¿Podemos realmente sentir lo que otra persona siente? La empatía nos permite intuir y acompañar emociones ajenas, pero nunca vivirlas plenamente. Es un puente incompleto entre conciencias: podemos comprender, no experimentar. Su valor reside en reconocer y respetar esa distancia inevitable.
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¿En qué consiste la experiencia vivida de la empatía?, ¿no existe acaso un límite, e incluso una imposibilidad, de practicar la empatía entendida como “sentir lo que siente la otra persona”? La reflexión sobre los límites de la empatía encontrará en este escrito sus raíces más profundas en la filosofía contemporánea de la mente, especialmente en los trabajos de Thomas Nagel y David Chalmers.
En su célebre ensayo, ¿Qué se siente ser un murciélago?1, Nagel sostiene que todo ser consciente posee un punto de vista subjetivo que solo puede ser experimentado desde dentro. No importa cuánto sepamos sobre la fisiología o el comportamiento del murciélago: jamás sabremos qué se siente ser uno; como señala:
Si la extrapolación a partir de nuestro propio caso queda implícita en la idea de qué se siente ser murciélago, la extrapolación debe ser imposible de completar. Solo podemos desarrollar una concepción esquemática de a qué se asemeja2.
Esta imposibilidad de acceso directo a la subjetividad ajena marca un límite estructural del conocimiento. Aunque Nagel se refiere a la imposibilidad radical de conocer la experiencia subjetiva de cualquier ser consciente, en el caso humano esta inaccesibilidad no es absoluta. Entre los seres humanos existen puentes parciales de intersubjetividad —el lenguaje, la expresión corporal, la narrativa o el gesto— que permiten compartir indicios, aunque nunca la vivencia misma, de la experiencia interior del otro. La empatía humana, por tanto, se mueve en un espacio intermedio: entre la total opacidad del otro y la posibilidad de una comprensión simbólica o afectiva que, si bien no reproduce la vivencia ajena, la intuye o la acompaña.
Es así como la empatía humana se enfrenta a un límite fundamental: conocemos a aquella otredad solo de manera parcial y mediada, nunca directa ni completa.
Chalmers, en La mente consciente3, amplía esta intuición. Propone la distinción entre los easy problems de la conciencia, que explican funciones cognitivas y conductuales, y el hard problem de la conciencia, que busca entender por qué esos procesos físicos generan una experiencia subjetiva.
Ninguna explicación funcional puede capturar los qualia, las cualidades fenomenológicas puras de la experiencia. Para el autor, la conciencia no se reduce a lo físico; es un aspecto fundamental de la realidad. La lectura conjunta de Nagel y Chalmers ofrece un marco conceptual potente: Nagel muestra que la subjetividad es inaccesible desde fuera, mientras que Chalmers explica que esa inaccesibilidad es estructural. La pregunta sobre la “vida interna” que escapa a explicaciones funcionales refuerza la idea de que la conciencia permanece cerrada a la comprensión externa. De ello se sigue que la empatía plena —entendida como vivir desde la experiencia ajena— no puede realizarse. No es cuestión de falta de sensibilidad o imaginación, sino de la arquitectura misma de la conciencia. Podemos conocer, imaginar, interpretar o resonar afectivamente, pero nunca sentiremos exactamente lo que otro siente.
Edith Stein complementa esta perspectiva con un matiz fenomenológico4, señalando que la empatía implica una vivencia no originaria, es decir, una experiencia que surge en mí, pero cuyo origen está en el otro. La mística muestra que nuestra experiencia empática depende de cómo el otro se manifiesta, voluntaria o involuntariamente, y que nunca podemos apropiarnos de su vivencia completa. Además, advierte sobre un límite práctico: “existen engaños en las formas de vivir la empatía, sobre todo si al empatizar ponemos como base nuestra ‘condición individual’ en vez de la situación ajena5“. Esto refuerza la tesis de la impracticabilidad de la empatía plena: nuestra percepción está guiada por el otro, pero la conciencia ajena permanece inaccesible en su totalidad, y cualquier intento de empatizar desde nuestra propia experiencia corre el riesgo de ser parcial o engañoso.
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Un ejemplo cotidiano de esto podría ser imaginar —no olvidemos que imaginar viene de imagen, y una imagen es siempre incompleta— el dolor que alguien siente al perder a un ser querido: podemos sentir compasión y acompañar emocionalmente, incluso intentar comprender qué siente ante tal pérdida; aún más, podemos intentar pensar qué sentiríamos si nos ocurriera lo mismo, pero jamás experimentar exactamente la intensidad y matices de su pérdida.
Desde la perspectiva fenomenológica husserliana, toda conciencia es intencional: está siempre dirigida hacia un objeto o experiencia.
También se llama intencionales a esas vivencias de la conciencia, no significando en tal caso la palabra intencionalidad, sino esa propiedad universal y fundamental de la conciencia de ser conciencia de algo, de llevar en sí misma, en cuanto cógito, su cogitatum6.
Aplicado a la empatía, esto significa que nuestra percepción de la otredad nunca es neutral ni autosuficiente, sino que está siempre mediada por nuestra propia conciencia intencional7. Por ello, incluso cuando intentamos conectar con la experiencia ajena, esta conexión permanece parcial y condicionada por nuestra propia orientación perceptiva. En este punto, se evidencia de manera clara la transición entre la explicación filosófica de Chalmers y Stein y la fenomenología de Husserl: cada autor aporta un matiz complementario que muestra diferentes dimensiones del límite empático. Límite fenomenológico que se conecta con el límite epistemológico señalado anteriormente con Nagel y Chalmers.
En continuidad con esta reflexión sobre la conciencia, Sartre aporta un matiz existencial decisivo. En El ser y la nada8, distingue entre el ser-en-sí, cerrado y sin conciencia, y el ser-para-sí, que se vive a sí mismo como apertura, posibilidad y trascendencia. Solo el para-sí puede intentar la empatía, porque es consciente de sí y del otro; sin embargo, dicha apertura nunca alcanza una verdadera fusión intersubjetiva. Como advierte Sartre9: “la experiencia del nosotros permanece en el terreno de la psicología individual y queda como un simple símbolo de la unidad deseable de las trascendencias”.
Es decir, la vivencia empática —al igual que el “nosotros” sartreano— no puede superar la separación estructural entre conciencias. La empatía es, en última instancia, una aspiración del para-sí: el deseo de comprender al otro desde la imposibilidad misma de hacerlo plenamente. Incluso para Sartre, el “encuentro” con los Otros es el problema más importante para nuestra condición de existentes.
Lo que en Nagel, Chalmers y Stein se presenta como un límite epistemológico y fenomenológico puede ser releído, desde una perspectiva ética, como el fundamento mismo de nuestra relación con el otro. Desde una mirada derridiana, la imposibilidad de fusionarnos en la experiencia del otro constituye una aporía: un límite insoslayable que, paradójicamente, funda la ética. Reconocer que nunca podremos sentir exactamente lo que otro siente nos compromete a respetar su alteridad irreductible. La empatía no se realiza en la plenitud de sentir como el otro, sino en la tensión que esta imposibilidad genera: en la responsabilidad frente a un otro cuyo mundo interior nos es siempre inaccesible.
Comprender la empatía como un horizonte siempre inalcanzable no la debilita, sino que la potencia. Su valor no reside en lograr lo imposible, sino en sostener la práctica ética del reconocimiento de la otredad, honrar su diferencia irreductible y actuar siempre bajo la conciencia que nunca podremos sentir exactamente lo que aquella otredad siente. La empatía, como práctica ética nacida de la imposibilidad, nos invita a construir un mundo donde la diferencia sea no solo reconocida, sino celebrada como fundamento de nuestra responsabilidad compartida.
Ante un mundo diverso y desafiante, la empatía nos impulsa a tender puentes hacia las diversas otredades, no a pesar de su diferencia, sino precisamente debido a ella, recordando siempre que nuestra conexión será parcial y mediada, pero aun así significativa y necesaria. Tal como ocurre en la filosofía, tal vez de lo que se trata no es de experimentar la empatía —imposibilidad que ya hemos abordado extensamente—, sino, justamente, de intentar experimentarla, aun cuando sepamos que resulta imposible. Tal como lo señala Sartre, un anhelo deseable de encuentro —aun cuando todo encuentro con los otros será siempre problemático—.
Notas
[1] Nagel, T. (2000). ¿Qué se siente ser un murciélago? En Filosofía de la mente: Textos. Fondo de Cultura Económica.
[2] Ibídem, pág. 277.
[3] Chalmers, D. (1999). La mente consciente: En busca de una teoría fundamental. (J. A. Álvarez, trad.). Editorial Gedisa.
[4] Stein, E. (2005). Sobre el problema de la empatía, en Obras Completas, vol. 2: escritos filosóficos. Monte Carmelo; pág. 88.
[5] Ibídem, pág. 169.
[6] Husserl, E. (2004). Meditaciones cartesianas. Fondo de Cultura Económica; pág. 47.
[7] Husserl, E. (1991). La crisis de las ciencias europeas. Editorial Crítica; pág. 48.
[8] Sartre, J. (1993). El ser y la nada. Editorial Losada.
[9] Ibídem. pág. 526.
Cita este artículo (APA): Peschke, H. (2025, 30 de octubre). ¿Podemos sentir lo que otro siente? La paradoja de la empatía. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/10/paradoja-de-la-empatia
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