La vez pasada me quedé dando vueltas a una inquietud que no termina de irse del todo: esa distancia rara entre lo que creemos que nos va a hacer bien y eso que, de pronto, sí nos toca de verdad. No siempre coincide. A veces uno persigue durante años ciertas imágenes de plenitud y, en cambio, termina sintiendo algo hondo en escenas mucho más pequeñas, más discretas, casi imposibles de presumir. Como si la vida tuviera la costumbre de revelarse justo donde no la estábamos buscando.
Pensé entonces que hay preguntas que no vienen solas. Una abre el camino para otra. Después de preguntarme por aquello que vuelve habitable una vida, empecé a pensar en las personas que, sin proponérselo, alteran nuestra manera de habitarla. Porque también hay presencias que desordenan el día, que vuelven significativa una hora cualquiera, que se quedan adheridas a objetos, gestos y rutinas mínimas.
Y quizá por eso, casi sin darme cuenta, terminé entrando en otra clase de inquietud: esa que aparece cuando algo pequeño, insignificante en apariencia, abre de golpe una puerta que uno creía ya cerrada:
A veces uno descubre que está enamorado de una forma casi absurda. No en el gran momento cinematográfico ni en la declaración perfecta, sino en algo mucho más pequeño: en la costumbre de pensar en alguien cuando pasa cualquier cosa mínima. Hace poco me pasó algo así, o algo parecido. Vi una taza rota en una cafetería, una de esas blancas, sin chiste, con una grieta discreta en la orilla, y de inmediato pensé en una persona que ya no está cerca de mí. No pensé en una conversación importante. No pensé en una despedida. Pensé en la forma en que esa persona sostenía la taza con ambas manos, como si quisiera calentar no solo los dedos, sino algo más adentro, algo que no se dice.
Me sorprendió la velocidad con la que un objeto cualquiera puede abrir una puerta interior. Ahí estaba yo, un hombre adulto, tratando de decidir si pedir otro café o irme a casa, y de pronto ya no estaba del todo en esa cafetería. Estaba en otra escena, en otra temporada de mi vida, en otra versión de mí. Y entonces me di cuenta de que el enamoramiento tiene algo de eso: no solo nos vincula con otra persona, sino que reorganiza el mundo. Vuelve significativos ciertos lugares, ciertas canciones, ciertas horas del día, incluso ciertos silencios. Nos cambia la geografía afectiva.
Quizá por eso la pregunta no tarda en aparecer. No hace falta una tragedia amorosa, ni una gran historia, ni siquiera una relación larga. Basta con notar el desorden que produce alguien en nuestra atención. Basta con descubrir que una parte de nuestra vida ya no nos pertenece del todo, porque ahora está habitada por una espera, por una ilusión o por una memoria. Y entonces surge, casi sola, la pregunta: ¿por qué nos enamoramos?
La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Solemos responderla con lugares comunes. Porque esa persona nos gusta. Porque hubo química. Porque era el momento. Porque nos sentíamos solos. Porque necesitábamos compañía. Todo eso puede ser cierto y, sin embargo, se queda corto. Enamorarse no es solo elegir a alguien que nos atrae. Hay personas hermosas que no nos mueven un milímetro y personas que, sin responder a ninguna lista previa, nos alteran por completo. Algo ocurre ahí que no cabe del todo en las explicaciones prácticas.
Me interesa esta pregunta porque casi todo el mundo ha pasado por ella, aunque no lo diga en esos términos. Nos enamoramos cuando no queríamos. Nos enamoramos de quien no convenía. Nos enamoramos en momentos inoportunos. Nos enamoramos y luego inventamos explicaciones elegantes para algo que, en el fondo, nos sobrepasó. Y también, seamos honestos, muchas veces confundimos enamoramiento con necesidad, con costumbre, con deseo de ser vistos, con hambre de sentirnos importantes para alguien. Por eso vale la pena detenerse. No para resolver el amor de una vez por todas, sino para mirarlo con un poco más de verdad.
La filosofía entra justamente en ese tipo de grietas. No cuando la vida está perfectamente ordenada, sino cuando algo nos descoloca y sentimos que las palabras comunes ya no alcanzan. Y entre quienes pensaron con intensidad estas cosas, Platón sigue siendo una parada obligatoria. No porque tenga una fórmula definitiva sobre el amor, sino porque entendió algo fundamental: enamorarse no es solo desear un cuerpo o una compañía; es también sentir que en el otro hay una promesa de plenitud que no sabemos nombrar.
Platón vivió en la Atenas del siglo IV antes de nuestra era, en una ciudad marcada por la discusión pública, la política, el arte y una profunda preocupación por la verdad. Fue discípulo de Sócrates, y buena parte de su obra consiste en diálogos en los que distintas voces intentan pensar problemas humanos que todavía nos atraviesan. Uno de esos problemas era el amor. ¿Qué buscamos realmente cuando amamos? ¿Qué nos pasa cuando alguien nos conmueve hasta el punto de alterar nuestra vida?
En El banquete, Platón pone a varios personajes a hablar sobre Eros. No hablan del amor como una cursilería ni como un mero impulso biológico, sino como una fuerza capaz de empujarnos fuera de nosotros mismos. Entre todas esas voces, hay una idea que a mí siempre me ha perseguido: amamos porque experimentamos una falta. No porque seamos seres defectuosos en un sentido miserable, sino porque estamos hechos de deseo, y el deseo nace allí donde algo no está completo.
Esa intuición tiene una potencia enorme. Nos enamoramos, diría Platón, porque algo en nosotros reconoce en el otro una belleza que nos atrae, que nos llama, que nos saca de la inercia. Pero esa belleza no se agota en lo físico. Empieza quizá por ahí, por un rostro, una voz, una forma de mirar, pero puede empujarnos más lejos. El amor, en su mejor versión, nos mueve a buscar algo más alto, más verdadero, más profundo. Como si la persona amada nos recordara que existe una dimensión más intensa de la vida, una zona donde no queremos limitarnos a sobrevivir.
Lo interesante es que Platón no pensaba el amor como una posesión tranquila. Al contrario. El amor es inquietud. Es carencia que se vuelve movimiento. Uno ama porque no tiene del todo aquello que ama, y en ese no tener se pone en marcha. Tal vez por eso el enamoramiento puede ser tan hermoso y tan doloroso al mismo tiempo. Nos ensancha y nos hiere. Nos hace sentir vivos y frágiles. Nos eleva y nos expone. Nos convierte en alguien que desea, y desear siempre implica una vulnerabilidad.
Esa idea platónica me hace sentido, aunque también me incomoda. Porque a veces me pregunto si no hemos aprendido a romantizar demasiado nuestras faltas. Como si amar fuera buscar a alguien que venga a llenar un hueco interno que no queremos mirar solos. Y, sin embargo, también sé que hay algo verdadero en esa experiencia de incompletud. No en el sentido de que seamos mitades esperando una pieza perdida, sino en el sentido de que nadie se basta del todo a sí mismo. Hay momentos de la vida en que necesitamos salir de nuestro pequeño encierro y encontrarnos con alguien que nos interpele.
Pero luego aparece Kierkegaard, y con él el problema se vuelve todavía más incómodo. Si Platón pensó el amor en relación con el deseo y la elevación, Kierkegaard lo vivió y lo pensó desde la herida, la decisión y la angustia. Fue un filósofo danés del siglo XIX, un hombre profundamente religioso, melancólico, brillante y atravesado por una vida interior intensísima. No escribía desde la calma de quien tiene las respuestas, sino desde una lucha constante consigo mismo. Su historia con Regine Olsen, la mujer con la que estuvo comprometido y de quien se separó, atraviesa de forma visible o secreta buena parte de su obra. En Kierkegaard, el amor no es solo una emoción; es un conflicto de existencia.
Hay momentos en los que una reflexión pide seguir, porque quedarse aquí sería dejar la pregunta apenas rozada. Lo que continúa entra en la parte más delicada de este texto: esa en la que el enamoramiento deja de verse como un misterio bonito y empieza a revelar su relación con la herida, la necesidad, el miedo y la forma en que buscamos ser elegidos.
Esta entrega forma parte de 10 preguntas filosóficas que todos nos hacemos, una serie publicada en Στοά, el newsletter de Filosofía en la Red.
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Y después de este capítulo viene otra pregunta que no se queda atrás: ¿por qué tenemos tanto miedo a la muerte? Perderse aquí es, también, interrumpir ese hilo.
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ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)