Para la mayoría de mujeres, después del «trabajo» comienza otro trabajo

¿Por qué se habla de una doble jornada para las mujeres? La doble jornada describe la realidad de muchas mujeres que, además de desempeñar un trabajo remunerado, asumen gran parte de las tareas domésticas y de cuidado. Esta carga invisible reduce su tiempo libre, afecta sus oportunidades profesionales y revela una desigualdad que sigue profundamente arraigada.

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El estudio del ámbito de la reproducción ha adquirido relevancia teórica y metodológica en las últimas décadas. Diversas corrientes como el feminismo marxista, la economía del género, la economía feminista y la economía del cuidado han puesto énfasis en el estudio del trabajo doméstico y de cuidado, con el objeto de reconocer tanto su valor económico como su valor simbólico. En este sentido, se ha develado su rol en el sostenimiento de la vida, pero también su importancia económica al ser indispensable para crear las condiciones necesarias para la reproducción de capital. Si bien existen diferencias teóricas al interior de cada tradición, todas ellas han contribuido a reflejar su centralidad en la reproducción de la vida cotidiana.

El trabajo reproductivo posee un devenir histórico que encuentra su punto de inflexión con la emergencia del modo de producción capitalista que dio origen a una forma muy particular de concebir al trabajo, pues decantó en la contraposición entre el ámbito de la producción y el ámbito de la reproducción1. Diversas investigaciones permiten constatar que, previo a dicho modo de producción, la reproducción se organizaba de una manera distinta. Esta escisión ha sido interpretada a partir de diferentes categorías analíticas, entre las que destaca el trabajo productivo y el trabajo reproductivo. Esto forma parte de lo que se conoce como división sexual del trabajo. La sociedad ha naturalizado que el trabajo doméstico es un trabajo realizado por mujeres que debe desarrollarse a partir de la gratuidad, mientras que el trabajo productivo y remunerado es ejercido por los hombres.

Conviene destacar que dicha escisión no se ha encontrado estática, pues el trabajo reproductivo se ha enfrentado a diferentes reconfiguraciones que se encuentran permeadas por los periodos de guerra, los regímenes autoritarios, las crisis económicas y los procesos de ajuste estructural del modo de producción capitalista. Sin embargo, en cada una de estas coyunturas, la atención y cuidado de la vida de las personas ha sido “un trabajo imprescindible para la reproducción social y el bienestar cotidiano2”. Por ende, estas reconfiguraciones han dado origen a fenómenos como la doble jornada, la incorporación de los hombres en labores domésticas, la contratación de servicios domésticos, la transnacionalización del cuidado y la migración, la creación de redes de apoyo para el trabajo de cuidado y la crisis de cuidado.

A pesar de las reconfiguraciones del trabajo reproductivo, los datos estadísticos permiten constatar que la mayor carga de trabajo recae en las mujeres. En México, de acuerdo con un informe ejecutivo del INEGI, se observa que: “las mujeres dedicaron 61.1 horas semanales al tiempo total de trabajo; los hombres 58.0 horas. (…) Las mujeres dedicaron, en promedio, 9.4 horas más a la semana que los hombres al cuidado de niñas y niños de 0 a 5 años3”. Por ende, las mujeres otorgan un tiempo mayor que los hombres a un tipo de trabajo que no genera ingresos. Esto marca una desigualdad que no se construye únicamente a partir de los esfuerzos físicos y mentales que las mujeres colocan en la realización de esta actividad, sino que las mujeres, al dedicar mayor tiempo a esta actividad, se enfrentan a una disminución de oportunidades en el ámbito público.

La doble presencia

Se ha enmarcado que el trabajo reproductivo recae principalmente sobre las mujeres. Sin embargo, la visión purista de las teorías clásicas, en las cuales la figura del ama de casa emerge como un arquetipo central, ha quedado desmontada tras la creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo como consecuencia de los cambios culturales impulsados por el feminismo, pero también por el ataque que ha sufrido la clase trabajadora en las últimas décadas que ha puesto en jaque el salario familiar fordista4. Si bien el ingreso de la mujer al mercado laboral se esbozaba como un sueño para la liberación femenina, más bien ha decantado en una mayor opresión para las mismas.

Así, uno de los principales problemas que ha sido enarbolado por los estudios feministas ha sido el tema de la doble presencia, estableciendo la intersección entre trabajo doméstico y extradoméstico. Desde 1978, Balbo ha utilizado la categoría doppia presencia para develar la situación que enfrentaban diversas mujeres para compatibilizar la actividad laboral con el trabajo doméstico y de cuidados. Esta línea de investigación muestra lo demandante de dicha condición. Al respecto, Federici apunta que “se exige que encontremos un trabajo asalariado, también que limpiemos la casa y tengamos niños5”. De acuerdo con el INEGI, “las mujeres con 40 horas o más de trabajo para el mercado a la semana dedicaron 12.7 horas más al trabajo doméstico que los hombres, en la misma situación de tiempo de trabajo para el mercado6”.

Los datos permiten trazar un puente teórico con la categoría de pobreza de tiempo, la cual se define “como el hecho de que algunos individuos no tienen tiempo suficiente para descansar y para recrearse, una vez que han dedicado cierto tiempo al trabajo, ya sea remunerado o no remunerado7”. Así, las mujeres con doble presencia experimentan una pobreza de tiempo. La relación entre género y pobreza de tiempo es un tema crucial en el estudio de la desigualdad, ya que dicha situación puede tener profundas implicaciones para el bienestar y la calidad de vida de las personas. La pobreza de tiempo afecta a las mujeres científicas que enfrentan dicha condición, ya que complica el desarrollo de sus investigaciones y el impulso de sus carreras científicas.

La literatura ha visibilizado que la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidado puede limitar las oportunidades de las mujeres para participar en el mercado laboral, acceder a educación y formación, y desarrollar sus propias carreras profesionales. El factor cultural materializado en las normas culturales y expectativas de roles de género perpetúa los estereotipos de género que desembocan en el hecho de que las mujeres terminan asumiendo la mayor parte de la carga doméstica. Las mujeres deben frecuentemente conciliar sus roles profesionales con la vida familiar sin apoyo de sus parejas o de una red familiar. A pesar de las discusiones para visibilizar el trabajo doméstico, este no ha sido redistribuido. Incluso, las mujeres se ven forzadas a implementar estrategias para sobrellevar la doble carga, tales como la contratación de ayuda doméstica, el apoyo de familiares mujeres y la implementación del trabajo a tiempo parcial y teletrabajo.

Existen elementos anclados a la estructura familiar, como el estado civil, las edades de los hijos y la familia extendida, que afectan las carreras de las mujeres. Estos elementos se deben combinar con elementos de corte estructural, como la familiarización con el cuidado, que impiden el disfrute de instituciones públicas encargadas de la reproducción, así como factores socioeconómicos que se reflejan en la imposibilidad de contratar servicios domésticos. Un asunto que no resulta menor son las barreras institucionales en entornos académicos y profesionales con carencia de plazas, pésimas condiciones laborales y ausencia de prestaciones sociales.

Las responsabilidades domésticas limitan el tiempo en actividades extralaborales y extraacadémicas, lo que conlleva una segregación en puestos de menor jerarquía. Las mujeres poseen menos oportunidades de ascender debido a dichas responsabilidades que afectan su participación y progreso en la academia y la ciencia. Por ende, existen consecuencias económicas y profesionales del fenómeno de la doble presencia en la ciencia. Las responsabilidades domésticas afectan las carreras científicas, pues permean desigualdades visibles en las trayectorias profesionales en términos del campo y rango. En este sentido, resulta pertinente comparar las barreras para el avance, tales como la segregación y factores institucionales. Algunas investigaciones sobre las experiencias de las mujeres en educación superior, como la de Castro, analizan la integración de las mujeres en instituciones de educación superior, programas de posgrado y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Los resultados revelan factores sociohistóricos que perpetúan la desigualdad, así como barreras materializadas en la doble jornada y el techo de cristal8. 

Hacia una economía feminista
de la conciliación

Una de las discusiones en el análisis del trabajo doméstico ha sido el tema de la privatización del cuidado, la cual se sustenta en el mito de que la mujer posee la responsabilidad de realizar este tipo de trabajo. Por ende, se han establecido diferentes debates que ponen en relieve la responsabilidad del Estado en proveer las condiciones para desarrollar esta actividad y redefinir el conflicto capital/trabajo y capital/vida. Dentro de la redefinición del conflicto capital/trabajo, el feminismo obrerista ha propuesto la remuneración del trabajo doméstico como parte de la responsabilización del capital en este trabajo que crea las condiciones para su reproducción. Por otra parte, la redefinición del conflicto capital/vida erige su propuesta alrededor de una correlación entre Estado, mercado y familia. Aquí se apuesta por la implementación de sistemas de cuidado y el fomento de la corresponsabilidad de los hogares.

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Dentro de esta línea argumentativa, se debe matizar que el concepto de doble presencia puede someterse a una lectura crítica que señala la posibilidad de crear una intersección entre la vida laboral y el ámbito del cuidado mediante la intervención del Estado. Amaia Pérez Orozco propone la economía feminista de la conciliación, que reside en la “conciliación de la vida laboral y familiar […] Consideran que esta es un objetivo a la par alcanzable y deseable9”. El problema no es el hecho de que las mujeres decidan acceder a una vida familiar, sino “la existente división sexual del trabajo, unida a la discriminación y falta de igualdad de oportunidades en el mercado laboral10”. La economía feminista de la conciliación permite poner en jaque que la distribución desigual del trabajo doméstico y de cuidado produce trayectorias académicas y profesionales disímiles para hombres y mujeres. Su propuesta no consiste en que las mujeres deban decidir entre ser amas de casa y madres o profesionistas, académicas y científicas, sino en crear las condiciones para que ambas actividades puedan realizarse en un plano equitativo.

Por ende, diversos estudios proponen la intervención política para apoyar a la mujer en la participación en el trabajo y la ciencia. En primer lugar, se proponen políticas de conciliación entre la familia y las demandas de trabajo. En un entorno académico neoliberal que demanda hiperproductividad y autoexplotación, se exige la conciencia del desempeño de las actividades domésticas y de cuidado. Otra discusión es la implementación de servicios de cuidado, pues las políticas públicas deben centrarse en la provisión del acceso de las mujeres a servicios de cuidado infantil, tales como guarderías y lactarios. Como parte de la resignificación de los roles de género, las políticas de licencia parental son indispensables para compartir las responsabilidades de cuidado. Las políticas públicas deben apoyar a las estructuras familiares más allá de los modelos tradicionales e implementar sistemas de cuidado. En suma, se deben adaptar los entornos laborales y académicos a las propias necesidades que exige la reproducción de la vida.

Notas

[1] Federici, S. (2010). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva. España:  Traficantes de sueños.

[2] Carrasquer, P., Torns, T., Tejero, E., & Romero, A. (1988). “El trabajo reproductivo”. Papers: Revista de sociología, 55, pp. 95-114.

[3] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). “Las mujeres dedicaron 66.8 % del tiempo total de trabajo a actividades no remuneradas y los hombres, 33.2 %”. México: INEGI. Recuperado a partir de: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2025/enut/enut2024_CP.pdf

[4] Cooper, M. (2020). Los valores de la familia. Entre el neoliberalismo y el nuevo social-conservadurismo. España: Traficantes de sueños.

[5] Federici, S. (2013). Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. España: Traficantes de sueños.

[6] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Encuesta nacional sobre uso del tiempo (ENUT). México: INEGI. Recuperado a partir de: https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/enut/2024/doc/enut_2024_presentacion_resultados.pdf

[7] Merino, A. & Arce, M. (2015). Cuaderno de trabajo: pobreza y tiempo, una revisión conceptual. México: INMUJERES.

[8] Castro, M. (2018). “Mujeres y academia en México: avances, retos y contradicciones”. Eduscientia. Divulgación de la ciencia educativa, 1 (1), pp.72-88.

[9] Pérez, A. (2006). Perspectivas feministas en torno a la economía: el caso de los cuidados. Consejo Económico y Social.

[10] Ibídem.

Cita este artículo (APA): González, A. (2026, 08 de junio). Para la mayoría de mujeres, después del "trabajo" comienza otro trabajo. Filosofía en la Red. Sitio web: https://filosofiaenlared.com/2026/06/doble-jornada-mujeres

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