¿Qué revela Roland Barthes sobre la esencia de la fotografía? La reflexión de Barthes muestra que la esencia de la fotografía no reside solo en su analogía con la realidad, sino en su vínculo irreductible con el tiempo: cada imagen fija la luz emanada de un cuerpo que estuvo allí. Así, la foto certifica un “esto ha sido”, un pasado incontestable que afecta profundamente al espectador.
La historia de la fotografía dibuja en sí misma una línea digna de retratar; pues, aunque es cierto que una imagen de este tipo fue materialmente posible hasta 18271, su llegada, en cambio, puede considerarse resultado de una accidental búsqueda de siglos. Desde los antiguos griegos —fascinados en estudiar cómo la luz cambia la naturaleza de ciertas cosas, tal como la clorofila hace con las plantas— hasta los geómetras artistas del Renacimiento —empeñados en producir la correcta perspectiva—, la inquietud que despierta el juego de la luz, las sombras y la mecánica de la visión ha dado a la humanidad más que imprescindibles investigaciones físicas y ópticas; pues, desde siempre, también ha estado unida a prácticas artísticas y de entretenimiento.
Históricamente, una imagen fotográfica solo fue posible cuando las condiciones materiales permitieron captar la luz que mana de un cuerpo en una placa de plata. Sin la reflexión, la luz y la disposición de los metales sensibles a esta, la foto jamás habría existido. Desde entonces hasta ahora, la fotografía ha fascinado también al mundo filosófico. Las reflexiones que ha suscitado se encuentran en el ámbito sociológico, estético y político, pues las preguntas que giran en torno a ella buscan desentrañar el lugar que ocupa en los ritos sociales, su valor como medio de reproducción del arte o como arte en sí misma, o bien la función que asume en la construcción del discurso propagado por los medios de comunicación masiva.
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Sin embargo, dentro de todos los estudios que podrían citarse aquí, existe uno que resalta por su interés en averiguar lo que la imagen fotográfica es en sí misma. Es decir, pretende encontrar aquello que distingue a la fotografía de cualquier otro tipo de representación —dibujo, pintura, grabado o litografía, por ejemplo—. Dicho análisis fue llevado a cabo por el filósofo francés Roland Barthes a comienzos de la década de 1980. En su libro La cámara lúcida, el autor explica su intención de dejarse llevar por sus afecciones, por aquello que la fotografía produce en él y que pudiera explicar el lugar tan peculiar que ocupa en el mundo de las imágenes. De modo que esta búsqueda ontológica2 a la que nos invita Barthes es también una reflexión estética, entendida en sentido amplio como aiesthesis: el espacio de la sensibilidad y los afectos.
Desde esta perspectiva, Barthes alcanza conclusiones interesantes. En primer lugar, señala algo bien conocido: toda fotografía es imagen de algo, tiene un referente; por eso nos interesa. Al ser una imagen análoga3, la representación de su referente no requiere de ningún código y, por ello, se suele tomar como la copia exacta de lo real. No obstante, según Barthes, esto es una imprecisión, ya que siempre se le pueden añadir connotaciones que dirijan su lectura. Incluso podríamos cuestionar su exactitud en la medida en que la fotografía permite también la manipulación de la escena. Además, si asumimos que lo esencial de la fotografía consiste en la simple analogía, no podríamos diferenciarla realmente de otros sistemas de representación. El dibujo y la pintura pueden también ser copias análogas —exactas— de un objeto o una persona.
Alguien podría decir que la diferencia consiste en el modo de producirlas: las fotos son imágenes obtenidas por medio de un aparato, mientras que la pintura y el dibujo son resultado de la intervención humana. Pero, nuevamente, esta característica no es propia de la fotografía. En el cine, las imágenes también son obtenidas mecánicamente; sin embargo, el tipo de experiencia que se vive allí es muy distinto del de la foto.
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En resumen, sabemos que la fotografía es una imagen inmóvil y análoga que se obtiene mecánicamente. Pero, hasta el momento, no hemos considerado en su totalidad la técnica que le es propia. Pues, como su nombre lo indica, la fotografía es un proceso físico y químico mediante el cual se fija una imagen por la acción de la luz. Solo al comprender la importancia de este hecho, surge, según Barthes, en su singularidad.
La razón por la que toda foto está unida a su referente es porque en ella quedó plasmada la luz que es propia de un cuerpo específico. Los rayos luminosos —materia y onda— que emanan de una persona o un objeto se captan y se plasman en una placa. Además, es gracias a la obtención de una imagen inmóvil que la fotografía también atrapa un momento en el tiempo. El referente fotográfico es el cuerpo del que han salido estos rayos luminosos, puesto ante el objetivo de la cámara en un momento determinado.
El fotógrafo no solo realiza un corte desde cierta perspectiva en su campo visual o perceptivo, sino también en el tiempo. Como advierte Barthes, a diferencia de otros sistemas de representación, en la fotografía se da la conjunción de realidad y de pasado. No importa la enorme cantidad de cosas, referentes, seres o temas que aparezcan en las fotografías: todas ofrecen la misma certeza; algo existió, fue real en el tiempo.
La pintura, el dibujo o el lenguaje escrito pueden fingir, simular su referente, pero en una fotografía la presencia de cierto cuerpo en el pasado no puede ser inventada. Según dice el filósofo:
Nunca puedo negar en la fotografía que la cosa haya estado allí. Hay una doble posición conjunta: de realidad y de pasado. Y puesto que tal imperativo solo existe por sí mismo, debemos considerarlo por reducción como la esencia misma4.
Así, las fotografías no dicen lo que es, lo que fue, lo que ya no es ni lo que será; simplemente se contentan con mostrar lo que ha sido: algo, en algún momento, fue captado por el objetivo. Eso es todo lo que pueden mostrar. Muchas fotos —pienso sobre todo en imágenes de edificios o paisajes—, a pesar de ser capturas o tomas pasadas, tienen un referente todavía existente. La existencia actual o plenamente aniquilada del cuerpo captado no puede ser verificada recurriendo solamente a la fotografía; tendría que comprobarse en lo material. En cambio, Barthes cree posible asegurar por este medio que algo ha sido real en el pasado, ya que algo ha sido puesto frente al objetivo de la cámara.
Es la singularidad del tiempo fotográfico lo que convierte a esta imagen, más que en la evidencia de un objeto, en prueba irrefutable del tiempo, de la realidad del pasado.
Antes de la llegada de la fotografía, ninguna imagen podía brindarnos tal certeza. Este hecho provocó, históricamente, un cambio radical en la experiencia, ya que la fotografía hace visible un momento único, lo plasma en imagen y, sin poder nunca sobrepasarlo, es capaz de reproducirlo cientos de veces. Hace accesible ese tiempo a cualquiera que observe la placa impregnada; no se limita a las posibilidades y actualizaciones de una memoria individual.
La fotografía es evidencia de que el pasado es tan real como el presente. Pero solo nos deja llegar a esta conclusión a través de un cuerpo, de la irradiación de unos rayos de luz que pudieron ser fijados en una placa preparada químicamente. Es como si el pasado nos viniera encarnado. No descubrimos la temporalidad que nos ofrece una imagen fotográfica sin mirar al referente. La acción de la luz juega aquí un papel imprescindible; así lo señala Barthes cuando afirma:
La foto es literalmente una emanación del referente. De un cuerpo real que se encontraba allí han salido unas radiaciones que vienen a impresionarme a mí, que me encuentro aquí […] La foto del ser desaparecido viene a impresionarme al igual que los rayos diferidos de una estrella […] la luz, aunque impalpable, es aquí un medio carnal, una piel que comparto con aquel o aquella que han sido fotografiados. […] Saber que la cosa de otro tiempo tocó realmente con sus radiaciones inmediatas […] toca hoy mi mirada5.
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Interpretando sus afirmaciones, podríamos decir que mirar una fotografía es el encuentro entre mi visión, que se posa sobre una placa que retiene, a su vez, la luz que emitió un cuerpo en el pasado. Y así como hay en la fotografía un cruce de los sentidos —tocar lo que se ve y ver lo que se toca—, existe también un cruce entre temporalidad y materia: el cuerpo fotografiado, presente y, sin embargo, diferido. Complejidad absoluta de la experiencia vivida, que entrega al espectador la certeza de una temporalidad complicada, que rompe con la simple linealidad con la que habitualmente pensamos el tiempo.
La experiencia fotográfica permite también el entrecruzamiento de la actualidad de mi percepción —el aquí y ahora del espectador— con la realidad pasada del referente. De allí que contemplar una fotografía pueda derivar en una confusión: la idea de que el referente es actual —permanece o vive— por el hecho de haber sido real. Pero la foto solo puede dar cuenta de la realidad del pasado, no de lo viviente.
De hecho, para Barthes, el tiempo fotográfico contiene una fatalidad mayor: la única movilidad futura que sugiere es la muerte. Esto que ha sido, inevitablemente, va a morir. La fotografía ofrece un tiempo único y, sin poder distinguir su verdad de la afección, del pathos6, que produce, une al espectador e imagen por la terrible fatalidad de dicha sentencia: esto que ha sido va a morir; yo, que miro esta imagen y participo de la afección del tiempo, inevitablemente moriré.
¿Qué se puede decir frente a esta sentencia? Nada, pero, sin duda, tal verdad estremece.
Notas
[1] Los datos históricos mencionados aquí sobre la fotografía fueron tomados de la siguiente fuente: Newhall, B. (1982). The history of photography: From 1839 to the present (5th rev. & enl. ed.). Museum of Modern Art.
[2] El término “ontología” hace referencia a la rama filosófica que se encarga de estudiar la esencia de las cosas. El término “ontológico” es un adjetivo para señalar algo relacionado con dicha disciplina.
[3] En este artículo, hablo de la imagen fotográfica analógica. Es decir, de aquella que se obtenía mediante técnicas fotoquímicas y no mediante códigos digitales, como ocurre actualmente. Se le llama analógica porque no hay manera de descomponer la luz que se ha plasmado, a diferencia de las técnicas digitales en las que cada color puede ser representado con un valor dentro de códigos binarios o digitales. Esta otra técnica, que también conoció la imagen fotográfica, será tratada en la siguiente parte de este artículo.
[4] Barthes, R. (1990). La cámara lúcida: Nota sobre la fotografía (J. Sala-Sanahuja, Trad.). Paidós, pág. 121.
[5] Ibídem, pág. 127.
[6] El término “pathos” es utilizado por Roland Barthes en su estudio fotográfico; lo toma del griego y puede significar afección, emoción, sufrimiento o pasión.
Cita este artículo (APA): González, C. (2025, 10 de diciembre). Fotografía y ontología: la luz y el tiempo según Barthes. Parte 1 de 2. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2025/12/ontologia-fotografia-barthes
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