Una aproximación feminista a la práctica hegemónica de la medicina

¿Por qué la medicina debe abandonar su visión centrada en el cuerpo masculino? Porque el androcentrismo médico invisibiliza las diferencias biológicas y sociales de las mujeres, perpetuando sesgos que ponen en riesgo su salud. Una medicina con perspectiva de género es ética, científicamente necesaria y clave para tratamientos eficaces y justos.

La salud de las mujeres ha sido históricamente malinterpretada debido al androcentrismo médico, que universaliza el cuerpo masculino y excluye las particularidades femeninas. Este sesgo perpetúa desigualdades y pone en riesgo la vida de las mujeres. Es urgente transformar el modelo biomédico desde una perspectiva feminista crítica para incorporar una epistemología que reconozca la especificidad de las mujeres en la investigación y la política sanitaria. Este cambio no solo es una cuestión de justicia sino de salud pública.

El Modelo Médico Hegemónico (MMH)1,2 ha desarrollado un “saber-poder” que universaliza el cuerpo masculino como medida de lo humano, excluyendo las particularidades biológicas, psicológicas y sociales de las mujeres3. Este reduccionismo ha llevado a una medicalización de los cuerpos femeninos que, lejos de responder a necesidades propias, reproduce normas patriarcales bajo el ropaje de la objetividad científica.

Numerosos estudios de revisión científica refuerzan este diagnóstico, las investigaciones médicas tienden a invisibilizar las diferencias de género al asumir que los resultados en varones pueden extrapolarse a las mujeres, generando brechas diagnósticas y terapéuticas4. En el mismo sentido, las mujeres son más propensas a recibir tratamientos psicofarmacológicos en lugar de abordajes integrales, reflejo de una interpretación sesgada de sus síntomas como «emocionales» u «hormonales«5.

Este sesgo no solo perpetúa desigualdades en la atención, sino que también pone en riesgo la vida y el bienestar de las mujeres. Las diferencias biológicas y de género son relevantes en casi todas las enfermedades, y no considerar estas variables genera intervenciones ineficaces o incluso peligrosas6.

¿Por qué es necesario un cambio estructural en la medicina? La historia de la medicina moderna está profundamente marcada por una visión androcéntrica que ha privilegiado el cuerpo masculino como norma universal de lo humano. Esta perspectiva ha tenido consecuencias significativas en la forma en que se entiende, investiga y atiende la salud de las mujeres. El modelo médico hegemónico ha reproducido sesgos de género que, lejos de limitarse a la teoría, tienen efectos concretos en la atención clínica, la investigación biomédica y las políticas sanitarias. Esta situación plantea una pregunta urgente: ¿es necesario cambiar la forma en que se concibe y practica la medicina para hacer justicia a las necesidades reales de las mujeres?

Dicho cambio es éticamente necesario y también científicamente urgente. Desde la perspectiva feminista crítica, es sustancial poner a examen el papel de la medicina dentro del MMH. Existen evidencias del sesgo de género  que atraviesa la investigación médica y la práctica clínica, afectando la salud y el bienestar de millones de mujeres en el mundo7,8.

El MMH se caracteriza por una lógica cientificista y patriarcal que ha establecido lo masculino como modelo universal, el “saber-poder” centrado en el varón adulto como sujeto universal de la medicina. Esta universalización se ha construido a partir de estudios clínicos, farmacológicos y fisiológicos realizados predominantemente en cuerpos masculinos, que luego se aplican de forma indiscriminada a las mujeres. El cuerpo femenino, cuando no es directamente excluido, es patologizado o reducido a su función reproductiva.

Esta denuncia no es nueva. Desde hace décadas, autoras feministas han señalado cómo la medicina ha participado en la producción de una normatividad de género que define lo masculino como estándar y lo femenino como desvío, anomalía o alteración hormonal. Un análisis sumamente valioso es desarrollado por Antequera porque reúne los argumentos esenciales  y radica en mostrar cómo este patrón se reproduce cotidianamente en la práctica médica y se inscribe en un marco institucional, académico y profesional que legitima esas diferencias como “naturales” y, por tanto, inmodificables.

Existe una clara invisibilidad y sesgo en la investigación científica. Este no se limita a la práctica clínica, sino que tiene raíces más profundas en el diseño de la investigación científica. Verdonk evidencia que gran parte de los estudios clínicos aún tienden a excluir a las mujeres, o no desagregar los datos por sexo, a pesar de que las respuestas fisiológicas y farmacológicas pueden diferir significativamente entre géneros. Este fenómeno, conocido como sex data gap, tiene como resultado tratamientos menos eficaces o incluso peligrosos para las mujeres.

De hecho, hasta finales del siglo XX, los ensayos clínicos excluían sistemáticamente a mujeres en edad fértil bajo el argumento de proteger posibles embarazos. Esta práctica, lejos de ser una medida ética, invisibilizaba a la mitad de la población bajo el supuesto de que los efectos observados en hombres eran universalmente válidos. Como resultado, muchas terapias, medicamentos y dispositivos médicos llegaron al mercado sin haber sido debidamente evaluados para mujeres, lo que condujo a resultados adversos evitables.

Por  ejemplo: Beery y Zucker analizaron más de 2000 estudios biomédicos y encontraron que la mayoría no solo excluían animales hembras en experimentación preclínica, sino que ni siquiera reportaban el sexo de los sujetos utilizados. Esta omisión no es un error técnico, sino un reflejo de la negligencia estructural en torno a las particularidades biológicas y hormonales del cuerpo femenino.

En la práctica médica cotidiana, las mujeres están predispuestas a la medicalización y  el sobrediagnóstico. Esta invisibilidad se traduce en un tratamiento desigual que suele oscilar entre la banalización de los síntomas y la hipermedicalización de los cuerpos femeninos. Según Hamberg, las mujeres tienden a ser menos estudiadas a fondo en contextos de dolor crónico, problemas cardiovasculares o autoinmunes, y más propensas a recibir psicofármacos ante síntomas que podrían tener origen físico. Este patrón se ha naturalizado como una diferencia de género, cuando en realidad es una expresión de prejuicios sistémicos.

Un ejemplo es el de los infartos: durante años, la investigación médica describió los síntomas del ataque cardíaco con base en manifestaciones típicas en varones —dolor agudo en el pecho y brazo izquierdo—. Las mujeres, que pueden presentar síntomas más difusos como fatiga, náuseas o dolor abdominal, eran mal diagnosticadas o directamente desestimadas. Esto ha llevado a mayores tasas de mortalidad femenina en enfermedades cardiovasculares, no por razones biológicas, sino por ignorancia clínica sostenida por el androcentrismo.

Asimismo, se ha observado una tendencia a patologizar funciones naturales del cuerpo femenino como la menstruación, la menopausia o el embarazo, tratándolos como problemas médicos que requieren intervención. Esta medicalización de la vida reproductiva ha reforzado la idea de que el cuerpo de la mujer es inherentemente disfuncional, impredecible y emocionalmente inestable, lo cual justifica una vigilancia constante por parte de la medicina.

La hegemonía médica reproduce jerarquías, es un patrón que no es únicamente accidental, sino estructural: el saber médico se ha constituido históricamente como una herramienta de control social y disciplina miento, en particular sobre los cuerpos femeninos. A través del diagnóstico, el tratamiento y la prescripción, se reproduce una lógica de poder que define qué es un cuerpo sano, qué comportamientos son normales y qué intervenciones se justifican en nombre de la salud.

Esta crítica se inscribe en una tradición foucaultiana que entiende la medicina no solo como una ciencia, sino como una tecnología de gobierno. Desde esta perspectiva, el acto médico no es neutral, sino que opera dentro de un entramado de relaciones de poder que refuerzan desigualdades de género, clase y raza. Por ello, reformar la medicina no es simplemente una cuestión de corregir errores técnicos o incluir más mujeres en las estadísticas, sino de cuestionar los supuestos epistemológicos y políticos que sostienen su práctica.

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Es necesaria una medicina biocéntrica, con perspectiva de género, es decir, centrada en el valor inherente de cada expresión de vida y el valor intrínseco de la vida humana9. Frente a este panorama, diversas organizaciones científicas y organismos de salud pública han comenzado a abogar por una medicina con perspectiva de género. Esto implica no solo desagregar datos por sexo, sino también considerar cómo las construcciones sociales de género afectan la salud, el acceso al sistema y la experiencia de enfermedad. La educación médica debe incorporar herramientas críticas que permitan a los y las profesionales reconocer y desactivar los sesgos de género en su formación y práctica.

Además, se requiere una transformación de los paradigmas de investigación científica. La equidad de género no puede lograrse si la ciencia continúa funcionando bajo un modelo que premia la neutralidad abstracta, sin reconocer que toda producción de conocimiento está situada. Incorporar la voz de las mujeres, tanto en la investigación como en la toma de decisiones sanitarias, es una condición indispensable para avanzar hacia una medicina más justa y eficaz.

La pregunta inicial —¿debe cambiar la medicina que gira en torno al cuerpo masculino?— no solo puede responderse afirmativamente, sino que requiere una acción decidida. El cambio es urgente no solo por razones éticas, sino por razones científicas: una medicina que ignora las diferencias de sexo y género produce conocimientos incompletos, tratamientos inadecuados y decisiones clínicas que ponen en riesgo la salud de millones de mujeres. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud, han señalado que las enfermedades no transmisibles —como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y los trastornos mentales— son hoy las principales causas de muerte en el mundo. Aunque estas enfermedades afectan a toda la población, su impacto no es neutral: las mujeres enfrentan mayores barreras para acceder a tratamientos oportunos y adecuados debido a factores de género, socioeconómicos y culturales10.

Por todo lo anterior, es necesario desarmar el MMH por medio de la crítica pública, para no solo visibilizar el problema, sino que se reconozca la dimensión política del saber médico. El feminismo no busca oponerse a la ciencia, sino ampliarla y mejorarla mediante la inclusión de otras experiencias, cuerpos y formas de conocimiento. Solo así será posible construir una medicina verdaderamente universal, que no se limite a tratar a las mujeres como hombres defectuosos, sino que reconozca su especificidad como una fuente legítima y valiosa de saber.

Frente al androcentrismo aún dominante, el desafío es epistemológico y político. Implica revisar no solo los protocolos clínicos, sino también los fundamentos sobre los que se ha construido la autoridad médica. El futuro de la salud pública exige una ciencia más inclusiva, interdisciplinaria, biocéntrica y sensible al género. No se trata de añadir, sino de cambiar la estructura, el método, la fórmula y, sobre todo, su práctica.

Notas

[1] Menéndez, E. (2013). Modelo Médico Hegemónico: Reproducción técnica y cultural. Salud Colectiva 9, no. 1. 11-23. Sitio web: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4989316

[2] Menéndez, E. (2020). Modelo médico hegemónico: tendencias posibles y tendencias más o menos imaginarias. Salud Colectiva 16, e2615. Sitio web: https://www.scielosp.org/article/scol/2020.v16/e2615/es/

[3] Antequera, M. (2013). Análisis desde el punto de vista feminista del rol de la medicina en el modelo de salud médicohegemónico. VII Jornadas de Jóvenes Investigadores. Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Sitio web: http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2013/11/mesa_16/antequera_mesa_16.pdf

[4] Verdonk, P., de Haes, H. & Lagro-Janssen, A. (2009). From gender bias to gender awareness in medical education. Advances in Health Sciences Education, 14(1): 135–152. DOI: https://doi.org/10.1007/s10459-008-9100-z

[5] Hamberg, K. (2008). Gender bias in medicine. Women’s Health, 4(3): 237–243. DOI: https://doi.org/10.2217/17455057.4.3.237

[6] Beery, A. & Zucker, I. (2011). Sex bias in neuroscience and biomedical research. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 35(3): 565–572. DOI: https://doi.org/10.1016/j.neubiorev.2010.07.002

[7] Organización Panamericana de la Salud. (2023). Enfermedades no transmisibles. Sitio web: https://www.paho.org/es/temas/enfermedades-no-transmisibles

[8] ​Organización Mundial de la Salud. (2023). Enfermedades no transmisibles. Sitio web: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/noncommunicable-diseases​

[9] Rivero, P., & Pérez, R. (2006).  Ética y bioética. Nexos 28 (343), 23-27.

[10] Orozco-Núñez, E., Ojeda-Arroyo, E., Cerecer-Ortiz, N., Guerrero-López, C. M., Ramírez-Pérez, B. M., Heredia-Pi, I., Allen-Leigh, B., Feeny, E., & Serván-Mori, E. (2024). Gender and non-communicable diseases in Mexico: a political mapping and stakeholder analysis. Health research policy and systems, 22(1), 46. Sitio web: https://doi.org/10.1186/s12961-024-01125-7

Cita este artículo (APA): Lazo, J. (2025, 3 de agosto). Una aproximación feminista a la práctica hegemónica de la medicina. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/08/salud-mujeres-perspectiva-genero

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