El nuevo dios ya no está en las iglesias

¿Qué significa ser ateo en la actualidad? Ser ateo hoy implica mantener una postura crítica frente a religiones, ideologías y nuevos fanatismos digitales. Más que negar dioses, supone desconfiar de cualquier verdad absoluta convertida en ídolo emocional, político o espiritual.

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¿Qué significa ser ateo o atea en nuestro tiempo? ¿Cuál es su valor intelectual y moral? Ante el surgimiento de nuevas espiritualidades y creencias simbióticas que unen al cristianismo, creencias religiosas locales, orientales y rituales mágico-esotéricos, etc., ¿qué espacio le queda al ateísmo como postura filosófica?

Si nos retrotraemos al origen del ateísmo moderno, veremos que nació en los debates racionalistas del siglo XVIII, con pensadores ilustrados como Voltaire, Diderot, Holbach, La Mettrie, Hume, etc. Más que un asunto de fe, el ateísmo en aquella época fue una inclinación del conocimiento: ante la falta de certezas y pruebas “racionales” de la existencia de dios, el ateísmo representaba una ausencia de creencia en un ser supremo. Los pensadores ilustrados con tendencias ateas tenían sed de argumentación, de pruebas y, ante la falta de ellas, se inclinaron por la duda y, en algunos casos, por la burla. Ser ateo significaba ser intelectual, pues solo se accedía a él mediante la ilustración, la lectura y los debates más actuales. Es por ello que la Iglesia fue, en aquel siglo, enemiga del progreso científico y del conocimiento y, en muchos países de fe católica como España y sus colonias americanas, fueron prohibidas las obras de aquellos herejes.

El ateísmo, entonces, nació como ilustración y claridad racional. Se trataba de una fe racionalista: su creencia no radicaba en un ser superior, sino en el hombre como centro racional. Junto al materialismo y cientificismo del siglo XIX, el ateísmo fue robustecido y su marcha parecía imparable. Entonces existía una clara división marcada por clases sociales: la credulidad religiosa era parte del pueblo raso, siendo la religión su “opio”, mientras la crítica implacable de las creencias religiosas venía de los sectores que accedían a una educación superior. Por tanto, se suponía que tener una esmerada educación significaba el alejamiento de inclinaciones religiosas. En última instancia, se pensaba que la creencia o falta de ella dependía casi enteramente del nivel de conocimiento. Este presupuesto pronto demostró ser un error.

Después de la fiebre racionalista, una fe casi ciega puesta en la ciencia y en los logros de la humanidad de los siglos XVIII y XIX, el siglo XX demostró que el ser humano no necesitaba exclusivamente de religiones ni de dioses para creer en algo increíble; no se requería más que conectarse emocionalmente con algún principio superior o con alguna causa colectiva legítima para sucumbir a creencias irracionales. El comunismo, los nacionalismos radicales, el surgimiento de revoluciones sociales, las ideologías de origen político y religioso, así como el resurgimiento de creencias indigenistas o autoctonistas, etc., demuestran que el ser humano, en el convulso siglo XX, necesitaba algo más que racionalidad y ciencia: necesitaba sustento afectivo-emocional, un sentido fuerte de identidad. En suma, la “religión” de las ideologías políticas vino a suplantar el credo en algo superior que en el pasado era monopolio de las religiones monoteístas.

¿Idólatras por instinto?

Emil Cioran sostenía1 que el ser humano tiene una tendencia casi inevitable a convertir sus deseos, intereses y obsesiones en verdades absolutas. Incluso cuando abandona la religión tradicional, no deja realmente de buscar algo que adore: sustituye unos dioses por otros, creando nuevas creencias, ideales o figuras a las que se aferra con intensidad. Para Cioran2, la historia humana está llena de estas falsas certezas y de la necesidad constante de inventar ficciones que den sentido, aunque muchas veces contradigan la realidad misma.

De acuerdo al pensador3, no hay dudas sobre la necesidad del ser humano de forjar nuevos ídolos, esa necesidad de crear criaturas nacidas de su fantasía para adorarlas con su propia sangre. Después de derrocar del trono a los antiguos dioses e ídolos, enseguida se pone a crear nuevos ejemplares que guiarán su rumbo por el laberinto de la historia. Tal visión no puede conducir sino a un pesimismo sobre la humanidad: condenada una y otra vez a repetir sus errores, unas veces como tragedia y otras como comedia.

Quizá la extraña necesidad de crear nuevos ídolos se deba a la impotencia que el ser humano siente de sí mismo. Me refiero a esa impotencia que, con los años, se acrecienta: saber que somos capaces de tan poco, que nuestras limitadas fuerzas apenas nos alcanzan para vivir el día a día. En un mundo que nos exige cada vez más para conseguir cada vez menos, las energías vitales del ser humano se van haciendo más escasas para alcanzar grandes objetivos, tales como ensanchar las fronteras del conocimiento, llevar a cabo cambios significativos en la sociedad o transformar vidas humanas.

La individualidad humana, entendida como aislamiento y sentimiento de soledad existencial, no solo significa más libertad: también implica sentirse más miserable por la condición humana. En soledad, uno tiene bastante tiempo para pensar en los meandros escabrosos del ser humano, adentrarse en aquellos rincones menos frecuentados que nos dan una visión dolorosa, y quizá triste, de la existencia. De ahí que los individuos busquen escapes como el estudio, la escritura, las artes o los viajes, que los disipan de adentrarse demasiado en el abismo de lo humano.

Sin embargo, no todas las personas están hechas para soportar su individualidad; de ahí surge, probablemente, esa necesidad de crear nuevas creencias en objetos superiores que consuelen la difícil existencia humana. Y, como es evidente, una creencia no tiene sentido sin su componente social: se necesita de muchas personas creyendo en algo similar, pues la pertenencia a un grupo humano refuerza el sentimiento de acogimiento y seguridad.

No hay nada de extraordinario en lo que acabo de describir. Siempre fue así. El ser humano siempre creó nuevos dioses y religiones dentro de sociedades y grupos humanos. Lo extraño en nuestro tiempo es que se ha pasado de un monoteísmo tradicional a un politeísmo poco ortodoxo. Actualmente existen categorías casi religiosas extraídas de un lenguaje pseudocientífico: se habla de “energías” y “vibraciones” como si se tratara de espíritus; se hace un quid pro quo entre dios y el universo, como si este último tuviera propósitos e intenciones; se afirma la existencia de una mano invisible que guía la existencia humana cuando se dice que algo pasa “por algo”.

Tales creencias son reforzadas por nuevos “gurús” digitales que se han convertido en influencers en redes sociales, cuyo poder consiste en ser convincentes y afectivos. Ya no es necesario reunir grandes masas en centros espirituales: basta con que un mensaje se replique miles o millones de veces en pantallas. Lo preocupante es que los mensajes con mayor difusión suelen ser los más emocionales y radicales.

Entonces, ¿qué rol tiene el ateísmo en la actualidad?

El proyecto racionalista que confiaba en la ilustración mediante la razón ha fracasado nuevamente en esta era digital, donde las personas sucumben a nuevas formas de fanatismo. En su raíz más profunda, el ser humano desea escapar del mundo de la causalidad. Nadie acepta con gusto la decadencia física, la muerte o la incertidumbre económica. Ante estos problemas, escapamos mediante emociones que nos resguardan en un plano “espiritual”.

El ateo no posee ese consuelo: renuncia conscientemente a él. Su horizonte es el mundo de la causalidad y la razón. Pero hoy tampoco contamos con el optimismo racionalista de siglos pasados: sabemos que la humanidad enfrenta riesgos crecientes, incluida la propia tecnología.

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¿Qué nos queda entonces? ¿La nada? ¿El sinsentido? Quizá no. El ateísmo no debería cerrarse a una forma de “espiritualidad” o “mística” de la vida. Vivir en un mundo de ateos sería, probablemente, aburrido. Las experiencias religiosas pueden enriquecer incluso a quienes no creen. El ateo puede aprender de ellas sin renunciar a su postura crítica.

El ateísmo, en nuestro tiempo, no es una cárcel racionalista. Es una forma de vida que puede reconocer aquello que la razón no logra abarcar del todo: el amor, la naturaleza, ciertos momentos vitales. Lo esencial es su distancia frente a la construcción de ídolos e identidades violentas. Un ateo difícilmente matará en nombre de una creencia. Y ese es, quizá, su mayor valor.

Puntos clave:

  • Ser ateo hoy representa adoptar una postura crítica frente a religiones y nuevos fanatismos, legitimando la duda sobre la verdad absoluta.
  • El ateísmo moderno surgió en debates racionalistas del siglo XVIII; entonces, se valoraba el conocimiento y la crítica a creencias religiosas.
  • La falta de consuelo en ideologías actuales lleva al ser humano a crear nuevos ídolos que reemplazan creencias tradicionales.
  • Hoy, el ateísmo puede incluir una forma de espiritualidad que enriquece la vida sin renunciar a la crítica y la razón.
  • A pesar de la soledad y el pesimismo, el ateísmo permite reconocer lo que trasciende a la razón, como el amor y la naturaleza.

Notas

[1] Cioran, E. M. (1997). Breviario de podredumbre (T. Regueras, trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1949).

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

Cita este artículo (APA): Montealegre, M. (2026, 13 de mayo). El nuevo dios ya no está en las iglesias. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/05/ateismo-contemporaneo

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