El siguiente texto es una reescritura de un artículo publicado originalmente el 08 de agosto de 2015 en la versión anterior de Filosofía en la Red; se ha editado, corregido y revisado para adaptarlo a los estándares actuales de la Plataforma.
Para empezar, hay que decir que es cierto que hay autodenominados satanistas que asumen la idea cristiana sobre ellos mismos, y que tratan de comportarse como sería de esperar de esa imagen cristiana. Realizan actos de profanación, rituales y hasta sacrificios “como Dios manda”. Sin embargo, estos son los menos, una ínfima minoría que como mucho solo da para un titular llamativo en los medios de comunicación, pero suficiente para abrir falsos debates e “investigaciones” sobre el satanismo, las sectas satánicas, el peligro de ser secuestrado y sacrificado en una misa negra, etc. Estos casos particulares y estadísticamente irrelevantes son protagonizados por individuos trastornados en algún sentido, y cuyo satanismo no es la causa, sino la excusa que hace aflorar lo peor de su trastorno psicópata, sociópata, sádico, etc. Son casos individuales y no grupales: no hay sectas satánicas dedicadas al secuestro y sacrificio sistemático de niños en misas negras para después comérselos crudos. Por lo general, se trata de personas perturbadas que se acercan a algún grupo satánico convencidas de que allí se cometen actos como los que describe la leyenda. Al descubrir que, en realidad, esos grupos son mucho más insípidos de lo que imaginaban, se sienten decepcionados y deciden actuar por su cuenta, o bien con la complicidad de otros individuos igual de trastornados. En la mayoría de los casos, sus acciones son aisladas y no van más allá de alguna profanación en templos, cementerios o imágenes cristianas; actos que, más que rituales satánicos propiamente dichos, podrían clasificarse como simples expresiones de vandalismo.
A pesar de todo lo señalado anteriormente, la imaginación desbordada de ciertos sectores cristianos no se extinguió siglos atrás. En el texto anterior se abordaron las tristemente célebres “cazas de brujas” de la Edad Media, pero es importante recordar que estas persecuciones no se limitaron a ese periodo. Durante el siglo XVII, se replicaron en las colonias americanas, siendo el caso más conocido el de los juicios y ejecuciones por brujería en Salem. Sin embargo, incluso en tiempos recientes, hacia finales del siglo XX, resurgió con fuerza la leyenda de los satanistas sedientos de sangre que practicaban sacrificios humanos y abusos sexuales en supuestas misas negras. En Estados Unidos se desató una auténtica epidemia moral y mediática que sembró el pánico entre amplios sectores religiosos, convencidos de la existencia de grupos satánicos que secuestraban niños y los sometían a rituales aberrantes. La histeria fue tal que muchas personas comenzaron a afirmar que habían sido víctimas de estos abusos en su infancia. Alegaban que los recuerdos habían estado reprimidos como mecanismo de defensa y que solo los habían recuperado mediante técnicas regresivas de corte psicoanalítico. Con el tiempo, sin embargo, se demostró que dichas afirmaciones carecían de fundamento empírico. No existía prueba alguna de tales ritos, y los testimonios fueron desacreditados al revelarse que, en muchos casos, los supuestos recuerdos habían sido inducidos por terapeutas negligentes mediante técnicas de implantación de falsos recuerdos, de manera muy similar a lo que ocurre con quienes aseguran haber sido abducidos por seres extraterrestres y sometidos a experimentos en el interior de sus naves.
La llamada campaña anti-satanista que se desató en Estados Unidos a finales del siglo XX encuentra su origen en la obsesión de ciertos sectores fundamentalistas cristianos por identificar al demonio en toda manifestación ajena a su fe. No es casual que dentro del fundamentalismo religioso —presente en distintas confesiones— se sostenga la creencia de que todas las religiones distintas a la propia, así como el ateísmo, el agnosticismo, el panteísmo y cualquier ideología alternativa, son obras del Maligno. Un caso extremo lo representan los testigos de Jehová, quienes sostienen que no solo las demás religiones, sino también los gobiernos y organizaciones internacionales como la ONU, están bajo el control del diablo. Por esta razón, rechazan toda participación política, pues consideran que implicaría colaborar con las fuerzas del mal. En el caso de algunos sectores protestantes, si bien no llegan a tales extremos, mantienen la idea de que muchas otras expresiones del cristianismo —incluyendo el catolicismo, los mormones o los propios testigos de Jehová— son desviaciones diabólicas disfrazadas de fe verdadera. La figura del papa de Roma ha sido, en este contexto, señalada incluso como la encarnación del Anticristo, tal como sostuvo en su momento Martín Lutero.
Esta lógica de exclusividad religiosa —según la cual solo una confesión representa la verdad, mientras todas las demás son manifestaciones del error o del mal— no es exclusiva del cristianismo. Es una constante en todo pensamiento fundamentalista. La acusación de estar al servicio del demonio ha sido utilizada históricamente como una forma de deslegitimación radical del otro. Incluso el propio Jesús de Nazaret fue acusado por algunos de sus contemporáneos de estar poseído: “Pero algunos de ellos decían: Por Beelzebú, príncipe de los demonios, echa fuera los demonios1”. Esta costumbre de señalar al adversario como encarnación del mal no es solo una estrategia teológica, sino también un rasgo psicológico y discursivo del pensamiento sectario y dogmático, que tiende a eliminar toda forma de pluralismo y matiz. En este marco, se rechaza la posibilidad de disenso legítimo, y se impone una visión dicotómica del mundo: o se está con la verdad absoluta, o se está contra ella.
Este patrón maniqueo se repite en otros ámbitos de la vida social, incluso fuera del terreno religioso. Grupos extremistas de diversa índole —ya sean políticos, ideológicos o culturales— adoptan el mismo esquema: identifican a quienes piensan distinto como enemigos radicales, colaboradores del mal o traidores a la causa. Así, para los regímenes totalitarios como el nacionalsocialismo, los judíos constituían el enemigo supremo, y cualquier otra ideología o grupo —comunistas, demócratas, liberales— eran vistos como cómplices suyos. Por su parte, algunos sectores anarquistas o comunistas de tendencia sectaria consideran que cualquier institución democrática, partido político, medio de comunicación, o incluso grupos ideológicamente afines, pero distintos, son marionetas del capitalismo o del fascismo. En todos estos casos se replica el mismo patrón de pensamiento excluyente que puede rastrearse incluso en ciertas afirmaciones atribuidas a Jesús2.
El satanismo para los que así se llaman es distinto. Al igual que hay muchos cristianismos, también hay muchos satanismos y muy distintos entre sí. Algunos satanistas son religiosos en el sentido de que toman su satanismo como una religión y a Satán como su dios, al que adoran y rinden culto como los cristianos o los musulmanes hacen con el suyo respectivo. Evidentemente, para ellos, Satanás no es el ángel caído y malvado que dicen los cristianos, sino el auténtico dios o uno de los principales al que hay que adorar. Estos satanistas caen de lleno en el ámbito de la superstición y el pensamiento mágico, creyendo en poderes ocultos, fórmulas y conjuros mágicos —magia negra—, etc. Realmente, se trata de una religión más, con todo lo que ello implica.
Otros satanistas no serían religiosos en el sentido anterior, sino que identifican a Satán como un dios impersonal o fuerza cósmica que sería la esencia o naturaleza última de la realidad, y de la cual tratan de aprovecharse de una forma u otra mediante técnicas de magia o meditación. Esta rama toma al diablo más como Lucifer que Satanás, en su sentido de ángel de luz o camino hacia la iluminación y el conocimiento espiritual y mágico. Por último estarían los satanistas que entienden su satanismo como un mero símbolo de la filosofía individualista que practican y que, en realidad, no es sino una versión barata de la filosofía de Nietzsche, adornada de elementos simbólicos y rituales del imaginario satánico. Podría decirse que este tipo de satanismo es una versión friki del pensamiento del filósofo alemán.
Como principales organizaciones satanistas se pueden mencionar la Iglesia de Satán, fundada por Anton Szandor LaVey, autor de la Biblia Satánica, y el Templo de Set, una escisión de la primera. Otras agrupaciones de esta índole son de menor relevancia y, en muchos casos, tienen una existencia breve y vinculada a figuras particulares. Un ejemplo de ello es “La Familia”, el grupo fundado por Charles Manson a finales de los años sesenta, conocido por los crímenes que cometieron, entre los que destaca el asesinato de Sharon Tate3, esposa del cineasta Roman Polanski, quien se encontraba embarazada, así como el de varios de sus acompañantes y, posteriormente, el de la familia LaBianca. Lo inquietante del caso Manson es que, pese a su historial delictivo y desequilibrado, llegó a tener seguidores que lo consideraban una figura de autoridad. Este fenómeno invita a reflexionar sobre cómo determinadas personas adquieren influencia, incluso si sus ideas y acciones se distancian de principios éticos o religiosos ampliamente aceptados.
La influencia del satanismo en la cultura contemporánea no se manifiesta de forma significativa como religión o sistema filosófico, pero sí ha ejercido un impacto simbólico en ciertos sectores sociales. En distintos momentos históricos, Satán ha sido adoptado como figura de disidencia frente al poder instituido, representando una forma de oposición al orden social y religioso. Esta asociación lo emparenta con figuras míticas como Prometeo, símbolo del rebelde castigado por su intento de emancipar a la humanidad. En esta línea interpretativa, autores como Lord Byron o Charles Baudelaire han sido asociados con un “satanismo” literario o simbólico. De forma análoga, algunos movimientos feministas han reivindicado la figura de Lilith4 —tradicionalmente vinculada al imaginario demoníaco— como emblema de la rebeldía femenina. Según ciertas interpretaciones del mito, Lilith fue la primera mujer creada, pero al negarse a someterse a Adán, fue desterrada y convertida en un ser demoníaco. Su rechazo a la subordinación ha sido reinterpretado como gesto emancipador en clave contemporánea.
Los símbolos asociados al satanismo —el pentagrama, la cruz invertida, el macho cabrío o los cuernos— han sido empleados, especialmente en el ámbito artístico y musical, como recursos provocadores frente a la moral dominante. Esta estética se ha hecho especialmente visible en ciertos géneros del rock, como el heavy metal. Bandas emblemáticas como Iron Maiden, Black Sabbath o AC/DC han recurrido a este tipo de iconografía en sus portadas, letras o presentaciones escénicas. Sin embargo, más allá del black metal, del cual se hablará más adelante, el uso de tales elementos en el rock ha estado ligado más al impacto visual y simbólico que a una adhesión doctrinal al satanismo. En los años setenta y ochenta, esta estética se convirtió en una tendencia destacada del heavy metal, con numerosos grupos incorporando referencias al diablo en sus nombres, letras o imaginería. En el contexto hispano, puede mencionarse la canción “Anda suelto Satanás5” de Barón Rojo o el grupo Ángeles del Infierno, con títulos de álbumes como Pacto con el diablo (1984), Diabolicca (1985) o 666 (1988).
No obstante, es necesario distinguir entre el uso simbólico del satanismo y la práctica real del mismo. Algunos grupos o integrantes individuales mostraron interés por el ocultismo o el satanismo en un plano personal, como es el caso de Led Zeppelin, cuyo guitarrista, Jimmy Page, llegó a adquirir la residencia del ocultista Aleister Crowley. Este tipo de inclinaciones, sin embargo, no deben juzgarse a la ligera ni establecerse como mejores o peores que la devoción hacia otras creencias religiosas. En la mayoría de los casos, el uso del simbolismo satánico por parte de bandas musicales ha tenido un fin estético o contestatario, más que religioso. Bajo el contexto marcado por tensiones con sectores conservadores, especialmente dentro del protestantismo anglosajón, este tipo de provocaciones servía para conectar con un público juvenil en búsqueda de identidad frente a una moral que consideraban opresiva. Las referencias al diablo, la muerte o el sexo se convirtieron en fórmulas de disidencia atractivas para muchos jóvenes, incentivando el consumo musical y de productos derivados. A menudo, la etiqueta de “satánicos” fue impuesta desde el exterior, particularmente por sectores religiosos que veían en el rock una amenaza moral. Incluso artistas como Elvis Presley o The Beatles fueron objeto de tales acusaciones, a veces por simples gestos o por supuestos mensajes ocultos. En ciertos casos, se llegó a imputar a grupos como Judas Priest la incitación al suicidio por medio de sus letras. Sin embargo, en vez de disminuir su popularidad, estas controversias reforzaron su notoriedad y, en algunos casos, fueron aprovechadas como estrategia de promoción.
Ahora bien, algunos colectivos dentro del ámbito musical sí asumieron posturas más comprometidas con el satanismo. Es el caso del black metal, un subgénero del rock caracterizado tanto por su estilo musical como por una lírica explícitamente satánica. No obstante, incluso dentro de esta corriente, muchos artistas utilizan estos temas más como recurso estético que como creencia auténtica. Aun así, existen casos de grupos o individuos que afirman practicar el satanismo con seriedad. Durante la década de 1990, especialmente en el norte de Europa, surgieron bandas que se hicieron conocidas no solo por su música, sino también por hechos delictivos6, como incendios de templos religiosos o actos violentos, incluyendo homicidios. Entre las bandas más mencionadas en este contexto figuran Mayhem, Burzum o Emperor. A pesar de estos casos extremos, es importante subrayar que representan una minoría dentro de una comunidad musical que, en general, está compuesta por personas pacíficas y respetuosas, aunque con una estética particular. Los actos violentos de ciertos individuos no deben extrapolarse al conjunto, pero han contribuido a generar una percepción social marcada por el temor o el rechazo hacia el black metal.
Notas
[1] Lucas 11, 15.
[2] Lucas 11, 23.
[3] Díez, B. (2019, 8 de agosto). Crímenes de Charles Manson: las incógnitas que rodean los escabrosos crímenes de Sharon Tate y otras 6 personas por la secta liderada por Charles Manson. BBC News Mundo. Sitio web: https://www.bbc.com/mundo/noticias-49271672
[4] En la religión mesopotámica, Lilith es el demonio femenino asociado a las tempestades, del que se creía era portadora de desgracia, enfermedad y muerte.
[5] Escuchar: https://youtu.be/3T0hsTt66RA?si=H15WFI4mBSJjWz1C
[6] Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_del_black_metal_noruego
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Cita este artículo (APA): FIRE Bot. (2025, 1 de mayo). Abrir un libro, el primer paso para abrir los ojos: reseña de Los aerostatos, de Amélie Nothomb. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/05/que-es-el-satanismo-segun-los-satanicos/
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