¿Qué significa la figura de un detenido desaparecido en términos de presencia y ausencia? La desaparición forzada crea una paradoja: convierte la ausencia en una forma de presencia espectral. Negar el lugar y la existencia busca borrar huellas, pero estas persisten en la memoria, la política y la justicia, transformando el “no-lugar” en un espacio de resistencia colectiva.
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La figura de un detenido o detenida desaparecida plantea una paradoja radical que desafía nuestras nociones de «ser«, «lugar«, «presencia» y «ausencia«; principios que, precisamente, debido a su amplitud, siempre han resultado complejas de abordar; sin embargo, en el concepto «detenido desaparecido/detenida desaparecida» es donde más palpable se nos presenta dicha complejidad, debido a que todas las nociones anteriormente señaladas se encuentran en una disputa de presencia/ausencia —incluyendo las nociones mismas de ello—.
Podríamos señalar que existe una especie de aporía de la detención-desaparición, ya que, la existencia de una persona detenida desaparecida se trata de una existencia definida por su borrado, es decir, la condición de existencia de una persona detenida desaparecida recae, precisamente, en su ausencia. He aquí una de las paradojas centrales, ya que, al parecer, la figura del detenido o detenida desaparecida habita al mismo tiempo dos categorías opuestas entre sí —ausencia/presencia—. ¿Qué es aquello que ha sido borrado de aquella existencia desaparecida?
El acto de desaparición no es solo la eliminación física de un individuo —lo cual puede incluso, en situaciones, no darse, a diferencia de la muerte, por ejemplo—, sino también la negación de su lugar-en-el-mundo (condición que desde Heidegger convierte un ente en un existente). Implica borrar las huellas de su existencia, algo que resultará Levinasianamente imposible.
Quien trata de borrar huellas deja otras inintencionadamente, y son estas últimas las que nos interesan1.
Por tanto, este borrado nunca es completo, pues su ausencia se convierte en una presencia espectral; siguiendo a Derrida, aquello que está presente y ausente simultáneamente, aquello que no puede ser reducido a una existencia material, pero cuya influencia es real y persiste en el tiempo, reclamando justicia y verdad.
El espectro se convierte en cierta cosa difícil de nombrar: ni alma, ni cuerpo, y una y otro […] aunque desaparecen inmediatamente en la aparición, en la venida misma del (re)aparecido o en el retorno del espectro2.
La desaparición opera de manera distinta dependiendo del lugar que se ocupa frente a ella. Para el perpetrador, él o la desaparecida no está completamente desaparecido: su ubicación es, al menos en algún momento, conocida. Pero el acto mismo de desaparición tiene como fin des-localizarlo, hacerlo in-accesible y negar su existencia. La pregunta que cabría hacerse aquí es: ¿para quién?
Para los familiares, la desaparecida o desaparecido no está ausente: está en la memoria, en las búsquedas, en las preguntas sin respuesta. Para la sociedad, oscila entre la invisibilidad —cuando se silencia su historia— y la presencia icónica —cuando se convierte en un símbolo de resistencia—.
Desde esta perspectiva, cabe recordar lo que plantea Judith Butler: no todas las vidas son reconocidas como vidas propiamente dichas, ni todas son consideradas dignas de ser lloradas. La desaparición radicaliza esta jerarquización de las vidas, negándoles incluso la posibilidad de ser reconocidas como una pérdida. ¿Para qué llorar por alguien que ni siquiera se tiene conocimiento de su paradero?
Pareciera ser la pregunta implícita en los discursos que legitiman o justifican estas prácticas, inscribiendo a los y las desaparecidas fuera de los marcos de reconocimiento. Como señala Butler:
La vida se sustrae al duelo cuando ha sido retirada del campo de reconocimiento: no se admite que haya habido pérdida, porque no se reconoció la vida como vivible3.
Sin embargo, la filósofa también enfatiza que el duelo puede ser un acto político, y que las vidas no lloradas tienen el potencial de desestabilizar los marcos que deciden qué vidas importan. En este caso, las fotografías, los relatos, las marchas y las memorias colectivas sobre los y las desaparecidas son formas de resistencia que restituyen al menos un elemento de su humanidad —aun cuando sea de manera espectral—, reclamando justicia y verdad. Así, las y los desaparecidos irrumpen como una ausencia que insiste, subvirtiendo los intentos de su borrado.
Desde otro enfoque, Giorgio Agamben nos permite pensar a las y los desaparecidos como figuras de la nuda vida; es decir, una vida que ha sido despojada de toda inscripción jurídica o política, y que puede ser asesinada sin que ese acto constituya jurídicamente un homicidio. La desaparición forzada es una técnica de poder soberano que expulsa al sujeto de la ley, pero lo mantiene bajo su dominio total.
El desaparecido/a es vida que puede ser eliminada sin consecuencias, porque ya no cuenta como sujeto jurídico: es vida matable pero no sacrificable4.
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Así, la desaparición no es solo violencia física o simbólica, sino un mecanismo biopolítico que produce sujetos que ya no tienen derecho siquiera a ser considerados víctimas.
Ontológicamente, los y las desaparecidas deben de estar en algún lugar, ya que los cuerpos, vivos o muertos —e incluso, lo que hicieron con ellos (pensemos en aquellas víctimas del Holocausto convertidas a cenizas en las cámaras de gas)— no pueden escapar del espacio. Incluso esas cenizas, aparentemente desprovistas de cualquier «lugar propio», se movilizaron por el viento, se esparcieron por otros espacios, conservando de algún modo una traza de su existencia material. Así, lo desaparecido nunca desaparece del todo: siempre deja restos, aunque estos sean inasibles o inubicables. Sin embargo, la desaparición opera como una estrategia que intenta destruir toda referencia concreta a un lugar, tanto material como simbólico. Esta negación de la localización convierte a las y los desaparecidos en lo que podríamos denominar un «no-lugar» fenomenológico: un espacio inaccesible para la percepción, la memoria inmediata y la justicia.
Este «no-lugar» no implica una inexistencia absoluta, sino más bien una des-localización deliberada que intenta vaciar a la persona de cualquier inscripción ontológica y política. Sin embargo, y paradójicamente, este no-lugar cobra presencia en el ámbito simbólico y político. La ausencia no es solo una carencia: es un vacío que se carga de significados, transformándose en un lugar político donde se convoca memoria, lucha y resistencia. El acto de desaparición, aunque dirigido a borrar toda huella, fracasa en su intento, ya que deja trazas que movilizan acciones colectivas. Así, este «no-lugar» se resignifica como un espacio que, aunque inaccesible físicamente, se convierte en el eje de demandas de justicia, reconocimiento y reparación.
El o la desaparecida estuvieron en muchos lugares: en el momento de su captura, en los sitios de tortura, en los espacios donde su vida fue arrebatada. Sin embargo, el acto de desaparición intenta borrar esos rastros, negando no solo su existencia presente, sino incluso su pasado. Esta des-localización lo convierte en una figura del tránsito: siempre en movimiento hacia un lugar inaccesible, un lugar que, paradojalmente, constituye un no-lugar.
Para sus familiares, ellas y ellos son la figura del «ni»: ni vivo ni muerto, ni presente ni ausente. Es una existencia que desafía las categorías binarias, instalada en la imposibilidad del duelo y la certeza. Ellos y ellas, con su desaparición, son la figura misma de la melancolía, de la ambigüedad. La desaparición es una forma radical de suspensión: están en algún lugar, pero ¿dónde? Esta pregunta, más que una búsqueda de localización, señala un vacío existencial y político del cual debemos hacernos cargo, a pesar de —o, precisamente, debido a— la imposibilidad de respuestas, imposibilidad que únicamente será posible —como bien lo sabía Derrida— debido a que es imposible.
Notas
[1] Lévinas, E. (2001). La huella del otro. Taurus; pág. 22.
[2] Derrida, J. (1995). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Trotta; pág. 1.
[3] Butler, J. (2009). Marcos de guerra: las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós; pág. 50.
[4] Agamben, G. (1998). Homo Sacer: sovereign power and bare life (D. Heller-Roazen, Trans.). Stanford University Press; pág. 83.
Cita este artículo (APA): Peschke, H. (2025, 15 de septiembre). El lugar im-posible. Pensar la des-aparición. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/09/desaparicion-forzada-presencia-ausencia
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