¿Qué significa pensar la cultura en la era digital? Pensar la cultura en la era digital implica reconocerla como un campo en disputa donde los algoritmos, la autoexplotación y las redes sociales configuran nuevas formas de poder, identidad y comunidad. Analizarla desde autores como Eagleton y Byung-Chul Han permite entender cómo el cuidado y el cultivo, origen de la cultura, se transforman frente al dominio tecnológico contemporáneo.
Este artículo se ofrece gratis gracias a la publicidad. Si prefieres leerlo sin anuncios, y al mismo tiempo apoyar nuestro proyecto filosófico, disfruta la experiencia premium.
Creo que estamos en uno de esos momentos de la humanidad donde podemos ser conscientes de que nuestra era está cambiando de forma sustancial. El nacimiento de los entornos digitales supone un cambio a la hora de entender la sociedad, ya que muchas de las claves que teníamos previas al estallido han variado de manera radical. Es precisamente ahora que asistimos a esta ontogénesis de un nuevo tipo de realidad cuando debemos comenzar a preguntarnos sobre las cuestiones que marcarán su futuro. Debemos cuestionarnos sobre cómo estamos habitando estos nuevos hábitats, qué tipo de agentes sociales están surgiendo en ellos y, sobre todo, creo que es ahora el tiempo de estudiar y reflexionar sobre la cultura que está emergiendo en estos entornos y qué ecos tienen en nuestra cultura digital y sociedad en general.
Ante estas cuestiones he optado, como ya hicieran Heidegger, Ortega y Gasset o Zambrano, por afrontar este acontecimiento como si fuera un bosque oscuro en el que nos adentramos fascinados por su belleza, pero con el temor de perdernos en la oscuridad del bosque. Un bosque donde, como describe Heidegger1 en Caminos de bosque (Holzwege), los senderos no siempre llevan a un destino claro, pero todos pueden abrir una vía de pensamiento.
El intentar definir lo que es la cultura siempre ha supuesto un reto para el ser humano. Por un lado, parece que es una faceta de nuestra sociedad vedada a un grupo exclusivo de ciudadanos al que llamaríamos clase culta o mundo de la cultura, pero a la vez todo el mundo parece permeable a la cultura de su país o el folklore más popular. Aún más difícil se hace delimitar la cultura cuando nos encontramos a entornos recién nacidos como los digitales, donde podemos adivinar que también se generarán nuevos elementos culturales. Por ello podríamos temer que pensar la cultura hoy no trata de mapear un bosque de manera aséptica, sino que para conocer este bosque llamado cultura nos veremos obligados a transitar por sus claros y sombras. Por esto, con miedo y fascinación a la vez, me planteo el recorrer los senderos que ya se han abierto sobre este bosque e intentar alguna pista sobre nuevos claros para poder comprenderlo mejor.
Para caminar esta vez, he elegido los senderos que nacen de dos obras en principio tan dispares como las transitadas por Terry Eagleton y Byung-Chul Han. El primero, desde una mirada marxista dentro del campo de la literatura, nos invita a observar una panorámica de la cultura —aunque poliédrica, más clásica—. Desde esta perspectiva, propone recuperar el vínculo entre cultura y naturaleza, y advertir sobre los peligros del relativismo posmoderno. En cambio, Han, con su estilo oriental y más aforístico, señala peligros similares, pero los aborda desde su análisis de los entornos digitales y de lo que él denomina la sociedad del rendimiento, la autoexplotación y el poder del algoritmo.
Aun así, desde dos miradas tan distintas, ambos, pese a sus diferencias, llegan a una conclusión similar: la cultura no es algo fijo ni preestablecido, sino un campo de batalla. En los nuevos entornos digitales, esa disputa ya no se libra únicamente en ámbitos académicos o folclóricos. Las arquitecturas de los espacios digitales —como los algoritmos, las redes sociales o las inteligencias artificiales— terminan por configurar el nuevo territorio cultural que habitamos.
De la agricultura al posmodernismo:
una axiología crítica de la cultura
Como mencionábamos antes, estamos generando, de algún modo, un nuevo tipo de realidad que ya no es material, sino digital. Ante esto, la pregunta sobre cómo habitamos estos nuevos entornos se vuelve fundamental. No solo desde un punto de vista técnico, sino también en relación con la manera en que trasladamos nuestra forma de habitar la realidad a estos espacios virtuales. Y, junto con esa traslación de nuestra forma de vivir, cabe preguntarse también cómo se traslada —o mejor dicho, cómo se disuelve— nuestra cultura. ¿Qué queda de nuestra cultura en los entornos digitales?, ¿existe una cultura digital o es simplemente cultura?, ¿estamos empezando a ser digitales o siempre seremos, en esencia, humanos?
Únete a nuestro canal de WhatsApp donde más de 18,000 personas reciben avisos, recordatorios, adelantos de artículos y reflexiones que no siempre llegan al correo: es como tener a Filosofía en la Red en el bolsillo, cerquita.
Haz clic aquí y acompáñanos: https://filosofiaenla.red/canal-whatsapp
Evidentemente, la cuestión sobre la cultura y los campos que abarca no es nueva. Pero sí es cierto que, en un contexto donde lo digital se ha vuelto cotidiano y se mezcla con nuestra rutina, estas preguntas se tornan necesarias y urgentes. Como primer sendero para explorar este bosque, propongo, junto a Terry Eagleton y su visión en La idea de cultura2, trazar una genealogía crítica del concepto de cultura antes de que el enjambre digital complicara aún más su comprensión.
En su obra, el inglés comienza con una advertencia clara y directa que nos debería servir para replantearnos muchas cuestiones y mitos que tenemos sobre la cultura. “Cultura” es una de las palabras más complicadas del idioma inglés. Pero en cambio es de las que más usamos en nuestro día a día. Además, su raíz, como el mismo Eagleton advierte, tiene que ver con otro término que parece igual de complicado de definir como el de Naturaleza.
Y es que el término cultura hunde sus raíces etimológicas en las raíces del cuidado de la tierra. La cultura empieza siendo agricultura, trabajo con la tierra. Este origen etimológico no es una mera casualidad para Eagleton, sino que nos traza el origen del viaje del concepto cultura de lo terrenal a lo espiritual, desde lo rural a lo urbano, del granero al museo o las bibliotecas. De la cultura con minúscula que parece afectar a cualquier ser humano a la Cultura con mayúscula que parece pertenecer a unos pocos elegidos.
La visión que Eagleton tiene sobre la cultura no es unívoca, sino que, desde su perspectiva, logra observar las distintas facetas del fenómeno cultural para explorar las diversas conceptualizaciones del término. Y es que la propia palabra ha servido para definir realidades tan diferentes como la civilización, el culto religioso, la forma de vida colectiva, el folclore o la ideología.
Eagleton retoma la senda abierta por Raymond Williams3, desde la cual se entiende la cultura como sinónimo de civilización. Esta concepción, propia de la Ilustración y de una mirada profundamente eurocéntrica, contemplaba con condescendencia y aire de superioridad a quienes no compartían su forma de vida. Desde la perspectiva de un irlandés, católico y marxista como Eagleton, esta visión resulta profundamente incómoda.
Esta forma de entender la cultura comienza a transformarse hacia finales del siglo XIX. El concepto empieza a separarse del de civilización, y la cultura pasa a abarcar también la crítica y la resistencia frente a las civilizaciones dominantes. Frente a esa civilización que lo abarca todo y que parece imponerse desde las estructuras de poder, surge una forma de vida marginal o subversiva: la cultura popular de las clases bajas se convierte en resistencia frente a la cultura dominante de las élites. La cultura, así, se vuelve crítica, resistencia y alternativa.
Marxismo, alineación y fragmentación
Desde su militancia en el marxismo más clásico, Eagleton entiende la cultura como una estructura de poder: una trinchera desde la cual también se libran batallas ideológicas. En el ámbito cultural se reproduce el sistema capitalista, pero también germinan las semillas de otros sistemas alternativos.
La cultura, desde esta perspectiva, es un arma de doble filo. Puede ser una herramienta al servicio de las arquitecturas de dominación que sostienen nuestra forma de vida o, por el contrario, el espacio desde el cual diseñar alternativas de liberación. Puede alienar sujetos o despertar conciencias.
Sin embargo, para que un cambio se produzca en la sociedad, debe existir una conciencia de clase, un “nosotros”. El problema que Eagleton identifica es que la cultura contemporánea de su época genera una fragmentación en subculturas, identidades o nichos de mercado, lo que obstaculiza la formación de una clase obrera unida capaz de plantar batalla real contra el sistema dominante. La clase trabajadora deja de reconocerse como un sujeto político común, mientras el capitalismo se rearma y nosotros nos entretenemos multiplicando trincheras bajo nuevas banderas o identidades.
Mark Fisher, en su obra Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?4, plantea que el capitalismo no solo ha conquistado la estructura económica, sino también la cultural. El sujeto contemporáneo está atrapado en una lógica de rendimiento que lo agota mediante la autoexplotación. Ese agotamiento le impide no solo luchar contra el capitalismo, sino incluso imaginar alternativas. La depresión, el burnout o la ansiedad no son fallos individuales, sino efectos de un sistema que ha convertido la salud mental en una nueva trinchera política.
Eagleton señala como gran responsable de la desintegración de la clase obrera al posmodernismo, no tanto por sus aportes teóricos como por sus consecuencias políticas. El sujeto posmoderno ha convertido toda realidad en relato, en discurso y, finalmente, en cultura. Naturaleza, política o incluso verdad se han transformado en meras retóricas estéticas. Desde este contexto, cualquier acto puede considerarse político: desde la lucha por el derecho a una reducción de jornada hasta una protesta por el exceso de azúcar en la bollería de un instituto parecen pertenecer al mismo orden político. Esto termina por situar en el mismo nivel de importancia cualquier discurso y cualquier pretensión política. Todo se vuelve simbólico, todo se vuelve consumible, todo se vuelve mercancía.
Este punto de vista no pretende negar la importancia de las luchas identitarias ni de las subculturas. Lo que advierte Eagleton es que, al colocar todas las narrativas al mismo nivel, perdemos la posibilidad de construir una narrativa colectiva que nos ofrezca un horizonte común. La batalla cultural se ha convertido en una guerra de guerrillas donde ya nadie parece tener claro quién es, ni dónde está, el verdadero enemigo.
¿Y ahora qué?
Con este recorrido del sendero, llegamos a un claro donde podemos ver que, tras los árboles, la cultura aparece como un concepto en disputa. Se genera una tensión que permite concebirla desde perspectivas diversas, a veces incluso opuestas. Eagleton no busca cerrar respuestas ni fijar puntos de vista; al contrario, pretende iluminar nuestra comprensión de la cultura para que podamos reconocer tanto las oportunidades como los peligros que emergen desde ese terreno. Hemos olvidado que el origen de la cultura reside en el cuidado y el cultivo, y no en la destrucción ni el consumo.
Notas
[1] Heidegger, M. (2010). Caminos de bosque (Obra original publicada en 1950). Alianza Editorial.
[2] Eagleton, T. (2001). La idea de cultura. Paidós.
[3] Williams, R. (1983). Keywords: a vocabulary of culture and society. Oxford University Press.
[4] Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿no hay alternativa? Caja Negra.
Cita este artículo (APA): Juan, L. (2025, 5 de noviembre). Eagleton y Han: repensar la cultura en la era digital. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/10/cultura-era-digital
¡Apóyanos a seguir llevando la filosofía a la red!
Suscríbete a Στοά, el newsletter gratuito de Filosofía en la Red: recibe noticias, novedades e información relacionada con nuestra plataforma: ¡nuestra comunidad supera los dos mil seguidores! Pero, si buscas un poco más —y deseas apoyarnos—, te ofrecemos una membresía de pago con planes anuales o mensuales. Tu aporte financiero nos permite mantener este proyecto sin paywalls.
Beneficios de la membresía:
• Filosofía en la Red Prémium: porque sabemos que la publicidad interrumpe la experiencia, tu suscripción VIP te abre las puertas a leer cada texto sin anuncios, con la calma y claridad que la filosofía merece.
• Cartas del editor: un rincón en el que Miguel Ángel, director de Filosofía en la Red, no escribe bajo su cargo, sino como alguien que también busca entender lo que le pasa. Aquí no hay artículos ni teorías: hay pausas. Fragmentos de pensamiento con piel, escritos para quienes saben que, a veces, filosofar también es sostenerse.
• Insider: entérate de nuestros nuevos proyectos antes que nadie, así como descubre el backstage de Filosofía en la Red.
• Club de Lectura: accede sin coste adicional a nuestro club de lectura, que tiene una cuota de recuperación.
Nacido en Ceuta, entre África y Europa, comenzó su formación en Matemáticas y la culminó en Filosofía. Actualmente, enseña Filosofía en el IES 8 de Marzo de Alicante, España. Actualmente estudiando el Master en Filosofía práctica en la UNED.