¿Existe realmente la objetividad en el periodismo?

¿El periodismo debe ser completamente objetivo para ser verdadero? No necesariamente: los hechos sin relato pierden humanidad. Un periodismo narrativo, que reconoce la subjetividad y genera empatía, puede transmitir con mayor honestidad la experiencia y el sufrimiento humano, superando la frialdad de los datos cuantitativos.

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En las facultades de periodismo suele enseñarse que la neutralidad es una virtud del periodista. Esa neutralidad, a su vez, habitualmente tiende a identificarse con la objetividad. Ahora bien, ¿es cierto que los relatos más objetivos cuentan mejor —esto es: más verdaderamente— la realidad? ¿Es posible hablar de un periodismo que informa desde la subjetividad?

En el periodismo, se repite como un mantra la idea de la objetividad. Según esta idea, es más propio de los periodistas informar a la ciudadanía evitando escribir más adjetivos de lo necesario para una descripción objetiva, ya que ese es el supuesto rol de un periodista, explicar la verdad de forma neutral, evitando mancharla con la subjetividad del periodista1, como si la subjetividad y la verdad estuvieran en pugna. Eso es lo que enseñan en las facultades de periodismo: «menos es más». Cuantos menos adjetivos, cuantos menos rodeos y cuánta más precisión aséptica, mejor periodismo, más objetivo y más serio.

Para el periodista esencialista, esto es, que supone que la esencia del periodismo es aspirar a una descripción lo más objetiva posible, se puede incluir la misma información excluyendo la parte relativa a los sujetos. Frente a esto, concuerdo con Leila Guerreiro cuando arguye:

[…] la información sería la misma, pero ¿sería la misma?2

El periodista esencialista, si se parase a pensarlo por un momento, se daría cuenta de que, quizás, ser fiel a la verdad no es incompatible con las descripciones subjetivas; que, en ocasiones, la subjetividad es inseparable de la verdad e incluso conveniente.

[…] cuando leemos que hubo cien mil víctimas en un maremoto de Bangladesh, el dato nos asombra, pero no nos conmueve3.

Resulta evidente el sufrimiento que ese maremoto generó a las víctimas, ¿acaso no es esencialmente inseparable de esos sujetos mismos, inabarcable por los simples puntos de datos informativos desembarazados de adjetivos y de historias subjetivas?

Algo semejante ocurre con el genocidio en Gaza del que estamos siendo testigos. Nos cuentan en los medios de comunicación que más de 50.000 personas han sido asesinadas por el ejército israelí, y que más de la mitad de estos son mujeres y niños4. Los medios de comunicación están repletos de datos, pero faltos de relato. Como si el relato, por su carácter más subjetivo y cercano a lo ficcional, no fuera serio. Como si el relato no fuera una forma subjetivamente objetiva de informar, no fuera quizás la forma más absoluta de informar acerca de los acontecimientos que involucran a sujetos. Como si esa capacidad del relato de hacer coincidir nuestra visión con la de un otro, esto es, de generar empatía, no fuera, en este caso, la única manera de informar sobre el sufrimiento ajeno.

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El periodismo con delirios cientificistas, donde por principio la cuantificación es siempre mejor que la cualificación, ha perdido la posibilidad de ser un cuarto poder efectivo. Se  ha limitado a convertirse en un simple proyector del mundo, realizándolo no con píxeles de información lumínica, sino con información lingüística. Una información que, eso sí, por no ser capaz de incorporar la narración (el concepto) como parte constitutiva de la misma, es ciega5.

El rol del periodismo es mucho más que informar a la ciudadanía, siendo considerado y comprometido con la verdad y la neutralidad6. Y es mucho más —o mucho menos— porque el periodismo aparece desde experiencias subjetivas fruto de relaciones intersubjetivas entre seres humanos. El objeto de estudio resulta no ser un objeto, sino un sujeto. Por lo tanto, ese anhelo de neutralidad, que es una forma de la objetividad —o de acercarse a ella—, tan característico de un periodismo como el que defiende el periodista español David Jiménez en El Director7, no es propio del periodismo de verdad, el que se hace yendo a los lugares y observando a su gente. El que se hace aceptando que la subjetividad también tiene una verdad que contar. El que se hace con textos «detallistas», es decir, que no reducen los acontecimientos a una lista de hechos. El periodismo que se hace renunciando a la soberbia de hacer un inventario acerca del mundo. El que prefiere la subjetividad de un relato contado desde la honestidad, con el corazón en la mano palpitante de una verdad quizás más absoluta. El periodismo que se cuestiona el dogma de la objetividad.

Hay aquella mentira de la objetividad. El periodismo —literario o no— es lo opuesto a la objetividad. Es una mirada, una visión del mundo, una subjetividad  honesta: «fui, vi, y voy a contra lo que honestamente creo que vi8».

Sin embargo, una de las dificultades más grandes para este tipo de periodismo es encontrar ese equilibrio entre el uso de elementos propios de la literatura de ficción y narrar historias reales. Concuerdo con Guerreiro9 en que la diferencia entre el periodismo ejercido desde la narración de un acontecimiento y las historias de ficción narradas es que el periodismo no se hace desde una inspiración surgida de la epifanía, sino desde ese trabajo de campo e investigativo propio de los periodistas. La dificultad se encuentra allí, en esa delgada línea de separación, en esa frontera, donde el periodista narrativo debe evitar transgredirla.

Aun así, en ocasiones, frente a un mundo digitalizado, informatizado hasta las trancas10, donde abundan los relatos falsos o, lo que es casi lo mismo, bits de información descontextualizados, la apuesta por un periodismo que se detenga en los detalles, que informe desde la delicadeza subjetiva de una narración no ficticia, es una alternativa que no debería desdeñarse.

Notas

[1] Podría decirse que esa es la visión del periodista que el periodista español David Jiménez, en su novela El Director (2019), propugna. De hecho, cuando describe ese periódico idílico, sueño de todo periodista joven, neutral, comprometido solo con la verdad, lo bautizó como El Normal. Claro, como si solo el periodismo así entendido fuera normal.

[2] Guerriero, L. (2022). Zona de obras. (4ª ed.). Editorial Anagrama, p. 64

[3] Ibídem, p. 66

[4] BBC News Mundo. (2025, 23 de marzo). Nos llueven balas como si fuera un diluvio: Israel ataca el sur de Gaza y ya se superan los 50.000 muertos. BBC. Sitio web: https://www.bbc.com/mundo/articles/c0l1r6xdl9ko

[5] Kant ya nos adelanta con gran maestría la idea de que los puntos de información sensible (lo que llama «intuición de la sensibilidad») necesitan del pensamiento (lo que llama «concepto del entendimiento») para que se nos aparezca el fenómeno, el punto de partida y el límite de nuestro conocimiento. Para más, véase la obra de Kant Crítica de la razón pura en su apartado de la Lógica trascendental.

[6] Guerriero, L. (2022). Zona de obras. (4ª ed.). Editorial Anagrama.

[7] Jiménez, D. (2019). El director. Libros del K.O.

[8] Guerriero, L. (2022). Zona de obras. (4ª ed.). Editorial Anagrama, p. 71

[9] Ibídem.

[10] Expresión que suele acompañar a un verbo, utilizada en España, para referirse a que algo o alguien está completamente lleno, que ha llegado al límite o al máximo. En este caso, se quiere hacer énfasis en que el mundo está absolutamente informatizado, de que lo está hasta el punto de que no puede estarlo más. No hace falta indicar que se usa en un sentido exagerado, metafórico.

Bibliografía

Kant, I. (2013). Crítica de la razón pura. Taurus.

Cita este artículo (APA): Darraz, Y. (2025, 1 de septiembre). ¿Existe realmente la objetividad en el periodismo? Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/09/existe-la-objetividad-en-el-periodismo/

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