La guerra y la fe: notas para una teología de la guerra

¿Por qué la guerra ha sido considerada el origen del orden político y social en Occidente? Porque tanto la filosofía como la teología la entienden como fundamento ontológico del ser: desde Heráclito hasta la tradición judeocristiana, el conflicto es la condición que da forma a la realidad, al Estado y a su lógica de poder.

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La guerra es casi tan antigua como la humanidad misma. Es en la guerra y por medio de esta —o gracias a ella— que se ha dado origen al orden moderno en el que habitamos, al mundo que conocemos; entendido esto, es su sentido amplio.

La guerra no solo ha dado origen a lo que vemos y habitamos en nuestro tiempo presente, que es lo que entendemos como el orden existente, sino que también ha dado origen al mundo entendido como la totalidad de lo real, tanto en un sentido ontológico como histórico. Ya lo decía Enrique Dussel:

Desde Heráclito hasta Von Clausewitz o H. Kissinger, ‘la guerra es el origen de todo’, si por todo se entiende el orden o el sistema que el dominador del mundo […]1.

Fue Heráclito, hablando del ser, del logos, quien sostenía el conflicto dialéctico entre fuerzas antagónicas como algo fundamental para el cambio. Parménides, quien descubrió al Ser, fue el que planteaba la división antagónica entre el ser y el no ser. Esto no es algo menor, ya que de lo que nos habla es que la naturaleza propia del ser, es decir, la ontología misma junto con el fundamento de las cosas, es y está siendo esencialmente conflicto, o dicho en otras palabras: la esencia del ser es la guerra. De ahí que no deba sorprendernos que, a lo largo de la historia, la guerra haya sido el medio por el cual se ha ido dando forma a la realidad en la que habitamos. 

Un mito
fundacional de occidente

 La tradición cristiana hará ecos de la tradición filosófica sobre el Ser, identificando a dios con el Logos de la filosofía griega: «en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios2«.

La palabra que se traduce como “verbo”, en griego, es Logos, por lo que aquí se identifica directamente a dios con esa razón lógica que ordena la realidad. Dios se vuelve así el Ser mismo, ese mismo Ser que identificaron Heráclito y Parménides y sobre el cual se afirman y reconocen como esencia la guerra y el conflicto. El Antiguo Testamento hace alusiones explícitas a Dios como un Dios guerrero: “Jehová es varón de guerra; Jehová es su nombre3”.

Jehová (dios) de los ejércitos4 es quien manda al pueblo de Israel a tomar la tierra de Canaán5 en una guerra santa, no dejando a nadie vivo, ni siquiera a mujeres, niños y animales, porque la aniquilación tenía que ser total6. El pueblo de dios crea un nuevo orden sociopolítico en la tierra de Canaán por medio de la guerra santa. Su estado teocrático, sustentado en Jehová de los ejércitos, nace gracias a un dios guerrero.

La guerra, por tanto, es algo que atraviesa el relato bíblico de principio a fin. Dios lucha desde los orígenes contra Satanás. La pugna entre él y Adán, que sirve como metáfora de la tensión que hay entre el Estado y el individuo, da origen al mundo terrenal cuando Adán y Eva son expulsados del paraíso. Nuevamente, la guerra se presenta como condición fundante del mundo. Luego, en el Apocalipsis, al final de los tiempos, se da la lucha final entre dios y satanás, en donde este último es derrotado definitivamente.  

Estos mitos sobre el origen del pueblo hebreo no solo muestran una tradición teológica que va a permear Occidente —y por consiguiente al mundo entero—, sino que además sirven como una especie de “tópico literario” o “constante universal” dentro de la historia, ya que, desde la antigüedad grecorromana hasta nuestros días, la realidad social, con base ontológica en el orden sociopolítico, ha surgido como fruto de la guerra.

Si la guerra aparece dentro de nuestro horizonte de acciones, pasando de lo posible a lo probable por medio de racionalizaciones y justificaciones para librarla, es precisamente porque venimos de una tradición —tanto filosófica como teológica— que sitúa a la guerra como fundamento ontológico de la realidad, que forma las condiciones de posibilidad bajo las cuales todo aquello que puede ser real se actualiza en real.

Lo que quiero mostrar es que, tanto en la tradición filosófica como en la teológica —dos disciplinas cuyo objeto de estudio es la reflexión sobre el Ser—, este se nos presenta y concibe con una naturaleza esencialmente guerrera. De ahí que la ontología resultante nos lleve a pensar la realidad como algo que no puede existir sin la inevitable irrupción de la guerra.

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El Estado como dios secularizado

Carl Schmitt fue quien planteó esta idea de que los conceptos usados en la teoría del Estado moderno son conceptos teológicos que se fueron secularizando7. También fue quien conceptualizó lo político como la distinción entre amigos y enemigos8, en donde el enemigo, concreto y existencial, es quien posibilita la lucha9.

Nótese que la noción de lo político en Schmitt opera como una especie de neurosis en la constitución de la “estructura psíquica del Estado”. Si un Estado A posee un ejército, ello no implica necesariamente intenciones ofensivas; puede sostenerse bajo la premisa de que se trata únicamente de una fuerza defensiva. Sin embargo, la incertidumbre respecto a si los Estados vecinos albergan pretensiones militares convierte esa mera posibilidad en una amenaza latente. En este marco, la constitución de la amenaza existencial no distingue entre lo real y lo ficticio: toda amenaza es concebida como posible, y esa posibilidad, en la psique estatal, se transforma en una alta probabilidad.

Lo patológico está en que la amenaza real surge, precisamente, de la amenaza ficticia. Ese es, en esencia, su carácter neurótico10. Se trata de un reflejo de la historia de Edipo, donde lo imaginado termina configurando lo real y dando forma al destino.

Ahora bien, lo anterior resulta comprensible si recordamos que nuestra concepción del Estado es, en buena medida, una secularización de la teología cristiana. Esta tradición sostiene entre sus dogmas la imagen de un dios guerrero, y a lo largo de la historia ha privilegiado —ya sea de manera consciente o inconsciente, explícita o velada— el valor de la guerra11.

En consecuencia, un Estado que hereda la figura de un dios guerrero y que se alimenta tanto de la tradición teológica como de la filosófica —ambas con una ontología que concibe al Ser en términos de conflicto— está predispuesto a considerar la guerra como el medio privilegiado para establecer las condiciones sociales, políticas, económicas y jurídicas que configuran la totalidad de la realidad. Por eso, la guerra se entiende como el mecanismo para instaurar un nuevo orden de cosas cada vez que se considere necesario o que así lo decida la élite del poder, determinando no solo el orden social, sino también la propia configuración de lo político.

La guerra total

El concepto de guerra total hace referencia a todas las áreas que componen un Estado-nación, es decir, su economía, su industria, su sociedad civil, etc. Están orientadas a sostener el esfuerzo bélico de dicho Estado, para poder derrotar a su enemigo, por medio de la destrucción del esfuerzo bélico del contrincante. Toda línea divisoria entre la sociedad civil y la guerra es difuminada, porque la guerra es el único fin.  

Fue el militar Erich Ludendorff12 quien desarrolló la línea de pensamiento en torno a la “guerra total”. No obstante, la historia ofrece múltiples ejemplos de cómo diversos Estados recurrieron, mucho antes, a la movilización absoluta de todos los recursos nacionales en función del triunfo bélico. Uno de los casos más destacados fue la Francia napoleónica en el siglo XIX, que organizó a la nación entera para sostener sus campañas militares. Ya en el siglo XX, Alemania llevó esta lógica al extremo en ambas guerras mundiales, convirtiéndose en el paradigma de la guerra concebida como un esfuerzo integral y totalizante.

Frente a este término, el filósofo prusiano Carl von Clausewitz teorizaba ya en el siglo XIX, a partir de su experiencia en las guerras napoleónicas, el concepto de “guerra absoluta”, donde todas las categorías políticas, sociales y morales quedan subordinadas a la guerra13. Mientras que en la guerra total el fin político es la victoria y, con base en este objetivo, se movilizan todos los esfuerzos de la nación, generando así una sociedad guerrera y militarizada, en la guerra absoluta se da la guerra por la guerra: todo lo demás queda sometido a su lógica.

Clausewitz, sin embargo, concibe la guerra absoluta como un modelo abstracto, teórico y filosófico, algo imposible de materializar en la realidad. Sostengo que se equivoca en este punto, a la luz de la línea de pensamiento que hemos venido desarrollando.

Si el Estado es una secularización del dios judeocristiano, y este dios es un dios guerrero, entonces la guerra absoluta se convierte en la condición basal de todo Estado moderno. Es aquello que posibilita su constitución, garantiza su mantenimiento y asegura su legitimidad. De hecho, hablar de guerra absoluta equivale a hablar del propio Estado: ambos términos se vuelven intercambiables en una suerte de tautología.

Así, la guerra absoluta no pertenece al terreno de lo ideal ni se limita al ámbito de lo posible. Se ubica, más bien, en el terreno de lo real, porque, como hemos visto, la guerra constituye el origen mismo de todo orden político y social.

Conclusión

Lo que hemos visto aquí no es una constatación de hechos obtenida a través de una teología política de la guerra, sino más bien un llamado de alerta: una advertencia que nos sacuda del idealismo político en el que estamos inmersos y que, al mismo tiempo, nos lleve a comprender la realidad política que habitamos. Todo esto nos deja frente a algunos desafíos.

El desafío de la filosofía política consiste en articular nuevas formas de concebir y entender el Estado, formas que no dependan de las categorías clásicas de Occidente que hasta ahora hemos revisado. Por su parte, la teología política enfrenta un desafío paralelo: el de elaborar una noción del Estado basada no en la secularización del dios guerrero que hemos descrito, sino en la del dios de amor anunciado por Jesús en los evangelios.

Ambos desafíos comparten un mismo horizonte: la preservación del Estado. Sin embargo, surge inevitablemente la pregunta: ¿es esto realmente lo deseable?, ¿no sería preferible abolir el Estado?, ¿habrá que volver a plantear el anarquismo como alternativa?, ¿es posible que la teología tenga la capacidad de revitalizar, desde dentro, un movimiento anarquista?

Notas

[1] Dussel, E. (2011). Filosofía de la liberación. Fondo de Cultura Económica.

[2] Biblia. (2011). Juan 1:1 (Nueva Versión Internacional). Bible Gateway. https://www.biblegateway.com/passage/?search=Juan%201%3A1&version=NVI

[3] Biblia. (1960). Éxodo 15:3 (Reina-Valera, 1960). Bible Gateway. https://www.biblegateway.com/passage/?search=Exodo%2015%3A3&version=RVR1960

[4] Porque yo soy Jehová, que agito el mar y hago rugir sus ondas, soy tu Dios, cuyo nombre es Jehová de los ejércitos (Isaías 51:15).

[5] En teología, este tema lleva el nombre de “la matanza de los cananeos”, y es un tópico que genera bastante debate, dadas las implicaciones morales que tiene, al haber dios encomendado a los israelitas cometer genocidio contra las tribus cananeas.

[6] Véase los siguientes textos bíblicos: Deuteronomio 7: 1-2; Deuteronomio 20: 16-18.

[7] Schmitt, C. (2009). Teología política (J. Conde & J. Navarro Pérez, Trad.). Editorial Trotta.

[8] Schmitt, C. (1991). El concepto de lo político. Alianza Editorial

[9] Ibídem.

[10] La neurosis es un estado de malestar psicológico, detenido por un conflicto interno de naturaleza psíquica. Lo cual produce diversos síntomas, como por ejemplo ansiedad, miedo y somatizaciones, entre otros. Tomó este concepto del psicoanálisis y lo aplicó a la teoría del Estado.

[11] Lo aquí expuesto no busca constatar hechos mediante una teología política de la guerra, sino advertirnos contra el idealismo político en el que estamos inmersos y llevarnos a reconocer la realidad en que habitamos. Esto plantea varios desafíos: la filosofía política debe pensar el Estado más allá de las categorías clásicas de Occidente, y la teología política, replantearlo desde el Dios de amor de los evangelios, no desde el Dios guerrero. Pero ambos retos comparten la misma pregunta de fondo: ¿preservar el Estado o pensar en su abolición, incluso en clave anarquista?

[12] General alemán durante la Primera Guerra Mundial.

[13] Clausewitz, C. (2014). De la guerra. La esfera de los libros.

Cita este artículo (APA): González, L. (2025, 01 de octubre). La guerra y la fe: notas para una teología de la guerra. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/09/guerra-origen-del-estado

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