Hay costumbres que uno hereda sin darse cuenta. No me refiero solo a los hábitos más visibles —cómo se come, cómo se saluda, cómo se trabaja—, sino a esas pequeñas obediencias interiores que se van instalando con los años y terminan pareciendo parte natural del carácter. Cosas que ya no se cuestionan porque llevan demasiado tiempo ahí. Formas de actuar, de callar, de elegir, de renunciar, no porque alguien las haya explicado bien, sino precisamente porque nadie las explica ya.
Hace tiempo me quedé pensando en una de esas historias que circulan de boca en boca, casi como una fábula moderna. Un grupo de simios es puesto en una habitación donde hay una escalera y, arriba, unas bananas. Cada vez que alguno intenta subir, algo desagradable ocurre y el grupo entero termina asociando esa escalera con el castigo. Después cambian algunas condiciones, incluso cambian a los simios, pero la conducta permanece: cuando uno nuevo intenta subir, los demás lo detienen, lo golpean, lo frenan. No porque recuerden exactamente el origen del miedo, sino porque ya aprendieron que ahí no se sube.
No sé si la historia ocurrió realmente así. Tampoco me importa demasiado. Lo que me importa es la imagen. Esa escena en la que alguien ve algo que parece al alcance, da un paso y de inmediato se encuentra con la fuerza de un grupo que ya no sabe por qué prohíbe, pero prohíbe igual. Hay algo profundamente humano en eso. Más de lo que nos gusta admitir.
Porque también nosotros repetimos prohibiciones cuyo origen se perdió hace tiempo. También nosotros defendemos formas de vida que nadie revisó, pero que siguen funcionando como si fueran sagradas. “Eso no se hace”, “eso no queda bien”, “eso no va contigo”, “¿para qué moverte? Si ya estás donde debes”. A veces nadie dice estas frases en voz alta, pero igual terminan organizando la vida. Se vuelve una atmósfera. Una especie de clima moral que decide por nosotros antes de que nosotros decidamos.
Y lo más inquietante es que muchas veces ese límite ya no viene de fuera. Nadie tiene que frenarnos porque aprendimos a frenarnos solos.
Hay una obediencia especialmente difícil de detectar: la que se disfraza de coherencia. Uno no dice “tengo miedo”. Uno dice “esto no combina conmigo”, “yo ya construí una línea”, “debo cuidar cierta imagen”, “no quiero diluir lo que he hecho”. Suena razonable. Suena incluso maduro. Pero no siempre lo es. A veces detrás de esa supuesta claridad solo hay un miedo más refinado, más silencioso, más presentable: el miedo a romper lo establecido sin saber qué vendrá después.
Últimamente he pensado mucho en eso porque siento que tengo enfrente una escalera de ese tipo. No una gran decisión dramática. No una escena cinematográfica de esas donde uno cambia de vida en cinco minutos. Más bien algo pequeño, íntimo, pero persistente. Algo que al principio parecía un desvío agradable y que, sin darme cuenta, empezó a volverse importante para mí: me refiero a la fotografía.
No llegó a mi vida como una revelación instantánea. Entró más bien como entran algunas cosas que luego terminan tocando fibras profundas: con curiosidad, con juego, con un poco de impulso estético, con el gusto de aprender otra mirada. Al inicio era eso, o eso quise creer. Un hobby. Una exploración paralela. Una manera distinta de relacionarme con la luz, con el cuerpo, con el gesto, con la presencia. Pero a veces los hobbies tienen la mala costumbre de volverse serios. Empiezan como distracción y terminan haciendo preguntas incómodas.
Porque en algún punto dejé de sentir que solo estaba probando algo nuevo. Empecé a notar que me importaba. Que me entusiasmaba de verdad. Que no se trataba únicamente de tomar fotos, sino de entrar en una sensibilidad distinta. De aprender a mirar de otro modo. De encontrar, en la estética, una forma de pensamiento que no pasa del todo por las palabras. Y ahí apareció el conflicto.
No tanto por hacer fotografía en sí, sino por lo que esa práctica empieza a tocar en la forma en que uno es leído por los demás. Porque además no estoy hablando de cualquier tipo de fotografía. En buena medida, hago retrato, sesiones con modelos; en una exploración donde están el cuerpo, la belleza, la delicadeza, la tensión entre lo sensual y lo humano. Y aunque para mí esa búsqueda tiene algo muy claro de sensibilidad, de composición, de respeto, incluso de contemplación, no puedo evitar sentir, a ratos, que todo eso entra en fricción con el lugar desde donde muchos me han conocido.
Y ahí es donde la escalera deja de ser una historia lejana y comienza a sentirse cercana.
Lo que sigue ya no trata solo de “atreverse” a hacer algo nuevo, sino de algo más incómodo: el miedo a que eso nuevo cambie la manera en que otros nos nombran. A veces no nos detiene el fracaso, sino la reinterpretación, porque hay riesgos externos, sí, pero también hay un riesgo más íntimo: dejar de encajar en la imagen que tanto tiempo tomó construir.
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ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)