La crítica domesticada: del desafío al consumo

¿Sigue siendo la crítica un desafío al poder o solo otro producto de consumo? Hoy, gran parte de la crítica se vacía de su sentido original y se convierte en espectáculo, reforzando las lógicas que dice cuestionar. De herramienta para limitar el poder, pasa a ser un juicio de gusto, absorbido por el mercado y reducido a entretenimiento.

En la vigente sociedad proliferan varios fenómenos que generalmente no gustan. Podemos atender al consumismo, al denostado individualismo, a la acuciante ruptura del tejido social, ¿pero no pudiera ser que nuestra desaprobación tomara formas que fueran combustible para aquello que precisamente causa tanto descontento? 

En esta línea, plasmamos a la crítica contemporánea como una extensión de los fenómenos de consumo. El crítico se escuda en su posición y se presenta como inapelable. Parece ocupar un afuera del mundo similar al cliente, que más allá de todo motivo concreto siempre tiene la razón.

En su conocida obra, El sistema de los objetos1, Baudrillard atiende a una curiosa contradicción. Nuestros objetos de consumo son diseñados con una racionalidad pasmosa, mientras que las necesidades que hacen surgir estas perpetuas producciones de objetos resultan del todo punto irracionales. 

La crítica, de manera análoga, hoy en día constituye una parcialización arbitraria que se dirige hacia algo, que, por algún casual, nos resulta ese día intolerable. El análisis racional llega hasta dónde la microcrítica corta, pero no al amplio fenómeno que en primer lugar origina el descontento y cuyo marco permanece, siempre, inalterado.

Foucault identifica2 la función de la crítica con la de poner límites a un poder desbordante o, al menos, cuestionar las dimensiones que cobra el mismo. La crítica se erige como:

[un modo de] no querer ser gobernado de esta forma (…) no querer tampoco aceptar esas leyes porque son injustas3.

De igual forma, la crítica constituiría una forma del sujeto de imponerse sobre los marcos de verdad que han sido impuestos por el poder. En palabras del autor:

 La crítica es el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder […] la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva4.

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Pero, en la sociedad actual, ¿tiene la crítica predominante esa función? Esta parece haberse estandarizado y convertido en un reclamo productivo, vacío de contenido y ofrecido al público como mero espectáculo. Sin ir más lejos, en los talents shows la crítica no limita el poder, sino que se dirige contra el indefenso. No cuestiona los criterios de verdad, sino que, con frecuencia, se regodea de la inadecuación de aquel que es criticado.

La crítica se convierte en un circo romano cuyo sádico entretenimiento es celebrado por una audiencia glotona de miseria ajena. El chivo expiatorio es aquella persona que, por ciertos motivos, no se defiende o no puede defenderse: el concursante que, para pasar de fase debe atravesar el rito iniciático de soportar las calamidades verborreicas del juez de turno.

¿Participa el mundo filosófico de esta ansia consumista? No son pocas las ocasiones en las que la historia de filosofía queda reducida a una opción de consumo basada en lo que resuena con los propios prejuicios del cliente-lector. Esto obviaría la inicial noción de asombro e incluso de incomodidad de la que parte el pensamiento. Se reduce el pensamiento o su producto a la acomodación a una serie de expectativas5.

Esta acomodación traiciona la función de la crítica, pues, en el mejor de los casos, queda convertida en un mero juicio de gusto. Los desarrollos teóricos agradan o desagradan. El crítico es un consumidor satisfecho o insatisfecho.

Pero más aún, y de manera completamente inconsecuente, es frecuente que el crítico se posicione en un supuesto afuera del mundo. Sus juicios se presentan como inapelables: el cliente siempre tiene la razón. Contra la idea de comunidad y de pensamiento en colectivo se impone el dominio de un consumidor con un hambre voraz. De la persona criticada se espera simple acatamiento y sumisión a la crítica.

¿No se oculta tras esta formulación una cierta cobardía? A veces la crítica encierra el deseo de imponer la propia posición como indiscutible, amparándose en el hecho de que se presenta como tal. Se omite así que en ella se asumen posiciones, igualmente cuestionables.

Y es por ello por lo que argumentamos a favor de realizar una crítica al exceso crítico que atisbamos. No se trata en exclusiva de una mala aplicación de un recurso fundamental para la vida en sociedad, sino que se sospecha que este mal ejercicio de la crítica podría confundir sobre los nobles usos de esta.

El ejercicio de la crítica debería, al menos, implicar un cierto compromiso con la verdad de lo que se está sosteniendo. Más aún, de un reconocimiento de la crítica como instancia transversal a todos de la que nadie se libra.

A partir de esta cuestión, se abre la posibilidad de reflexionar sobre los usos éticos y comunitarios de la crítica.

Notas

[1] Baudrillard, J. (1981). El sistema de los objetos. Siglo xxi ediciones.

[2] Foucault, M. (1995). ¿Qué es la crítica? [Crítica y Aufklärung]. Daimon Revista Internacional de Filosofía, (11), 5-26.

[3] Ibídem, pág. 7.

[4] Ibídem, pág. 8.

[5] Este riesgo, por otro lado, podría constituir un argumento a favor de los estudios reglados en filosofía y humanidades. En ellos, al no tratarse a las humanidades como una forma de ocio, su carácter optativo o basado en la apetencia se neutraliza en cierta medida. En un alto porcentaje de los casos, quienes cursan estos programas se ven obligados a leer textos que van más allá de sus prejuicios iniciales.

Cita este artículo (APA): García, A. (2025, 8 de agosto). La crítica domesticada: del desafío al consumo. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/08/la-critica-domesticada-consumo-y-poder

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