Sembrar la inconformidad: filosofía como herramienta de transición

¿Por qué es vital enseñar filosofía en el bachillerato del siglo XXI? Porque la adolescencia es el momento clave para sembrar pensamiento crítico. La filosofía no debe verse como un lujo académico, sino como una herramienta formativa que permite a las y los jóvenes expresar, resistir e interpretar el mundo con criterio propio. En un contexto saturado de ruido e imposiciones, enseñar a pensar es una forma de resistencia.

Cuando recibí la invitación para participar en el Congreso Nacional “La necesidad de la Filosofía en el Bachillerato del siglo XXI”, me sentí profundamente honrado. La filosofía en la educación media superior no solo es una cuestión curricular: es, desde mi experiencia, una urgencia formativa, una posibilidad de despertar voces críticas en el momento más fértil para sembrarlas. Por eso acepté sin dudar. La charla que preparé estaba pensada para ser presentada de forma presencial, con todo lo que implica el encuentro cara a cara: el diálogo inmediato, la escucha compartida, la resonancia de las ideas en un mismo espacio. Sin embargo, por cuestiones completamente ajenas a la organización, esto no fue posible y se optó por ajustarla al formato virtual.

Lo que ahora presentamos es una versión breve de esa intervención. Una charla de tránsito. El video que acompaña esta publicación contiene únicamente mi participación —que formó parte del programa oficial del Congreso— y en la descripción del vídeo en YouTube encontrarás también el enlace al video completo de la mesa en la que intervine, donde se pueden escuchar otras voces fundamentales que compartieron ideas, preocupaciones y propuestas en torno al mismo tema.

Pero también quiero adelantar algo: esta versión breve es solo un punto de partida. En las próximas semanas compartiré una versión extendida de la ponencia, más desarrollada y detallada, en la que profundizo en muchos de los puntos que apenas pude esbozar por el formato del Congreso. Será un texto que conserve el tono reflexivo, pero que despliegue con mayor amplitud los argumentos y experiencias que sostienen mi postura; el tema lo exige, y hay muchas cosas que, aunque no caben en quince minutos, merecen ser contadas.

La idea central que articula esta participación es sencilla, pero poderosa: la filosofía es una herramienta de transición, y debe sembrarse a tiempo. Desde mi experiencia como doctorante en filosofía y como director de Filosofía en la Red —la plataforma de divulgación filosófica no lucrativa más importante en español— he tenido el privilegio de acompañar procesos de pensamiento de personas muy distintas: adolescentes, universitarios, autodidactas, profesionales de otras disciplinas, personas mayores que vuelven a filosofar. Y en esa pluralidad, hay algo que me ha quedado muy claro: la mayoría llega a la filosofía tarde. No porque no estuvieran listas antes, sino porque nadie les mostró que era una posibilidad.

Abocando netamente al tema del Congreso, la adolescencia en ese momento —tan frágil, tan potente, tan lleno de preguntas— en el que la filosofía puede convertirse en una herramienta de orientación, de expresión, de resistencia. No se trata solamente de defender su lugar en el programa académico, que es urgente; se trata de reconocer su valor como lenguaje crítico, como forma de vida, como medio para habitar el mundo con criterio.

Durante la charla hablo también de la experiencia que hemos tenido en Filosofía en la Red con la Olimpiada Filosófica de Madrid, un ejemplo vivo de lo que puede ocurrir cuando una adolescente o un adolescente se involucra de verdad con el pensamiento filosófico. No como tarea escolar, sino como experiencia de transformación. En ellos y en ellas se nota el quiebre: una forma distinta de argumentar, de escuchar, de posicionarse ante el mundo. Y eso ocurre porque alguien, en algún momento, les enseñó que podían pensar. Que debían pensar.

La filosofía, en este sentido, no debe ser entendida como un lujo intelectual ni como un ejercicio reservado a las élites académicas. La filosofía es, ante todo, una herramienta para incomodar con sentido. Para no conformarse. Para interrogar lo que otros dan por hecho. Y eso, especialmente en contextos como el que vivimos —saturado de ruido, de dogmas disfrazados de opinión, de discursos huecos repetidos sin filtro—, es indispensable.

Desde la trinchera de la divulgación, lo que observo es que la necesidad no es más teoría, sino más sentido. No más nombres de filósofos o filósofas, sino más herramientas para vivir. Y eso no significa renunciar al rigor ni simplificar la complejidad. Significa anclarla. Aterrizarla. Hacerla habitable.

En el video compartido, propongo algunas ideas concretas para replantear la enseñanza de la filosofía en el bachillerato. No como historia cerrada de autores, sino como laboratorio vivo de pensamiento. Usar dilemas reales. Trabajar con disertaciones que exijan pensar desde la experiencia. Llevar al aula preguntas incómodas, cercanas, actuales. Y no formar filósofos de profesión, sino filósofos de la vida cotidiana: personas que duden antes de obedecer, que argumenten antes de repetir, que no tengan miedo a decir “no estoy de acuerdo”.

Esta intervención es también un llamado a la comunidad docente. A quienes sostienen, día a día, espacios de pensamiento en circunstancias no siempre favorables. A quienes deben cumplir con programas rígidos, horarios ajustados, presupuestos escasos y, aun así, logran que sus estudiantes se pregunten algo distinto. A ustedes va mi respeto, mi reconocimiento y esta invitación: no dejemos de sembrar.