En la entrega anterior analicé la manera en que Roland Barthes aborda el problema de la fotografía. Vimos cómo la novedad consiste, para él, en el corte del tiempo que cada captura nos ofrece y cómo ello sacudía la sensibilidad y la afección. Sin embargo, mucho ha cambiado desde entonces. La técnica fotográfica que Barthes conoció ha sufrido transformaciones radicales y se inserta ahora en un conjunto mucho más grande al que se ha dado el nombre de multimedia. Según la definición de Andrew Dewdney y Frank Boyd1, este término surge para referirse a un conjunto de tecnologías que tienen en común la capacidad de producir imágenes, vídeos, animaciones, textos y sonidos gracias al uso del lenguaje digital.
La fotografía posee ahora un código que se ha desarrollado en el campo de la informática y la teoría de la computación. Esto permite que los aparatos dispongan de herramientas que modifican de inmediato la presentación de la escena que deseamos captar —filtros, correcciones, contrastes, deformaciones o brillos— y, además, nos ofrece la posibilidad de ampliar las intervenciones o transformaciones en la imagen al recurrir a diversos programas o software creados para ello. Pero lo más importante es que con este lenguaje se puede producir una imagen “realista” a partir de aplicaciones matemáticas y algorítmicas; es decir, la fotografía se ha desprendido de la necesidad de un cuerpo, un objeto, un modelo o un referente existente.
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Para designar el estado actual de la técnica y el desplazamiento de los procesos fotoquímicos en la imagen fotográfica, ha surgido el término posfotografía2, el cual también se utiliza para justificar la idea de que la fotografía ha muerto y que hoy asistimos al surgimiento de una nueva era de la imagen. Por supuesto, sería más fructífero un recibimiento crítico de este término que un acercamiento entusiasta, ya que la muerte de la fotografía se ha decretado cuando aún nos valemos de ciertas imágenes a las que concedemos el estatus de evidencia, piezas informativas, recuerdos familiares, herramientas científicas, instrumentos de control y vigilancia o imágenes artísticas. Pese a su formato digital, muchas imágenes siguen sirviendo a los mismos fines que las fotografías obtenidas por los procesos fotoquímicos.
Actualmente, el tema de la fotografía es un campo controvertido donde se enfrentan múltiples valoraciones sobre nuestra forma de lidiar con las imágenes —en las relaciones afectivas y epistémicas3 que tenemos con ellas—, con las nuevas tecnologías —y los fines que persiguen— y con la manera en que estas han ido cambiando nuestra forma de ver el mundo. Teóricos, artistas, fotógrafos y filósofos se han sumergido en un debate complejo del que van surgiendo preguntas y conceptos propios; sin embargo, es sumamente difícil elaborar siquiera un marco general que resuma las direcciones que han tomado estas discusiones. Pese a ello, deseo esbozar aquí algunas posturas y dejar una serie de preguntas abiertas con el fin de que puedan ser retomadas, complementadas y juzgadas por los lectores interesados en tan importante problemática.
Consideremos lo siguiente: la fotografía siempre ha podido mentir sobre el significado de la imagen. Los efectos técnicos y el trucaje la han acompañado desde sus primeros años de existencia. Entonces, según afirman Gisèle Freund y Susan Sontag4, el apremio por otorgar objetividad a las imágenes surge en una sociedad que se interesa por organizar un conocimiento sistemático, independiente de los sujetos que lo generen, tanto como del desarrollo de medios masivos de comunicación —en los que la imagen tiene un papel central—, los mismos que influyen y conforman la opinión pública. Es decir, la exigencia de que la fotografía sea copia fiel de la realidad o una imagen plenamente objetiva está sujeta a las prácticas culturales e históricas de las que participan estas imágenes y no se trata, pues, de una cualidad que posean por sí mismas.
Lo cierto es que, para Barthes, a diferencia de otras imágenes, la foto poseía un mensaje sin código propio. El análogo fotográfico era como una caja negra: un mensaje continuo, sin divisiones, sin partes autónomas. Con la imagen digital, aquella caja se ha abierto; es ahora un elemento codificable, y esto ha facilitado su proceso de edición. Dirigir la interpretación que el espectador tendrá de las imágenes es mucho más fácil, sin duda.
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No obstante, lo esencial de la fotografía no se encuentra en la analogía ni en la representación, sino en el certificado de existencia de un tiempo pasado y estremecedor. La experiencia de mirar una foto no poseía el valor de una técnica, ni de lo moral o lo político; ni siquiera importaban las intenciones del operador. Una foto conmovía a quien la contemplaba, al espectador, porque le entregaba de golpe la realidad del pasado, porque sacudía su afección.
Así, la pregunta que surge entonces es si la técnica actual ha venido a transformar aquello que Barthes llamó la esencia fotográfica. De ser así, ¿estaríamos realmente presenciando la muerte de la fotografía y el surgimiento de una nueva era de la imagen? ¿Acaso podría tener vigencia todavía una reflexión como la que Barthes desarrolla en La cámara lúcida5?, ¿podemos creer aún que las imágenes fotográficas sean certificados de existencia?
Aventurando una hipótesis, me atrevo a decir que lo propio de la fotografía en la era digital consiste en poner la lectura del significado por encima del asombro. Pues, sin lograr eliminar del todo el carácter de certificado, el espectador posee frente a cualquier fotografía la posibilidad de otra reacción: negar o, por lo menos, dudar de la existencia del hecho. Y si observamos con detalle, veremos que la imagen digital implanta dudas sobre el momento único atrapado en imagen; nos hace sospechar de la testificación de la fotografía, cuestionamos que lo plasmado en ella realmente haya existido.
Si estas observaciones son correctas, el estudio de la imagen no ha perdido su actualidad. Sí, tal como afirma Sontag, las fotografías han sido desde siempre interpretaciones del mundo que adquirían fuerza persuasiva por ser también vestigios de él6, y ahora todo ello se nos muestra con mayor evidencia al no poder ya atribuirles una fuente existente —pasada o presente—; deberíamos preguntar, entonces, con qué medios y a partir de qué operaciones se obtienen estas imágenes y cómo se impregnan de sentido. Sobre todo, deberíamos cuestionar las intenciones y los fines que persiguen.
Expectativas positivas se gestan en torno a esta idea, pues sugiere una actitud más crítica en cuanto a la información que extraemos de las imágenes y también sobre el conocimiento del mundo que supuestamente nos ofrecen.
Por otro lado, hay preguntas abiertas más radicales: ¿estamos dispuestos a aceptar que nuestra relación con las imágenes sea solo la de descifrar un sentido?, ¿tiene lugar todavía una preocupación por los vínculos entre realidad e imagen?, ¿debemos preocuparnos aún por el problema de la verdad? Estas cuestiones quedan por resolver. Por el momento, podemos notar que, en el caso de la fotografía, aquella relación directa con la verdad está en tela de juicio. Al incluir temas y discusiones sobre la invención y la producción de sentido, la fotografía se acerca mucho más a un término problemático, que requiere un análisis profundo: ficción.
Entendida como el espacio de la simulación o la creación de objetos fuera del plano real o material, la ficción podría llegar a explicar las condiciones actuales de la imagen en general. Como muestra puede citarse la producción visual de las inteligencias artificiales. A decir de Kevin Robins, la llamada revolución tecnológica es en realidad la continuación del proyecto racionalista iniciado en la modernidad, donde:
El objetivo sigue siendo la persecución del conocimiento total, y este conocimiento aún tiene por finalidad conseguir el orden y el control sobre el mundo7.
Dicho proyecto tiende a favorecer la idea de generar un saber absoluto, causal y bien determinado, a partir de operaciones abstractas que la razón podría realizar al depurar todo dato accesorio y quedarse solo con operaciones algorítmicas y matemáticas. Una vez que los aparatos se han desarrollado con estos propósitos, nos permitirían un acercamiento optimizado a los objetos, dejándonos acceder a un conocimiento más profundo y mejorado de la “realidad”. Además, según explica Robins, el propósito de este proyecto es:
Crear un «doble» de la realidad, uno que se aproxime al referente no solo en términos de apariencia, sino también en términos de otras propiedades y cualidades (invisibles) que posee. […] llega a ser posible “tomar la imagen por el objeto”. Es posible, por así decirlo, experimentarlo e interactuar con él como si fuese un objeto del mundo real […] podemos decir que conocemos el objeto en un sentido más complejo y extenso8.
Poder diseñar, manipular o modificar objetos inexistentes —o existentes solo de manera virtual— empata muy bien con la experimentación y la idea de dominación de cualquier orden, pues ahora la imagen antecede al objeto y nos permite trazar un plan para concretar su ejecución real —y visualizar previamente sus ventajas o inconvenientes—, si así se desea.
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Sin embargo, para Kevin Robins, este discurso se sustenta en la idea de progreso que sirve a los intereses del capitalismo posindustrial y tiende a ignorar no solo las condiciones culturales, económicas, políticas y sociales de la producción científica y tecnológica, sino que se empeña en despreciar el ámbito de la afección, las emociones y los sentimientos que las imágenes pueden provocar en nosotros. Precisamente, lanza la pregunta: “¿nos seguirá conmoviendo una fotografía?” porque, frente a este proyecto racionalista, desea reivindicar el derecho que tenemos como espectadores de reflexionar sobre el modo en que nuestra sensibilidad cambia en la era digital.
Por su parte, Barthes reconocía que el asombro de la fotografía comenzaba a desaparecer; se decía uno de los últimos testigos de ello. ¿Había advertido en el porvenir fotográfico la imposibilidad de entregarnos a la afección del tiempo?, ¿acaso nos estamos preparando, de manera más radical, para volvernos anestésicos frente a las imágenes?
Notas
[1] Dewdney, A., & Boyd, F. (2001). La televisión, los ordenadores, la tecnología y la forma cultural. En La imagen fotográfica en la cultura digital. (pp. 198–199). Paidós Comunicación.
[2] Como se entiende más adelante en el texto, el término “posfotografía” se usa para referirse a las imágenes digitales. Uno de los autores que ofrece múltiples ejemplos de ello es Joan Fontcuberta en: Fontcuberta, J. (1997). El beso de Judas: Fotografía y verdad. Gustavo Gili.
[3] El término “epistémico” se refiere al proceso de conocimiento.
[4] Los textos a que se hace referencia aquí son los siguientes: Freund, G. (1993). La fotografía como documento social. Paidós. Y Sontag, S. (1996). Sobre la fotografía. Paidós.
[5] Barthes, R. (1990). La cámara lúcida: Nota sobre la fotografía (J. Sala-Sanahuja, Trad.). Paidós.
[7] Según la autora: “una fotografía no es solo una imagen (como una pintura lo es), una interpretación de lo real; es también un vestigio, algo directamente marcado por lo real […] una fotografía nunca es menos que el registro de una emanación (ondas de luz reflejadas por objetos) –un vestigio material del modelo, de un modo que la pintura jamás podrá ser–.” (Sontag, 1996, p. 120).
[8] Robins, K. (1998). ¿Nos seguirá conmoviendo una fotografía? En J. Ritchin, A. Dewdney & F. Boyd (Eds.), La imagen fotográfica en la cultura digital (p. 56). Paidós.
Cita este artículo (APA): González, C. (2025, 22 de diciembre). Fotografía y ontología: la luz y el tiempo según Barthes. Parte 2 de 2. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/12/fotografia-posfotografia-imagen
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