¿Por qué son tan frágiles los vínculos humanos incluso fuera del capitalismo? La fragilidad de los vínculos humanos no nace del capitalismo, sino de una condición existencial más profunda: la imposibilidad de acceder plenamente al otro. Desde el mito del andrógino hasta Sartre y Nietzsche, la relación con el prójimo es una mezcla de deseo, conflicto y límites. Aun así, conservamos agencia para elegir, crear y sostener vínculos significativos.
Hay un vicio ominoso en las ciencias sociales: la tendencia a explicar todos los fenómenos de la experiencia humana a partir de las relaciones socioeconómicas del llamado capitalismo neoliberal —sea lo que sea que eso signifique—. Convertido en un as bajo la manga, el concepto termina por vaciarse: significa todo y, al mismo tiempo, nada. Y al perder densidad, también pierde cualquier capacidad explicativa mínimamente seria dentro del corpus teórico-empírico de las humanidades.
No sorprende que las ciencias sociales caigan en fetiches epistémicos y en conjeturas cuasi totalizadoras que, con el tiempo, se sedimentan como sentido común dentro de un claustro académico a menudo onanista y sectario. Cuando una explicación científica se da por obvia —como si fuera un dato natural de la realidad ontológica—, dejamos de hacer ciencia, pues esta, por su método y su propio quehacer, exige someterse constantemente a la crítica y al examen que permiten su avance y progreso.
No quiero ir del todo contra la corriente; después de todo, gran parte de nuestros vínculos humanos y de nuestras experiencias cotidianas de la existencia están atravesadas por relaciones económicas dentro del sistema capitalista en que habitamos. Por eso no tengo la osadía de afirmar que la liquidez de nuestros vínculos humanos, ese amor líquido que experimentamos, no tiene absolutamente nada que ver con la sociedad capitalista, neoliberal, hiperindustrializada e hipertecnologizada en la cual vivimos. Hacerlo sería un acto de locura extrema de mi parte, pues no se puede ignorar ese hecho casi monolítico de nuestro presente evolutivo: el mundo avanza más rápido que nuestra capacidad para adaptarnos a él. El mapa jamás es el territorio, entre otras cosas, porque siempre está desactualizado.
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El punto que quiero plantear es que recurrir al deus ex machina del capitalismo no alcanza para explicar la fragilidad de los vínculos humanos ni por qué nos cuesta tanto conectar con un otro. Esa fragilidad constituye, de hecho, la base misma de la existencia humana: es su condición de posibilidad. Uno mismo —la mismidad— puede experimentarse en plenitud, pero el otro —la otredad— será siempre, por definición, algo en parte inaccesible.
Podemos observar esto en el mito del andrógino1 que aparece en El banquete de Platón. Allí se narra cómo lo femenino y lo masculino coexistían unidos en un solo ser hasta que Zeus los separó en dos mitades. Lo relevante, más allá de la definición de amor que pueda desprenderse del mito, es el énfasis en la dificultad de tener que buscar a esa otra mitad perdida para recuperar la unidad primigenia. La búsqueda del otro nace de la falta y se realiza a ciegas. En ese intento de hallar completitud, podemos encontrarnos con mitades que no encajan.
Es curioso que este simbolismo provenga de una sociedad como la Grecia antigua, cuyo centro de vida era la polis, un espacio donde la cercanía física entre quienes eran considerados ciudadanos constituía la base misma del estilo de vida público. Y aun así, lejos del capitalismo, del neoliberalismo, de la tecnología y de la industrialización, padecían los mismos malestares existenciales que nosotros y meditaban sobre las mismas preocupaciones que hoy nos enfrentan a la condición humana: la dificultad de conectar con otra persona, la fragilidad que se experimenta en —y sobre— nuestros vínculos afectivos, y las estrategias con las que intentamos sortear dichas inquietudes. En otras palabras, la búsqueda existencial de un otro con quien conectar ha sido, desde siempre, un esfuerzo humano por intentar torcerle la mano al destino funesto que los dioses habrían impuesto.
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La fragilidad de nuestros vínculos es una constitución ontológica y basal de la experiencia humana, y que sirve como condición de posibilidad para poder relacionarnos. El mito del génesis hace ecos de los mismos sentimientos que el mito del Andrógino:
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar. A la mujer dijo: multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti2.
Aquí también se plantea el antagonismo como una condición fundante y, al mismo tiempo, posibilitante de los vínculos humanos; y es precisamente esa condición la que explica su fragilidad. La dialéctica entre el antagonismo —como dificultad y fragilidad— y su función simultánea como posibilidad de nexo con el otro es esencialmente paradojal. De ahí proviene, en gran medida, la inaprensibilidad del asunto. Nietzsche expresa esta paradoja de manera particularmente lúcida:
No quedar adheridos a ninguna persona, aunque sea la más amada; toda persona es una cárcel, y también un rincón3.
Jean-Paul Sartre afirma al respecto que el prójimo es un infierno, pues su presencia choca constantemente con nuestra libertad. La dinámica fundamental con el otro es, para él, una relación de conflicto: mi libertad se enfrenta con la libertad ajena. De ahí que el francés considere que las relaciones humanas son esencialmente sadomasoquistas, ya que al amar deseo poseer al otro, y para que esa posesión sea posible, el otro debe querer ser poseído. La afectividad, en su lectura, no es más que una danza de sadomasoquismo mutuo que se alterna de manera constante.
Si quiero conocer a un otro y relacionarme con él, crear y sostener un vínculo, debo convertirlo en objeto de mi conciencia, y ese otro, a su vez, debe querer ser objeto de mi conciencia. Del mismo modo, él debe hacerme objeto de la suya, y yo, simultáneamente, debo querer serlo. De ahí que, nuevamente de forma paradójica, el antagonismo sadomasoquista sea la condición de posibilidad del vínculo con el prójimo.
Conclusión
Lo que antes se pensaba y se comunicaba a través del mito, hoy lo pensamos, lo expresamos y lo traducimos dentro del marco semiótico de códigos y signos que nos proporciona el neoliberalismo y las condiciones socioeconómicas del capitalismo contemporáneo. Señalar esto debería recordarnos la agencia personal que mantenemos al formar lazos con otra persona, incluso cuando dicha agencia parezca mínima o condicionada por las dinámicas del capitalismo.
Quizás la tesis subterránea de este artículo es que, hagamos lo que hagamos, la fragilidad y la dificultad para construir vínculos humanos siempre estarán ahí, sin importar cuántas veces modifiquemos el modelo socioeconómico en el que habitamos. Sin embargo, recordar que existen condicionantes existenciales que nos atraviesan no implica vaciar al sujeto ni reducirlo a un autómata que simplemente replica su entorno.
Al contrario: nos obliga a reconocer —y reivindicar— el poder emancipador de la acción humana, de la libertad y de la elección existencial. Un poder que descansa, inevitablemente, en la responsabilidad personal e intransferible que cada quien asume frente a su propia vida.
Notas
[1] Platón (1986). Diálogos III. Editorial Gredos
[2] Reina-Valera. (1960). La Santa Biblia — Génesis 3:15-16. Bible Gateway.
[3] Nietzsche, F. (1997). Más allá del bien y del mal. Alianza Editorial.
Bibliografía
Bauman, Z. (2018). Amor líquido. Editorial Paidós.
Sartre, J. (1993). El ser y la nada. Ediciones Altaya.
Sartre, J. (2015). A puerta cerrada. Editorial Tomo.
Cita este artículo (APA): González, L. (2025, 5 de diciembre). Fragilidad de los vínculos humanos: más allá del capitalismo. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/12/fragilidad-vinculos-humanos
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