¿Y si la religión hablara más de nosotros que de Dios? Parte 2 de 2

¿Cuál es el vínculo entre razón, moralidad y religión en la filosofía de Kant? La religión nace, según Kant, de la necesidad racional de esperar justicia: que la virtud conduzca a la felicidad. Aunque no podamos conocer la existencia de dios, la razón postula su idea como garante de un mundo moral. Así, la fe racional permite sostener la esperanza en un orden justo, donde lo que se debe hacer y lo que cabe esperar se conectan en la figura del Sumo Bien.

En la primera parte de este artículo expusimos el concepto general de religión a partir de nuestra interpretación del pensamiento de María Zambrano. A la pregunta “¿qué es la religión?”, respondimos: “una manera de representar poéticamente lo sagrado, creando mediante la razón distintas formas de su manifestación como divino”. Esta caracterización nos permitía comprender la religión sin reducirla a la concepción teísta y, a su vez, mostrar su condición de invento humano, demasiado humano.

No obstante, si la religión es un invento, ha de haber ciertos motivos para que todas las culturas humanas —según unas u otras formas de lo divino— la hayan creado. Al interpretar la religión como creación de la razón poética, nada nos parecía más pertinente que considerar estos motivos como expresión de la razón y del corazón humano.

En el Canon de la razón pura de su obra Crítica de la razón pura, Kant expone los intereses de la razón, aquellas cuestiones que interesan a cualquier individuo por el mero hecho de ser racional. Según su postura, estos intereses se reducen a tres preguntas: 1) ¿qué puedo saber?, 2) ¿qué debo hacer?, y 3) ¿qué cabe esperar?1 Son las preguntas por el saber teórico-especulativo según los límites del conocimiento, el deber en la acción práctica, según la moralidad y la esperanza. El objeto de toda esperanza es la felicidad, y esta es la cuestión que más nos interesa en nuestro artículo, porque, según el pensamiento kantiano, lo único que puede atender a la esperanza es la religión: la incógnita de la religión es la pregunta por la esperanza; lo que nos permite tener esperanza es la fe. La religión bajo estas condiciones es cosa entera de la razón. Es por ello que utilizaremos la filosofía kantiana para dar cuenta de los motivos racionales que nos impulsan hacia ella.

Como se señaló en la tercera nota de la primera parte de este artículo, el hecho de que la religión pueda concebirse racionalmente no significa que podamos conocer efectivamente la existencia de dios —una cuestión que corresponde a la primera de las preguntas kantianas: ¿qué puedo saber?—, ya que esta excede los límites de toda experiencia posible. Y dado que, según Kant, el conocimiento está restringido precisamente por esos límites, no puede haber saber alguno sobre la existencia divina. Sin embargo, sí podemos pensar racionalmente la idea de dios y, además, tener una fe racional que nos permita esperar su existencia. A esto apunta Kant cuando sostiene:

Tuve, pues, que suprimir el saber para dejar sitio a la fe2.

No obstante, esta fe no puede fundamentarse en el ámbito teórico del conocimiento —ya que no podemos conocer a dios—, ni tampoco nuestra moralidad puede constituirse a partir de dicha fe —no podemos ser buenos solo porque un dios nos lo exige, pues, por decirlo con el gran tópico dostoyevskiano que abordaremos más adelante, si dios hubiese muerto, todo estaría permitido—. Al asignar racionalidad a la fe —fe racional—, Kant se refiere a la fundamentación de la fe en la moralidad, ya que la moral es lo puramente racional que hay en el ser humano —de ahí que para el filósofo la razón pura sea razón práctica3, es decir, aquella que atiende a la segunda cuestión: ¿qué debo hacer?—. Esto es lo que expresa Kant al analizar la actitud de Job, el personaje bíblico, cuando es puesto a prueba por Dios4.

En la filosofía kantiana, lo puramente racional —razón pura— es legítimamente práctico —uso de la razón práctica, esto es, moral—, porque la razón exige el cumplimiento de la moral, independientemente de cómo sea el mundo tal y como lo percibimos en nuestra experiencia. Para pensar cómo debe ser el mundo no hacen falta los sentidos, porque es un hecho que el mundo que se nos presenta a través de ellos no es un mundo moral. Así, la moral no trata de cómo es el mundo —orden del ser—, sino de cómo debe ser —orden del deber ser—, y para ello es preciso pensar más allá del mundo sensible, de tal forma que la moral fundamenta la verdadera metafísica.

Atendiendo a lo expuesto, cuando Kant habla de fe, debe entenderse como fe racional o moral. Esta instituye una religión, porque solo a través de ella podemos dar con el concepto adecuado de dios como postulado racional fundado en la moral. Dicho de otra manera: la razón exige a dios —como consecuencia— para que sea posible un mundo gobernado por la ley moral —que es el fundamento—; esta es la fe racional que alberga la esperanza de que haya justicia en este mundo. Así, Kant lleva a cabo una teología moral: la argumentación que, partiendo de la moralidad, conduce a la idea de dios. Para dar cuenta de ella, hemos de insistir en la relación que hay entre razón, moralidad y esperanza.

Creo que no incurriríamos en un disparate si sostenemos que lo razonable desde un punto de vista moral es que “cada uno tenga lo que se merece”. De hecho, hay mucha razón en decir “qué injusto es el mundo” cuando vemos que un hombre descaradamente malo es afortunado, que triunfa en sus empresas o que goza de felicidad. Asimismo, al comienzo, mencionamos que, según Kant, el objeto de toda esperanza es la felicidad. Ahora bien, no cabe esperar racionalmente que todos los hombres sean felices, pues, como apuntábamos, que los malos sean felices —y, por extensión, los buenos infelices— es algo injusto.

Lo que la razón exige —y no se conforma con menos— es que cada uno sea feliz en la justa medida en que es digno de serlo. A esta causalidad en la que la virtud —moralidad— tiene como consecuencia necesaria5 la felicidad, Kant la denomina sumo bien, fin último de la razón pura. Así, lo que uno tiene derecho racional a esperar es este enlace necesario. No obstante: ¿cómo es posible la vinculación necesaria de dos cosas tan distintas como la virtud y la felicidad? Tal y como apunta el filósofo, esto es algo que «únicamente podemos esperar si tomamos como base una razón suprema que nos dicte normas de acuerdo con leyes morales y que sea, a la vez, causa de la naturaleza6”.

En este sentido, la esperanza racional por un mundo moral en el que la virtud sea necesariamente correspondida con la felicidad tiene como consecuencia la esperanza de que haya un dios moral, santísimo y omnipotente7 que lo garantice. Ante ello, podemos sostener que: 1) dios es un postulado exigido por la razón, 2) la esperanza propia de la religión —y, por extensión, la religión en general— solo es legítima y racional si se funda sobre la moralidad. Estamos entonces en condiciones de responder a las dos últimas preguntas kantianas: debo hacer aquello mediante lo cual me haga digno de ser feliz; cabe esperar la felicidad bajo la condición de haber hecho lo que se debe8. Esta esperanza es la que conduce racionalmente a dios.

A partir de la filosofía kantiana, podemos concluir que la moralidad es uno de los motivos racionales fundamentales que explican la tendencia histórica de los seres humanos hacia la religión. Ahora bien, aunque es cierto que Kant piensa a dios bajo las características de las religiones monoteístas, creemos que tal motivación también puede aplicarse a otras formas de lo divino. Incluso en el seno de religiones no teístas podemos encontrar nociones fundadas en la racionalidad moral. El ejemplo más emblemático es el karma budista —también presente en otras religiones orientales—, ley cósmica que garantiza un equilibrio moral en el que toda virtud genera necesariamente un fruto positivo, mientras que las malas acciones o intenciones conducen inevitablemente al sufrimiento.

Podemos sostener que, entonces, no importa la forma de lo divino, sino que la razón, tras haber fundado la moralidad por sí misma, postule una forma de garantizar, al menos, la esperanza por un mundo moral en la medida en que podamos pensar en él como posible, pues lo imposible no puede ser esperado. Este es el camino que, según Kant, conduce inevitablemente a la religión. No obstante, lo que se encuentra al recorrerlo no es la existencia de lo divino, sino algo propiamente humano, demasiado humano: la necesidad de soñar con la posibilidad de un mundo justo y moral en el que podamos ser felices. Es un bello sueño que exige la razón, pero quizá solo eso, un sueño.

Si, tal como sostiene Nietzsche, “dios ha muerto”, y, por tanto, ya no hay garantía del Sumo Bien, quizá Dostoyevski pueda contestar de otro modo al qué me está permitido esperar kantiano: si dios ha muerto, “todo está permitido9”, no porque se derrumbe la moral —porque no se fundamenta en la religión; más bien, como hemos visto a partir de Kant, es justamente lo contrario—, sino porque, en tal caso, lo que nos está permitido esperar es el absurdo, aquello que la razón no puede comprender ni tolerar al ser precisamente signo de lo irracional e injustificable del mundo, a saber, que el más digno de felicidad muera siendo el más desdichado. 

Nuestra razón, intransigente, esperándolo todo, no puede permitirse este absurdo, y así, insatisfecha con el tiempo, incapaz de aceptar las cosas tal y como son, inventa el mundo tal y como debería ser; este es el motivo de la religión. Si bien Kant no estaría de acuerdo, algo de esta insatisfacción reconoce cuando sostiene que:

Es únicamente la disposición natural observable en cada hombre y consistente en la imposibilidad de que las cosas temporales […] le satisfagan plenamente, lo que ha producido la esperanza de una vida futura10.

Notas:

[1] Kant, I. (2016). Crítica de la razón pura (A805 / B833). Taurus.

[2] Kant, I. (2016). Prólogo de la segunda edición. Crítica de la razón pura (BXXX). Taurus.

[3] En Kant, el uso teórico de la razón pura no tiene legitimidad —solo el práctico que atiende a la moralidad—, pues cuando pretendemos conocer teóricamente utilizando puramente la razón, prescindiendo de los sentidos, caemos en errores e ilusiones —como sostener con certeza que dios existe necesariamente—. 

[4] Kant, I. (2011). Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Ediciones Encuentro; pág. 47.

[5] Es un hecho que, en el mundo, a veces los buenos triunfan y son felices. No obstante, desde la postura kantiana, lo que la razón exige no es una relación contingente entre virtud y felicidad —de tal modo que, si se diese la virtud, la felicidad tuviera lugar unas veces y otras no—, sino que la felicidad sea la consecuencia necesaria de la virtud al igual que soltar un bolígrafo en el aire tiene como consecuencia necesaria que este caiga.

[6] Kant, I. (2016). Crítica de la razón pura (A810 / B838). Taurus.

[7] Aunque esta teología moral no pueda demostrar científicamente la existencia efectiva de dios, al menos nos proporciona su concepto adecuado como ser moral, santísimo y omnipotente, pues solo un dios con estas características puede garantizar el Sumo Bien —cfr. Kant, I. (2016). La religión dentro de los límites de la mera razón. Alianza; pág. 32—. Asimismo, también sostiene que sus tres propiedades irreductibles son: santidad como legislador, bondad como gobernador y justicia como juez —cfr. Kant, I. (2011). Sobre el fracaso de todo ensayo filosófico en la teodicea. Ediciones Encuentro; págs. 19-21—. 

[8] Esta es una reconstrucción de las respuestas que Kant ofrece en Crítica de la razón pura (A 808 / B 836). Asimismo, nuestra exposición del argumento de la teología moral toma como referencia la segunda sección del Canon de la razón pura, perteneciente a esta misma obra. No obstante, Kant también desarrolla dicho argumento en el Primer Prólogo de La religión dentro de los límites de la mera razón y, de manera más pormenorizada, en la Dialéctica de la razón pura práctica de su Crítica de la razón práctica.

[9] Dostoyevski, F. (2021). El gran Inquisidor. Alianza; pág. 126.

[10]. Kant, I. (2016). Prólogo de la segunda edición. Crítica de la razón pura (BXXXII). Taurus.

Artículo de:

Alfonso María Gómez Flores
Estudiante de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid

Cita este artículo (APA): Gómez, A. (2025, 23 de junio). ¿Y si la religión hablara más de nosotros que de Dios? Parte 2 de 2. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/06/filosofia-fe-razon

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