¿Por qué la muerte es una verdad inapelable y qué revela sobre nuestra existencia? La muerte no es un accidente, sino la certeza que define nuestra condición humana. Creer en la inmortalidad es un error lógico y existencial: la vida es finita, contingente y valiosa precisamente porque termina. La verdadera sabiduría surge de aceptar nuestra finitud sin recurrir a ilusiones trascendentes.
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En su ensayo titulado Lo que creo1, que forma parte de su libro Por qué no soy cristiano2, Bertrand Russell aborda el tema de la muerte desde su característico escepticismo. La muerte, para él, implica la completa aniquilación de su ser: «yo creo que cuando muera me descompondré y no sobrevivirá nada de mi ego3». El filósofo premio Nobel de Literatura asociaba en ese mismo texto la dignidad humana con la ausencia de miedo ante la muerte. En este sentido, la religión para él no es, sino, una forma de tratar de mitigar ese miedo natural al final de la vida.
En nuestra cultura audiovisual posmoderna, quien seguramente ha encarnado de forma más patética y al mismo tiempo investida de dignidad ese rasgo de la condición humana expuesto por Russell, fue el personaje del replicante Roy Batty en la película Blade Runner4. ¿Cómo no empatizar desde nuestra condición mortal con este personaje ficticio y al mismo tiempo tan veraz? ¿Cómo no, tratándose de un ser diseñado mediante bioingeniería en todo idéntico a un ser humano (de ahí el término replicante), pero en situación de esclavitud y con un tiempo tasado de vida de cuatro años, que busca agónicamente la forma de prolongarlo?
Lo expresa tan bien como suele Fernando Savater5:
La certidumbre personal de la muerte nos humaniza, es decir, nos convierte en verdaderos humanos, en «mortales» […] Las plantas y los animales no son mortales porque no saben que van a morir, no saben que tienen que morir: se mueren, pero sin conocer nunca su vinculación individual, la de cada uno de ellos, con la muerte. […] No es mortal quien muere, sino quien está seguro de que va a morir. […] Los auténticos vivientes somos solo los mortales, porque sabemos que dejaremos de vivir y que en eso precisamente consiste la vida.
En este sentido, Roy Batty es tan humano como nosotros, porque es tan mortal —es decir, sabe que dejará de vivir— como nosotros.
En Blade Runner la emoción predominante es el miedo a la muerte que el replicante manifiesta a lo largo del filme; un miedo que, como él mismo subraya, convierte en esclavo a cualquiera. Desde el reconocimiento de la existencia de ese miedo alienante, erige Russell:
La religión, como tiene su origen en el miedo, ha dignificado ciertas clases de miedo y ha hecho que la gente no las considere vergonzosas. Y de esta forma ha hecho un gran perjuicio a la humanidad, puesto que todo miedo es malo6.
Miedo y religión van de la mano de acuerdo con esta línea de pensamiento filosófico que nos retrotrae hasta las ideas del filósofo alemán post-hegeliano Ludwig Andreas Feuerbach, el primero que ofrece un esbozo del concepto de alienación. Ante la incapacidad de afrontar la realidad de su finitud, el ser humano enajena su esencia, objetivándola en ese ser trascendente que es dios7, cuya existencia otorga certeza a la inmortalidad de su criatura.
Este rasgo esencialmente antropológico, que destaca la aspiración a la trascendencia negando la evidencia de los límites constitutivamente humanos, se complementa con el retrato también tan humano —demasiado humano— que nos presenta el personaje de Roy Batty en su angustiosa lucha en contra de su muerte inminente, impulsado por su cándido egocentrismo. Es el mismo que detecto entre los creyentes en la vida eterna o, más bien, los incrédulos, porque, como advierte certeramente Fernando Savater, el que cree en su inmortalidad cree contra toda evidencia, pues no hay cosa más cierta que la muerte de cada cual8.
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Este egocentrismo, este creer que mi yo merece la vida eterna, supone un doble error. Lógico, en primer lugar, porque la expresión “vida eterna” es en sí misma un oxímoron: la vida, por definición, no es eterna; toda forma de existencia inmortal pierde su condición de vida humana. Luego, en términos personales —que son los que existencialmente importan, puesto que de algo tan personal como la muerte hablamos— la vida tuvo un comienzo antes del cual yo no existía, ni tenía por qué existir; de ahí nuestra condición de seres contingentes, es decir, de existencia no determinada, sino puramente accidental (piénsese en la cantidad de óvulos y espermatozoides no fusionados —y por así decir desperdiciados— que han condenado a la nada eterna a un número incalculable de personas con sus respectivos yoes en potencia).
En consecuencia, a quienes nos tocó la lotería de existir nos cabe únicamente maravillarnos por haber sido agraciados con esa suerte; pero no hay razón lógica ni metafísica que respalde nuestra exigencia de inmortalidad para nuestros respectivos yoes. Tampoco moral, porque, desde esta perspectiva, ¿de verdad todos merecemos esa —por otro lado, absurda, como ya he argumentado— “vida eterna”? ¿Y qué clase de “vida eterna” le corresponde a un yo sin autoconciencia, sin historia y por consiguiente sin oportunidad de generar memoria, que sería el caso de un bebé fallecido a las pocas semanas o meses de haber nacido, algo que era bastante frecuente hace décadas y aun en la actualidad en ciertos países o territorios desgraciados?
La clave para comprender el dislate lógico que supone la creencia en la vida eterna nos la ofrece de nuevo Bertrand Russell. Radica en su distinción entre lo que él llama, de un lado, «filosofía de la naturaleza» y, de otro, «filosofía del valor»9. La confusión entre una y otra es una de las fuentes de dolor para el ser humano, según el filósofo británico; porque una cosa es «lo que consideramos bueno, lo que nos gustaría»10 —vivir eternamente jóvenes, por ejemplo—, y otra muy distinta «lo que es»11.
Lo segundo es «incumbencia de la filosofía de la naturaleza»12, sobre lo cual carece por completo de influencia la perspectiva antropocéntrica que representa la filosofía del valor. Debemos aceptar nuestra pertenencia a la naturaleza, pues toda evidencia científica la sustenta con solidez epistémica. Que somos tan producto de sus leyes como cualquier otro ente del universo aparentemente menos sofisticado es una verdad incómoda que nos está costando décadas si no siglos aceptar, y que puede que nunca asimilemos del todo. Últimamente, el progreso, sobre todo de la neurociencia, ofrece toda una panoplia de bien afinados argumentos que demuestran —como apuntara Russell hace décadas— que nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestros miedos tienen sus causas en factores naturales.
Este naturalismo no anula la entidad humana de los valores morales, políticos y estéticos, sin los cuales nuestras vidas perderían lo que las dota de sentido. Pero la perspectiva de la filosofía del valor no debe nublar nuestro juicio sobre las verdades que corresponden al ámbito de la filosofía de la naturaleza. Porque, en efecto, esa confusión puede ser fuente de sufrimiento, llevando incluso, en casos extremos, a incurrir en delirios como los nacionalismos, que anulan el humanismo, más congruente con la semejanza fundamental existente entre todas las personas, avalada por la ciencia —es decir, de la filosofía de la naturaleza—, y fundamento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, producto de la filosofía del valor e hito no suficientemente reconocido del progreso ético de la humanidad.
Los seres humanos pertenecemos a una especie cuyos miembros nos encontramos siempre, consciente o inconscientemente, en busca de significado. Pero no podemos elevar a la categoría de significado cósmico los efímeros hechos de la vida que a cada cual interesan personalmente. Cada uno de nosotros ocupa, desde la perspectiva de su experiencia existencial, el centro del mundo; pero esa percepción debe encontrar el límite de la lógica inapelable de la filosofía de la naturaleza. Seguramente es este uno de los ingredientes indefectibles de eso que llamamos sabiduría.
Notas
[1] Bertrand, R. (1927, 1999). Por qué no soy cristiano. (Trad. Josefina Martínez Alinari). Edhasa; págs. 75-127.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem, pág. 83.
[4] Scott, R. (director). (1982). Blade Runner. The Ladd Company, Shaw Brothers, Blade Runner Partnership.
[5] Savater, F. (1999, 2005). Las preguntas de la vida. Ariel; págs. 31-32.
[6] Bertrand, R. (1927, 1999). Por qué no soy cristiano. (Trad. Josefina Martínez Alinari). Edhasa; pág. 83.
[7] Feuerbach, L. (1841, 1975). La esencia del cristianismo. (Trad. José Luis Iglesias). Ediciones Sígueme; págs. 81-82.
[8] «Los llamados “creyentes” son en realidad los “incrédulos” que niegan la realidad última de la muerte»; cfr. Savater, F. (1999, 2005). Las preguntas de la vida. Ariel; pág. 39.
[9] Ibídem, pág. 83.
[10] Ibídem.
[11] Ibídem.
[12] Ibídem, pág. 84.
Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2025, 26 de septiembre). La lógica inapelable de la muerte. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/09/muerte-y-existencia-humana
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Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.