Caroline Michaelis y el genio oculto del romanticismo

Fue en el año 1888, en una modesta casa del corazón de Barcelona, que el médico español Santiago Ramón y Cajal, tras dos años de penosa y solitaria investigación, tuvo la recompensa que todo científico anhela: el conocimiento de la verdad. La verdad que él estableció en aquel entonces es que eso que el investigador español, premiado años después con el Nobel, llamó poéticamente «las mariposas del alma» son células, las llamadas neuronas, los átomos altamente especializados de nuestra psique. Por ello se le otorgó el reconocimiento de padre de la neurociencia.

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Si uno consulta, por ejemplo, el Diccionario de Neurociencia de Francisco Mora y Ana María Sanguinetti, encontrará casi una decena de páginas dedicadas a explicar sucintamente las muchas clases de neuronas que existen, y que se han ido identificando con el paso de las décadas gracias al trabajo paciente y tenaz de un incontable número de neurocientíficos. Por su esfuerzo sabemos del alto grado de especialización de dichas células –aproximadamente 86.000 millones en cada encéfalo–.

En 1891, el mismo Ramón y Cajal identificó en el mismo tejido nervioso en el que había distinguido las neuronas otra clase de células que, un par de décadas antes, el patólogo alemán Rudolf Virchow había denominado «glia» (pegamento en griego), sin reconocerles identidad propia al considerarlas un continuo de tejido inerte. En efecto, durante mucho tiempo se admitió que esa era su función: la de argamasa de los ladrillos del sistema nervioso que serían las neuronas. Sin embargo, en la actualidad está de sobras establecida su importancia para la nutrición, protección y modulación de la actividad sináptica cerebral1.

Aplicando una inspiradora analogía, podríamos reconocer entre los seres humanos a quienes hacen las veces de neuronas por su alta capacidad creativa y emprendedora y a otros que, como la neuroglia, los apoyan, asisten e inspiran. ¿Y cuántas mujeres han ejercido esa función a lo largo de la historia en todos los ámbitos de la actividad humana, en los que los protagonistas casi en exclusiva han sido los hombres? Ya escribí en esta misma Filosofía en la Red hace un par de años acerca de Madame du Deffand, que desempeñó ese papel en la Francia de la Ilustración. Hoy quiero brindarle igual reconocimiento a quien puede considerarse el personaje equivalente en plena eclosión del movimiento romántico. Me refiero a quien de soltera se llamó Caroline Michaelis, pero por sus sucesivos matrimonios adquirió los apellidos de Böhmer, Schlegel y Schelling, a cual más ilustre. No vivió muchos años: entre 1763 y 1809; pero esas poco más de cuatro décadas las exprimió al máximo, como corresponde a los espíritus románticos. Además de madre, amante y esposa, fue escritora, traductora, crítica literaria y musa del Círculo de Jena, seguramente el núcleo en términos creativos más radiante de la intelectualidad romántica alemana.

Su primer apellido de casada se lo dio Franz Böhmer, un médico diez años mayor que ella, escogido por su padre, para que se convirtiese en su esposo cuando ella contaba tan solo veinte años de edad. En los siguientes años trajo al mundo tres hijos que en ningún caso la salvaron de sentirse sometida a un matrimonio sin amor «como una prisionera en una mazmorra», según sus propias palabras2. Aquella vida no era para ella, que tenía inquietudes intelectuales que por aquel entonces satisfacía malamente refugiándose en los libros. La muerte vendría a liberarla de semejante cárcel al quedar viuda con tan solo veinticuatro años. En un corto espacio de tiempo perdió a dos de sus hijos, quedándole únicamente Auguste, su hija mayor –que también morirá más adelante a la temprana edad de quince años–. Las fiestas y los coqueteos fueron durante un tiempo el lenitivo para su dolor. Pronto tuvo en August Wilhelm Schlegel un nuevo pretendiente, quien no lo tenía nada fácil dado que Caroline había decidido ser dueña de su destino: «ama la libertad y no tener que rendir cuentas de cada uno de sus movimientos», le advirtió a Schlegel la hermana de la joven viuda3.

Eran los años en los que Europa entera experimentaba las convulsiones provocadas por la Revolución Francesa. El proyecto político y los valores que representaba fueron abrazados por Caroline casi de inmediato. Por hacerlo, llegó a pasar en Maguncia tres meses en prisión. Este es uno de los episodios de una vida que esta mujer vivió con una intensidad de la que pocas personas pueden presumir. Pero no es mi propósito aquí ofrecer su detallada biografía. Basta señalar que acabará casándose con Schlegel en 1796, trasladándose la pareja al poco a la pequeña ciudad universitaria de Jena. Aquí empieza la rica vida, no solo intelectual, sino también social y emocional, de Caroline durante más de cinco años.

Durante ese tiempo fue en efecto el pegamento de figuras tan geniales y no fáciles de casar entre sí como el filósofo Johann Gottlieb Fichte, que vivió en Jena entre 1794 y 1799; el poeta Novalis, que estudió en esa ciudad; el joven filósofo Friedrich Schelling, quien vivió y enseñó allí de 1798 a 1803, que fue amante de la entonces Frau Schlegel y que terminó casándose con ella en 1803; Friedrich Schiller, el dramaturgo y poeta, también vecino de todos ellos de 1798 a 1799; y Johann Wolfgang von Goethe y Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Alexander von Humboldt, entre otros menos renombrados. En fin, una extraordinaria pléyade de la flor y nata de la intelectualidad germana que coincidió durante un breve período de tiempo —pero qué fértil—, conformando el Círculo de Jena. Y Caroline Michaelis fue la figura decisiva para que ese círculo genial llegara a materializarse y dar sus maravillosos frutos. Igual que la neuroglía respecto de las neuronas en el encéfalo.

Pero Caroline fue algo más que la musa del Círculo de Jena. Aunque durante mucho tiempo asistente de Schlegel en sus trabajos de traducción y de crítica literaria, colaboradores los dos de la revista Athenaeum, entregada madre que sufrió la muerte prematura de los cuatro hijos que tuvo y practicante avant la lettre del amor libre, su inteligencia brilló con luz propia. Si no dio de sí todo lo que su potencial prometía, fue debido a las limitaciones de su condición de mujer en la época que le tocó vivir. Hubo momentos en los que, para hacer frente a sus compromisos literarios, se vio obligada a mandar a sus amigos, que cada noche disfrutaban en su casa de veladas en las que ella ejercía de anfitriona impecablemente, a cenas y conciertos para quedarse sola y poder escribir.

Hacia 1798 Caroline empezó a ejercer de editora de la revista mencionada. Estaba sobradamente capacitada para la tarea, tan culta como era y sin temor a decir lo que pensaba, segura de sí misma. Como apunta Andrea Wulf en su estudio sobre los primeros románticos alemanes titulado Magníficos rebeldes:

Acortaba, eliminaba, añadía y reorganizaba. Se movía con facilidad entre temas y disciplinas. A diferencia de los demás, Caroline no publicaba libros, poemas o tratados teóricos firmados con su nombre, pero sus numerosas cartas revelan la facilidad con la que saltaba de la crítica literaria más aguda a las noticias chismosas y los acontecimientos políticos4.

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Obras de teatro y poemas eran objeto de su certero juicio. En un mismo párrafo podía unir a la crítica sugerencias editoriales sobre lo escrito por sus amigos y su marido, así como comentar en tono jocoso lo correspondiente a sus adversarios. Sus críticas nunca eran erradas y siempre estaban exentas de agresividad.

Sus pensamientos, ideas y sugerencias  estaban en el centro del trabajo y de las ambiciones de los amigos, pero mientras todos los demás trataban de reclamar un pedazo de tierra en el que clavar su propia bandera, Caroline era como un río que fluía por el paisaje, regando la tierra seca y convirtiéndola en fértiles campos de cultivo5.

Respiraba las nuevas ideas filosóficas –como la filosofía del Ich de Fichte, tan representativa del espíritu romántico–, aunque no escribiese tratados filosóficos y ensayos. Su vida era el testimonio vivo de ese yo absoluto que se enfrenta a todos los obstáculos que la vida le pone por delante sin rendirse, hallando siempre motivos para gozar de la alegría de vivir; una existencia anegada en la amargura no era opción para ella. Su pensamiento jamás se quedaba circunscrito a ningún ámbito intelectual en particular. Por eso era tan buena conversadora y su función inspiradora era valiosísima para los autores del Círculo de Jena.

El arte tuvo su relevancia entre los temas que la apasionaron, como fue protagonista en el entero mundo del pensamiento romántico. Caroline fue capaz de dar forma a las discusiones que solían mantener ella y sus amigos sobre las cuestiones estéticas: el vínculo del arte con la naturaleza, su importancia, los criterios para juzgarlo, si eran subjetivos u objetivos, si tenía que ajustarse a reglas, etc. Lo hizo mediante un artículo publicado en Athenaeum, un ensayo erudito, pero que al ser presentado como una conversación resultó muy accesible y entretenido a pesar de repasar las diversas escuelas de pensamiento. A la trascendencia, dimensión antes exclusiva de la religión, a través del arte. Algo compartido por la mayoría de los románticos; también por Caroline. La experiencia se concretaba en la unión íntima del yo con el absoluto que se manifiesta en la naturaleza. Spinoza enriquecido por la pasión en las tesis radicales de Friedrich Daniel Ernst Schleiermacher expuestas en su libro Sobre la religión: Discurso a sus menospreciadores cultivados, a cuya lectura y comentario se entregaron Schelling y Caroline apenas contaron con un ejemplar.

Los intereses de esta extraordinaria mujer no se limitaron al arte, la literatura y la filosofía. Su compromiso con la época que le tocó vivir fue total. Desde muy joven, antes de cumplir los treinta, apostó por el proyecto de derechos universales que a su juicio traía consigo la Revolución Francesa. Fue muy consciente de vivir tiempos políticos muy interesantes. Le entusiasmaba la idea de que al fin fuese el común de la ciudadanía la que decidiese su destino en libertad, igualdad y fraternidad, y no unos pocos privilegiados. Llegó a decir: «Que se echen a un lado los ricos; que gobiernen los pobres el mundo6».

Caroline Böhmer-Schlegel-Schelling (de soltera, Michaelis) murió la mañana del 7 de septiembre de 1809, siendo la esposa del genial Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling.

Imagen | Wikipedia

Notas

[1] Mora, F. y Sanguinetti, A. (2004), Diccionario de Neurociencia. Alianza Editorial.

[2] Wulf, A. (2022). Magníficos rebeldes: Los primeros románticos y la invención del yo. (traducción de Abraham Gragera). Taurus; pág. 104.

[3] Ibídem, pág. 198.

[4] Ibídem, pág. 199.

[5] Ibídem, pág. 313.

[6] Ibídem, pág. 29.

Bibliografía

Laín, P. (9-10-1984). Cajal y el chimpancé en el periódico. El País. Sitio web: https://elpais.com/diario/1984/10/05/opinion/465778810_850215.html

Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2026, 08 de marzo). Caroline Michaelis y el genio oculto del romanticismo. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/03/caroline-michaelis-romanticismo-aleman/

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