De la melancolía a la pereza: cómo la Iglesia convirtió un malestar en pecado

¿Cómo pasó la melancolía de ser una enfermedad a convertirse en pecado en la Edad Media? La melancolía, entendida en la Antigüedad como exceso de bilis negra, se transformó con el cristianismo en acedia: un pecado ligado al descuido de sí mismo y al control social. En la cultura medieval, esta “pereza espiritual” dejó de ser un temperamento médico para convertirse en un mecanismo religioso de disciplinamiento colectivo, articulando culpa, penitencia y moral pública.

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Antes de abordar de lleno el problema de la acedia1 como pecado y su función de control social en el mundo medieval, parece necesario rastrear, aunque sea de manera escueta, el origen de este concepto y su relación con la melancolía, atendiendo a su desarrollo histórico.

Si deseamos reflexionar seriamente sobre el concepto de melancolía, es preciso remontarnos a los antiguos textos hipocráticos, donde encontramos una de sus primeras definiciones desde el saber médico. La concepción de la melancolía como una tristeza persistente causada por el exceso de bilis negra en el cuerpo humano respondía a un razonamiento lógico-médico-ontológico. Más allá de la correlación micro-macrocósmica del pensamiento griego —por ejemplo, la manera en que las estaciones del año afectaban el temperamento de los individuos—, esta visión se anclaba en la dietética y el estudio del cuerpo como fundamentos para comprender el malestar melancólico.

En ese primer sentido, la melancolía era entendida como una enfermedad que afectaba profundamente la cabeza de quien la padecía. Así, la bilis negra se convirtió en el humor excretal por excelencia, capaz de comprometer la estabilidad emocional, intelectual y espiritual del individuo.

Por otro lado, el concepto de acedia, proveniente del griego akedia, aludía al descuido de uno mismo, con implicaciones sociales significativas. En una cultura como la griega, con una noción fuerte de comunidad jerárquicamente estructurada, el abandono de sí mismo implicaba, de forma indirecta, una perturbación del orden social.

A partir de esta distinción inicial, podríamos afirmar que la melancolía tenía una raíz médica, mientras que la acedia pertenecía más bien al campo de la ética. No obstante, esta afirmación resulta simplista. Ya en los escritos éticos de Aristóteles y en la teoría humoral de su tiempo, la melancolía aparecía no solo como enfermedad, sino también como deficiencia de carácter, o incluso como un temperamento en sí mismo. En la Ética Nicomáquea leemos:

Los irritables y los melancólicos son los que preferentemente se arrojan al desenfreno intemperante; pues los unos, por motivo de su rapidez, y los otros, debido a su violencia, no anhelan la razón, ya que siguen su imaginación2.

De este modo, Aristóteles configuraba la melancolía también como un obstáculo para la deliberación racional. Al impedir el uso adecuado de la facultad deliberativa —fundamento de la vida política—, la melancolía tenía implicaciones directas sobre la posibilidad misma de ejercer la ciudadanía.

De acuerdo con Klibansky, Panofsky y Saxl3, en el umbral de la Edad Media se produce una revaloración ética del sujeto. Mientras el mundo griego exaltaba la capacidad intelectual como virtud central, el cristianismo irrumpió con una nueva escala de valores: se privilegió la capacidad de sufrir, de soportar el dolor y el castigo como cualidad suprema del alma.

La noción de pecado y la conciencia de estar marcados por el pecado original promovieron una concepción antropológica pesimista: el ser humano se percibía como intrínsecamente caído, portador de una culpa constitutiva. En este nuevo paradigma, el eje moral del sujeto medieval giraba en torno a la culpa y la posibilidad de redención. La vida religiosa se articuló mediante rituales y manuales de confesión que orientaban al individuo y daban sentido a su existencia.

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En este marco, las concepciones sobre la melancolía se transformaron profundamente. La mística Hildegard von Bingen, en obras como El libro de la sanación holística y De las causas y los remedios, afirmaba4 que en el paraíso la bilis negra era pura y cristalina. Sin embargo, tras la expulsión de Adán y Eva, aquella sustancia se tornó oscura como reflejo de la caída. Para Hildegard, esta corrupción del humor melancólico explicaba la inadecuación de los melancólicos no solo para el ejercicio religioso o intelectual, sino incluso para tareas manuales. Los hombres melancólicos eran considerados torpes e ineptos, mientras que las mujeres con menstruación abundante debían casarse pronto o ingresar al convento, pues la bilis negra las hacía más aptas para la vida espiritual que para la matrimonial5.

En la tradición patrística más antigua, los pecados capitales eran ocho: gastrimargia, fornicatio, philargyria, ira, tristitia, acedia, cenodoxia y superbia. A partir de la clasificación de San Gregorio Magno, tristitia y acedia se funden en un único pecado. Así, el descuido de uno mismo —ya no solo en sentido ético, sino espiritual— se amalgama con una tristeza de origen “meridiano”.

En Estancias: la palabra y el fantasma en la cultura occidental, Giorgio Agamben señala que, cuando tristitia y acedia se fusionan y aparece la figura del demonio meridiano —aquel que ataca a los espirituales al mediodía, en pleno cenit solar—, la melancolía deja de ser considerada un temperamento para ser condenada como pecado6.

Durante la Edad Media, se consolida una antropología teológica que considera al sujeto inclinado al mal por naturaleza. El pecado ocupa el centro del universo moral medieval, articulando las relaciones entre ley, fe y castigo. En este contexto, se redactan manuales de confesión que permiten identificar, clasificar y corregir las faltas cometidas, promoviendo una moral pública basada en la penitencia.

Es importante subrayar que la penitencia no solo debía cumplirse en el fuero interno, sino también de forma pública. Era la visibilidad del castigo lo que garantizaba el perdón, instaurando una verdadera pedagogía del miedo. Quien observaba el sufrimiento de otro aprendía, por anticipación, las consecuencias de su propio desvío.

Así, el pecado opera como un dispositivo de control que moldea la conciencia del sujeto, delimitando lo que puede o no hacer, desear o aspirar. Se convierte en el eje estructurador de la vida moral medieval.

En este marco, la acedia se presenta como el más peligroso de los pecados capitales. ¿Por qué? Recuperando a Cassiani, citado por Agamben, leemos:

Apenas este demonio empieza a obsesionar la mente de algún desventurado, le insinúa en su interior el horror del lugar en que se encuentra […] el que hubiera podido ser útil a los demás y guiarlos y, en cambio, no ha concluido nada ni ha sido de provecho a ser alguno […]7.

Esta descripción revela el potencial desarticulador de la acedia: rompe los vínculos del sujeto con su comunidad, socava su vocación espiritual y compromete su papel como guía de almas. Si quienes deben sostener el tejido espíritu-social ceden ante la desgana, el conjunto de la estructura eclesial y política se ve amenazado. Con todo, hace falta matizar este último punto.

En la actualidad, el canon eclesiástico ha traducido la acedia como mera pereza; sin embargo, esta visión reduccionista parece estar directamente relacionada con una suerte de «espíritu capitalista», para el que el mayor de los males es la improductividad humana. En todo caso, la acedia medieval debe ser entendida más allá de la desgana y la pereza: es desesperación ante la imposibilidad de la acción salvífica. El pecador anhela la salvación y la perfecta unión de amor con dios; sin embargo, no puede desear ni querer la vía que lo conduce a ella.

La acedia, en ese sentido, se configura no solo como un pecado personal, sino como un atentado contra el equilibrio colectivo, una enfermedad del alma con consecuencias políticas a través de la consciencia de la imposibilidad. La acedia fue pecado; ahora se revuelca sobre el signo de la pereza-improductividad. Este cambio, por sutil que parezca, nos muestra, en su propio delineamiento —casi tan sugerente como la confusión de aquello que se desdibuja en lontananza—, un cambio de sentido mucho más profundo. Es el paso del control espiritual al mercantil.

Notas

[1] «Acedia» tiene varios significados principales, incluyendo un término antiguo para el desánimo espiritual o pereza, una forma de tristeza y tedio que puede llevar a un abandono de las responsabilidades espirituales, un pescado plano conocido como lenguado en otras regiones, y en el uso coloquial puede referirse al sabor ácido de algo. 

[2] Aristóteles. (1985). Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Madrid: Gredos

[3] Klibansky, P. (2020). Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza.

[4] Hildegard von, B. (2013). De las causas y remedios. Madrid: Hildegardiana.

[5] Radden, J. (2000). The nature of melancholy. From Aristotle to Kristeva. New York, Oxford University Press.

[6] Cassiani consideraba, siguiendo a Evagrius Ponticus, que la acedia era causada por la tentación de un demonio, y observó que probablemente el Salmo 91 hacía referencia al demonio meridiano: «el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; mi Dios, en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador, de la peste destructora. Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; Escudo y adarga es su verdad. No temerás al terror nocturno, ni saeta que vuele de día, ni pestilencia que ande en oscuridad, ni mortandad que en medio del día destruya» [cfr. Bliblia de estudio de la Vida Plena. Reina- Valera, pp . 785, 786].

[7] Agamben, G. (2006). Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia: Pre-Textos.

Bibliografía

Aristóteles. (2007). El hombre de genio y la melancolía. Barcelona: Acantilado.

————-. (2022). Política. Madrid: Alianza.

Rábanos, J. (2006). Visión y tratamiento del pecado en los manuales de confesión de la Baja Edad Media hispana. Hispania Sacra, 411-447.

Artículo de:

Marco Antonio Díaz Villeda
Licenciado en filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Maestro en filosofía moral y política por la UAM

Cita este artículo (APA): Díaz, M. (2025, 17 de septiembre). De la melancolía a la pereza: cómo la Iglesia convirtió un malestar en pecado. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/09/acedia-pecado-medieval-melancolia

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