¿Por qué estamos tan cansados todo el tiempo?

¿Por qué vivimos agotados incluso en nuestros días libres? Porque en la sociedad neoliberal del rendimiento hemos convertido el descanso en una extensión del trabajo. Bajo el imperativo del “yo puedo”, acumulamos tareas, nos autoexplotamos y culpamos por no ser “productivos”, olvidando el ocio contemplativo que nutre creatividad, arte y humanidad.

La respuesta corta es: porque se nos olvidó cómo descansar. Esto me permitiré elaborarlo profundamente conforme vaya avanzando en este texto. Definitivamente, hoy vivimos en el contexto del capitalismo tardío, que es profundamente neoliberal, en donde todos somos empresarios de nosotros mismos y nos vendemos como una especie de marca personal que hay que desarrollar y que debe de tener un crecimiento constante. Hay una idea de éxito muy puntual que hay que alcanzar, o al menos es lo que se cree, porque hemos malentendido el éxito como un ente unívoco que admite solamente un único significado.

Se ha hablado mucho sobre los fenómenos que este estilo de vida basado en el rendimiento, caracterizado por la constante aceleración aditiva, ha tenido en nosotros los sujetos humanos. Hay consecuencias sumamente preocupantes, desde el aumento en la tasa de suicidios en la población, el aumento en padecimientos crónicos como la depresión, la ansiedad social, el aislamiento y otros que encajan aún más en el contexto educativo y profesional, como el síndrome de burnout.

Byung-Chul Han es uno de los autores y filósofos contemporáneos que se ha dedicado a criticar este exceso de acción. Lo maneja como un exceso de positividad. Pero la positividad en este sentido no quiere decir “optimismo” o “ser positivo”; la positividad implica “hacer”. Es el exceso de hacer cosas. El exceso de accionar constantemente. El exceso de actividad. Nos encontramos en una sociedad que hace, pero no contempla, no piensa, no cuestiona, no reflexiona, únicamente produce. Solo “hace cosas”, produce.  Irónicamente, no hay negatividad —no entendida como el ser negativo o pesimista—solo hay positividad —acción, producción—. Una sociedad hiperestimulada constantemente por información, negocios, consumo. La productividad no es mala o incorrecta en sí misma, pero el problema es precisamente ese exceso de tan característico del neoliberalismo, en donde cada sujeto es el empresario de sí mismo, un proyecto, una empresa.

Esto ha provocado una sociedad cansada, agotada, individuos agotados hasta de sí mismos. Y lo más curioso de esto es que la categoría de “sociedad disciplinar”, aquella que describe Foucault cuando analiza a las cárceles, los hospitales y las escuelas, ya ni siquiera nos describe. Ya no hace falta ser disciplinado o esclavizado por el agente externo, porque el imperativo del rendimiento proviene de uno mismo.

A menudo se explica de la siguiente forma: la sociedad disciplinar de la que hablaba Foucault recuerda y opera bajo el deber. El que es disciplinado dice “yo debo”, pero el deber establece claramente un límite. Realiza la acción bajo el mandato del deber, y una vez realizada la acción, ha cumplido con el deber de realizar la tarea demandada. Pero el que es autoesclavizado no se dice “yo debo”, sino “yo puedo”. La diferencia fundamental está en la acumulación de tareas basadas en poder hacer. Ese “yo puedo más” o “yo puedo con todo” tan tóxico.

La falta de narración y de conclusión se hacen presentes en esta parte. Porque la articulación de tareas pasó de tener un rosario, un sentido, una narración; a ser sustituida meramente por pendientes, actividades, tareas que son meramente aditivas y que, lo peor de todo, son autoimpuestas porque, claro, “yo puedo”.  La aceleración constante del flujo de vida de cada uno, entendido como un empresario de sí mismo, no es ninguna narración; es, meramente, una aceleración constante sin final ni dirección. Y por eso nos sentimos tan cansados todo el tiempo, porque no hay sentido último, ya no hay una trascendencia, no hay narración ni conclusión, solo hay aceleración.

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La música sin sus silencios no sería nada más que ruido. Lo mismo sucede con la contemplación. Contemplar significa observar y apreciar las cosas detenidamente con todos los sentidos. Pensar, guardar silencio y reflexionar es también contemplar. Hoy en día, el descanso ya no es ni siquiera “lo otro” del trabajo, ni tampoco es lo opuesto de él o del negocio. El descanso es el producto del trabajo. Nos vamos a “descansar” en nuestros días de descanso y, si lo hacemos, descansamos del trabajo, pero no descansamos de las otras responsabilidades que tenemos: la vida misma se ha convertido en negocio.

En el sentido helénico del término, el ocio es hacer lo que me gusta. Y el negocio, es la negación del ocio. Negocio es hacer lo necesario para poder vivir, y el ocio es vivir. Pero hoy no hay ocio, todo es negocio. Porque hasta en nuestros supuestos tiempos de descanso utilizamos esos tiempos de “ocio” para hacer otro tipo de negocios en el sentido de que seguimos haciendo tareas necesarias para vivir —limpieza, aseo, compras para la vivienda, pagar deudas, emprendimientos o proyectos personales, etc.—. Es decir, los días de descanso no son en realidad días para descansar. Los días de descanso son días para descansar del trabajo, pero valdría la pena preguntarse: ¿realmente son días de ocio? Cada uno podrá responder según su rutina personal.

El siguiente punto es importante, porque esta es otra de las manifestaciones profundamente relacionadas con la autoexigencia. Y es que todos somos amos y esclavos en uno solo. ¿Cuándo fue la última vez en que fuiste capaz de tomar un día de descanso sin que te sintieras culpable por no estar haciendo algo “productivo”? La realidad es que seguramente te haya pasado al menos en un par de ocasiones, porque la ética del neoliberalismo, este tóxico “yo puedo”, ha sido tan exitoso al implementarse en nuestra moral que uno mismo es el que se culpabiliza ya no solo de sus fracasos, sino hasta de sus mismos descansos y tiempos de ocio.

Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal […] En el régimen neoliberal de autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo1.

Es importante recuperar la capacidad contemplativa y ociosa. El ocio, entendido como poiesis, es creación. El ocio es revolucionario, es y ha sido la fuente sobre la cual se siguen sosteniendo tradicionales culturales hasta nuestros días. No es lo mismo ocio que pereza. Como conclusión: es importante recuperar el valor de la contemplación, de escuchar profundamente hasta nuestro propio cuerpo para identificar las señales cuando la autoexigencia nos está consumiendo. Recuperar y reconocer la importancia de labores más contemplativas asociadas al arte, la filosofía y las humanidades, entes que han distinguido a la humanidad a lo largo de la historia.

Notas

[1] Han, B-C. (2014). Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder Editorial.

Cita este artículo (APA): Faz, E. (2025, 14 de agosto). ¿Por qué estamos tan cansados todo el tiempo? Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/08/por-que-estamos-siempre-cansados

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