¿Por qué el pensamiento moderno ha contribuido a la crisis ecológica actual? Porque al separar naturaleza y cultura, el dualismo cartesiano cimentó una visión antropocéntrica que colocó al ser humano por encima del entorno. Esta idea fue profundizada por la Modernidad, el capitalismo y el individualismo neoliberal, que han invisibilizado las relaciones interdependientes entre lo humano y lo extrahumano. Repensar el mundo exige romper ese espejo que lo distorsiona.
Para comprender la relación entre la Modernidad, el individuo y el antropocentrismo, primero hay que revisitar el dualismo cartesiano. Descartes define dos dominios distintos, pero, a la vez, inevitablemente vinculados: naturaleza y cultura. Según esta diferenciación, la cultura es aquello propio del ser humano, haciendo de este esencialmente un ser cultural. Así, afirma Descartes, ser una cosa que piensa, una res cogitans, al tiempo que rechaza ser un cuerpo humano. Descartes, por tanto, entiende al ser humano como un espíritu sin res extensa, es decir, sin materia que lo conforme1.
Sin embargo, lo humano no puede dejar de estar atado a las condiciones de la naturaleza. De manera que los términos «cultura», «sociedad» o «civilización» señalan precisamente que el ser humano se distingue de la naturaleza. Así pues, siguiendo el esquema cartesiano, la naturaleza se convierte en una abstracción, la Naturaleza, y, análogamente, los seres humanos en Humanidad. Esta distinción no solo coloca al ser humano en un ámbito distinto, sino que, además, lo eleva y reduce la naturaleza a algo de lo cual puede disponer a su antojo. Cuando el ser humano haya conseguido dominar —es decir, racionalizar— todo cuanto le rodea, esto es, la naturaleza de la cual se distingue a sí mismo; todo será racional en el mundo. El camino hacia ese momento será un progresar dentro del proceso de modernización.
No obstante, la indisoluble conexión entre naturaleza y cultura “significa que no nos hallamos ante dominios, sino ante un solo y mismo concepto dividido en dos partes que se encuentran ligadas, si puede decirse así, por un fuerte elástico2”. Para Latour, por este motivo, nunca hemos sido modernos. Creíamos serlo porque creíamos poder hacer existir dos dominios diferentes y dejamos de serlo cuando nos dimos cuenta de que solo hay uno. Aun así, el dualismo cartesiano sigue vigente: al homogeneizar a todos los seres humanos en una Humanidad abstracta, el ser humano sigue siendo el centro de todo discurso, especialmente aquel sobre el calentamiento global. En este sentido, el Hombre Moderno, el Ser Humano, está más vivo que nunca. Es precisamente el proyecto de modernización, junto con sus antecedentes y consecuentes, lo que ha llevado a Gaia3 —como diría Latour— hasta el colapso ecológico. Así lo expresa Donna Haraway:
La Especie Hombre no dio forma a las condiciones para la Tercera Era del Carbono o la Era Nuclear. La historia de la Especie Hombre como agente del Antropoceno es una repetición casi ridícula de la gran Aventura fálica, humanizadora y modernizadora, en la que el hombre, hecho a imagen de un dios desvanecido, adquiere superpoderes en su ascensión sagrado-secular, solo para acabar en una trágica detumescencia, una vez más. El desplazamiento de pueblos, plantas y animales; las vastas masas forestales arrasadas y la violenta extracción de metales son anteriores a la máquina de vapor; pero esto no nos autoriza a retorcernos las manos por la perfidia del Ántropos, o de la Especie Hombre o el Hombre Cazador4.
Por consiguiente, quizás el colapso ecológico no ha sido producido tanto por los seres humanos como por la configuración de unas relaciones que anteponen la acumulación ilimitada de capital. Estas relaciones vinculan el poder, el capital y la naturaleza y refuerzan la distinción cartesiana. Entonces, la primacía de las relaciones de producción y acumulación no solo es antropocéntrica, sino también especista, porque perpetúa la visión de la naturaleza o el entorno como algo a dominar. Al mismo tiempo, considerar el capitalismo como un agente ajeno a lo que Moore llama «la trama de la vida5», refuerza la teoría del excepcionalismo humano. De modo que la industrialización no consiste en un proceso mediante el cual la sociedad humana actúa sobre la tierra o la naturaleza, sino en el proceso que desarrollaron las relaciones de clase, poder y producción a través de la naturaleza. Al mismo tiempo, la naturaleza opera a través de nuestros cuerpos. Por ello, hay que valorar los momentos históricos y los cambios que en ellos se dan tal y como plantea Moore:
La historia no es un juego mundial de pin-pon en el que una jugadora, la Sociedad, volea fuerzas históricas con otra, la Naturaleza […] es como una cascada de procesos y relaciones que implican al medio ambiente, a través de la cual fluyen haces particulares de naturaleza humana y extrahumana […] el haz de transformaciones que hizo posible la máquina de vapor en las décadas finales del siglo XVIII fue coproducidopor naturalezas humanas y extrahumanas6.
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Siguiendo con esto, podemos afirmar que las relaciones humanas y extrahumanas se configuran en la naturaleza, de la cual el ser humano forma parte. Son justamente estas relaciones las que suscitan los cambios históricos. Por consiguiente, los procesos de producción e intercambio de mercancías reestructuran los vínculos de la humanidad-en-la-naturaleza. De manera que el curso histórico no es antropocentrista; sin embargo, la historia sí, entendida, por supuesto, como la narrativa hegemónica y lineal en la que el ser humano —y más particularmente el hombre blanco de clase alta— ha protagonizado todo cuanto ha acontecido, o, al menos, todo lo relevante sucedido. Ahora bien, en el siglo XXI, juega un rol fundamental el individualismo promovido por el neoliberalismo, que sostiene la noción de que somos individuos separados e independientes de los entornos que nos albergan. Frente a esto, la realidad es que todo cuanto ha acontecido ha sido coproducido, como dice Moore, por las relaciones humanas y extrahumanas. Al mismo tiempo, lo acaecido ha sido siempre contingente y susceptible de una rápida transformación. En este sentido, podría decirse que las promesas de la Modernidad han fracasado: la naturaleza no puede ser dominada, racionalizada o «pacificada». No puede dominarse aquello que te constituye, pues “Tierra/Gaia es creadora y destructora, no un recurso para ser explotado o una pupila para ser protegida, ni una madre lactante que nos promete nutrición. Gaia no es una persona, sino un fenómeno sistémico complejo que compone un planeta vivo7”.
En esta línea, Latour plantea reemplazar la identidad de “modernos” por la noción de Confinados-a-la-tierra —earthbound en inglés—. Este término se refiere a aquellos seres vivos que están atados a la Tierra y, por tanto, limitados por ella. Es un término que no se trata específicamente a los seres humanos, por lo que puede albergar múltiples especies. Se busca, así, generar un discurso antiespecista. En este sentido, siguiendo con esta idea de Latour, los principios de la Modernidad no pueden mantenerse si se pretende alcanzar una perspectiva no antropocéntrica. Los mismos conceptos e ideas de la Modernidad vienen ya manchados de cierto antropocentrismo, entre otros vicios. Quizás no se trate de afirmarlos ni de negarlos, pues hemos de hacernos cargo de nuestra herencia; sino de encontrar nuevas vías a través de las cuales navegar estas cuestiones. Así lo esboza Latour:
No sería imposible progresar, pero sería un progreso al revés, que consistiría en retornar sobre la idea de progreso, en retrogresar, en descubrir otra forma de sentir el paso del tiempo. En lugar de hablar de esperanza, habría que explorar una manera bastante sutil de desesperar, lo que no significa «desesperarse», sino evitar confiar tan sólo en la esperanza como engranaje sobre el tiempo que pasa8.
Quizás haya que pensar estas cuestiones de forma tentacular, como diría Haraway, dado que “nadie vive en todas partes, todo el mundo vive en algún lugar. Nada está conectado a todo, todo está conectado a algo9”. Haraway propone, entonces, el Chthuluceno. Se trata de configurar un mundo relacional históricamente situado. No se trata de un mundo antropocéntrico, sino de un embrollo —muddle en inglés— multiespecie habitable.
Con todo esto, sostengo que los preceptos que caracterizaron a la Modernidad no pueden caracterizar un mundo no-antropocéntrico. Si el objetivo es reconocer las distintas formas de vida que habitan la Tierra y las interconexiones que se dan entre ellas, quizás no podamos seguir hablando de libertad o de igualdad. Para poder seguir llevando los preceptos modernos por bandera, seguiremos necesitando el espejo del que hablaba Virginia Woolf al apuntar que “las mujeres han servido durante siglos como espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar la figura del hombre duplicando su tamaño natural10”.
Pero esta vez dirigido hacia la naturaleza, pues la única manera en la que el Hombre ha podido agrandarse históricamente ha sido precisamente empequeñeciendo el entorno que le rodea y del que forma parte. Quizás haya llegado, al fin, el momento de romper el espejo.
No obstante, el abandono de los principios básicos de la Modernidad no tiene que ser un motivo de pena o lamento. Quizás hay otros principios mejores o más adecuados para un mundo relacional aún por descubrir. O, tal vez, haya que abandonar la misma noción de «principios».
Notas
[1] Descartes, R. (2017). Meditaciones metafísicas. Graíño Ferrer, G. (trad.). Madrid. Alianza Editorial, pp. 69.
[2] Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Dilon, A. (trad.). Buenos Aires. Siglo Veintiuno Editores, pp. 29.
[3] Bruno Latour plantea la idea de Gaia, la Tierra como ser vivo que se autorregula. Gaia no sería el escenario en el que viven los seres vivos, sino que estaría constituido por estos mismos.
[4] Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Torres, H. (trad.). Bilbao. Edición consonni, pp. 85.
[5] Jason W. Moore emplea la expresión «la trama de la vida» —web of life en inglés original— para referirse a la naturaleza en su integridad, tanto dentro de nosotros como a nuestro alrededor, como flujo de flujos. Para conocer más sobre este término, recomiendo leer su libro El capitalismo en la trama de la vida.
[6] Moore, J. (2020). El capitalismo en la trama de la vida. Castro Lage, M.J. Madrid. Traficantes de sueños, pp. 206.
[7] Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Torres, H. (trad.). Bilbao. Edición consonni, pp. 78.
[8] Latour, B. (2017). Cara a cara con el planeta. Dilon, A. (trad.). Buenos Aires. Siglo Veintiuno Editores, pp. 27.
[9] Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Torres, H. (trad.). Bilbao. Edición consonni, pp. 61.
[10] Woolf, V. (2014). Una habitación propia. Martínez Muñoz, C. (trad.). Madrid. Alianza Editorial, pp. 50.
Cita este artículo (APA): Fernández, L. (2025, 22 de julio). Modernidad y antropocentrismo: una ruptura necesaria. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/07/modernidad-antropocentrismo-especismo
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