién traza esos límites sin ahogar la verdad ni proteger la violencia? No hay fórmula universal. Al lector le queda quizás la sensación de incertidumbre, tal vez incluso de ligera molestia, y ese es justamente el objetivo: que permanezca el eco reflexivo.

Podemos, sí, acordar en abstracto que la incitación directa al delito cruza una línea roja. Pero entre la teoría y la vida media un mundo de matices. ¿Qué constituye la incitación?, ¿una consigna rabiosa en una manifestación, una novela que romantiza el crimen, un chiste macabro en las redes? La frontera se difumina en los detalles, y cualquier intento de definición estricta se ve superado por la creatividad —para bien y para mal— de los hablantes. Quizá la única brújula segura sea la conciencia crítica de cada uno y la deliberación colectiva abierta. Una sociedad democrática auténtica debe debatir constantemente consigo misma estos límites, sin dogmas inamovibles. La libertad de expresión no es un estado alcanzado, sino un ejercicio perpetuo y frágil.

En mi desvelo nocturno, las palabras prohibidas que imaginé siguen allí, susurrando en la mente. Ya no las veo con temor unidireccional, sino con comprensión trágica: llevan consigo tanto la promesa de liberación como el germen de la discordia. Son como semillas salvajes que pueden florecer en ideas transformadoras o en maleza tóxica. ¿Hemos de sembrarlas todas y ver qué crece? ¿O limpiar el terreno de antemano, arriesgándonos a extirpar junto con la cizaña alguna flor insospechada? Ningún jardinero tiene completa certeza. Tal vez la solución —si es que hay una— no reside en elegir entre libertad total o control férreo, sino en cultivar una cultura que entienda el peso de las palabras. Que cada quien, al hablar, sienta la gravedad y la gracia de poder hacerlo.

Termino estas líneas sin concluir, dejando la reflexión en el aire, como quien deja una puerta entreabierta en la noche. Invito al lector a asomarse por sí mismo al filo de este abismo conceptual. Que escuche las voces que resuenan en su interior: el impulso de permitirlo todo y el anhelo de justicia que clama por límites. En ese diálogo interno quizás nazca una pequeña claridad, no una respuesta definitiva, pero sí un entendimiento más encarnado de por qué la libertad de expresión es un terreno arduo, peligroso y a la vez irrenunciable. Al final, seguimos hablando, dudando, cuestionando; y tal vez, esa sea la forma más honesta de honrar esta libertad: usarla para ponerla en duda, una y otra vez, incansablemente.

Notas

[1] Foucault, M. (1973). El orden del discurso. Barcelona, Tusquets. 

[2] Benjamin, W. (2005) Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Traducción de B. Echeverría. México DF: Contrahistorias.

[3] Universidad Nacional Autónoma de México. (s.f.). Conocimientos fundamentales: Filosofía. Sitio web: http://conocimientosfundamentales.rua.unam.mx/filosofia/Text/53_tema_03_3.4.2.html

[4] Butler, J. (2004). Lenguaje, poder e identidad. Madrid, Síntesis.

[5] Adorno, T. W. (2008). Crítica de la cultura y sociedad I. (J. Navarro, Trad.). Ediciones Akal.

[6] Organización de las Naciones Unidas. (2018, 28 de noviembre). Artículo 19: Libertad de opinión y expresión. Sitio web: https://news.un.org/es/story/2018/11/1447331

[7] Baqués, J. (2023). Marcuse y la tolerancia represiva: acerca de la libertad, de la democracia y de los derechos individuales. Global Strategy Report, 22/2023. Sitio web: https://global-strategy.org/marcuse-y-la-tolerancia-represiva-acerca-de-la-libertad-de-la-democracia-y-de-los-derechos-individuales/

[8] Ibídem.

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Cita este artículo (APA): García, C. (2025, 23 de mayo). Lo que no se puede decir: entre la libertad de expresión y la apología del delito. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/05/libertad-expresion-o-apologia

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