¿Tiene vigencia la metafísica? Kant y su Crítica de la razón pura. Parte 1 de 2

¿Puede la metafísica convertirse en una ciencia? Kant se pregunta si la metafísica, más allá de dogmatismos y escepticismos, puede ofrecer un conocimiento universal y necesario mediante juicios sintéticos a priori. Su Crítica de la razón pura busca esclarecer los límites y posibilidades de la razón, evitando errores del racionalismo y sentando las bases de una disciplina rigurosa.

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La Crítica de la razón pura1 es el proyecto kantiano de fundamentación de la metafísica, para la cual se ha de emprender una averiguación de la posibilidad misma de dicha disciplina. Dicho con otras palabras, la cuestión que vertebra toda esa obra no es, sino la siguiente: ¿puede la metafísica, que hasta ahora vagaba ciega y dándose de bruces, ser viable como disciplina científica? Hay que averiguar si la metafísica puede proporcionar un conocimiento que se ajuste a las características de un conocimiento científico, esto es, de un saber universal y necesario. O lo que es lo mismo, un saber sintético —ampliando el conocimiento— y a priori —independiente de la experiencia—. Pero, ¿por qué este proyecto de fundamentación de la metafísica adopta la forma de una crítica de la razón pura?

De aquello de lo que se encargaba la metafísica quedaba muy bien señalado por el manual de metafísica más importante —o uno de los más importantes— del momento, escrito por Wolff y titulado Pensamientos racionales acerca de Dios, el Mundo y el Alma del hombre, así como sobre todas las cosas en general2. Se distinguía con ello entre metafísica general y metafísica especial. La metafísica general —también denominada ontología— se encargaba de estudiar las cosas en general —los entes en general, o dicho, con el vocabulario filosófico de la Modernidad, los objetos en general—. Se trataba, pues, de una disciplina universal que respondía a la cuestión: ¿qué hace falta para ser reconocido como “cosa”/“ente”/“objeto”? En cambio, la metafísica especial se subdividía a su vez en tres disciplinas distintas, cada una de ellas focalizada en un objeto de estudio diferente: la psicología racional —que estudiaba el alma—, la cosmología racional —que estudiaba el mundo— y la teología racional —que estudiaba a dios—. 

Immanuel Kant reconoce en reiteradas ocasiones que es la metafísica especial aquella en la que se deposita el interés más elevado de nuestra razón. El conocimiento metafísico del alma, el mundo y dios es el “fin final” —es decir, el fin último que no se torna medio para otra cosa— de nuestra razón. Para comprender esto en toda su profundidad, se debe primero atender a los peculiares rasgos de aquello a lo que me he referido con el término de “conocimiento metafísico”. La metafísica, según la definición kantiana, es aquel saber a priori —no empírico— que procede por meros conceptos —a diferencia de las matemáticas que proceden por construcción de conceptos—. El conocimiento al que aspira la metafísica es a priori, es decir, se da por completo, independientemente de la experiencia; es un conocimiento que alcanza por sí sola la razón. Esto asegura la universalidad y necesidad estrictas, a diferencia de aquel conocimiento que depende de lo empírico, pues en este terreno lo que encontramos es particularidad —nunca tendremos acceso a todos los casos posibles, pasados, presentes y futuros de cierto suceso— y contingencia —que hasta el momento algo haya ocurrido de cierta forma no nos asegura que necesariamente vaya a ocurrir así siempre, hace falta algo más—. A su vez, en tanto que conocimiento, ha de ser sintético, esto es, debe suponer un añadido, una ampliación de un saber que no se tenía con anterioridad. Dicho con otras palabras, no debe tratarse de un mero análisis. 

La metafísica, si quiere proporcionar conocimiento, no puede limitarse a juicios analíticos —aquellos en los que se explicita cierto predicado que estaba contenido de por sí en el concepto que hace de sujeto—. Así, si digo “los calvos no tienen pelo”, no estoy ampliando el conocimiento que tenemos respecto de los calvos, pues el “no tener pelo” es algo ya contenido en el propio concepto de “calvo”. Se trata, pues, de un juicio analítico. En cambio, si digo, “si dejas caer un objeto desde lo alto de un edificio —esto es, si lo dejas en caída libre— caerá con una aceleración de -9,81 m/s2, aproximadamente”, es un juicio sintético que nos está proporcionando nueva información más allá de la que pudiera estar contenida en el propio concepto de objeto. Ahora bien, esto de que la razón pueda alcanzar por sí sola un conocimiento universal y necesario, un saber sintético a priori, puede parecer, de primeras, complicado. Sin embargo, hubo toda una corriente de pensamiento que apostó todo a la razón y depositó una confianza plena en sus capacidades para conocer por sí sola: los racionalistas. 

El racionalismo exalta la capacidad de la razón para alcanzar conocimientos por sí misma, sin requerir del auxilio de la experiencia. Los racionalistas abogan, en consecuencia, por la posibilidad de un conocimiento metafísico —como hemos visto, sintético y a priori—. Sin embargo, Immanuel Kant señala que uno de los problemas a los que llevó el racionalismo es el de la confusión entre el proceder a priori analítico y el proceder sintético a priori de la razón. Es decir, la razón puede de hecho operar apriorísticamente, sin recurrir a la experiencia, solamente contando con su propia capacidad. Pero operando a priori, la razón puede hacer diversas cosas: bien puede analizar, o bien puede producir una síntesis. Cuando analiza conceptos, no hace más que poner de manifiesto lo que estaba ya contenido en tales conceptos que ya poseía. No hace más que hacer explícito aquello que de manera implícita estaba en tal concepto. En este caso no se adquiere un nuevo conocimiento, sino que se pone de manifiesto aquello que estaba contenido en el conocimiento que ya poseíamos. Es, por el contrario, en la síntesis donde se añaden nuevos conocimientos, donde estos aumentan. Ahora bien, en la medida en que tanto el análisis como la síntesis son dos procedimientos que la razón puede ejecutar por completo a priori, los racionalistas tendieron a confundirlos y a tomar como síntesis lo que en muchos casos no era más que un análisis. La inmensa confianza que el racionalismo depositó en la razón lo acabó por cegar, impidiéndole vislumbrar distinciones tan relevantes para la metafísica como es aquella entre el proceder analítico y el sintético de la razón. 

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Para Kant, una excesiva confianza en la razón nos puede perjudicar más que favorecer a la hora de hacer metafísica. A aquellos que, en exceso confiado, se lanzaban con su razón a la adquisición de conocimientos metafísicos, sin antes evaluar la pertinencia de los principios y conceptos de los que se servían en sus razonamientos, esto es, sin antes investigar el origen de los mismos y el derecho de su obtención, los llama dogmáticos. Quien cae en el dogmatismo es aquel que confía en exceso en la razón, que no lleva a cabo una previa crítica sobre tal facultad cognoscitiva —es decir, que no evalúa si acaso la razón es o no capaz de alcanzar un conocimiento de índole metafísico como aquel al que aspira—, no examinando, pues, los principios de los que se sirve la razón ni la legitimidad de los mismos. En contrapartida al dogmatismo, están los escépticos, aquellos que desconfían en extremo de la razón, hasta el punto de llegar a negar que pueda alcanzar dicha facultad un conocimiento por sí sola. Y esto no es, sino negar la posibilidad del conocimiento metafísico. 

Si el dogmatismo nos lleva a un exceso de confianza y a creer que la razón por sí sola puede alcanzar a conocer aquello que en realidad está fuera de su alcance, y el escepticismo nos puede llevar con facilidad a acabar negando directamente la posibilidad de dicho conocimiento metafísico, nos queda solamente un camino por recorrer: la crítica. Un camino donde poder discernir si la metafísica, como un conocimiento tan riguroso, universal y necesario, como son el conocimiento matemático y el físico, es posible. Un conocimiento tal es el que se expresa en los juicios sintéticos a priori —como ya se explicó más arriba—, de ahí que Kant decida preguntarse por cómo son posibles dichos juicios sintéticos a priori y si acaso se pueden o no formular juicios de tales características en metafísica. Dicho con otras palabras, se trata de ver si la metafísica es posible como ciencia; ver si esta disciplina puede entrar también en el camino seguro de la ciencia en el que han entrado otras disciplinas como la matemática y la física. Todos los metafísicos daban por hecho que era posible, en la medida en que se ponían directamente a hacer metafísica. Pero el filósofo de Könisgberg decide dar un paso atrás y preguntarse por una cuestión previa al quehacer metafísico: la cuestión por la dilucidación de la posibilidad misma de la metafísica. 

Marca distancias así respecto de aquellos otros que se habían lanzado, sin más a hacer metafísica, a buscar conocimientos metafísicos sin detenerse, a pensar en si un conocimiento tal es o no posible, en sí la metafísica misma es o no posible. ¿No se debería haber abordado esta cuestión de la posibilidad de la metafísica antes de ponerse los filósofos a hacer metafísica? ¿No era esta cuestión una investigación que debió ser previa a la metafísica misma? Kant no se cansa de decir que la investigación que aborda en su Crítica es una investigación previa a la metafísica. Pero por muy previa que sea, se da la paradoja de que llega tarde; llega ya cuando siglos y siglos de historia del pensamiento se han puesto a hacer metafísica. El resultado de ello fue catastrófico, cosa que no resulta sorprendente cuando falta la investigación previa que nos muestra si es posible la metafísica y bajo qué condiciones. 

Esto explica el hecho de que el punto de partida de la Crítica sea el fracaso de la razón al hacer metafísica. Es la vergonzosa situación para la propia razón, de poder con ella demostrar en metafísica tanto una cosa como su contraria, esto es, de verse envuelta en antinomias. Lo cual no ha llevado, sino a discusiones interminables entre unos metafísicos y otros, a batallas sin fin. Es la bochornosa situación de que la razón no pueda evitar preguntarse por cuestiones como el alma, el mundo y el dios y, sin embargo, falle una y otra vez a la hora de tratar de obtener un conocimiento sobre ella, y a lo único a lo que se llegue es a acaloradas discusiones entre unos metafísicos y otros. ¿Acaso es que nuestra razón se hace inevitablemente preguntas que no puede responder? Todo esto es una vergüenza tanto para la metafísica como para nuestra razón —el instrumento de conocimiento en metafísica—. Normal, entonces, que Kant considere que en su época el tono de moda es el del desprecio a la metafísica. ¿Quién se la iba a tomar en serio en ese estado caótico y fallido en el que estaba? Ante esta situación hace falta poner orden, hace falta una crítica de nuestra razón en su uso puro teórico, es decir, un estudio del uso que hacemos de nuestra razón para conocer, sirviéndonos de nada más y nada menos que dicha razón. Eso es la Crítica de la razón pura. 

Notas

[1] Kant, I. (2018). Crítica de la razón pura. Trad. Mario Caimi. Fondo de Cultura Económica.

[2] Wolff, C. (2000). Pensamientos racionales: Acerca de Dios, el mundo y el alma del hombre, así como sobre todas las cosas en general (A. González Ruiz, Trad.). Ediciones Akal. 

Cita este artículo (APA): Quirós, A. (2025, 06 de octubre). ¿Tiene vigencia la metafísica? Kant y su Crítica de la razón pura. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/10/kant-metafisica-critica-razon-pura

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